Dominó

El viento

                                     volteaba árboles

           como fichas de dominó.

La oscuridad

                 se iluminaba cada tanto

por un flash

                           de relámpagos;

y yo en tu cuerpo

buscando

                    la confluencia

                                     de las aguas.

 Y tu preguntando:

                      ¿Acaba el mundo?

No

                No el mundo,

                                                   y mis besos bajaban al sur

                      por el sendero de tu vientre…

                                                 hacia la fertilidad

                                                                        de otras tierras:

                        donde la pieza del juego

                                                               marcaba en tu cuerpo;

                                 el número

                                                            que latía

                                                                           en la tormenta.Imagen

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Amar a Otro o Amarse a Sí Mismo

En su “Historias del Señor Keuner”, Bertold Brecht pone en boca del protagonista el siguiente comentario: “Se suicidó por amor a sí misma. En cualquier caso, no pudo haber amado a X. No le hubiera hecho algo así. El amor es el deseo de dar algo, no de recibirlo. (…) El deseo desmesurado de ser amado poco tiene que ver con el amor”

Es decir, no se ve aquí, en realidad, Amor hacia (o por) el otro: Lo que sí hay es Amor a Uno Mismo por persona Interpuesta.

El Amor es una de las experiencias más radicalmente humanas, en la que los individuos, al margen de las cotas de felicidad o de dolor que puedan alcanzar, obtienen un conocimiento de sí y de los otros imposible de obtener por otros medios.
Al que ama, se le revelan dimensiones del otro y de sí mismo que al resto se le escapan por completo.
El Amor da vida a la vida, inyecta intensidad a cuanto nos ocurre estando con el otro (con el ser amado).

Por eso, lo propio sería afirmar que, en comparación a quien ama, el egoísta no es malo: es Ignorante (y, por tanto, pobre) en la medida que desconoce uno de los registros mayores del ser humano. En efecto, en su ignorancia, el egoísta se conforma con poco. Persevera en un registro menor e inmaduro. Se niega a sí mismo el conocimiento de sí mismo que sólo el Amor podría darle. Está claro que esto es igual para aquellos que aman por interpuesta persona, como en el caso referido por Brecht, y por tantos otros con los que uno suele cruzarse en la vida que no es una ficción.

Esquizoidal

Uno ha amado tanto, y de tan desastrosa forma,

que al final comprende que no ha dejar de amar

sin convertirse radicalmente en otro.

Primero la idea repugna: importa un sacrilegio…

Pero entregado a la sorda paciencia del tiempo

finalmente uno deviene otro. Y casi con vergüenza…

 

Se asume Otro.

 

A cada día le va en suerte una noche

y a cada noche le van en suerte sus sueños.

Y una noche cualquiera; uno, que ya es otro,

sueña el poema con el que amó cuando no era éste.

Entonces uno descubre, mitad temeroso y mitad eufórico,

que el otro no ha cesado; que solamente acecha.

Entonces uno percibe, mitad revindicado y mitad en desconsuelo,

que el Amor lo habitará en cualquier forma de su carne;

Que ha poco de devenirse en otro

no ha hecho más que ocultar la mano que lo transforma…

La que lo hace más digno

La que lo torna más vil.

Sabato In Memorian

Son extraños los matices de la tristeza. El tiempo me ha enseñado que no toda tristeza es igual a otra y que no toda tristeza es deplorable. Que la vida tiene también ciertas tristezas dulces a las que uno debería aspirar, que ciertas lágrimas a derramarse van a ser derramadas con tristeza, sí; pero al mismo tiempo con emoción, orgullo y devoción.

Me desperté hoy emocionadamente triste; orgulloso por poseer el fantástico don de que una existencia tan vasta y humana como la de Ernesto Sabato sea, en muchos sentidos, una influencia constante en mi propia historia y en mi vida.

En 1985 yo era, apenas, un entusiasta muchacho que contaba quince inviernos y sobrellevaba la escuela secundaria con alegría y cierta facilidad. Dos acontecimientos importantes me sucederían ese año. De uno de ellos omitiré hablar aquí. El otro fue conocer a Ernesto Sabato.

Integraba entonces el Centro de Estudiantes del colegio; toda una novedad después de la triste dictadura que hacía escasamente tres años había dejado de gobernarnos. Era el más joven de esa comisión de dirigentes estudiantiles, todos mis compañeros contaban entre 17 y 19 años. En mi memoria quedan apenas dos nombres completos y cuatro o cinco rostros cuyos rasgos me empecino en retener de aquella comprometida muchachada. Editábamos e imprimíamos un diario que repartíamos en el colegio y en otros colegios que tenían Centro de Estudiantes pero no diario propio. Ya hacía frío, ya había pasado la feria del libro que se hacía (y aún es así) entre fines de Abril y principios de Mayo… lo recuerdo porque una de las notas del diario a editarse trataba precisamente de la feria. Así que sería Mayo o Junio cuando en una reunión del Centro surgió la idea de hacer un reportaje a alguna personalidad importante para incluirlo en nuestro periódico estudiantil. Ya lo dije, yo era el más chico de todos, hablaba lo menos posible; así que fueron los otros los que propusieron los posibles nombres. Uno propuso a un tal Trillini que era de la localidad (San Miguel, en la provincia de Bs. As.) y que era un corredor de bicicletas (tiempo después, su familia, quienes siempre ejercieron el comercio, fundarían una de las galerías comerciales más emblemáticas del centro comercial de San Miguel). Otro propuso a un tal Gabriel Pesce, quien entonces vivía en Don Torcuato y era campeón argentino de motocross. Estoy del todo cierto que fue Juan Lagezze (uno de los dos nombres completos que recuerdo de mis colegas) quien propuso “¿Y si se lo hacemos a Ernesto Sabato?”. Recuerdo claramente las miradas de todos: Burla y Escarnio generales. Sabato estaba, claramente, en otra categoría; Una auténtica celebridad mundial; entre 1983 y 1984 había presidido la CONADEP, el informe “Nunca Más” recién se había publicado; en 1984 Sabato había recibido el premio Cervantes, el máximo galardón de las letras hispanas… todos sentimos que era una propuesta ridícula; tan ridícula como impracticable. Pero Juan (bendito por ello) insistió: “¿Qué?, si vive acá nomás, en Santos Lugares; mi tía tiene un conocido que le puede dar el teléfono… llamamos y probamos… quien te dice”.

Llamamos un martes o un miércoles. No recuerdo quien de nosotros estaba al teléfono; seguramente fue el mismo Juan, nos atendió Matilde, la esposa de Sabato, quien tras unos instantes nos pasó con su célebre esposo. Cuando escuchamos que nuestro compañero decía: “Si, este sábado a las tres está perfecto” pensamos que nos estaba cargