Cuatro, Ocho, Doce

                           “Escribimos eso de lo que no conseguimos hablar” Anne Talvaz

 

Inhalo en uno, dos, tres, cuatro; bien. Retengo en uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho; no tan bien, pero llego. Expiro en uno, dos, tres, cuatro, cinco (uf), seissieteochonuevediezoncedoce… uf, uf, mal. Otra vez, otra vez el ejercicio de respiración en medio de la noche, atravesado de insomnio, escocido de sudor a pesar del frío, la criatura sobre el pecho mostrándome el poder de sus garras, apretando, apretando, más y más, más y más, como si me hubieran puesto un suéter de metal, o de cota de malla, y de repente el suéter metálico empezara a encogerse sobre el pecho, sobre mi pecho, y entonces inhalo en uno, dos, tres, cuatro… El ejercicio de respiración es casi un recurso In Extremis, la última guardia de la que dispongo, los pretorianos que cuidan el último reducto que le queda a mi cuerpo insomniado. La cota de malla se extiende y baja desde el pecho hasta las piernas, me estremezco, no está funcionando, las piernas se ponen duras como tablas, los cuádriceps parecen partidos por astillas, los gemelos punzan en dirección a las rodillas, los huesos de los tobillos crujen como el maderamen de un barco devastado por la carcoma, y otra vez: uno, dos, tres, cuatro…

Tengo que escribir, pienso, prender la luz, encender la notebook… no funciona, recuerdo, se rompió hace unas semanas. Un cuaderno, entonces, y lapicera, ¿tengo un cuaderno libre? Quizá en alguno haya algunas hojas libres y… el mecanismo imaginario que ajusta más y más la cota de malla vuelve a girar y el pecho se comprime, las piernas, los brazos… Uno, dos, tres, cuatro, Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Uno, dos… Piensa, oblígate a pensar, me digo. Sí, otras veces resultó, imaginar al episodio como una criatura externa a la que hay que repeler, no importa que sus garras y sus dientes se afilen dentro de mi propia conciencia, imaginarla ajena a mí, externa a mis pensamientos que es donde entrena su poder destructor, donde consigue esa fuerza incontenible con la que irrumpe en mis noches y comprime la cota de malla que ha tejido, que he tejido. Soy mi propia criatura, mi propio monstruo. Por eso, debo pensar, debo encontrar el momento donde tejí el primer anillo de esa cota, donde anudé el siguiente, y el otro, y el siguiente. Recuerdas que esta tarde leíste a ese neoyorquino que admiras tanto, recuerdas que él habló acerca de esos episodios que él llamó “nubes”, en su infancia, que también eran frecuentes en la tuya, recuerdas que él también es proclive a los ataques de pánico, quizás es solo una casualidad, te dices, y de repente sonríes al notar que si bien no tienes una notebook, ni un cuaderno, ni una lapicera, estás escribiendo, aún en medio de la oscuridad, puedes escribir en tu cabeza, armar el texto que empezó hace dos párrafos atrás y que el escribir da mejores resultados que el ejercicio de respiración. Entonces notas algo más que te hace sonreír, al igual que el neoyorquino, estas usando la primera persona refiriendo a la tercera. Está bien, piensas, mejor que la enajenación de hablar de un monstruo ajeno que en realidad vive adentro de tu conciencia.

 

El neoyorquino llama “nubes” a esa especie de estados de trance que le sobrevenían constantemente en su infancia. “Era como si el ser que habitaba tu cuerpo se convirtiera en un impostor, o más precisamente, en nadie en absoluto”. Recuerdas las tuyas, a vos no se te había ocurrido llamarles nubes, no recuerdas siquiera que les pusieras nombre. Ese reconcentrarse en vos mismo al punto que el exterior se convertía solo en un murmullo informe en el que nada podía distinguirse, las imágenes del mundo alrededor difuminándose en una niebla (¿Será por eso que Auster las llama  ”nubes”?), esa sensación de que allí, en ese lugar al que vos no le pusiste ningún nombre, estabas a salvo, que allí nada podía alcanzarte, que eras una especie de dueño absoluto de aquel sitio, que allí solo valían tus reglas, que el universo, ahí, no podía nada contra vos. “Una increíble sensación de haberte quedado dormido con los ojos abiertos, aunque sabiendo al mismo tiempo que estabas completamente despierto, consciente de dónde estabas, pero en cierto modo sin estar allí, flotando fuera de ti mismo, un fantasma sin peso ni sustancia, un caparazón deshabitado de carne y hueso, una persona inexistente”.

              En mi adolescencia tuve algún contacto con grupos Siloístas, recuerdo haberle comentado de aquellos trances infantiles que se prolongaron casi hasta mi temprana adolescencia, y me sorprendió que dos de los miembros ¿Directores?, ¿Consejeros?, reprobaran aquella actividad muy claramente. Mi sorpresa pasaba porque aquella gente propiciaba diversos métodos de autoconocimiento espiritual a través de sesiones similares a la hipnosis. ¿Cómo entender entonces que estuvieran en contra de aquellos trances que en mi infancia me hacían sentir a salvo?

Piensas otra vez en la cota de malla, todavía la sientes sobre el pecho, todavía está apretada, pero hace largos minutos que ya no ha vuelto a ajustarse más. Piensas que tal vez aquellos lejanos trances de la infancia sean el primer anillo de la cota, sobre el cual seguiste tejiendo los demás. Tu memoria empieza a escarbar febrilmente, ha de haber otros, tengo que buscar los más grandes, los anillos de la cota más viejos, los principales donde otros secundarios se anudan. Te dices que si logras identificarlos podrás desajustar la cota, quizá quitártela, quién sabe.

El insomnio sigue, las garras de la angustia siguen clavadas en tu pecho, pero ahora completas los ejercicios de respiración casi mecánicamente y llegas a los doce tiempos de la expiración con aire, sigues escribiendo en tu cabeza, vas en busca de los anillos de la cota de malla, recuerdas que los ataques de pánico del neoyorquino empezaron tras la muerte de su padre. Piensas entonces en la muerte de tu madre, una cálida tarde de Marzo y ese inesperado ACV cuando tu hermana iba a presentarles a tus padres al novio que años después se convirtió en su esposo. Preparaba la carne sobre la parrilla y de golpe salió corriendo hacia el baño gritando y agarrándose la cabeza. Vos fuiste a comprar más carne para participar también con tu familia de aquel evento, y al llegar, te encontraste a tu madre tirada en la ducha del baño, sin reacción, aunque respirando y con los ojos abiertos. Recuerdas las risas de los paramédicos, “Es solo un ataque de nervios, está actuando”, recuerdas que uno le levantó la mano y la soltó encima del rostro de tu madre y la mano calló a un costado: “Si fuera grave, la mano le hubiese caído encima de la cara”, dijo el tipo, y agregó “no tiene nada”. Cinco días después tu madre había muerto. No recuerdas haber llorado, recuerdas el cuerpo sin vida en la morgue del hospital, el rostro que ya no estaba animado por la memoria de quien había sido tu madre parecía otro rostro, no el de tu madre. No lloraste. Y te preguntaste siempre por qué no podías. Te preguntaste siempre si no la querías, si no amabas a tu madre y por eso no podías llorarla. Te preguntas ahora si en lugar de llorar ese día pusiste una de las anillas principales de tu cota de malla, o varias de ellas. Lo que no olvidas, lo que no olvidarás jamás es a tu abuela, la madre de tu madre, nonagenaria, enferma, senil, entrando a la sala funeraria a despedir a su hija, a tu madre. Recuerdas que ninguno de los hijos quería decirle, le va a hacer muy mal, está muy viejita, es lo que todos decían. Hasta que alguien dijo “Todos los días venía a verla, a saludarla. Hace cinco días pregunta por qué Irmita no viene, algo le pasó a mihijita… ¿y no le vamos a decir?” Entonces alguien le dijo y ahí estaba ella, entrando para saludar a su hija por última vez. Apenas entró todos hicieron silencio, casi podía escucharse el llamear de las velas, todos se hicieron a un lado y todas las miradas estaban sobre ella, todos temían ese instante inconcebible en el que un padre despide a un hijo sin vida, recuerdo que pensé que había morbo en todo eso, pero yo mismo no podía dejar de apartar la mirada de mi abuela. Y luego de dar, uno, dos, tres pasos, sucedió, sé que en ese momento puse un anillo más sobre mi cota de malla, nunca había visto ni oído algo así, la madre de mi madre profirió un grito hecho queja atronador, un “Ahhhhhhhhhhh…” que pareció rompernos a todos lo que la vimos y escuchamos. Recuerdas que pensaste que por primera vez en tu vida habías visto y escuchado cómo se rompía, literalmente, un alma. Menos de tres semanas después, tu abuela era enterrada en el mismo cementerio donde estaba enterrada tu madre. La tierra de su tumba todavía estaba blanda, sin pasto que le hubiera crecido encima. Fue hace más de trece años, y nunca más volviste a pisar aquel cementerio.

 

No notas que la cota de malla se haya desajustado, todavía aprieta, pero casi sientes que puedes moverte sin que te moleste. No sabes muy bien como, pero tus pensamientos empiezan a desordenarse, como si el hecho de que la cota hubiera cesado de apretar cada vez más te hubiera dado aire y te hubieras desconcentrado, no sabes cómo y recuerdas a un viejo tallerista al que le has perdido el rastro hace dos décadas al menos, repitiendo en una clase el Ursonate de Schwitters, hipnótico, extasiado, casi en trance, mientras sus jóvenes alumnos lo mirábamos como a un artista de circo, recuerdo las risas después, cuando salimos con Teo y Sofía, dos amigos con los que asistimos a aquel taller que estaba, hasta ahora, perdido en mi memoria, Sofía en el andén de Coghlan imitando a nuestro viejo maestro, Teo y yo riéndonos a carcajadas, la gente mirando sin entender y Sofía, en pose histriónica remedando “Fo // fumsbooo / boworo ‘fumsborotaaaaa // rekete rinnzekete /  rekete rinnzekete / rekete rinnzekete / rekete rinnzekete / rekete rinnzekete / rekete rinnzekete / bo bo bo bo bo bo bo bo bobowepe…” Y casi pudiera sentir que si descorro la oscuridad como si fuera una cortuna, me voy a encontrar con Teo y Sofía sonriendo adentro mismo de mi cuarto, y no tantos años atrás, en la estación de Coghlan. Ahora sí, ahora siento que por primera vez la angustia ha cedido un poco, que la cota de malla se ha desajustado algo, que mi pecho puede inflarse más que lo que podía hacerlo hasta hace unos instantes.

Tratas de imitar la secuencia, dejas que tu cabeza divague y vaya en busca de un recuerdo perdido, una noche que saliste de un recital y te encontraste con unos amigos que no veías hace tiempo y con los que fuiste a tocar el piano en un canto bar, las mañanas en el colegio militar donde te hacían formar y pasaban revista casi militar para ver quién estaba sin afeitar o tenía el pelo más largo que la permitida “media americana”. Nosotros de pié, con pantalón de sarga gris, camisa celeste, blazer y corbatas azules, zapatos negros. Sonríes al recordar a tu profesora favorita, La Carballo, le decían mis compañeros, o La Vieja de Lengua. Yo la adoraba, esa mujer y –mucho más tarde- Borges, me enseñaron a pensar. Recuerdo su mirada cuando le compartí mis textos, recuerdo su “¿Qué haces en un colegio técnico?”, que generaron mis primeros deseos de ser algo más que lo que hasta entonces otros habían decidido que fuera. Y luego sus invitaciones a participar de los concursos literarios de otros colegios. La vida, los logros y las frustraciones que le debo y que nunca pude agradecerle. El abrazo que siempre te hubiera gustado darle, mientras le murmurarías ”gracias”, al oído.

 

Es como si la cota de malla hubiera aflojado una vuelta más. Todavía molesta, todavía pesa sobre el pecho, pero ya las piernas parecen ser tuyas otra vez, los cuádriceps y los gemelos están cansados, pero ya no duelen, estas transpirado, mucho, y eso que hace frío.

Ha perdido un hijo. Ha perdido un hijo hace menos de dos meses y está ahí, esa extraordinaria mujer uruguaya está ahí, dando la clínica que se comprometió a dar a principios de año. No esperábamos que cumpliera, su hijo había muerto menos de dos meses atrás, nadie le reprocharía nada si no iba, pero fue. Estuvo. Recuerdas aquellos momentos como de los más significativos de tu vida, no tanto por lo que compartió y dijo, sino por esa prueba de temple, de estar ahí cuando estaba excusada de estarlo, de viajar, de cruzar el charco, de dar Ad Honorem, aquella clínica, aquel momento de belleza estética cuando su alma seguramente no podía ni disfrutarla, ni discernirla. Recuerdo, su voz ausente, casi neutra: “Son raras, muy curiosas las distinciones gramaticales en ese idioma, hay letras serviles, solares, lunares: hay verbos cóncavos, sanos y enfermos”. Recuerdas que pensaste, que pudiste hacerte a la idea de un verbo sano o de un verbo enfermo, pero te fue imposible imaginar el contexto donde usar un verbo cóncavo. “Los verbos no tienen infinitivo ni presente, sino solo pasado y futuro”. Recuerdas que pensaste en Schopp y su “No hay pasado, ni futuro, el presente es lo único que existe”. Los árabes se cagarían de risa del buen Schopp, pensaste que la lengua genera la filosofía de los pueblos y que el Idealismo Occidental habría de ser incomprensible para los árabes.

“Siendo más pobres en tiempos verbales, son más ricos en cambio en personas: poseen un TU masculino y otro femenino, y empiezan a conjugarse por la tercera persona en vez de nuestro egocéntrico sistema. También son más ricos en número, pues además de contar con un singular y un plural poseen un dual, es decir, un Nosotros, pero que corresponde al uso de solo dos personas”. Pensaste que los versos de Khayyam habían sido escritos así, que el nosotros de ellos era mucho más íntimo que el nuestro, que en el nuestro la ambigüedad estaba latente, que en el suyo no había dudas, tenían un nosotros que refería solamente a dos personas, el número ideal para un poeta enamorado, pensaste.

 

Respiras mecánicamente en la secuencia de tres tiempos crecientes, inspiras en cuatro tiempos, retienes en cuatro, expiras en doce. Los doce tiempos que tanto te costaban cuando la cota de malla empezó a ajustar, ya sale sin esfuerzo, estás seguro que si te concentras un poco podrías exhalar en catorce o dieciséis tiempos, pero no lo intentas, como sientes que la cota de malla ha aflojado otra vuelta y ya puedes girar libremente en tu cama, vuelves a dejar que tu memoria vaya en busca de otro estratégico recuerdo, otra falange de memorias para hacer retroceder al monstruo que habita tu conciencia.

La respiración ha servido, te dices, pero otras veces no ha bastado, concluyes. Qué ha sido esta vez,  ¿La palabra? Piensas, ¿ese poder incomparable por el cuál (recuerdas) los religiosos dicen que el universo fue hecho? Estás a punto de aceptar ese argumento cuando tu mente choca con una vieja historia, escrita quizá en ese idioma que tiene un nosotros que involucra solamente a dos: Salomón le pide a un Efrit (un genio) que le defina la palabra. El efrit contesta que la palabra no es más que un soplo pasajero. ¿Qué haremos entonces?, pregunta Salomón, a lo que el genio responde “Alkitabatu”… Escritura.

Entonces recuerdas que aún sin notebook, sin lápiz, sin papel, estás escribiendo, entonces confirmas lo que has descubierto hace mucho, que pocas cosas ordenan más la realidad que escribirla. Que habrá otras noches donde la cota de malla vuelva a ajustarse poderosa sobre tu pecho o tus miembros, pero que aún una pluma imaginaria sirve incrustarse en el anillo de una cota de malla, y romperlo. Y ahora respiras, y ahora consigues dormir, pero sigues respirando, inhalando en uno, dos, tres, cuatro; reteniendo en uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… expirando en uno, dos, tres,

cuatro…

cinco, seis

 

siete,

 

ocho, nue

 

ve

 

diez

 

once,     doce.

Árboles Para Adentro I Satoru Endo

Apenas tenía yo diecisiete, la chica de la que estaba enamorado dijo “Qué árbol hermoso”. Se quedó quieta, mirando detenidamente las ramas que perdían sus hojas, las hojas rojas y ocres que todavía se resistían a caer, la luz de la tarde que se filtraba por esas heroicas hojas que parecían querer demorar al otoño de puro empecinadas; la luz de la tarde que enmarcaba la mirada de esa chica de la cual yo estaba enamorado a los diecisiete, como sólo puede enamorarse uno cuando tiene diecisiete.

Hasta ese preciso momento, los árboles, para mí, eran todos iguales.

 

Satoru Endo llegó a la Argentina en brazos de su padre Ryusuke antes de haber cumplido un año, en el segundo año del gobierno de Alvear. Nunca supo que fue de su madre. Sus tres hermanos mayores tampoco sabían mucho más, el mayor les contó una vez que ella vivía, pero que se había quedado en Okinawa. “Nosotros somos así, para adentro, no hablamos de esas cosas”. Ni una foto, ni el nombre, ni un solo efecto personal que revelaran que la madre existía o hubiera existido alguna vez, a excepción de ellos mismos. Los cuatro hermanos sabían que su padre guardaba un secreto sobre ella, un secreto que Ryusuke Endo se llevaría con el polvo de sus huesos, a menos que se decidiera a hablar sobre él. Nosotros somos así, para adentro, no hablamos de algo que duele si al que le duele no habla. No está bien hablar del dolor, nos callamos. Nosotros somos así, para adentro.

 

Siempre me pregunté qué sería de mi sin esa distinción que aquella jovencita me regaló aquel otoño. Sin esa capacidad de conmoverme ante la belleza de un árbol que se marchita en la quietud de una tarde que es más tarde que todas las otras por ocurrir cuando llega el atardecer de las estaciones. Con el tiempo, uno trata de aprender a mirar donde casi todos apenas ven, es casi una obligación de este oficio; pero algunas distinciones, algunas formas de mirar, algunas miradas no se pueden aprender nunca. Sólo nos pueden ser dadas a través de otro, de un tercero, es algo que no podemos aprender por nosotros mismos. A esa revelación de nosotros mismos por intermedio de otro es a lo que llamamos amor.

 

 

            Nosotros somos así, para adentro. Así fue criado Satoru, sus hermanos, sus primos, sus primos más lejanos. Así somos los japoneses de Okinawa.

 -Padre, ¿hay japoneses que no sean de Okinawa?

-Los japoneses que no son de de Okinawa dicen que nosotros no somos japoneses.

-No entiendo padre.

-Algún día entenderás, Sato.

-Pero todos los japoneses que conozco aquí son de Okinawa, padre.

-Sí, todos. Somos los que nos hemos ido más.

         Entonces Ryusuke desviaba la vista y Satoru sabía que la conversación y las preguntas se habían terminado.

          Takeshi Endo era el hermano más cercano en edad a Satoru. En edad y en afecto, estaban casi siempre juntos. Los Endo, como casi  todos los japoneses okinawenses de Timote, eran quinteros, Nōmin. Los cuatro hermanos y el padre trabajaban en el campo desde el primero hasta el último sol, cada día, todos los días. Hasta 1947, cuando Satoru había pasado largamente los veinte años, desconocía que existía algo que los demás llamaban “Fin de semana”, y aún pasarían muchos años hasta que él tuviera uno. Cuando Satoru tenía nueve y Takeshi diez, cortaron camino de regreso de las acequias atravesando el campo alambrado de unos gaishins. Takeshi se cortó con alambre de púas como muchas otras veces. Pero esa vez fue diferente, esa vez fue fiebre y tétanos; y fue la última.

        El tercero de los hermanos Endo fue el primer Endo enterrado en esta tierra. No hubo ceremonia, no hubo cajón, ni cruz, ni lápida. Sólo un montículo de tierra bajo el aromo que estaba a un tiro de piedra hacia el Sur, detrás de la casa de adobes. Pero ese día los Endo no trabajaron.

       Dos años antes, el mayor de los hermanos se había ido para trabajar en otros campos en contra de la opinión de Ryusuke. No supieron más de él. Ni una carta siquiera, a pesar de que los Endo eran de los pocos Nōmin que sabían leer y escribir.

      Cuando enterraron a Takeshi, Ryusuke se sentó afuera de la casa, mirando al poniente, con la botella de vino de arroz que, inexplicablemente, siempre estaba llena. Cuando su hijo mayor se había ido, había bebido de igual manera, sentado allí, mirando caer el sol, sin derramar una sola lágrima, ni una sola. Nosotros somos así, para adentro.

 

 

En su “Historias del Señor Keuner”, Bertold Brecht pone en boca del protagonista el siguiente comentario: “Se suicidó por amor a sí misma. En cualquier caso, no pudo haber amado a X. No le hubiera hecho algo así. El amor es el deseo de dar algo, no de recibirlo. (…) El deseo desmesurado de ser amado poco tiene que ver con el amor”

Es decir, no se ve aquí, en realidad, Amor hacia (o por) el otro: Lo que sí hay es Amor a Uno Mismo por persona Interpuesta.

El Amor es una de las experiencias más radicalmente humanas, en la que los individuos, al margen de las cotas de felicidad o de dolor que puedan alcanzar, obtienen un conocimiento de sí y de los otros imposible de obtener por otros medios.
Al que ama, se le revelan dimensiones del otro y de sí mismo que al resto se le escapan por completo.
El Amor da vida a la vida, inyecta intensidad a cuanto nos ocurre estando con el otro (con el ser amado).

Por eso, lo propio sería afirmar que, en comparación a quien ama, el egoísta no es malo: es Ignorante (y, por tanto, pobre) en la medida que desconoce uno de los registros mayores del ser humano. En efecto, en su ignorancia, el egoísta se conforma con poco. Persevera en un registro menor e inmaduro. Se niega a sí mismo el conocimiento de sí mismo que sólo el Amor podría darle.

 

 

           Cada vez que Satoru sentía que la ausencia de Takeshi lo apagaba o le restaba energía (la distinción de la tristeza o de melancolía era algo que Satoru desconocía, por tanto es impropio llamarlo así aunque nosotros creamos, sepamos, o supongamos, que era eso) iba a sentarse bajo aquel aromo donde ya no se distinguía el montículo de tierra donde la tierra había cubierto a su hermano.

           La vida de los Endo prosiguió casi igual un día tras otro. De a poco, los japoneses de Okinawa fueron emigrando a las ciudades. Año a año, el producto de la tierra  era menos retribuido por quienes lo compraban. Ryusuke Endo arregló lenta y pacientemente  el casamiento de Uku (su nombre era Sukyo, pero todos lo llamaban Uku), el que hacía ahora las veces de hijo mayor. Durante tres años se carteó con una familia de Okinawa que acordó enviar a su hija a la Argentina para que sea la esposa de su hijo. Después de la guerra, esta era una práctica frecuente entre las familias Okinawenses, aunque también era común antes de la guerra. El padre de los Endo contrató a Pedro Bordoy, un paisano de Timote, para que acompañara a Uku al puerto de Buenos Aires a buscar a su prometida. La chica era de familia sintoísta, pero no encontraron en las cercanías de Timote a ningón sacerdote sintoísta que realizara la ceremonia de boda, por lo que fue el cura párroco quien casó a Uku con su esposa venida desde Okinawa.

          La casa tenía una nueva pieza de adobes para la pareja. Pero pronto fue evidente que los frutos de la tierra no eran suficientes para una nueva familia. Uku se mudó a José C Paz, una localidad cercana a Buenos Aires donde aprendió de otros japoneses el oficio de floricultor con el cual crió y educó a dos hijas mujeres y un hijo varón. Cuando Uku y su esposa partieron, ya con la primera de sus hijas nacida, Satoru se quedó en Timote con su padre. Y para entonces, eran los dos únicos japoneses que quedaban en esa parte de la tierra.

¿Qué hace que una persona elija a otra y automáticamente convierte a todas las demás personas en difuso e impreciso plural? ¿Qué hace que todo el tiempo, cada instante, cada minuto, deseemos estar con esa persona? ¿Qué hace que veamos a esa persona, que la distingamos sobre todas las demás como la persona que amamos, y podamos verla en todas las facetas del tiempo? Saber que amamos a lo que fue en si infancia, saber que amaremos su rostro envejecido por los años y será todavía el rostro más hermoso, el último rostro que querríamos ver cada noche, cada mañana, hasta que se apaguen nuestros ojos o nuestros ojos vean apagarse ese rostro, lo que ocurra primero.

No se trata de felicidad, en comparación, la felicidad es sólo una baratija. Es un conocimiento de nosotros y de los otros que no podemos alcanzar por ningún otro medio. Saber que solo al lado de esa persona llegaremos a la plenitud de nosotros mismos, que todo el potencial de lo que podemos ser estará dado por compartir la vida con esa persona. Saber, irrefutablemente, que si desaprovechamos el milagro de amar y ser amados por esa persona, nuestra existencia quedará siempre insatisfecha. Que la última pregunta que nuestra conciencia sea capaz de formular será “¿Y si nosotros…?”.

 

Endo padre repitió con Satoru la misma estrategia con la que casó a Uku. Se escribió durante meses con unos antiguos compatriotas de Kunigami, y  así consiguió que una familia tradicional en decadencia, enviara a Argentina a una de sus hijas solteras para casarse con Satoru Endo. El buque que trajo a Hiromi Higa desde Okinawa al puerto de Buenos Aires, demoró más de dos semanas su arribo. Así como Sato no sabía distinguir o explicarse a sí mismo la tristeza, tampoco podía definir muy bien ese sentimiento de velocidad, de vértigo que le tenía sujeto. Primero, cuando su padre le habló de su casamiento con una mujer que vendría desde su patria, lo tomó naturalmente, era lo esperado, y él actuaría en base a lo que su familia esperaba de él. Pero cuando su padre le dio la foto de la que era su prometida, una foto de Hiromi Higa con su vestimenta tradicional, en blanco y negro, ese rostro que para cualquiera de nosotros sería igual a cualquier otro pero que a los ojos de Satoru se transformó inmediatamente en un ídolo de adoración, aunque esta también era una distinción desconocida para el joven okinawense.

                No lo inquietó la demora. Al igual que con su hermano, Pedro Bordoy tuvo la tarea de acompañarlo en Bayres. Y tuvo también la chance de visitar a Uku y los nuevos sobrinos que aún desconocía. Es posible que por primera vez en su vida Sato experimentara días felices y conmovedores; su conciencia quizá no era capaz de formulárselo, pero la sonrisa de su rostro y de sus ojos lo expresaba igual, independientemente que su conciencia no supiera de qué se trataba aquello.

 

               El buque malayo que trajo de Okinawa a Hiromi Higa, arribó al puerto de Buenos Aires la cálida tarde del 07 de Noviembre de 1951. Hiromi bajó vestida con ropas de viaje. A Satoru le gustó aún más con aquel atuendo que con el tradicional que se cansó de consumir con su mirada en la foto que la familia Higa proporcionó a los Endo mediante correo. El arreglo era claro, Satoru lo conocía muy bien, la joven se reuniría con él, Pedro Bordoy los acompañaría a un bar donde los jóvenes hablarían, un conocido de la familia Higa en Buenos Aires haría las veces de representante de Hiromi. Un japonés alto como pocos y adusto como la mayoría cuyo nombre Satoru nunca conoció, pero recordaría para siempre su apellido, Yonaha.

            Satoru apenas parloteaba el japonés, Hiromi no hablaba una sola palabra de español, Yonaha la traduciría, Bordoy hacía las veces de acompañante de Satoru. Nunca supo ni recordó cómo se llamaba aquel lugar donde se sentó frente a frente con su prometida, Yonaha y Bordoy. Pidieron café con leche, medialunas, se presentaron, se dieron la mano, se miraron a los ojos un breve instante, brevísimo, apenas un refucilo, y entonces la joven murmuró algo al oído de Yonaha. El japonés más alto que el común de los japoneses no cambió su expresión adusta ni la pronunció más tampoco. Hizo un breve silencio y luego dijo:

– La señorita Higa dice que está sumamente honrada por la invitación a convertirse en esposa del señor Endo, por lo que lamenta, con mucho pesar, denegarla.

 

          No era común que algo así ocurriera. Una joven no viajaba hasta el otro lado del mundo para denegar una boda pactada. Era un deshonor para su familia, no podía volver a Okinawa, debería pasárselas sola y a la deriva en una ciudad desconocida, de un país completamente desconocido. Imposible saber que vio o no vio en Satoru Endo que la llevó a tomar tal decisión. Cuando al otro día vieron a Yonaha para su arreglo económico, pues hasta eso estaba incluido en los pormenores de la frustrada boda, se enteraron ( Bordoy preguntó) que Hiromi Higa había abordado el mismo buque en el que viajó a Bayres, y que el buque recalaría en Panamá como su próximo destino. Los Endo no volvieron a tener noticias de ella. Ni siquiera a través de los Higa, que durante algunos meses se cartearon con los Endo pidiendo disculpas por la deshonra que su hija había traído a ambas familias.

 

                    Satoru se mudó a José C Paz y aprendió el oficio de floricultor que su hermano había ejercido para subsistir. Una familia de Nissei concertó una boda con Satoru y esta vez la joven no se arrepintió de lo concertado por sus padres. Satoru y su mujer tuvieron dos hijos, una niña y un niño. Con el tiempo, y gracias al esfuerzo de sus padres, los dos se convirtieron en profesionales, profesora universitaria la hija mayor, cirujano el hijo menor.  Satoru no cambió mucho, siguió siendo para adentro. Cuando Ryusuke Endo murió en Timote, a escondidas de la autoridad,  lo enterró bajo el aromo donde antes habían enterrado a Takeshi Endo. En Agosto de 2007 murió la esposa de Satoru.  Sus hijos no se sorprendieron al notar que su padre no derramó ni una sola lágrima. Después fue todo silencio en la vida de Satoru. Un largo, solitario y prolongado silencio.

               Antes de que pasara un año de la muerte de su esposa, Satoru Endo viajó a Timote, recorrió las calles del antiguo pueblo de su infancia, más desolado, más vacío que el que conociera. Se sorprendió al ver las placas en la plaza en homenaje a un muchacho que murió en Malvinas cuando hundieron al Belgrano, Roberto Bordoy, el hijo de aquel Don Pedro Bordoy que lo acompañó en Buenos aires las dos semanas previas al arribo de Hiromi Higa. En la cara de Satoru se dibujó la sombra de una sonrisa al recordar aquellos días. Pero fue tan fugaz, tan efímera, tan imperceptible.

           Una hora después enterró bajo el aromo donde antes había enterrado a su hermano y a su padre la foto de Hiromi Higa que conservó consigo todo el tiempo. Recordó que su padre murió sin haber revelado jamás el secreto de su madre. Pensó que quizá no era bueno imitarlo, tomó la piz y papel, escribió en él Hiromi Higa, así, en español, y lo abrochó en la solapa de su saco con un alfiler. “Para que se vea y sepan por qué”, habrá pensado. Quién sabe, pero con ese papel así escrito y ajustado a su solapa, lo encontraron ahorcado bajo el aromo de la vieja quinta de los Endo, en Timote.

 

Poesía de Poieses

“Un falso poeta es un castigo demasiado duro para mi gusto”

Albert Camus

 

Leer es interpretar el universo.

Escribir es ordenar el universo.

Escribir poesía es postular otros universos.

Siempre digo que la idea que el común de las personas tiene sobre la poesía, y especialmente sobre los poetas, es culpa de los que pretendida y presuntuosamente se llaman a sí mismos “Poetas”; tengo para mí que ningún poeta verdadero se jacta de ser poeta. Es difícil mensurar los daños que han hecho a la reputación de la poesía los que se arrogan el título de poetas.

En este punto cabe señalar muy bien quiénes son estos satélites de la poesía, esta suerte de admiradores de las musas poéticas que suponen que ser poetas los convierte en una especie de seres especiales. Tristemente, no se equivocan, solo que lo que diferencia a los poetas del resto de los mortales no tiene nada que ver con lo que ellos imaginan o suponen que es la esencia de la poesía, o de lo que significa “Ser Poeta”.

Como en los contratos de alquiler se suscribe “tal persona, de aquí en más El Inquilino”, en este texto se llamará de aquí en adelante a estos confundidos aspirantes a poetas como los Pseudo-Poetas. No es difícil distinguirlos, estoy seguro que todos conocemos alguno o algunos. Se propagan con más facilidad que el fuego en un bosque reseco, y no es raro que se junten y se asocien para propagar los textos que su pseudo-poesía genera.

Algunos puntos que los hacen fácilmente identificables: sus textos hablan repetidamente y más o menos con las mismas metáforas sobre rosas, espinas, Lunas, ruiseñores y pieles de armiño (sin importar que en sus geografías no existan), noches oscuras, abismos del alma, distancias que las almas acortan, cafés intensos y calientes (muy en boga últimamente) que asocian con personalidades o actos sexuales, arenas y mares que sienten en las pieles amadas, lluvias que comparan con orgasmos femeninos, el vuelo o las alas como momento culminante de sus éxtasis poéticos y toda una larga serie de etcéteras que componen sus clichés y sus lugares comunes que se leen en sus textos intercambiados con menor o mayor frecuencia como fichas de dominó. Como fichas de un aburrido y previsible dominó.

Antes de seguir quiero repasar una cita de Jean Cocteau:

“La poesía debe tener aspecto pobre para quienes no conocen el lujo. Un poema es el colmo del lujo, es decir, de la reserva; todo lo contrario de la avaricia. De lejos, a la primera ojeada, iba a decir oliendo, sopesando un libro, el experto estima su calidad. Un verdadero poeta se preocupa poco de la poesía. Del mismo modo que un horticultor no perfuma sus rosas”.

 

Y por si no bastan para clarificar el punto las palabra de Cocteau, agreguemos las de Vicente Huidobro:

“El gran peligro del poema es lo poético. No agreguéis poesía a aquello que ya la tiene sin necesidad de uno. Miel sobre miel repugna”.

 

Un jardinero no perfuma sus rosas, dice el francés; miel sobre miel repugna, agrega el chileno. Lo que vulgarmente se conoce como afectación, los Pseudo-Poetas son afectados, sus textos son afectados, su lenguaje es afectado, su idea y su concepto de la sensibilidad es afectado y, por lo tanto, lo que suponen sensibilidad, termina siendo la más de las veces neta y banal sensiblería.

Arriba, en el epígrafe del título de este blog se lee “Escribo desde mi experiencia; vale decir… desde el fracaso”. Pido perdón si lo escrito hiere la sensibilidad de alguno de los lectores de este blog o si alguien se ha visto identificado en la descripción textual de los Pseudo-Poetas y siente que desde estas líneas se ejerce la soberbia para quienes encuentran placer o felicidad en expresar sus sentires mediante sus textos pseudo-poéticos. No me molesta que los escriban o los compartan, me molesta que lo llamen “Poesía”, me hiere que una gran parte de la sociedad tenga una idea equivocada de la Poesía por culpa de los Pseudo-Poetas.

Tampoco reservo para mí el parnaso poético. Amo y respeto a la poesía, y por eso mismo jamás diría que mis textos son poesía, o poemas. Cuando era muy joven, de adolescente o apenas salido de la adolescencia, me jactaba insensatamente de proclamarme escritor de versos. Quería ser llamado Poeta. No tenía la idea de la poesía que los Pseudo-Poetas comúnmente tienen, pero sí me faltaba aprender (o comprender) que ser poeta no es un oficio, ni una vocación siquiera. No volví a intentar escribir poesía desde que soy adulto. Incluso así, cada tanto me animo a garabatear unos versos sin mayores pretensiones. En uno de ellos supe decir:

Yo, Antipoeta

digo que

escribir poesía

no es ser poeta.

Que ser poeta

es vivir el verbo

descubriendo

que no es el verbo

lo que lo conjuga.

He tenido la oportunidad de conocer a varios poetas y de leer a muchos más. He notado que ninguno de ellos vive la poesía como una gracia o una virtud en sí misma como los Pseudo-Poetas insisten en proclamar al mundo. Sino más bien lo contrario, la viven como un don oscuro, como una pesada carga que sólo ellos pueden llevar, y que la llevan comprendiendo que prefiguran una suerte de catalizadores del poder de la palabra para el resto de los hombres.

A decir de Sabato, la poesía es el lenguaje de los abismos y las tinieblas, algo bastante reñido con la idea lumínica que tienen de la poesía los Pseudo-Poetas. Aristóteles dividía las actividades humanas en tres categorías: La Teoría, equivalente al conocimiento, a la búsqueda de la verdad. La Praxis, equivalente a la acción, a resolver los problemas de una manera práctica. Y la tercera, La Poieses, equivalente a la realización, a la búsqueda de crear algo, a convertir pensamientos en materia.

Auster, parafraseando a Wittgenstein, dice que el lenguaje no es equiparable a la verdad, sino que es nuestra forma de estar en el mundo. La poesía hace tangible un mundo, un universo, al que sólo se puede acceder a través de ella. El poeta es un nexo, no elige ser poeta, la poesía lo elige como poeta y él, “si los astros le son propicios y accede a esa simple y secreta complejidad”, tendrá la tarea de construir puentes más o menos sólidos según la calidad de su poesía.

A veces me cuesta entender a los Pseudo-Poetas. Es decir, desde los Malditos para aquí, hace mucho más de un siglo, todos los autores que recibieron el reconocimiento como poetas, ninguno cayó en los clichés en los cuales la Pseudo-Poesía incurre. Es evidente que la poesía es algo totalmente distinto de lo que ellos siguen llamando Poesía sin que lo sea y ni siquiera se aproxima a serlo.

Siempre sostuve que ningún taller literario forma poetas. Sin embargo, un buen taller literario es un propicio lugar donde un Pseudo-Poeta podrá advertir que sus textos no son poesía. Desde allí, con humildad, trabajo y (no olvidemos) si la poesía lo elige, podrá intentar la aproximación a la poesía. Uno de los mejores talleristas latinoamericanos, un experto en talleres de poesía, Jaime Jaramillo Escobar suele repetir que un buen poeta se reconoce por sus malos versos.

Quiero citar ahora, a modo de ejemplo, algunos poemas que (a mi modo de ver) son la contracara de cualquier cosa que los Pseudo-Poetas escribe. Para que quede claramente identificado lo que un verdadero poeta genera. Vamos a los ejemplos:

Desayuno; Jaques Prèvert

Echó café
en la taza.
Echó leche
en la taza de café.
Echó azúcar
en el café con leche.
Con la cucharilla
lo revolvió.
Bebió el café con leche.
Dejó la taza
sin hablarme.
Encendió un cigarrillo.
Hizo anillos
de humo.
Volcó la ceniza
en el cenicero
sin hablarme.
Sin mirarme
se puso de pie.
Se puso
el sombrero.
Se puso
el impermeable
porque llovía.
se marchó
bajo la lluvia.
Sin decir palabra.
Sin mirarme.
Y me cubrí
la cara con las manos.
Y lloré.

 

 

Fábricas del Amor; Juan Gelman

Y construí tu rostro.
Con adivinaciones del amor, construía tu rostro
en los lejanos patios de la infancia.
Albañil con vergüenza,
yo me oculté del mundo para tallar tu imagen,
para darte la voz,
para poner dulzura en tu saliva.
Cuántas veces temblé
apenas si cubierto por la luz del verano
mientras te describía por mi sangre.
Pura mía,
estás hecha de cuántas estaciones
y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.
Qué infinito de besos contra la soledad
hunde tus pasos en el polvo.
Yo te oficié, te recité por los caminos,
escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra,
te hice un sitio en mi lecho,
te amé, estela invisible, noche a noche.
Así fue que cantaron los silencios.
Años y años trabajé para hacerte
antes de oír un solo sonido de tu alma.

 

 

Y de pronto anochece; Salvatore Quasimodo

Hendido por un rayo de sol
todo hombre está solo
sobre el corazón de la tierra;
y de pronto, anochece.

 

EL Barco del Norte XVI; Philip Larkin

A la una la botella está vacía;
a las dos, el libro fue cerrado;
a las tres, los amantes yacen separados,
ya realizado el comercio del amor.
Y ahora las luminosas manecillas del reloj
indican que son más de las cuatro,
esa hora nocturna en que los vientos

                                            vagabundos
sacuden la oscuridad.

Y me muero de ganas por dormir;
tanto que apenas puedo creer
que el río silencioso que sale de la cueva
no sea poderoso ni profundo;
sólo una imagen elegida para presumir.
Me acuesto y espero la llegada de la mañana y                                             

                                                   de los pájaros,
los primeros pasos bajando por las calles                                         

                                               todavía sin barrer,
las voces de las niñas abrigadas con bufandas.

¿Pueden notar la diferencia? ¿Pueden ver que en estos poemas emblemáticos de cuatro diferentes lenguas y literaturas no hay ni uno solo de los lugares comunes que son legión en los textos de los Pseudo-Poetas.

Volvamos a la idea que la sociedad tiene de los poetas por culpa de los Pseudo-Poetas. Así como es un error grave de los Pseudo-Poetas confundir sensiblería con sensibilidad, es un error grave que comete el común de la sociedad al juzgar la poesía por lo que los Pseudo-Poetas generan. Casi que es un copyright compartido entre quienes generan la confusión y de quienes la aceptan como representativa. El “Gorda Intensa” o “Gordo Intenso” con el que apostrofan a los Pseudo-Poetas mete en la misma bolsa a autores que sí tienen una idea clara de lo que es la poesía de calidad y que se esfuerzan por vivirla y promoverla. Se me dirá que esto no es nuevo, que es responsabilidad de quien es elegido por la poesía (por la verdadera Poesía) separar paja de trigo y tomar las críticas como de quien viene. Pero convengamos que reciben fuego graneado que no les corresponde. El ya mencionado Jaramillo Escobar dice: “El verdadero poeta lucha contra la poesía y hace largos esfuerzos por librarse de ella antes de rendirse. Pero existe también, como en todo, el poeta aficionado; y el que toma la poesía como escape y la convierte en vicio; o el hombre inofensivo y pintoresco que la incorpora a sus manías”.

Lo que juzgamos en un artista es su obra. Si alguien refiere a sus textos como poemas, poesía o versos; aspira a ser artista y a ser juzgado como tal. Para quienes entendemos la palabra como acto creador en sí mismo, como voluntad misma de existencia en el universo, vemos a la poesía como a una divinidad. Parecerá necio enervarse ante alguien que llame poesía a textos que no lo son. Alguien podrá decir que es darle más entidad de la que sus pseudo-textos merecen. Quizá este artículo sea sólo un desahogo, un ejercicio de catarsis vanidoso y plagado de soberbia. Pero si sirve para que alguien al menos pueda separar paja de trigo me sentiré más que conforme y justificado.

Siempre he sostenido que el arte es el único medio por el cual el hombre en sociedad progresa. Que solamente el arte sana, que la política o la religión son solamente aspirinas y placebos. Dentro de ese esquema, la Poesía es la punta de lanza de ese progreso a través del arte. Todos los movimientos culturales que promovieron cambios sociales fueron precedidos por sus poetas. Como Aristóteles ya lo advertía, la verdadera ontología parte de la poiesis, de la posibilidad de convertir pensamientos en materia, nada menos. La poesía es un arma, y los ojos de un poeta son balas cargadas de significado. Los que hacen de la poesía un muestrario de lugares comunes, no son poetas; son Pseudo-Poetas, y sus textos son solamente balas de fogueo que solamente confunden a los incautos.

 “Podemos confiar en nuestros científicos para que nos ayuden a encontrar el camino a través de la distancia cercana; pero, para el más largo trecho del futuro habremos de depender de los poetas. Tendremos que aprender a interrogarlos más estrechamente y a escucharlos con más cuidado. Un poeta es, después de todo, una especie de científico, pero dedicado a una ciencia cualitativa, en la que nada es mensurable”. Lewis Thomas

La soledad como vocación, la contemplación como característica de su espíritu, su inconsciencia del tiempo, su conciencia de la eternidad como un presente absoluto. Todas características que distinguen a un poeta que simple y sencillamente escribe textos que merecen ser llamados… Poesía.

 

Método de Viaje

-Tiempo de vos –me dijo-, yo todavía no estoy completa, el tiempo de nosotros todavía deberá esperar.

Ni siquiera me miró a los ojos para decirlo, parecía mirar el horizonte donde el sol se hundía y revoleaba sus últimos rayos como si fueran los brazos con los cuales trataba de agarrarse al horizonte que ya no podía sostenerlo.

Ya no podía sostenerlo. La miraba y el corazón se desbocaba, se me iba a un lugar lejos de mí mismo, como si mi pecho fuera un ámbito demasiado reducido para sus latidos, como si fuera dos o tres talles más chico. Entonces la miraba, entonces ella me miraba, y jugábamos a quien podía sostener la mirada. No es extraño, yo casi siempre perdía.

Yo casi siempre perdía. Una noche que debía ser invierno me dijo que se iría. No faltaba amor, no faltaba pasión, era sólo la vida con su devenir de planes y contramarchas y un destino suyo al otro lado del océano que ella no pudo, o no supo, o no quiso eludir. Los días previos a la partida, quizás porque el desencuentro se interponía como un monstruo mitológico entre los dos, nos encontramos de todas las formas posibles en las cuales un hombre y una mujer pueden encontrarse. Y unos días antes de que un océano se interpusiera ante nuestro abrazo me dijo: “¿Y si venís conmigo?”. Y entonces tocó mi parte de no poder, no saber o no querer acompañarla a un puerto que estaba más cerca de su sangre que de la mía. Es extraño, dos que han sido uno nunca se separan del todo, los dos siempre llevarán a cuestas una parte del otro. Ignoro por qué, pero creo que ella se llevó mi mejor parte.

Creo que ella se llevó mi mejor parte.  No dividíamos la eternidad en retazos, ese era casi un compromiso entre ambos. Si trazamos una línea entre un momento y otro, decíamos, cualquier punto es la línea. Si arqueamos la línea hasta hacerla un círculo, especulábamos, no habrá principio, no habrá fin. Pero el día que tomó el avión el círculo semejaba solamente un agujero, un agujero por el que yo me sentía caer  y por el que parecía que nunca dejaría de caer. El silencio es atronador cuando un océano se interpone entre el deseo de dos almas. Lo que nació para estar reunido, todo el tiempo que permanezca separado, vivirá solamente para reencontrarse. Pero cuando eso que nació para estar junto ya estuvo reunido, ese tiempo de separación se convierte en una vida paralela casi, como una vida en suspenso donde todo ocurre en un plano secundario.

Todo ocurre en un plano secundario. Las vidas a uno y al otro lado de un estuario. El marrón al que llamaron plateado, el blanco al que llamaron Albión; las manos que escriben sobre hojas primero y sobre teclados después; las miradas clavadas en la niebla brumosa de las aguas; el deseo contenido por el sucederse del mismo día, la misma noche, una y otra vez, una y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez y otra, y otra y cientos de otros días y otras noches que son el mismo día, la misma noche.

El mismo día la misma noche. No sé, me dijo, en nuestro recuerdo el lugar que dejamos siempre es mejor; por eso el retorno es atroz, porque volvemos a algo que nunca ha sido como nosotros lo recordamos.

Nunca ha sido como lo recordamos. La memoria nos engaña siempre, a favor o en contra, todo lo que recordamos es una quimera; pero el instinto nunca se equivoca. La parte del otro que llevamos con nosotros, tampoco. Entonces lo que nació para estar reunido se reencuentra. Entonces uno comprende que no importa si la distancia es extensa o escasa, porque todas las distancias del universo son solamente hacia dentro de uno mismo. Entonces uno siente, sabe y al fin comprende que la misma mano que corta la piedra es la que señala el camino al pie que la tropezará; y, si fuera necesario, uno hasta aprenderá a caer como método de viaje.

En una de esas

No suelen venir niñas a casa a jugar con mi pequeña hijita. Pero ayer a la tarde fue la excepción. Mi hija tiene cuatro años, supongo que su compañerita del jardín debe tener su edad.

Escribo notas en mi cuaderno mientras las pequeñas juegan a mi lado, en el living. Entre los juguetes de mi hija hay varios celulares viejos a los que les saqué la batería y las dos niñas parecen entretenidas en simular que hablan con ellos. Repentinamente noto que la nena rubia, amiga de mi hija, me está hablando:

-Oye (dice oie, igual que mi hijita, influencia de los dibujos animados en neutro) es para ti.

Sí, también dice *para ti* a pesar de haber nacido en Buenos Aires.

La miro sin prestarle demasiada atención y miro en su manito mi viejo Startac. Pienso que a ese no le saqué la batería porque era parte de la estructura principal, no la tenía adentro como otros a los que sí se las había sacado. Como solo la miro y no le presto atención (los niños siempre advierten cuando no les prestas atención), la pequeña volvió a insistir:

-Ey, te estoy diciendo que es para ti.

Me sonrío y decido seguirle la corriente, mi hija también está con un teléfono en su oreja y simula hablar con alguien, le sigo el juego y digo:

-Ajhá… ¿Y quién es? –Le pregunto.

-Tu mamá, y está apurada, se tiene que ir.

Hace más de una década que mi madre murió. Dudo unos segundos, creo que cierto desconcierto ha de haberse visto en mi rostro porque la nena hace un gesto de fastidio e impaciencia. Vuelve a decir:

-Se va a ir.

Y le dio una entonación perentoria a ese IR. Agarro el Startac con cierto ¿temor? No, no es eso, es descreimiento, es la sensación de estar haciendo una ridiculez. Tardo unos segundos más en llevar el teléfono a mi oreja, en esos segundos me digo a mi mismo que es un juego, que la niña está jugando, que mi madre no puede estar al teléfono y que he sido un idiota por pensar en esa remota posibilidad por unas milésimas de segundo. Cuando apoyo el auricular del viejo celular en mi oído creo escuchar algo así como estática, pero es tan breve, y de repente desaparece. Me asombro, miro patidifuso el celular y creo distinguir la pequeña lucecita verde del teléfono que indicaba que tenía señal. Imposible, pienso, y en el siguiente pestañeo la luz ya no está. Debo haber mirado el teléfono asombrado, la nena me dice:

-¿Qué te dijo tu mamá?

Me  la quedo mirando, todavía con el celular en la mano. Le digo:

-No había nadie, no escuché nada.

-Uuuuuh, sha se jué… te dije que estaba apurada.

Y siguió jugando con mi hija sin volver a pedirme el celular.

Tomé unos mates, escuché música, siempre con el viejo Startac a mano. Vino la madre a buscar a Valentina, tal el nombre de la pequeña amiga de mi hija. Y me puse a buscar en los cajones por si, en una de esas, aparecía el viejo cargador del teléfono que hace años no se usa, ni se carga, y ni siquiera funcionaba cuando dejé de usarlo allá por, allá por… ¿2005?

Pienso entonces en las veces que cambié de número. Pienso que ese celular no tenía chip. Que si mi madre me llamara me… pienso que mi madre falleció en 2003. Por lo que si mi madre me llamara por teléfono a un celular… lo más probable es que lo hiciera a ese. Al Startac.

Me niego a pensar en una llamada real. Rechazo la idea. Aún así, cuando llega la noche pongo el Startac en la mesa de luz. Bien a mano. En una de esas. Mañana buscaré en Mercado Libre si consigo un viejo cargador de Startac ¿Habrá? Es la última cosa en la que pienso antes de dormirme esperando soñar con una llamada.

Las Cosas Que Perdemos Para Siempre

Fue una tarde, fue en esta misma ciudad; fue un crepúsculo frío de otoño o de invierno. Al cabo, la estación importa poco, el crepúsculo que vendría sería más largo, y su noche más definitiva. Borges se sentó tras el escritorio y miró fijamente los libros en los estantes de su biblioteca, la biblioteca de su padre, la biblioteca de Leonor, su madre.

Hacía unas horas el oftalmólogo le había diagnosticado que sus problemas de visión empeorarían, que el proceso era irreversible, que al igual que antes su padre, la ceguera tenía con él una cita impostergable que no demoraría mucho en cumplir.

Miró el canto de los libros, la débil luz de la tarde que entraba por las ventanas y cuya debilidad ya no sabía si atribuir a la misma luz o a la incapacidad creciente de su vista, calculó someramente la cantidad de libros que allí habría, hizo otro cálculo para darse una idea de cuántos de ellos había leído y pensó para sí: “Entre estos mismos libros que ahora estoy viendo, hay muchos que no he leído, hay muchos que ya no leeré, hay muchos que quisiera volver a leer y cuyas hojas jamás volveré a abrir. Cuántas, cuántas son las cosas que cada día perdemos para siempre, sin siquiera notarlo”.

La ficción me permite pensar que eso fue, palabras más, palabras menos, lo que Borges pensó. De hecho, después reflejaría con palabras infinitamente más justas y precisas que las mías el hecho que aquí acabo de narrar y esa sensación de pérdida irreparable y definitiva, las cosas que un día notamos hemos perdido para siempre.

Es difícil determinar con exactitud qué cosas son verdaderamente cosas (objetos) y qué cosas tienen relación con alguien que perdimos para siempre. Como caso, citaré la voz de alguien que he perdido para siempre; la voz de mi abuelo. Sé que no volveré a escuchar una voz así, con ese timbre de caricia que tenía, con esa especie de tono de añoranza y alegría entremezclados que sólo a él se lo escuché al contarme sus aventuras de marinero en los mares de la Europa de entreguerras. De cómo podía ver desde su puesto de guardia en el crucero Ara Mariano Moreno, cómo el Ara General Belgrano quedaba todo cuan largo era, de punta entre las olas de una tormenta del Atlántico. El mismo barco que después sería hundido en la guerra de Malvinas. Entre las cosas que he perdido para siempre cuento la voz de mi abuelo Manuel, la voz que me hizo amar tanto las historias que nunca volvería a despegarme de ellas. Me doy cuenta ahora que quizá cuento historias, solamente, para recuperar algo de esa voz.

Es difícil pensar en mi abuelo sin recordar a mi abuela. Sin embargo, quizá porque la tuve menos tiempo, la recuerdo mucho menos. Pero recuerdo algo de ella que creo haber perdido para siempre, sus scones. Los scones de la abuela Ninfa eran una de las muchas exquisiteces con las que fui criado en mi infancia. Pero del tiramisú como sólo ella lo hacía, o de la Pasta Frola como sólo ella la hacía, o de la Torta de Chocolate como sólo ella la hacía; se copiaron las recetas como un tesoro de familia que llegó hasta mis hijas. Entonces ellas hacen hoy día esas delicias exactamente igual a como solamente ella las hacía. Ignoro cuál fue la maldita causa por la que nadie se preocupó de copiar la receta de los scones como solamente ella los hacía. Han pasado más de 38 años desde la desgraciada tarde que perdí a mi abuela. Desde entonces, cada vez que paso por una panadería, cada vez que he tenido una novia, o un amigo, que se jactaba de los scones de su mamá, o de su tía, o de su abuela; he ido presuroso a probarlos para saber si aquel sabor, aquel gusto, eran comparables a los scones de mi abuela Ninfa, y siempre, invariablemente, me he decepcionado. No se me escapa que la memoria tiene mucho de traidora y mentirosa; tanto de eso como de empecinada y fiel. Quizá mi memoria nunca acepte que otro scon pueda ser similar, parecido, o incluso aún más rico que el que mi abuela hacía. Pero esa es una discusión estéril, para mi y mi memoria los scones de mi abuela Ninfa están en la lista de las cosas que he perdido para siempre.

Podrá acusárseme de que siguen siendo cosas demasiado personales, que tienen todavía una relación estrecha a personas que he amado y perdido, y que por eso mismo no deberían contar como “cosas”, sino como objetos referenciales que actúan de asteriscos para referir a personas que se amó y que ya no están. No estoy del todo seguro, pero ante la duda trataré de citar cosas que he perdido para siempre que no tengan relación a un ser querido que ya se haya tragado el tiempo.

Hay muchas cosas que he perdido para siempre: jugar a las escondidas con los chicos del barrio en las siestas del verano; el sabor de los chocolates Aero, inigualados desde entonces por cientos de sus herederos modernos. Los trunkitos que compraba en los recreos del colegio. Las flores esas que llamábamos chumpitos de cuyo estambre comíamos algo que nosotros mentábamos más rico que la miel, y que íbamos a buscar -como intrusos- en unas estancias privadas que ahora son Countrys privados. Las luciérnagas que llenaban las tardes de primavera de Don Torcuato y que podíamos agarrar con la mano y guardar en frascos vacíos de mermelada. Hace años que ya no se ven luciérnagas en Buenos Aires y ni siquiera cerca; Bichitos de Luz los llamábamos. Tal vez las encuentre en los pueblos del interior, pero no serán esas, las de las noches de Don Torcuato que guardábamos en frascos de mermeladas ya no están más, las perdí para siempre. Esa remera con arabescos, esa guitarra que afinó la mano de mi abuelo, esos pantalones que cocieron las manos de mi madre que, como sus manos, ya no están ni volverán a estar nunca. Son todas cosas que he perdido para siempre. Y hay tantas otras, tantas que ni siquiera recuerdo, tantas que incluso ignoro haberlas perdido; si hasta parecen infinitas las cosas que he perdido para siempre. Pero contaré ahora la historia de una cosa que tuve y que perdí por mi mismo.

Tendría siete u ocho años, en mi país gobernaban los militares como casi en todo el resto de Latinoamérica porque, según parece, los setenta eran un tiempo en que la democracia occidental estaba mejor defendida por gobiernos dictatoriales que por los que elegía el pueblo. Ironías de la historia aparte, el caso es que entonces se editaban unas figuritas que se llamaban “Siglo XX”. Eran pequeñas láminas con escenas destacadas de los hechos históricos del siglo que entonces estaba en vigencia. Así las había del hundimiento del Titanic, de la llegada del hombre a la Luna, de la batalla de Verdún, del descubrimiento de la vacuna Sabín y vaya a saber cuántos más. Las figuritas venían individuales o en escenas que eran conformadas por dos, tres, y hasta cuatro figuritas que completaban una escena importante del siglo XX. Todas eran dibujos, ninguna era foto, se ve que los que sacaron la colección de figus consideraron más económico pagar a dibujantes que pagar royalties por el Copyright de las fotos. El caso es que mientras iba armando el álbum, compré un sobre en el que venía la figurita 68, la cual era una de dos figuritas que conformaba la escena de la batalla de Stalingrado. casi recuerdo de memoria el epígrafe que figuraba abajo en el álbum: “Batalla de Stalingrado: 1942, el VI ejercito alemán es cercado y derrotado por los rusos y la historia de la guerra cambia”. Yo ya tenía pegada en el álbum la figurita 67 que conformaba la mitad de la escena: soldados alemanes (los chicos que amábamos la historia sabíamos que eran soldados alemanes por el casco característico, el uniforme, y las granadas alemanas que parecían una lata de tomates con el cabo de un palo que permitía arrojarlas) que se acurrucaban tiritando de frío en la nieve. ese día compré el sobre en el cual vino la figurita que completaba el cuadro. Estaba feliz, la coloqué al lado de la que ya estaba pegada en el álbum y me admiré de la escena. Antes de poder ponerle el adhesivo (las figus autoadhesivas aún no existían) para pegarla, escucho una voz a mi lado que me dijo, mitad en éxtasis, mitad en ruego: “¡La figu 68 de la batalla de Stalingrado, qué culo!”. Walter, un compañero de banco al otro lado del pasillo, que también las coleccionaba, era el autor del grito. Como era costumbre de aquel entonces, y supongo que todavía de ahora, el muchacho me propuso un canje. Era evidente que la necesitaba, el tenía el álbum más completo que yo y era lógico que se esforzara por obtener las pocas que le faltaban para completar el álbum. Noté que yo poseía algo que él quería y que podía regatear. Cuando me pidió el canje le dije “Te la cambio por veinte figus”. El muchacho me miró serio y sacó de su bolsillo un pilón en el que, grosso modo, tendría 100 a 120 figuritas. “Si me la das, te doy todas estas”. Cometí el error (o acierto) que luego me perseguiría el resto de mi vida cuando algo me emocionaba mucho: Ni lo pensé y acepté el canje. De las exactamente 106 figuritas que había en el pilón, sólo 17 me sirvieron porque yo no las tenía. El resto yo ya las tenía e incluso entre las otras había algunas que estaban repetidas dos, tres y hasta cuatro veces. A cambio (yo no lo sabía entonces) yo le había entregado a él la figurita 68 de aquella colección, la que era llamada “la figurita difícil”. Un mes después, mi álbum de figuritas estaba completo, a excepción de la figurita 68, la figurita que completaba la batalla de Stalingrado. Durante dos meses más seguí comprando (pese a la queja de mis padres que se negaban a seguir gastando en sobres inservibles) paquetes de figuritas “Siglo XX” con la esperanza de que la bendita figurita difícil volviera a las manos que ya la habían tenido y dejado ir. Pero no pasó; la figurita 68 pasó a formar parte de las cosas que perdí para siempre.

Sé que hay más de una moraleja en la historia de la figurita 68 y el modo en que la perdí. Les dejo a ustedes la tarea de elaborarla, este es un relato que pretende enumerar pérdidas; no justificarlas o argumentarlas.

Pero narré la historia de la figurita a propósito. Para incluir casi un item nuevo en las cosas que perdimos para siempre: las cosas que pudieron ser nuestras y que perdimos para siempre.

El lector puntilloso me señalará que no podemos perder algo que nunca hemos tenido, yo no estaría tan seguro. Pero quizá mi opinión no cuente mucho, la puntillosidad no es una de las cosas que se de en abundancia en mi ánimo.

Empezamos estas disquisiciones citando a Borges. El genial ciego decía que los ánimos magnánimos no se conforman con vivir los recuerdos de una sola existencia humana. Tengo para mí que por cada puerta que abrimos cerramos infinitas y que muchas de esas puertas las cerramos sin siquiera saber que las estamos cerrando. Qué palabra, qué estupidez dicha nos hayan privado quizá de vivir el amor más profundo e intenso que a nuestra vida correspondía. El hubiera no existe dirán casi todos, y puede que no me atreva discutirlo. Pero cuántas veces estuvimos frente a una puerta, miramos el camino que seguía, contemplamos los paisajes, pensamos para nosotros mismos en nuestra vida allí, tras esa puerta, bajo ese cielo, para finalmente retroceder, cerrar la puerta e ir en busca de otro picaporte cuya apertura nos puso solamente ante la antesala de un abismo. “La memoria no tiene caminos de regreso” decía García Márquez; pero… ¿no sería lo que imaginamos sin concretar otras de esas cosas que perdemos para siempre?

Hace escasas semanas murió un colega al que conocía hace más veinte años. Un cáncer fulminante hizo de una neumonía un punto final. Nuestros hijos casi se criaron juntos, compartimos decenas de actividades juntos. Por esas cosas de la vida moderna nunca lo llamé como amigo aunque compartimos cosas más intensas y profundas que las que he compartido con otros hombres a los que sí llamo amigos. Nunca supe cuánto me gustaba charlar con él hasta ahora que ya no está. No fue hace tanto tiempo, aún recuerdo la última vez que hablamos sin que ninguno de los dos supiera que sería la última, aún recuerdo su afectuoso abrazo y el saludo para mis hijas que nunca faltaba. Y esa vez hubo algo más. Me dijo: “Por suerte los albañiles ya terminaron las reformas, gasté un dineral. Estas vacaciones de invierno quiero que vengas con las chicas; nada especial, pasar la tarde, tomamos unos mates ¿Si?, Nunca lo hicimos y es algo que nos debemos, che”.

Es algo que ahora nos debemos para siempre. Esa tarde, esa de la que él habló… ¿Existe o no existe? Vivimos perdiendo cosas. Algunas de esas cosas no las tendremos más, algunas de ellas ni siquiera tendremos la percepción de haberlas perdido, nunca sabremos cuándo ha sido la última vez que vimos ese rostro, la última vez que escuchamos aquella voz, la última tarde que compartimos unos mates con un amigo al que nunca llamamos amigo. Una tarde que ni siquiera existió pero se hizo eterna por el sólo hecho de haber sido postulada. Estoy seguro, lo sé, en todas estas palabras que acabo de escribir, hay por lo menos una que nunca más volveré a escribir. No puedo saber cuál es, pero qué importa, uno de ustedes, uno de los que está leyendo ahora mismo, ha perdido algo mucho más importante que una palabra que no volverá a escribir en un texto sobre cosas que perdemos para siempre; y lo curioso es que ni siquiera lo sabe.

En Su Espalda

Tan difícil de contar es esto. Tanto.
Por empezar, ni siquiera sé si ella existe; para acabar, ni siquiera sé si ella existió.
A veces, en esos largos insomnios donde me quedo enteras horas mirando la luna, me digo que si ella sólo ha existido en mi mente, ya basta; que si mi mente la hizo real, debería bastarme.

Pero otras veces, creo que solamente un alma en guerra consigo misma aceptaría, amar, a alguien cuyos contornos fueron trazados por el delirio de una psique enferma.

El segundo lugar donde puedo hallarla está casi agotado; es un casi no tenerla, el contacto con una sombra a la que amo con locura, pero bajo la condición más inhóspita y cruel para la subsistencia de mi deseo, y de mi razón, y de mi cordura.
Hay otro lugar donde, supongo, podríamos encontrarnos plenamente, enteramente. Ella misma me lo ha dicho, me lo ha insinuado. Sólo que, Dios mío, tampoco tengo certeza alguna de que allí pueda ocurrir nuestro encuentro.

Larga introducción. Demasiado larga y demasiado cargada de abstracciones poco comprensibles. Pero es tan difícil contar esto. Tan inexplicable y doloroso al mismo tiempo.

En Buenos Aires, mi ciudad, da la impresión que los otoños le pidieran prestadas algunas tardes a los más crueles inviernos, esa era una de aquellas tardes. Luego del trabajo, había ido a visitar a un compañero enfermo. Nada grave, pero era un subalterno al que me unía cierta amistad, quedaba mal que no fuera a visitarlo.
La inesperada circunstancia de tener el automóvil descompuesto y la, no tan inesperada, escasa puntualidad de los mecánicos porteños, hicieron que aquella tarde debiera movilizarme en transporte público. Salí del edificio de mi amigo y busqué una parada de colectivos de alguna línea que pudiera llevarme a mi casa. No era tan tarde, si conseguía tomarlo rápido llegaría a mi casa antes de que se hiciera de noche. Le mandé un mensaje a mi esposa para avisarle que llegaría para la cena. Al chequear el celular, noté tres llamadas perdidas que mi amante me había hecho. Sentí, otra vez, la culpa estrujándome el estómago. Ni siquiera entendía cómo las cosas pudieron llegar hasta ese punto. Envuelto en un matrimonio glacial, había empezado a coquetear con aquella hermosa mujer a la que le llevaba quince años; para “saciar los instintos de la carne”, supongo. Ensayo y error es la vida dicen. En esos ensayos de la carne aprendí que en una intimidad donde no se alcanza el alma del otro, uno se queda infinitamente más solo. Que todo lo que uno sacie en la carne se acrecienta en el alma como una ausencia omnipresente y opresiva. Todos los días me resultaban vacíos, y ya notaba que ese romance no hacía más que agrandarlos.

Pensaba en estas cosas caminando en aquel barrio que casi no conocía. Era helada la tarde, u otro frío ya me estaba recorriendo. Me habían dicho que la parada del 59 era en esa cuadra, “Acá a la vuelta”, me había dicho la florista. Pero no encontraba la parada del colectivo, entonces pasó.

Ver el colectivo y sentir que algo ocurría con el aire alrededor fue toda la misma cosa; en el preciso instante en el que sentí como si el aire fuera absorbido por una especie de aspiración de un gran monstruo invisible, el colectivo apareció en el campo de mi visión. Era tan extraño, estaba impecable, pero era un colectivo tan antiguo, no entendía cómo podía estar en tan buen estado. Tampoco comprendía por qué estaba en servicio de línea, podía ver su pintura, sus carteles indicando el destino “Olivos” y su número, el 717.
Que yo supiera, el único colectivo que me llevaba desde allí a mi casa en Olivos era el 59. De hecho, ni siquiera conocía la existencia de una línea que tuviera el 717 que pasara por Olivos; y vivía allí desde hacía casi quince años. Casi ni atiné a levantar el brazo (ni siquiera sabía si allí tenía parada) pero con tan sólo mirarlo el chofer paró el vehículo y abrió su puerta.

— ¿Me deja en la estación de Olivos?

Pregunté al chofer, el hombre asintió y subí.

Allí debí sentir la primera alarma. Es extraño, uno constantemente adapta la mente suponiendo a la realidad infalible; y nuestra realidad tiene tantas fallas. El chofer tenía la típica camisa celeste que usan los colectiveros, pero estaba impecablemente afeitado, engominado y con una corbata azul bien ceñida, parecía un tanguero de los años cuarenta. Pero eso no fue lo más extraño, lo más extraño fue subir con mi tarjeta electrónica y que el tipo me mirara como si lo estuviera cargando. Entonces vi su mano en una de esas antiguas boleteras de cinta como no se ven en mi ciudad desde hace mucho tiempo.

—Tengo la tarjeta, no tengo monedas. —Balbuceé.

Entonces debí notarlo. En los ojos del chofer hubo como una especie de revelación que él comprendió, yo no; pero debí notar que a él le fue dado, en ese instante, un conocimiento exacto de lo que estaba pasando. Él, en ese momento, comprendió lo que ocurría, yo no tenía los elementos para hacerlo, todavía no. El chofer me dijo que pasara, que no importaba.

Las rarezas seguirían; repentinamente, instantáneamente casi, me sentí agobiado por mi ropa, hacía tanto calor. Observé a las pocas personas que había en el pasaje (otra rareza, era hora pico, el tenía que estar repleto) estaban con ropas veraniegas, yo era el único abrigado. Había asientos vacíos, pero permanecí de pie, agarrado a un pasamano, mientras pensaba en todas estas rarezas.
Pensé si no estarían filmando una película de época, la moda de esas vestimentas no podía ser actual, pero tampoco parecían ser todas contemporáneas. Mi mirada se pasaba de uno a otro pasajero, asombrado de sus vestidos cuando repentinamente se detuvo en su espalda.
La joven estaba sentada frente a mí, a un escaso paso de donde yo me había parado, llevaba un vestido marrón oscuro que dejaba ver gran parte de esa espalda exquisita, sus omóplatos perfectamente marcados, como si se tratara de dos alas recortadas. No sé por qué se acomodó su cabello hacia un lado, su espalda quedó más descubierta todavía; parecía que en su espalda había un imán que atraía mis ojos sin que pudiera despegarlos de ella, me descubrí indagando sus lunares, o pecas, eran tantos. Pero lo extraño es que los miraba como si ya los hubiera visto antes; como si se tratara de un paisaje que yo conociera, como si fueran marcas que yo pudiera leer o interpretar. Estaba reconcentrado en esto cuando la joven se dio vuelta y me descubrió tan mirándola. Me sentí avergonzado, pero al mismo tiempo, su mirada.

La sensación al encontrarme con sus ojos una revelación. Una nueva percepción. Un revelárseme un universo nuevo dentro de mis sentidos. Todo lo que pasaría después; lo que pasó hasta ahora, no ha hecho sino confirmar aquella primera sensación; esa especie de epifanía.

— ¿Le ocurre algo? —Me preguntó la muchacha ante el asombro que debía haber en mi mirada.

No pude articular palabra, pero alcancé a negar moviendo la cabeza, el disparo de su mirada dentro de mí iba golpeando molécula por molécula, eran indescriptibles sus ojos, esa mirada, no podía precisarla, como si no la estuviera viendo completamente, sino sólo intuyéndola.

— ¿Qué le sucede? —Volvió a preguntarme la muchacha, no parecía tener más de veinticinco años.

Noté que me dolió ese trato de “usted”; Apenas supero los cuarenta, pero nadie suele darme más de treinta y tres, no es común que una joven suela tratarme de usted. Noté que podía hablar.

—Es todo raro acá; estoy un poco confundido. —Dije, mientras trataba de adivinar sus ojos, su rostro, su cabello. Noté que la misma imposibilidad de fijar el contorno de sus ojos se trasladaba al resto de su rostro. No sé cómo decirlo, era como verla sin estar viéndola, como si la percepción de su figura estuviera en otra frecuencia que mis sentidos no alcanzaban a aprehender del todo.

— ¿Qué es lo que siente raro?

—Por favor, no me trates de usted, me haces sentir como un anciano,

—No lo conozco —dijo— y tampoco soy de aquí, de donde vengo no es cómodo tutear a un desconocido.

Noté que también me costaba precisar del todo sus palabras, como si escucharla no me bastara para definir del todo su acento.
Miró entonces hacia la ventanilla y otra vez su espalda quedó ante mí. Descubrí que podía ver bien su espalda, podía distinguir claramente sus lunares; otra vez, la sensación de que había algo allí que se me estaba revelando y que no alcanzaba a descifrar del todo, como si me gritara desde adentro.
Sentí que no había otro lugar en el universo donde quisiera estar que no fuera ahí, junto a ella, leyéndola. Dios, eso era, estaba leyéndola, estaba leyendo en ella, estaba leyéndole su espalda, creo que era su manera de comunicarse, de mostrarme la parte más ¿tangible? de su existencia.

Ella miraba indiferentemente hacia otro lugar. Era normal, no estaba obligada a mantener ningún tipo de conversación conmigo, no tenía razones para prestarme atención.

Entonces percibí algo que hasta entonces, embelesado por ella y leerla, no había notado: Mirando hacia afuera, por las ventanillas, la ciudad que distinguía no era Buenos Aires, sino una ciudad indefinible y atemporal que no podía ser Buenos Aires. Me hubiese entrado pánico sino fuera por eso que dije antes, que no había otro lugar donde quisiera estar que no fuera con esa chica de la que lo ignoraba todo, hasta su nombre.
Es ilógico hablarle, pensé, no existe un contexto en el cual pueda mantener un diálogo con ella, pensaba, mientras miraba las irreales formas de esa ciudad tras las ventanas.
Tal vez porque notó mi mirar asombrado; o tal vez porque así estaba previsto que sucediera, ella dijo, murmurándolo, casi sin siquiera decírmelo a mí:

—La realidad puede cambiar con las palabras.

No dudé, en cierto modo, las palabras componen mi vida. No tenía certeza de que ella me hubiera hablado directamente, pero aproveché su frase y le respondí:

—Las palabras ordenan la realidad.

Ese fue el inicio de nuestros diálogos. No puedo recordar del todo lo que hablamos en ese primer viaje. Supongo que me cuesta recordar lo que hablamos porque me invadió un miedo atroz y repentino; el viaje terminaría, noté que si bien no reconocía del todo la ciudad –o ciudades- que veía tras los cristales, cada tanto, aparecía un pedazo de mi realidad que sí lograba identificar. Gracias a esos retazos, sabía que me acercaba a la estación de Olivos, que debería bajar de aquel extraño colectivo donde la había conocido. El terror me surgió porque yo no viajaba nunca por allí, pero a la vez, todas esas singularidades que notaba, pero de las cuáles nada me preguntaba por el solo hecho de haberla encontrado, hacían que supusiera que debería haber una forma, algún modo, de encontrarla nuevamente.

La estación de Olivos estaba tan cerca. Debía bajar, debía dejarla, me invadió una desesperación desconocida. ¿Y si no vuelvo a verla?, era mi angustia. Traté de grabármela en los ojos, de absorberla con la mirada y, nuevamente, otra vez, no podía fijarla. Ella dijo:

— ¿Todavía no lo has notado, verdad?

— ¿Qué cosa? —dije, agradecido de que ya me tuteara.

—Que todos en este colectivo somos fantasmas. Que nadie está vivo aquí. Que el colectivo mismo, es un fantasma.

No puedo decir que esperaba algo así. Sin embargo, la revelación no me causó ni el miedo, ni el asombro que es cabría suponer ante semejante afirmación. Creo que no le creí del todo. Aceptaba que toda la situación era, en cierto modo, paranormal, pero, ¿todos muertos?; ¿todos fantasmas, hasta el mismo colectivo en el que viajábamos? No es que no le creyera, en mi interior me era imposible pensar que ella mentía, pero mi mente racional especulaba con que ella misma desconociera del todo lo que pasaba. Debió entender mis pensamientos, porque dijo:

—No me crees.

Quise decirle que no desconfiaba de ella, pero no tuve tiempo, antes de que le dijera nada ella volvió a hablarme.

—Observa, mira bien.

Y apenas terminó de decirlo, el resto de los pasajeros empezó a desaparecer delante de mis ojos, uno a uno.
Nuevamente, me sorprendí de no aterrorizarme; la sensación era como si mi mente dijera “Te subiste aquí por tu voluntad, ha de ser por algo”… y, además, estaba ella. Y si ella estaba, podía estar bajando al mismo hades que no sentiría miedo.

—¿Qué estas pensando? —me preguntó— ¿Tenés miedo?

Tomé unos segundos antes de responder, no me daba miedo la situación, mi miedo, conforme me acercaba a Olivos, era muy diferente, mucho, de cualquier miedo que hubiese tenido antes.

—Yo —le contesté—. sólo tengo miedo de; de no volver a verte.

Sonrió, de tan encantador modo, que fue una especie de caricia sobre el miedo ese que acababa de revelarle, como si esa bala disparada dentro de mí que era el mismo acto de conocerla, repentinamente, viajara por mi interior en cámara lenta, y yo pudiera ver, apreciar, el impacto que ella iba produciéndome piel adentro. Solamente dijo.

—Cuando quieras; yo estaré aquí.

Extrañamente, el colectivo no se había detenido hasta entonces, ninguno de los pasajeros, esos que habían desaparecido, se había bajado antes. Apenas el colectivo se detuvo el chofer gritó:

—¡Estación Olivos!

Y abrió la puerta trasera para que yo me baje.
Me despedí de ella con la mirada y ella me devolvió, nuevamente, una sonrisa cuyo solo recuerdo me desgarra el pensamiento.

Me dirigí a la puerta sin dejar de mirarla, otra vez su espalda me regaló la visión de sus lunares diciéndome algo que yo no podía entender del todo. Lo siguiente fue como sumergirme en el vacío; bajar al mundo donde ella no estaba.

Esa fue la sensación al bajar del colectivo. Mi mundo, el mundo real, mi realidad, no la tenía. De golpe detesté el mundo real, odié tan intensamente a mi realidad porque ella no estaba en mi realidad. Esa realidad que yo suponía tan compleja, tan llena de alternativas y circunstancias; y que era tan pobre si no la tenía a ella.
Me asombré de que hubiera todavía tanta luz. Miré mi celular para confirmar la hora: 18:33. No podía ser cierto. Cuando llamé a mi esposa y distinguí las llamadas perdidas de mi amante había visto la hora. Eran las 18:26, lo recuerdo bien, después caminé buscando la parada y el colectivo aquel llegó de inmediato, debía haber subido en él entre las 18:30 a 18:32. El viaje que desde el centro hasta Olivos dura habitualmente 50 minutos, en ese espectral transporte había durado solamente uno o dos minutos.
Para reforzar esa sensación de vacío que era estar en un mundo diferente al suyo, el frío otoñal me hirió nuevamente, en el colectivo me había sacado el abrigo. Era temprano y decidí caminar un rato antes de regresar a mi casa, una repentina llovizna cayó sobre mi ciudad y mi alma; llovía dentro y fuera de mí, el clima se amoldaba a mi ánimo; me puse auriculares y caminé bastante rato llevándola en el pensamiento.

Era tan extraño, no comprendía por qué no podía rearmar su figura en mi cabeza, suponía que su pelo era castaño o negro, pero también se me hacía las veces de un castaño claro. Igual sus ojos, creía recordarlos cafés o almendras, pero tampoco descartaba el verde aceitunado. Su rostro era más difícil todavía, apenas mi mente creía tener su perfil, su contorno, estos se difuminaban y volvían a armarse en mi memoria de otro modo. Me dije que así debían verse los fantasmas, o que su mundo estaba tan distante del mío que mis sentidos no podían capturar su realidad tan plena como esta debía ser.
Pero me asombraba que sí podía recordar los lunares en su espalda; esas pecas, sus omóplatos, sí podía distinguirlos claramente y reconstruir sus figuras en mi cerebro. ¿Por qué? Recordaba que sentí que eran una especie de jeroglífico que yo debía descifrar; y entendí también que era algo que ella quería decirme, tal vez su modo de comunicarse conmigo, de mostrarme lo más tangible que tenía. Tal vez, lo que de carne le restaba a su espíritu.

El resto de mis horas hasta acostarme fue una tortura, y ni siquiera le había preguntado su nombre, ni siquiera podía nombrarla. No hacía otra cosa que pensar en ella. Recordaba el “Cuando quieras, yo estaré aquí”, y esas palabras se repetían dentro de mi cabeza doliéndome casi hasta las lágrimas. ¿Eso significaba que la distancia entre nosotros estaba sólo en mi voluntad? ¿Cómo podía volver a verla? Ese estaré aquí, dónde era exactamente, ¿debía volver a tomar ese colectivo fantasma? Si eso era así, lo único que se me ocurría era volver al mismo lugar donde lo había tomado y en el mismo horario.

Me acosté con la seguridad de que al día siguiente estaría allí, en ese lugar y a la misma hora. Me revolvía insomne entre las sábanas sin conseguir dormirme ni sacarla de mis pensamientos. No puedo recordar en qué momento me dormí y llegó el sueño, o la pesadilla, lo cual es lo mismo; las pesadillas también son sueños.

Es de día, estoy en una ciudad, en el sueño no me doy cuenta, pero en la vigilia descubro que ese lugar es donde tomé el colectivo fantasma. Hay mucho tráfico, un tipo cruza indebidamente y lo atropellan. Queda atrapado bajo los hierros de lo que antes suponía el auto que lo había atropellado, sólo que ahora no podía distinguir el auto, y el tipo se removía entre sus miembros destrozados y ensangrentados bajo una informe masa de hierros. Está desesperado, grita y pide ayuda; nadie parece distinguirlo, nadie lo ayuda. Aparentemente soy el único que puede verlo, me acerco y trato de sacarlo; sólo consigo lastimarlo más y que redoble sus gritos. Me desespero, los gritos del herido atrapado entre los hierros me aturden, al mismo tiempo que empieza a sonar música. Comprendo, en el sueño, que debo mirar la luna, que la luna va a obrar como una especie de rescate. “Pero es de día” pienso en el sueño, pero de repente –todo en el mismo sueño- se hace de noche y una luna enorme donde clavo mi mirada me brinda un insospechado consuelo. Como un niño que se abraza a su madre mi mirada se ancla en la luna. Mientras el consuelo calma mi ansiedad desvío mi mirada hacia las estrellas, distingo lo que llamamos desde niños “Las tres Marías”, que no es más que el cinturón de la constelación de Orión, mi mirada se enfoca en el resto de las estrellas de la constelación y repentinamente distingo dos alas que son… los omóplatos de la chica del vestido marrón en el colectivo fantasma, ¡Orión son sus lunares! El resto de las estrellas también están en su espalda. Despierto. Sobresaltado corro hasta hacia el patio, salgo a la noche y busco en el cielo de mi realidad el cielo que, en la suya, ella lleva en los lunares de su espalda.

Al otro día, tal cual supuse, el colectivo fantasma pasó por dónde había previsto que pasaría, en la hora que había previsto. Lo tomé, “Aquí estaré” me había dicho pero, ¿Y si no estaba? Pero estaba; yo necesitaba respuestas y, como supuse, ella las tenía casi todas.

Han pasado desde entonces algunas semanas. Nuestros mundos, su realidad y la mía, solo se tocan allí o en mis sueños, de los cuales despierto, en todos, de la misma manera que sucedió en el primero.
La relación que tengo con ella es tan indefinible como su propio rostro. Le he dicho que no dejo de pensarla, que todo lo que acontece en mi realidad es vacío, simplemente, porque ella no es parte de esa maldita realidad. Hasta su propio nombre me es esquivo, cuando le pregunté por él me dijo que podía llamarla como quisiera. No entendí;

—No importa tanto —me dijo ella—, podes llamarme Cecilia, o Sofía, o Mabel, o Lorena, o como te guste.

La llamo Orión desde entonces, al cabo, las señas por las cuales puedo distinguirla. Reconocerla. El resto de sus rasgos, siguen siendo, para mí, imperceptibles. Una vez quise agarrar sus manos:

—Vas a decepcionarte, va a ser igual que con los ojos, tus sentidos no pueden percibirme como realmente soy. No aquí.

Ese “No aquí” es desolador, atroz. Infiere un mundo improbable en el cual ella me es inaccesible. Es el mismo “Aquí” donde puedo encontrarla, según sus palabras, cuando quiera; pero donde sólo puedo tenerla de un modo tan poco sustancial, tan dolorosamente ausente de lo que mi alma, mis deseos, y mi cuerpo quisieran.

Todo es tan fantasmal, tan inaprensible. Cuando creí verla por primera vez dije que no debía tener más de veinticinco años, pero ahora, en cada uno de mis recuerdos parece tener una edad diferente, a veces se me aparece como una adolescente, otras como una mujer madura de cuarenta, incluso la he sentido a veces como una mujer que me superara largamente en su madurez, como si tuviera más de cincuenta.
Por sus sonrisas, por sus enojos y reproches incluso, creo intuir que la posibilidad de acceder a su realidad existe. Pero, como en todo lo que hemos vivido, tampoco ha sido concluyente en ello.

He llegado a comprender, finalmente, que estoy frente a un abismo. Y que si quiero alcanzarla, debo caer en él.
Ya no me conforma encontrarla donde no puedo verla, ni tocarla, ni aprehenderla con mis sentidos. Pero peor todavía es visitarla en ese país árido y hostil de los sueños.

Queda la última posibilidad. El último lugar donde puedo encontrarla, y percibirla, tenerla y que me tenga. Esto es, si ella es un fantasma, si ella está muerta, convertirme yo mismo en un muerto; morir.

Se comprende ahora lo difícil que era explicar esto. ¿Y si todo es parte de mi imaginación? ¿Y si he perdido la razón y ella sólo existe en mi delirio? No me preocuparía morir si más allá de la muerte no hay nada. Pero si tras la muerte hay algo y en ese algo ella no está, o no la encuentro, o no ha existido nunca, la muerte sin ella, en ese caso, para mí será peor que el mismo infierno.

He adquirido un arma. La he cargado. Tengo miedo; no de morir, no de quitarme la vida. El miedo es el mismo que el de la primera vez que tuve que bajarme de ese colectivo. El miedo es que sea cual fuera la realidad donde mi alma acabe, no vaya a encontrarse con la de ella.

***********

El colectivo espectral está detenido. Dentro de él, la mujer con Orión en su espalda conversa con el conductor:

Conductor — ¿Crees que se atreva a hacerlo?

Ella —No lo sé. Su razón todavía no lo admite.

Conductor —Sólo si lo hace se dará cuenta.

Ella —Si, ya lo vimos, los que más se encierran en los laberintos de sus razones son los que más tardan en aceptar su muerte.

Conductor —Y eso que lo ha soñado un montón de veces eh. Nunca se reconoce en el tipo atropellado ¡Qué negación!

Ella —Démosle tiempo, ya lo hará.

Conductor — ¿Y vos? ¿Qué harás cuando lo acepte? ¿Cuándo comprenda que son parte de la misma realidad y puedan percibirse tal cual son?

Ella —No lo sé. Tal vez a él no le guste lo que vea. Pero para eso aún falta que acepte que su anterior realidad ya no existe. Y cuando acepte esta realidad, todavía será solamente su versión, y no sé que lugar ocuparé yo en esa versión suya.

Que el otoño me desmienta.

El cielo suele dejarme mensajes ambiguos. Esto de amagarme con lluvia durante tantos días no me hace la maldita gracia. Recorro Baires con algo de tristeza a cuestas; un vendedor ambulante hace volar folletos en las calles, el viento sacude los jacarandaes hasta dejar un reguero de pétalos malvas sobre las veredas avainilladas. Más allá lo mismo, pero con un ceibo, en este caso los pétalos parecen sangrientas gotas que manchan también al asfalto; algunos gorriones espabilan sus alas sobre las rejas herrumbradas de los balcones viejos. Todo lo que veo parece un estallido de belleza. Es Abril; y el calor todavía le da pelea al otoño, a pesar del viento y de las nubes que cobijan a la ciudad del Plata.

Apresuro el paso. Les dije que pasaría a saludar, al menos. Antes siempre nos juntábamos con esos pseudos amigos, pseudos colegas que se prestan a los debates sobre Macaneos filosófico metafísicos, pero últimamente padezco más en esas reuniones de lo que las disfruto.

Quisiera sentarme en una plaza, o en un café, pero solo. Me gustaría leer la impresión del mail que en la mañana recibí desde Londres. Gracias a una amiga que vive allí, conseguí contactarme con una vieja poetisa inglesa, Anne Stevenson, su nombre. Ella conoció a mi admirada Sylvia Plath, eran amigas, colegas. También conoció a Ted Hughes, esposo de Plath. Me aproveché de este contacto para indagar algunas cosas que me tenían intrigado respecto a Plath, y también de Hughes. Aún no pude repasar y traducir, como hubiera querido, las cosas que me cuenta.

Ya es tarde, ya estarán reunidos; sigo acelerando el paso, transpiro. Pienso en sacarme el saco pero temo que se caiga el mensaje impreso que llevo en uno de sus bolsillos. Transpiro más; el verano se ha empecinado en quedarse en la ciudad, el otoño apenas se adivina en alguna que otra hoja marchita, desplomada. Creo advertir que una mirada me persigue, pero mis ojos no la encuentran, es extraño. La sensación se repite varias veces. En cada una siento que interceptaré esos ojos, pero no. Ignoro cómo es que acude a mi pensamiento el recuerdo de un comentario que alguna vez me hiciera un amigo: Él me explicó – no alcanzo a recordar con precisión a cuento de qué fue aquella charla- que todas las personas tenemos un punto ciego en el campo de nuestra visión. Es mucho más científica que lo que mi pobre vocabulario y conocimientos sobre el tema podrían explicar; pero a grandes rasgos mi amigo sostenía que los nervios que captan las formas para llevarlas hasta el cerebro, tienen un sitio donde no alcanzan a captar la imagen. De acuerdo con esto, el cerebro, en lugar de mostrar en nuestro campo visual una mancha, o un borrón; lo que hace es rellenar ese faltante con una supuesta imagen lógica que completa el resto general de nuestra visión como un todo acabado. Bien, tengo la constante impresión que en ese punto ciego que mis ojos no alcanzan fisiológicamente a elucidar, se esconde una mirada incógnita que parece burlarse de la interdicción que mis retinas pretenden hacer de ella. Si hasta creo imaginar como una risa queda, casi musical, que resuena en mis oídos cada vez que mi mirada se debate en vano sobre la perspectiva tangible de las calles.

Sobre el fondo del horizonte nuboso, los edificios parecen arrojarse suicidas en la oscuridad del Plata que, despaciosamente, empieza a confundirse con las primeras sombras nocturnas. Noto que al pasar sobre mi mente la palabra “suicidas” las risas musicales que acompañan el derrotero de mis embaucados ojos, se silencian, se opacan, se apagan. Entonces repito en voz alta la palabra “suicidas” y una ráfaga repentina de viento sacude las ramas arbóreas hasta amputarles hojas que van a besar irisados arcos de aceite sobre el asfalto. Estoy casi a punto de repetir la palabra cuando advierto que mi caminata llegó a su fin; el bar donde nos reunimos con hábito está frente a mí. Desde donde estoy puedo ver claramente a mis amigos debatiendo, en apariencia, airadamente, vaya a imaginarse uno sobre qué. Un instante antes de entrar siento que el aire ha cambiado… es increíble que el aire se haya tornado tan repentinamente frío de un momento hacia el otro. Interiormente me alegro, sólo yo sé con cuánto anhelo espero cada frío, cada invierno. Trato de adivinar alguna risa más oculta entre la brisa, pero no. Apenas una especie de llanto parece encenderse junto a las mercúricas luces que inoculan luz a la incipiente oscuridad de Bs. As. No tengo tiempo de reafirmar esta última impresión, ya estoy dentro del bar. Le Blanc y Sartori discuten animosamente:

-¿Antífrasis!, – vocifera Le Blanc – es decir algo diametralmente opuesto a lo literalmente escrito.

-¡Diametralmente!, ¡Diametralmente!; no sabía que ahora estábamos hablando de geometría. – Contesta socarronamente Sartori.

No es el tipo de charla que suele escucharse en los bares porteños, los más jóvenes nos definirían como verdaderos nerds, y puede que sí, puede que un crítico literario, un lingüista, un periodista y un heleno inmortal que combatió en la guerra de Troya seamos los miembros de la mesa de café más nerd de todas cuantas haya en Buenos Aires.

Lo cierto es que suele congregarnos con esmero el macaneo filosófico; y parece que en esta oportunidad entraban en esa curiosa clasifica las figuras retóricas y dialécticas. Me quedo meditando la frase de Le Blanc; se me ocurre que para el punto en cuestión deberían considerarse los contextos. Noto repentinamente que mis contertulios me observan sentado a la mesa como si hubiese arrancado la charla desde el principio, como si esperaran una acotación mía sobre el tema de la charla. No se inquietan por saludarme, difícilmente interrumpan una discusión tan profundamente superficial e interesante, para ellos, en una nimiedad como el saludo. Les salgo al cruce ironizando con:

-No los quiero ofender; pero la verdad es que estaba tan interesante la charla que no me tomé el trabajo de saludar siquiera.

Mi indirecto reproche no los inquieta demasiado, la mayoría opta por un asentimiento de cabeza a modo de saludo y prosiguen su diatriba con mayor ahínco, con mayor volumen, con extraña exaltación. Hay algo en mi ánimo que no me deja concentrarme en la charla, algo que me sumerge en una melancolía tan desconocida como al mismo tiempo encantadora… Una especie de certeza que me avisa sobre el acontecimiento de algo inusual, de un prodigio. Me abstraigo de la conversación y clavo mi vista en la vidriera, miro hacia fuera entre la humedad que empieza a opacar los cristales con su condensación; aún así distingo que la lluvia parece próxima, que las cabezas de los transeúntes simulan jugar a escaparse de mis ojos para ser tragadas por la boca del subte, que se las devora y no las devuelve… Se encienden luces ante la oscurecida tarde; el viento frío y repentino sopla desde el río y contamina con podredumbre el aire que la presión de la atmósfera empieza a apisonar sobre la ciudad. La húmeda caricia del asfalto me nombra, me busca casi a los gritos; el cristal ya está muy empañado, paso el revés de mi mano sobre la ceguera del vidrio y trato de adivinar la acera al otro lado de la vidriera. Noto que desde hace algunos segundos mis compañeros han seguido, intrigados, cada uno de mis movimientos; miran hacia fuera en busca de interceptar la dirección que mis ojos señalan. Cuando descubren que no hay nada específico que mirar, me interrogan en silencio, sólo con sus inquisidoras miradas.

-Nada, – les digo – no estoy mirando nada, sólo chusmeaba la calle.

Hay en sus ojos –en todos- como una especie de velada amenaza, una especie de “Más vale que te prendas en la charla antes de que te saquemos a patadas de la mesa”. Ignoro si esa amenaza que imagino existe en la realidad de sus intenciones, pero me siento en la obligación de participar, para no ser considerado descortés o desinteresado. Amago salir del paso dirigiéndome a Le Blanc con algo como:

-¿Vos querés decir que mediante una antífrasis se puede enunciar algo cuyo sentido es opuesto al sentido literal de lo escrito?

-Tal cual –Interviene Aizpiazú- en lo que no llegamos a ponernos de acuerdo es en lo siguiente: Le Blanc sostiene que para la existencia de una antífrasis, sólo basta la intencionalidad, mientras que el gringo Sartori discrepa. Dado que, según él, la antífrasis debe estar sustentada en la composición fáctica del texto, ya que sobre la intencionalidad pueden hallarse tantas conjeturas como lectores se encuentren con el texto.

Me quedo mirando al vasco Aizpiazú asombrado de su verba rimbombante y pomposa, menos de un segundo después noto que en la mesa todos lo miran en silencio y con la misma extrañeza; hasta que el chueco Vicente suelta una media risita sarcástica y le tira:

-Si. Eso, “la composición fálica del sexo”, está clarito.

Lo cual provoca la carcajada general y la altisonante defensa de Aizpiazú, quien tapado por las risas alcanza a decir:

-¡No sean boludos, con ustedes no se puede hablar en serio, son todos una manga de ignorantes que lo único que saben es hablar de fútbol y minitas!

Reproche que parece obrar convincentemente, porque en breves instantes retomamos la discusión sobre el uso adecuado de la antífrasis. Extrañado de que mis compañeros de tragos lleguen a tales niveles de disertación es que les pregunto:

-Imagino que todo este despelote es por que estuvieron leyendo algo ¿no? Si tratamos directamente con el texto lo vamos a ver más sencillo.

Entonces Vicente saca un libro bastante viejo y maltratado y se pone a leer el fragmento en cuestión… sorprendiéndome como si me acertara con un puñetazo a la mandíbula:

-Es un fragmento de una poeta yanqui, vos que siempre andás con los libros la debés conocer, creo que hasta alguna vez me la mencionaste. Sylvia Plath se llama, una que se hizo mierda sola; la parte que discutimos dice así: “…Mi paisaje es una mano sin líneas,/Los caminos atados en un nudo,/yo misma el nudo,//…Divino como el alarido de un niño/ Como la araña, yo hilo espejos,/Fiel a mi imagen…”

Cada palabra del texto amortaja la voluntad de mi ánimo al asombro, cada letra vale por sí misma una revelación que no alcanzo a comprender… No alcanzo a explicarme cómo es que justamente citan un texto de Sylvia Plath, quien ha estado constantemente en mi pensamiento, desde hace varios días. Repentinamente me invade una única certeza: Debo salir cuanto antes del bar, buscar la intemperie, salir al amparo del cielo, ya tan plagado de nocturnidad como de nubes. Trato de disimular mis inquietudes y busco ganar tiempo con:

-Estaría bien que los dos nos expliquen sus puntos de vista basándose directamente en el texto. Así va a ser más fácil entenderlos y llegar a algo.

Sé que de este modo se van a agarrar de los pelos durante largo rato. Mientras yo busco la manera de escabullirme y retirarme sin que me presten demasiada atención. Cosa que hago rápidamente. Me causa cierta gracia verlos desde la puerta; allí los cuatro, indicando sus pareceres señalando el viejo libro sobre el poema “Mujer sin Hijos” de aquella poeta, triste y paranoica hasta su misma muerte. Mis amigos le dan igual importancia a mi saludo de despedida que al de bienvenida. Mejor así.

El viento de la calle cercena cicatrices en mis mejillas, se contornean en mi memoria los versos de la poetisa. Casi no puedo creer que estuvieran hablando de ella. Es extraño, precisamente tenía reparos en acudir a esa reunión por tener mi pensamiento fijo en ella; y justo cuando allí hablan, inesperada e impensadamente, sobre ella… recibo la impresión de abandonar el lugar, de salir hacia la noche para que me trague la espesura nocturna. Marcho casi deambulando, aprieto en mi bolsillo el papel del mail de Stevenson. Recuerdo que me llamó la atención lo que decía acerca de Ted Hughes, el esposo de la fallecida Plath; mencionaba algo como:

“…Vea usted, estimado amigo, sus intuiciones eran ciento por ciento acertadas. El tipo era repulsivo, un verdadero H… de P… (sic); no sólo, en cierta forma, por su responsabilidad hemos perdido a esa extraordinaria poetisa que tuvo la desgracia de tenerlo por marido; sino que su amante, quien fue cómplice en la trama de sucesos que llevaron a Sylvia hasta el suicidio… también acabó por decisión propia con su vida. Y para colmo lo hizo suicidándose con gas, igual y del mismo modo que Sylvia. Al menos el desgraciado tuvo que pasar dos veces por lo mismo.”

No hay pensamiento fijo que dirija el curso de mis pasos; debo haber pasado no menos de tres veces por frente de la puerta de mi casa. La lluvia sigue amagando pero no se anima a caer, acaso alguna que otra gota fugitiva viene a darme en la cara, pero no me basta. Tomo asiento en una plaza cualquiera y siento que no abandonaré el banco hasta que la lluvia me empape, hasta que el otoño diga presente de manera inequívoca, definitiva. Hago memoria, me esfuerzo y repito en voz alta el fragmento del poema que mis amigos discutían en el bar. Vibra en el aire todavía la última silaba, el eco de mi última letra articulada, cuando noto, exactamente frente a mí, como si siempre hubiera estado allí, parada delante de mí: una mujer joven, de facciones delicadas, cabello por el hombro… sus ojos… sus ojos causan mareo, me mira y siento que algo me ha capturado, pero no puedo explicar cómo ni porqué. La mujer me obsequia una sonrisa que – lo sé – ya no podré desterrar de mi pensamiento, y con un indecible gesto de seguridad completa el resto del poema con una musicalidad inasible en su voz, lo hace en un inglés puro, castizo como no oí, y sé que no oiré, nunca:

-“… Fiel a mi imagen,// Profiriendo únicamente sangre-/ ¡Pruébala, rojo oscuro!/ Y mi selva// Mi funeral,/ y esta colina y este/ Resplandecer con bocas de cadáveres.”

Me quedo pasmado, absorto. Conozco la respuesta de la pregunta que voy a hacerle… igualmente se la hago, lo imposible siempre debe constatarse.

-¿Sylvia Plath?

-Así es. – Me contesta en el mismo correctísimo inglés de antes – ¿Por qué te asombra tanto este encuentro, cuando no has cesado de llamarme?

La confirmación de lo que no ignoraba, logra aturdirme bastante, mil pensamientos se apresuran a formarse en mi mente, pero ninguno primerea al resto, cuando creo que voy a poder preguntarle algo noto que varios tipos con ropas de enfermeros nos han rodeado. Antes de que llegue a alarmarme, uno de ellos cree tranquilizarme diciéndome que no me asuste, que la chica no es peligrosa. Sus compañeros la alcanzan y distingo cuando la inyectan. Ella no deja de mirarme, casi con un poco de tristeza, con algo de conmiseración, como lamentándose de mi suerte despreocupada de la suya. Antes de que la suban a la ambulancia alcanza a decirme:

-Tus amigos se equivocan, no es una antífrasis. Para tener el valor de meter mi cabeza en el horno debí creer, incontrovertiblemente, que era una mujer sin hijos… una madre sin hijos. No te olvides, no importa lo que te digan, no importa lo que creas luego; sino lo que en esta noche he sido para tus ojos.

La meten en la ambulancia. Me sorprende descubrir que estas últimas frases me las refirió en castellano, no en el inglés perfecto que le había escuchado antes. Trato de buscar su mirada clara tras las cortinas de la ambulancia que todavía no parte. No lo consigo. Soy débil, casi tengo vergüenza de mi incredulidad cuando me dirijo a uno de los médicos para preguntarle:

-Disculpe… ¿La chica se llama Sylvia?

-No, – me asegura el hombre, casi asombrado de mi interés en la paciente- ¿Ella le dijo que se llamaba así? Es muy raro. Casi no habla, nos sorprendió mucho que lo hiciera con usted. Se llama Analía. Analía Devon. Es una interna del Moyano: se escapó esta mañana y desde entonces la andábamos buscando. No es peligrosa para nadie, excepto para ella… trató de suicidarse de casi todas las formas posibles… es extraño que no lo haya intentado en todas estas horas que estuvo libre, muy extraño.

-Siento que tengo un muestrario enorme de preguntas que quiero hacerle, pero el valor me traiciona, el ánimo flaquea y tomo asiento en el mismo banco en el cual estaba cuando la mujer capturó mis ojos. Escucho que antes de subir a su vehículo el tipo me dice que no me preocupe, que la chica va a estar bien.

Me quedo largo rato sentado cuando la ambulancia ya ha partido. Sé que espero en vano; y ya no estoy esperando la lluvia cuando repentinamente empieza a llover sobre mí y sobre Baires. Despacio primero, con gotas tímidas, miedosas. Después es diluvio, portentoso, implacable. Me esfuerzo, trato de buscar en el viento tormentoso esas sonrisas que creí escuchar antes de llegar al bar. Pero solamente escucho el sonido de la lluvia, y los truenos; que inauguran, por fin, la melancolía de la estación tan retrasada, tan impuntual, perezosa.

Mañana pediré licencia en el trabajo para visitarla en el Hospital psiquiátrico. Mañana me enteraré que los enfermeros se descuidaron y que ella consiguió eludirlos para arrojarse de la ambulancia en plena marcha. Me enteraré que lograron llevarla viva hasta la guardia de otro hospital. Pero que allí no pudieron salvarla. Poco después me enteraré que apenas había cumplido treinta años, que nunca se había casado, que jamás aprendió a hablar el inglés, que nunca tuvo hijos… Pero eso será mañana.

Hoy todavía es esta noche. Noche en la cual tuve la extraña y melancólica dicha de que se me concedan dos, de esos deseos que nunca deberían desearse.

Almacenes de Barrio

Fue solamente hace unos días, no fue hace tanto; en el programa de radio que suelo escuchar entrevistaban a Adriana Varela y por una referencia a “El Viejo Almacén”, emblemático local del tango rioplatense, la charla derivó hacia los viejos almacenes de barrio. Fue raro, hacía rato que quería escribir un artículo aquí sobre ellos y me decía a mí mismo que no, que no era algo que tuviera la suficiente importancia o entidad para darle lugar en un texto. Esa charla, entonces, fue una especie de confirmación; supe que escribiría sobre los Almacenes de Barrio, o de mi barrio, o de mi infancia en mi barrio. Conforme lo fui escribiendo supe que escribiría sobre mucho más que eso.

El segundo almacén del cual guardo memoria es el de mi infancia en Don Torcuato, viví en esa casa americana con jardín y pino al frente desde los cuatro hasta los doce años. La casa del 185 de la calle Ingeniero Huergo. Es muy raro, esa calle se llama ahora Cochabamba, pero eso no es lo raro, lo raro es que hoy día le pusieron de nombre “Ingeniero Huergo” a la calle paralela de atrás. Entiéndase que si digo “atrás” me refiero a la que daba espaldas al frente donde apuntaba mi casa, nunca tuve la más remota idea de nociones espaciales del tipo Norte-Sur, o Este-Oeste. Pero la rareza consiste en eso, es una barbaridad, ¿no piensa la gente de catastro en los recuerdos de infancia de las otras personas? ¿Cómo le van a poner el mismo nombre a otra calle? ¡A una calle paralela, además! Es como si se metieran dentro de tu memoria a cambiarte de lugar un recuerdo que creías tener a resguardo. Al fin de cuentas, ese es un trabajo que uno hace por sí mismo. ¿No alcanzaba con cambiarle el nombre? ¿Tenían que darle el nombre de mi calle a otra calle en el mismo barrio? ¿¡La calle paralela, además!?

Ese segundo almacén del que tengo memoria, ese del cual ya empecé a contar, es el que se relaciona con esa casa, con ese barrio en el cual viví desde los cuatro a los doce años, casi mi completa infancia con uso de razón. No logro recordar si tenía nombre, imagino que sí, era común entonces que el nombre del almacén estuviera pintado sobre la entrada o sobre la vidriera, y no creo que ese almacén fuera una excepción, pero lo cierto es que si lo tenía o no, yo no logro recordarlo; para mí, como para mi familia, como para todos los chicos del barrio, ese era el “Almacén de Doña Yolanda”. Doña Yolanda era la dueña del almacén claro, la señora que lo atendía. También lo atendía “Don Juan”, el esposo de Doña Yolanda, pero nunca supe por qué todos se referían al almacén como de “Doña Yolanda” y no el almacén de “Don Juán”. No sólo nunca lo supe, ignoro si haya siquiera una explicación para tal potestad del género en este caso. Tanto Doña Yolanda como Don Juan eran personas mayores, o ancianos, eufemismos que me enseñaron a decir en lugar de “viejitos” porque mi madre era muy capaz de cachetearme si me escuchaba decirle “viejo”, o “viejito” a una persona de edad, mayor, o anciano. Cuántas generaciones como la mía habrán sido criadas a base de respetuosos eufemismos, me pregunto.

Ahora que lo pienso, quizá Doña Yolanda y Don Juan no eran viejitos sino que yo los veía así. Eran indudablemente mayores que mi padre y mi madre, que entonces apenas superaban los treinta, pero quizá no mucho mayores de los cuarenta y pico que yo tengo ahora. El almacén quedaba en la esquina de mi casa, en la esquina de la vereda de enfrente, a solo media cuadra del portón de mi casa. Y sin embargo, en mi infancia esa distancia me parecía enorme. Toda mi vida ha transcurrido cercana a aquel barrio, varias veces he hecho melancólicas visitas a aquella calle a la que tan infamemente le cambiaron el nombre. Recorro sus veredas, paso por enfrente de la que fue mi casa, con jardín en el frente y un pino, un pino que tenía mi altura cuando lo plantamos, el doble de mi altura cuando me mudé y que hoy tiene más de treinta metros. Pero parado en la puerta de la que fue mi casa miré en dirección al almacén de Doña Yolanda, que ya no existe desde hace muchos años, y noté que la distancia era mucho más corta de la que yo recordaba. Recuerdo que esto mismo me pasó con el recuerdo de las sillas de la casa de mi tía Ilsa, esas sillas que me parecían un bosque enorme e infranqueable en el que yo me imaginaba jugando a los soldados, y cuando las vi, hecho ya adulto por el tiempo, me parecían enanas en comparación al recuerdo de mi infancia. Por eso pienso que los ojos de un niño son diferentes a los de un adulto, no hay manera de que veamos igual las cosas. En mi recuerdo Doña Yolanda y Don Juan eran viejitos y probablemente sí lo fueran, pero quizá no tanto, quizá me parecían más grandes como más grande me parecía la distancia desde mi casa hasta el almacén que ellos atendían. O quizá aquellos eran los juicios correctos y la adultez no hace sino viciarlos; ¿O acaso no decimos que en la infancia somos puros como nunca más volveremos a serlo? ¿Por qué nuestros juicios de entonces debieran descartarse en desmedro de los de ahora?

Doña Yolanda era petisita, usaba el cabello corto y su cabeza estaba repleta de canas. Don Juan era flaco y fibroso, lo recuerdo desprolijo y usando camisetas en verano, sudoroso y con su cabello desordenado y transpirado, siempre acomodando cajas. Don Juan manejaba una camioneta Peugeot 404 rural carrozada, de color gris amarronado con ribetes naranjas, con la cual hacía las compras de provisiones para su almacén. Quizá por eso lo recuerdo transpirado y acarreando cajas, porque quizá su mayor tarea era la logística, aunque también lo recuerdo atendiendo. La voz de Doña Yolanda era nasal e imperativa; Don Juan en cambio tenía la voz carrasposa de los fumadores y usaba un bigote anchoíta a lo Labruna. Más tarde en el tiempo, al ver fotos de George Orwell, en especial de su etapa como locutor en la BBC, me sonreí con nostalgia, era como ver fotos de Don Juan, el viejo almacenero de mi infancia.

En mi recuerdo, el local de aquel almacén era alargado, si lo tengo que llevar a  mis parámetros de adulto diría que tendría unos tres metros de frente por unos siete u ocho de largo. Recordarán que estaba en una esquina, por lo que su frente era una ochava inclinada. Saliendo de mi casa, el local estaba hacia la derecha, cuando uno entraba al negocio, a la izquierda estaban las heladeras mostrador tras las cuales se ubicaban Doña Yolanda y Don Juan para atender a los clientes. En esa misma posición imaginaria de estar entrando al almacén que ya no existe, hacia la derecha había una pared con estantes de madera donde estaban apiladas las latas de galletitas. En los setenta, y hasta muy entrados los ochenta, era impensado suponer que las galletitas vinieran envasadas individualmente en bolsas. Las galletitas venían en latas que eran un cubo de 40 por 40 centímetros, con un redondel de vidrio al frente para que se supiera de qué variedad de galletitas se trataba, y una abertura con tapa arriba por la cual se extraían. Las galletitas se vendían sueltas, en bolsas de papel madera al principio y bolsas de nylon (polietileno) más acá en el tiempo, pero sueltas; y la unidad de medida en cual uno las compraba más comúnmente era el “cuarto”, es decir, 250 gramos. En una última etapa, las cajas de cartón reemplazaron a las latas con ojo de buey. Las cajas que estaban más a mano del almacenero eran las latas abiertas. En los estantes de arriba Don Juan apilaba cajas cerradas de las mismas cajas que ya tenía abiertas a la espera de reponer las que se acabaran primero. Las cajas de galletitas vacías las apilaba al fondo hasta que las cargaría en su camioneta para llevarlas a su proveedor, ya que no eran descartables, debía intercambiar cajas vacías por llenas cuando tuviera que reponerlas. Igual con los cajones de cerveza, o de vino, o de soda, o de gaseosas. Gaseosas que eran de riguroso uso en ocasiones especiales, cumpleaños o cuando venían visitas. En la mesa de todos los días los grandes tomaban vino con soda, y los chicos tomábamos soda o agua de la canilla. El agua mineral en botellas era algo que no conocí hasta la adolescencia y los jugos en polvo no aparecieron sino hasta principios de los ochenta. Claro, ahora recuerdo, por eso mi recuerdo de Don Juan es siempre cargando o acomodando cosas, había que estar preparando constantemente los cajones vacíos para devolverle a los proveedores. Llenarlos, correrlos, bajar los nuevos cajones, cargar las heladeras, los estantes, eso es lo que mayormente hacía Don Juan… mientras Doña Yolanda atendía con ese tono nasal e imperativo. Creo que yo le tenía algo de miedo, no mucho, creo que más miedo me daba mi mamá y cualquier probable error que pudiera llegar a cometer en la compra. Aunque ya se vendía en paquetes, la yerba y el azúcar (sobre todo en los setenta) todavía se vendían sueltas, por lo que en una misma compra uno debía recordar cuántos kilos le habían pedido de uno, de la otra, cuantos gramos de fiambre, cuánto de queso, cuántos litros de aceite (también suelto, claro), y rogar que ninguna medida de capacidad o peso se mezclara con otra: “¿Estás seguro que tu mamá te dijo un litro de azúcar…?” me dijo una vez Doña Yolanda, en la escuela todavía no me habían enseñado que las medidas de capacidad de los líquidos no servían para el azúcar, no era mi culpa. Recuerdo los jamones colgados del techo, las longanizas, las mortadelas, las botellas de vinos finos y licores en los estantes de arriba detrás de la pared donde Doña Yolanda atendía. Recuerdo que cuando la compra superaba los seis o siete artículos, mi madre me daba un papelito donde me anotaba la lista de compras. Mis padres nunca compraron al fiado, pero muchos de los que compraban tenían su “Libreta”, donde Doña Yolanda le anotaba al cliente los artículos que llevaban a crédito. Recuerdo ardorosas discusiones cuando los clientes iban a saldar la cuenta de sus libretas porque mis colegas de edad (los chicos del barrio) compraban al fiado cosas que sus madres no le habían autorizado comprar. Recuerdo a más de un amigo cuya madre lo llevaba de los pelos o las orejas desde la puerta del almacén hasta su casa por incluir en sus libretas de fiado: caramelos, yogures, chicles, alfajores o paquetes de figuritas que sus madres no habían autorizado y que los muy pillos habían intercalado disimuladamente en las listas de compras. “Usted tiene que revisar cuando lo manda a Gustavito, eh” amonestaba Doña Yolanda.

Conforme fui creciendo, empecé a sentir antipatía o simpatía por unos u otros clientes. Recuerdo que no soportaba generalmente a las que mi madre llamaba “Viejas Chusmas”, que ella se permitía llamar así pero guay de que a mi se me ocurriera llamarlas de igual modo bajo riesgo de recibir un sopapo. Pero no era influencia de mi madre que no las soportara, no las soportaba porque si estaban antes que yo en el turno para ser atendidas, tardaban muchísimo en hacer sus compras porque entre artículo y artículo hablaban de política, de otras señoras del barrio, del tiempo y ese tipo de cosas que conforman los lugares comunes de las conversaciones de barrio. Creo que allí surgieron mis primeros prejuicios sobre los lugares comunes y las conversaciones triviales.

En el barrio había otros almacenes, pero estaban más lejos; incluso había un supermercado que no estaba muy distante de dónde vivíamos. Pero no recuerdo que mi madre hiciera sus compras por cuestiones económicas; la palabra “Barato” o “económico” no tuvo significado para mí sino hasta bastante tiempo después, se compraba en el almacén más cercano, en la panadería más cercana, en la carnicería más cercana o en la verdulería más cercana por proximidad y afinidad vecinal. Quedaba mal comprar en otro lado que no fuera de negocio que quedaba más cerca de casa, era hacerle un desplante a un vecino. Recuerdo que una vez mi madre me mandó a comprar un licor especial que Doña Yolanda no vendía a otro almacén más lejano; al otro almacén lo llamábamos “El almacén de la Brandsen”, tampoco recuerdo si tenía otro nombre, Brandsen era el nombre de la calle donde estaba y por eso lo llamábamos así; seguramente los chicos que vivían cerca lo llamaban por el nombre de la señora que atendía, y quizá yo nunca supe su nombre porque ese almacén estaba más allá de una frontera que no era geográfica. Para ir hasta ese almacén (estaba a cuatro cuadras) el almacén de Doña Yolanda me quedaba de camino, pero todavía recuerdo que mi madre me indicó: Cuando volvés con el Ponche, da la vuelta y  volvé por la Luján, no quiero que Doña Yolanda te vea”. Claro, el almacén de la Brandsen estaba más allá de la frontera del qué dirán. No recuerdo a mi familia haciendo compras en un supermercado sino hasta muy entrada mi adolescencia, y tampoco recuerdo que esas compras “super” fueran algo frecuente. Hacer las compras en el barrio significaba socializar con ese barrio, conocía a casi todos los vecinos de mi barrio, casi todos me saludaban en la calle y yo respondía a su saludo a pesar de ser un chico bastante tímido y callado. Creo que odiaba las charlas triviales de las conversaciones de almacén, pero para muchas mujeres, muchas amas de casa que entonces no trabajaban más que de atender sus hogares y a su hijos, no había mucha más actividad social que esa de ir a hacer las compras y ponerse al tanto de lo que ocurría en el mundo que las rodeaba. Mi madre trabajaba, era tallerista en casa y no se levantaba de su máquina de coser más que para ir al baño, hacer las compras significaba una pérdida de tiempo y productividad; por eso es que esa era tarea de su hijo mayor, a pesar de que tuviera cuatro o cinco años. Hoy ya no hay tantas amas de casa como entonces; o, mejor dicho, además de ser amas de casa, las mujeres también trabajan. Creo que por eso proliferaron tanto los supermercados, los super chinos o los hipermercados. Las compras se hacen ahora para que duren la mayor cantidad de tiempo posible, y si ese tiempo posible es un mes completo, mucho mejor. No es raro que en los tiempos en los cuales proliferan las redes sociales, el contacto social en vivo haya quedado reducido a expresiones mínimas. No digo que este hecho sea malo o bueno, simplemente lo señalo.

Si leyeron con atención, cuando me referí al almacén de Doña Yolanda hablé de él como del “segundo almacén del cual guardo memoria”. Y esa posición, ese segundo lugar se debe a que seguramente el primer almacén del cual tengo memoria es el de mi abuelo. Claro, mi abuelo materno tenía almacén propio y seguramente es el primer almacén y negocio que yo he conocido aunque esos recuerdos sean muy difusos. Pero ese es casi un recuerdo implícito, algo propio, algo que nació conmigo, un recuerdo de familia más que el recuerdo de una actividad comercial. Pero aún así, no puedo dejar de hablar de “ese” almacén cuando hablo de viejos almacenes de barrio. En principio porque aquel almacén representaba un almacén casi anterior en dos generaciones al almacén típico de mi infancia; era como si lo hubieran extrapolado de otra época. Pero además de eso, ese almacén significó un quiebre en mi vida, probablemente mi vida hubiera sido otra sin la existencia de ese almacén.

Su anacronismo tiene una explicación. Mis abuelos vivían mucho más al Norte del Gran Buenos Aires que donde mi familia vivía. El barrio era entonces casi el límite entre la ciudad y el campo; las calles eran de tierra en verano y de barro en invierno. El lugar no tenía nada que ver con las villas miseria que hoy se conocen, pero tampoco tenía nada que ver con el barrio donde yo vivía. Las casas eran desiguales y todas muy distintas entre sí, la gente era generalmente del interior del país; mis abuelos, por caso, eran Santiagueños, y había muchos santiagueños allí, creo que eran mayoría. Pero recuerdo que don Raúl, el señor grandote de enfrente era Catamarqueño, y Doña Rosa, la señora de la casa de al lado de mi abuela, era Santafesina, y los Villalba que vivían en la esquina, con cuyos hijos jugábamos mis primos y yo, eran tucumanos, y Don Ventura, un señor pelado que vivía a unas pocas casas de lo de mi abuelo y que siempre me contaba historias de cuchilleros, era Correntino, y todos hablaban con tonadas que me gustaban y esas tonadas fueron una especie de canción de mi infancia. Atrás del almacén de mis abuelos había un viejo molino de viento que servía para extraer agua de pozo. Mis propios abuelos tenían bomba en lugar de bombeador; y cuando hablo de bomba no hablo de bomba centrífuga, sino de las viejas bombas manuales de fundición, esas con una manija larga que había que mover acompasadamente para extraer el agua desde lo profundo de la tierra. Mis abuelos se negaban a instalar el bombeador que todas sus hijas e hijos querían comprarles e instalarles.

Ya está dicho, el almacén aquel no era como los almacenes de mi barrio. Era más bien lo que se conoce como un “bolichón”. Es decir, no solamente era un almacén, mi abuelo vendía vasos de vino y caña a los ocasionales compradores, y si estos ocasionales compradores lo requerían, mi abuelo armaba una mesa de naipes en el patio y les vendía tragos, gaseosas, queso y fiambre a los jugadores de truco. El almacén de mi abuelo tampoco tenía nombre… era “El almacén de Don Sixto”, porque ese era el nombre de mi abuelo. El almacén de Don Sixto era un local de tres metros de frente por cinco de largo. Tenía una pesada cortina ciega de metal, pintada de verde oscuro, que había que levantar a mano mediante una cadena con rondana y trabar la cadena cuando se llegaba a levantar a la altura necesaria. Después había una entrada con doble puerta, o con puerta de dos hojas, puertas de madera pintadas de verde como la cortina, pero con vidrios a partir del metro de altura, como si tuvieran ventanas. Esas puertas se abrían empujándolas y volvían a su posición como las de las cantinas de las películas de Cow Boys. Arriba de las puertas había unos tubitos de metal que golpeaban entre sí como un cencerro o campanillas cuando una de ellas se abría; y esto porque a veces mi abuelo estaba haciendo cosas en el patio y tenía que enterarse si un cliente había entrado. Más acá en el tiempo llamamos a este artefacto “llamador de ángeles”, pero pasarían años hasta que se los conociera así. En aquella época los chicos nos quedábamos a dormir en la casa de nuestros primos, y tampoco se llamaba a eso pijamada como se le dice ahora, era solamente quedarse a dormir en lo de Graciela, mi prima, o en lo de Walter, mi primo. La mamá de Graciela, hermana de mi mamá, vivía con mis abuelos, por lo que quedarme a dormir en la casa de mi prima Graciela era quedarse en la casa de mis abuelos, la casa donde mis abuelos tenían ese almacén estilo bolichón. Esto suponía tener acceso a los caramelos, alfajores y chupetines que mi abuelo vendía, pero mi abuelo era un celoso vigilante de las golosinas que comerciaba, aunque fuéramos sus propios nietos los que se las pidiéramos. Igualmente, con mi prima Graciela armábamos en la vereda un almacén paralelo con los cajones vacíos de gaseosas y cervezas y envases vacíos que teníamos a montones. Jugábamos “Al Almacenero”, obvio, y éramos la envidia de los chicos de aquel barrio porque el almacén que nosotros armábamos estaba mucho más equipado que cualquiera que ellos pudieran armar. Usábamos latas de galletitas vacías y las llenábamos de piedras y canto rodado simulando que eran galletitas reales, envolvíamos cantos rodados con papeles de caramelos, caramelos que antes nos habíamos comido, y usábamos los paquetes de mercadería rota que mi abuelo ponía para cambio a los proveedores. Cada chico del barrio que pasaba por el almacén de mi abuelo porque acompañaban a sus madres a  hacer las compras allí, se quedaba en la vereda jugando con nosotros en el almacén ficticio que habíamos armado con mi prima Graciela. Nunca seré de aquellos que digan que todo tiempo pasado fue mejor, de hecho casi me inclino a pensar lo contrario, pero no dejo de asombrarme de los modos de jugar de los que entonces éramos niños. No creo que los niños de hoy en día sean menos imaginativos que nosotros o que no usen su imaginación porque juegan con una Play Station; supongo que cada generación de infantes juega de acuerdo a los medios de los cuales dispone y ya convivo con generaciones de adultos que no han jugado en su infancia como yo jugué. Esos mismos adultos que tampoco tienen idea de cómo eran los viejos almacenes de mi barrio y del barrio de mis abuelos.

En 1982 yo ya tenía doce años, era un chico alto, muy alto; le llevaba casi una cabeza a cualquier chico de mi edad y precozmente me habían crecido los bigotes, por lo que aprendí a afeitarme bastante antes que los chicos de mi edad. Tenía la altura de muchos adultos, probablemente por eso mi padre hizo que por las tardes, a la salida de mi colegio, me hiciera atender el viejo almacén de mis abuelos, a quienes él les compró el fondo de comercio el año anterior. Ya no fue el almacén de mis abuelos, pasó a ser el almacén de mi padre, y pasé a ser el ayudante de mi padre para atenderlo. Lo más trascendente de aquel extraño suceso fue que, como vivíamos lejos, mis padres decidieron mudarse de Don Torcuato, el barrio de mi feliz infancia, y comprar una casa en aquel mismo barrio donde estaba el almacén que había sido de mis abuelos. Viví en aquel barrio desde los doce años hasta los dieciocho años, la adolescencia completa. Y puedo decir que pasé de vivir una infancia, aunque algo solitaria, bastante plena y feliz; a una adolescencia en un lugar donde no tuve más remedio que vivir entre chicos que habían sido criados de forma muy distinta de la mía. Tampoco es que haya compartido demasiado tiempo con ellos, las diferencias quedaron expuestas muy rápido en aquel contexto y las distancias se establecieron igual de rápido; mi círculo de  amistades quedó circunscripto sólo a los compañeros de colegio.

No fue una buena decisión de mis padres adquirir aquel almacén, peor todavía fue que nos mudáramos al barrio en el cual ese almacén estaba. No obstante, recuerdo con cierta sonrisa la experiencia de haber atendido aquel viejo almacén de barrio con sólo doce años de edad. Como antes expliqué, aquel almacén parecía haberse detenido en el tiempo, era anacrónico comparado incluso con los almacenes que eran comunes entonces. Mi padre pretendió modernizarlo y eso le trajo problemas; trató de ya no vender los famosos “vasos de vino” a los borrachines del barrio; trató de no armar más esos campeonatos de truco que los borrachines montaban en el patio mientras compraban más vino, fiambre y papas fritas sueltas;  trató de ya no vender más la yerba suelta, el azúcar suelto, el aceite suelto, el vino en damajuana de cinco litros. Y cada uno de estos cambios conllevo la pérdida de más y más clientes. En 1983 el viejo almacén de mis abuelos, el que por poco más de un año fue de mi padre, dejó de existir. Mi padre habrá notado, igual que me pasó a mí antes con los muchachos de aquel barrio, que las diferencias sociológicas determinan desde el modo de vivir una adolescencia, hasta los hábitos de consumo de los que viven en la sociedad de ese barrio. En 1983 ya no teníamos aquel almacén; la tranquilidad de por fin mudarnos de aquel barrio, se demoró hasta 1988.

He pensado mucho en las diferencias de los almacenes de mi infancia y los actuales. Junto a una maravillosa esposa, he tenido el privilegio de criar cuatro hijas mujeres en un barrio muy parecido al de mi infancia. Pero los tiempos son otros o, mejor expresado, el paso del tiempo ha modificado las costumbres de la sociedad y los hábitos de compra y consumo… y la manera de vivir, claro. En nuestro barrio, al norte de la ciudad de Buenos Aires, todavía subsisten los almacenes de barrio. Y no creo errar al suponer que todavía existen en muchos otros barrios del conurbano como así también en algunos barrios de la capital. Pero han modificado, no solamente su fisonomía, sino también sus propios hábitos para subsistir. Hoy uno prefiere comprar en Supermercados o Hipermercados, las compras que uno hace en el propio barrio donde vive son más bien marginales. Cuando se acabó la sal, o el azúcar o cualquiera de los otros víveres que uno calculó mal en la compra del mes, una gaseosa fría, una soda, el antojo de equis producto. Uno ya no va al almacén de barrio a hacer las compras, sino solamente a adquirir lo que se acabó o se olvidó de comprar en el súper. En el barrio donde crecieron mis hijas que hoy ya son adolescentes puedo mencionar tres almacenes en los cuales mi esposa y yo compramos mientras ellas crecieron. Y hago bien en señalar que las compras las hicimos mi esposa y yo; siendo niñas, ninguna de nuestras hijas fue sola nunca a hacer las compras a los almacenes de nuestro barrio. Es un lindo barrio, tranquilo, en más de quince años no he sabido de hechos de violencia graves que ocurran en él. Quizá hemos sido padres demasiado temerosos o sobreprotectores, pero siempre preferimos evitar que salieran a comprar solas y, pensado en retrospectiva y recordando mi propia experiencia, me cuestiono si fue una decisión acertada. Más allá de eso, siempre nos acompañaron a  hacer las compras.

Dije que podía nombrar tres almacenes y me serviré de ellos para terminar al fin este larguero artículo. El almacén de Don Jaime, el almacén de Doña Nilda y el almacén de Mary. Haré unas breves consideraciones ontológicas aquí; he notado que uno da un nombre femenino o masculino a un almacén por el género de la persona que lo atiende por más tiempo. El viejo almacén de Doña Yolanda también lo atendía su esposo, pero era Doña Yolanda quien más tiempo estaba tras el mostrador atendiendo clientes. Lo mismo con el de mi abuelo, era el almacén de Don Sixto porque era él quien casi siempre lo atendía, aunque mi abuela (de nombre Anselma) también solía a tender a veces. Lo mismo pasa con los almacenes de Don Jaime y de Doña Nilda. El almacén de Don Jaime tiene un cartel en el cual se lee “Despensa”. Esto es un eufemismo, una afectación, como quien dice “subí a un transporte público” en lugar de decir “subí a un colectivo”. Una despensa, supuestamente, es más que un almacén, conlleva una categoría distinta de negocio. Rara vez ese supuesto se cumple, no es el caso del almacén de Don Jaime. De todos modos, nunca escuché a nadie decir “Voy a la despensa a comprar tal o cual cosa” todos decimos almacén, así que es un eufemismo ridículo, como todos los que devienen de la necesidad de aparentar más de lo que realmente se es. Ya he dicho el poco gusto que tengo por las conversaciones triviales y los lugares comunes; gusto común en la mujer que elegí como esposa y madre de mis hijas. El almacén de Don Jaime es el que más cerca queda de mi casa, está prácticamente en la vereda de enfrente. Pero mi esposa no soportaba la “Trivialidad” y la “Curiosidad” de las conversaciones que eran comunes entre las clientas del almacén, y mucho menos que Don Jaime las promoviera y pretendiera hacerla partícipe a ella de las mismas.  Si mi esposa compraba un cuarto de pan Don Jaime preguntaba “¿No se irá a quedar corta?”, si mi esposa compraba arroz de marca Equis Don Jaime acotaba “Pero mire que es mejor el arroz marca Qu, eh” y así con todo. Un día nos vendió algo en mal estado y mi esposa dijo que nunca más compraríamos nada más allí. Más de quince años después, el almacén de Don Jaime aún existe, pero nunca más volvimos a comprar nada en él. Y, a decir verdad, el motivo nunca fue aquel producto en mal estado.

El almacén de Mary es un típico almacén de barrio de esta época. Es el más reciente de todos. Anoto otra curiosidad ontológica, a Mary no se le dice Doña Mary como se le dice Don a Don Jaime o Doña a Doña Nilda. No es una cuestión cronológica, Mary tiene más de sesenta años, pero todos le dicen Mary, ni a los niños que van a comprar allí les he escuchado decirle “Doña”… ¿Será que ya no se dice Doña entre las nuevas generaciones? Cuando digo que el almacén de Mary es típico de estos tiempos me refiero a que está adaptado a las necesidades actuales. Al almacén de Mary no se entra, tiene reja y Mary atiende detrás de la reja. Obviamente es una medida de seguridad, quizá un poco extrema para la tranquilidad del barrio, pero después recuerdo que yo nunca dejé a mis niñas ir a comprar solas a ningún almacén de nuestro barrio. Las rejas dan una ventaja adicional, no hay lugar para las clientas que tienen tiempo para las conversaciones triviales; esas siguen comprando en el almacén de Don Jaime. Y por último, una ventaja competitiva del almacén de Mary: está abierto de corrido de 9 de la mañana a 12 de la noche, de Lunes a Lunes; solamente el domingo Mary cierra de 15 a 18. Es decir, ella tiene su local abierto cuando casi todos están cerrados. Si uno está mirando un partido a las diez de la noche, puede ir a Mary a comprar una gaseosa o un salamín que le faltó a la picada. Y, de hecho, por el solo hecho de saber que Mary tiene abierto a  esa hora, uno suele pensar en comprar algo que quizá nunca hubiera pensado en comprar de saber que su local estuviera cerrado. Ese es otro de los motivos por los cuales Mary atiende detrás de una reja. Se que muchos de los almacenes de ahora, de los de barrio, copian esta cuestión del horario extendido para captar las compras en horarios poco habituales.

Para hablar del último almacén de mi barrio y cerrar este artículo, hablaré de una verdulería de barrio, de mi barrio. Es la verdulería de Walter; en verdad, creo que se llama Walter, pero en casa siempre le dijimos “El Petiso” y a su verdulería “La verdulería del petiso”. Hace poco fui a comprar allí cebollas y morrones que nos faltaron para hacer una salsa; de vuelta, uno compra en el barrio las cosas que calculó mal en la compra grande del mes. Hace muchos años que Walter tiene verdulería en el barrio, fui a comprar con mi hija de catorce años. Mientras esperábamos nuestro turno, Walter y su esposa atendían a dos o tres personas que estaban comprando en el local porque llegaron antes que nosotros. Mi hija me miró sonriéndose en varias ocasiones mientras aguardábamos nuestro turno. Claro, fuimos víctimas de esas “conversaciones triviales” de las que su madre y yo abjuramos siempre y cuya aversión parecemos haber contagiado a nuestra prole porque, a Dafne, mi hija de catorce, le parecieron repulsivas esas conversaciones por sí misma, sin que yo la indujera en nada acerca de ellas. Algunos podrán decir que es prejuicio; pero, en cierto modo, debo reconocer que me enorgulleció que mi hija adolescente mirara con asombro y desagrado ese tipo de conversaciones. Un vecino que critica a una mujer que no estaba allí, otro que habla de su esposa como de “La Jabru”, el verdulero que se burla de que su esposa no sabe cocinar, la mujer del verdulero que contraataca diciendo que eso es en represalia de que él no sabe hacerla sentir mujer en la intimidad, otro cliente que acota que eso es así porque ahora está eso del “Ni Una Menos”, que antes, “Cuando los maridos tenían cortitas a las mujeres” esas cosas no pasaban. El encanto de las “Conversasiones triviales”. ¿Por qué hablo de estas conversaciones en una verdulería cuando todavía me falta hablar del último de los almacenes de mi barrio? Porque una de esas clientas que estaba comprando allí ese día era Nilda, la dueña, claro, del almacén de Doña Nilda. Y hubo algo en su conversación que me dolió, que sonó a algo valioso que puede perderse para siempre. El verdulero llegó a  decir.

— ¿Y qué va a hacer ahora Ñá Nilda…?

—Nada, supongo, descansar nomás. Fueron muchos años de esfuerzo, toda una vida.

—Pero ahora se lo van a atender sus hijos ¿No?

—Sí, ahora ya es el tiempo de ellos, yo ya tiré la toalla.

Me quedé pensando, de golpe las conversaciones triviales ya no importaban. Junto con la panadería con horno de leña de Los Rusos, El almacén de Doña Nilda es uno de los negocios más viejos de la zona, Nilda heredó el almacén de sus padres, por lo que el negocio existe desde los años cincuenta o incluso antes. Nilda es una mujer culta, muy amable, elegante siempre, de una expresión distinguida. Es esposa de un ginecólogo y todos sus hijos han sido universitarios y hoy son profesionales. He escuchado “conversaciones triviales” en el almacén de Nilda, pero nunca ha sido ella quien las promovía y hasta, al contrario, la he escuchado más de una vez apurar a las clientas que las tenían para que no demoraran a los clientes que esperaban. He escuchado a Nilda hablar de cuando no había asfalto en el barrio, de cuando la calle donde estaba su almacén era un arroyo, de las épocas, en las que el tren que iba hasta Retiro era el mismo que volvía, y por la misma vía. Por lo menos cuatro o cinco generaciones han comprado en su almacén. Su almacén, el Almacén de Doña Nilda, había sido como uno de los almacenes de mi infancia, mis hijas me acompañaban a comprar desde niñas allí, Nilda las vio crecer. Cuestiones de comodidad y de tiempos, hacen que sean muy pocas las veces que voy a comprar a su almacén; pero cada vez que iba me decía “No puedo creer lo grandes que están sus hijas (Nilda nunca me tuteó) las dos más grandes ya son dos mujercitas”. Pensar que se retiraba, que tiraba la toalla como ella misma dijo, me causó melancolía, por más que sus hijos siguieran con el local como antes ella lo había heredado de sus padres, no me consolaba del todo, es seguro que luego de un tiempo lo cierren, no creo que ser almaceneros sea una actividad a la que quieran dedicarse.

Pasaron un par de meses desde esa conversación en la verdulería. No me queda de paso el local de Nilda, hace unos días, caminé frente a su local casi como una eventualidad. Diría “por casualidad”, pero nunca creí en ellas. No tenía previsto comprar nada, pasé por allí y miré de reojo esperando a  ver a alguno de los hijos o hijas de Nilda. Pero no, allí estaba Nilda atrás del mostrador de su local. Seguí caminando unos pasos y recordé la conversación aquella que me había dado melancolía. Me alegré de verla allí, pero no era suficiente. Era temprano, no había nadie en su local, volví sobre mis pasos y entré con la excusa de comprar algo. Compré un yogur bebible y alguna tontería más, pero yo había entrado por otra cosa. No había nadie, Nilda nunca favoreció las “conversaciones triviales”, pero aquella no lo sería.

—Había escuchado que sus hijos se iban a hacer cargo del negocio —Le dije sin muchas vueltas.

—Seeee —me contestó la almacenera—, esa era la idea, sí. Pero lo tuvieron a cargo unas semanas y se agarraban la cabeza. Al final querían cerrar. Casi los dejo, pero no, no podía cerrar este almacén.

Lo dijo para adentro, casi no me lo decía a mí cuando lo decía; su mirada miraba los estantes de su almacén cuando lo decía, como si se tratara de una extensión más de ella misma. Me la quedé mirando en silencio y note que se emocionaba.

—No es por la plata —me explicó, ahora mirándome a los ojos—, si fuera por plata debería haber cerrado hace años; con suerte salgo hecha con lo que se vende. Pero fueron tantos años… Esos días que lo atendían mis hijos yo andaba como loca, no sabía qué hacer, casi esperé a que ellos se desencantaran. Mientras me dé el cuero voy a estar acá, qué más voy a  hacer.

Sonrió, sonreí, pagué, me dio el vuelto, me mandó que llevara saludos para las mujercitas de la casa y salí. Pensé en mi abuelo, en mi abuela, en Doña Yolanda, en el almacén de la calle Brandsen, en los rostros de aquellas mujeres que tenían “conversaciones triviales” durante mi infancia, en los borrachines que venían a quejarse de que mi padre no les vendía más el “vaso de vino”, en el niño que fui comprando en esos viejos almacenes, en mi madre escribiéndome la lista de las compras, en sus recriminaciones cuando me había equivocado con algún artículo, en Doña Nilda y el almacén donde había transcurrido su completa vida; y supe que tenía que escribir este texto. Porque es así, algunas cosas las escribimos porque queremos y otras porque debemos. Me debía escribir este artículo. Ya no lo debo, y qué maravilla es pagar algo como eso.

Neutralidad

Мы живем, под собою не чуя страны

“Vivimos sin sentir el país a nuestros pies”

Osip Mandelstam

 

 

Hacía frío, esa noche llovía y el invierno había caído sobre nosotros con la naturalidad de las cosas que saben que, cuando su momento ha llegado, usarán cada instante para dejarnos su marca en nuestros cuerpos y su impresión en nuestras almas. El amor era reciente y ante nosotros la vida se abría entonces en toda su gama de posibilidades infinitas. Desde que el mundo es mundo, el infinito y la eternidad es la única aspiración que los amantes jóvenes distinguen. Poco a poco, el infinito va perdiendo la talla.

No recuerdo cómo se mezcló en nuestra cena la frase de Herbert Read, el oficial del ejército británico en el frente francés durante la primera guerra, la Gran Guerra, como les gusta llamarla a algunos historiadores, como si pudiera señalarse alguna grandeza a semejante atrocidad. Read, el mismo tipo que después sería poeta, pensador, filósofo y que introduciría el surrealismo en Inglaterra. No recuerdo si la mencionó ella o la mencioné yo, o si simplemente se metió en nuestro mundo de romance liminar por impronta propia: “El arte bueno es siempre una síntesis dialéctica de lo real y lo irreal, de la razón y la imaginación”.

Recuerdo el frío haciendo crujir las ventanas por la condensación entre lo gélido de la intemperie y lo cálido de nuestra casa y nuestro adentro. Recuerdo la pizza que dejamos incompleta sobre la alfombra y el olor de las aceitunas que impregnaban nuestro living y que dejamos la mayoría de lado porque estaban fuertes. Recuerdo que discutimos  sobre la frase de Read hasta pasada la medianoche, recuerdo que hicimos el amor sin siquiera pasar al cuarto y que después seguimos discutiendo sobre la frase hasta las tres de la mañana, casi. Lo recuerdo bien porque ella dijo “A las seis tengo que levantarme, me quedan tres horas para dormir”.

 

Como casi todas las discusiones por gusto, sólo diferíamos en los contextos; pero es ahora, después de mucho, que repaso sus argumentos y los míos y es ahora, después de tanto, cuando ella sólo habita mi memoria, que la discusión y el instante logran encarnarse haciéndose texto y contexto, como haciéndose puente entre el tiempo y el espacio. Y ya no hay discusión, ni invierno, ni ella, ni vos. Entendiendo por vos al que fui en esa noche de invierno en cual discutimos una frase de Read, hasta las tres de la mañana.

“No me gusta el término Poesía Comprometida ¿Qué es eso? A mí me gusta la poesía casada, casada con al vida”, nos dijo Gelman apartando el cigarrillo y el humo. Durante la Primera Guerra, los hombres de ciencia se vieron obligados a tomar partido y abandonar a neutralidad; sí, esa misma guerra donde el oficial Read del ejército de su majestad combatió. Sí, esa misma guerra donde un joven profesor de nombre Einstein se cansó de insistir que, a la par de una investigación científica, había que desarrollar otra investigación que profundizara sobre los fines y los resultados que la primera investigación depararía. Una ética de la ciencia, proclamaba el joven profesor de Zurich que se proclamó antibelicista en esa Primera Guerra y durante la Segunda secundó a Szilard y a Wigner para convencer a Roosevelt que desarrollara el programa nuclear que llegaría a sus dos mayores énfasis con Hiroshima y Nagasaki.

Y no ha de ser casual que al mismo tiempo que los hombres de ciencia (durante la primera guerra) abandonaban la neutralidad, también las poetas decidieran abandonar la hoja de parra de la inocencia y abandonar la neutralidad literaria. Especialmente los surrealistas, sus satélites y los poetas que devinieron del Surrealismo empezaron a  preguntarse por un propósito de la poesía, por sus efectos sobre el hombre y las diferentes realidades del hombre.

Un frío mucho más terrible que el de la noche que recordé, y que evoca este texto, caía sobre las mujeres que esperaban haciendo fila afuera, en la intemperie de la cárcel siberiana de Yezhov. Una de las mujeres, aterida, cansada, congelada, reconoce a otra mujer y pregunta a otra si esa es la poetisa, si esa mujer que está ahí, muerta de frío como todas ellas, es acaso la poeta Ana Ajmátova. Le confirman que sí, que es ella, entones se acerca y le pregunta:

— ¿Y usted, puede describir esto?

Y la poeta, tras pensar unos instantes responde:

— Puedo.

“Y entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro”, escribió Ana sobre aquella mujer que, como ella, se había visto obligada a abandonar la neutralidad.

Georghi Efron, el hijo al que Tsvietáieva llamó Mur. El hambre que apretó sus estómagos y los hizo volver desde Francia a Rusia en 1939; la tragedia que la alcanzó a ella dos años después y a Mur en 1944, con un fusil en sus manos y la neutralidad de su madre en el alma. El alma atravesada por la misma bala que atravesó su pecho cerca de la aldea de Druika, junto a cientos de miles de hombres como él. “Adiós a la literatura, a la música, a los estudios”, le había escrito Georghi a su hermana en su última carta que no firmó con su nombre, sino simplemente como Mur, el apodo que su madre, Marina Tsvietáieva, le puso.

Recuerdo que Gelman escribió luego eso de la poesía casada; pero a ella y a mí nos lo dijo en una mesa de aquel bar de Almagro, mirada a mirada; y escuchar sus ojos grises hablando de poesía y de vida, fue sentir con nosotros ahí, en esa mesa, la presencia de Marcelo y de Nora, sus hijos desaparecidos.

                             “Besando hijitos que nunca más van a crecer/

                              Compañeros que nunca más van a crecer y ahora cosen

                              La tierra al aire/ cosen”.

Benditos poetas que abandonaron la neutralidad, bendita poesía que puede abjurar de sí misma cuando se trata de la vida.

Osip que escribe ”Vivimos sin sentir el país a nuestros pies/ nuestras palabras no se escuchan a diez pasos”. El epigrama de dieciséis versos que sus compañeros poetas llamarán “Epigrama contra Stalin”. Su abandono de la neutralidad que le costaría la vida el 27 de Diciembre de 1938. Poco más de dos meses antes, su esposa le escribía:

     “No tengo palabras, amado mío, para describir esta carta… La estoy escribiendo en el espacio vacío. Tal vez regreses y no me encuentres aquí y entonces esto será todo lo que tengas para recordarme… La vida puede durar tanto tiempo… ¡Qué dura y larga se nos hace la muerte en soledad! ¿Es justo un destino así para nosotros que somos inseparables? Cachorros y criaturas, ¿nos merecemos esto? ¿Acaso merecías esto, ángel mío? Todo sigue igual que antes. No sé nada, y sin embargo lo sé todo. Cada día y hora de tu vida están claros para mí como en un delirio. En mi último sueño, yo compraba comida para ti en el sucio restaurante de un hotel, rodeada de un montón de desconocidos. Después de comprar la comida, me daba cuenta de que no podía llevártela porque no sabía dónde estabas… Cuando desperté, le dije a Shura: “Osia está muerto”. No sé si aún estás vivo, pero desde que tuve aquel sueño, he perdido tu rastro. No sé dónde estás. ¿Me escucharás? ¿Sabes cuánto te quiero? Nunca pude decirte cuánto te amo, ni siquiera puedo decírtelo ahora. Te hablo a ti, sólo a ti. Tú estás siempre conmigo, y yo que siempre fui tan valiente y colérica que nunca aprendí a derramar unas simples lágrimas, ahora lloro, lloro y lloro… Soy yo, Nadia. ¿Dónde estás?”.

 

La carta que la esposa del poeta escribió, y que nunca fue enviada.

Hay silencios que pagan un carísimo impuesto a las palabras. En poesía, ese impuesto se paga siempre con sangre, y es el único que la poesía acepta, sea con neutralidad, o sin ella.

Es extraño pensar que los argumentos de una noche, en otro siglo; viven en mi memoria y pasen de allí al papel como latiendo esa sangre de la que hablamos una noche de invierno después de tanto tiempo transcurrido entre ese instante y este del papel y la tinta sangre. Su memoria amordazada a mi espíritu como si usara nuestros recuerdos como timón y ancla al mismo tiempo porque, a contramano de cualquier tipo de neutralidad, el cuerpo y la memoria son dos éxtasis que llevamos encima y  “… La vida puede durar tanto tiempo… ¡Qué dura y larga se nos hace la muerte en soledad!” pero saber, íntimamente, que perder la inocencia o la neutralidad, al cabo, no es lo peor; que pudo haber sido todavía mucho peor. Tanto, que pudimos no habernos ocurrido.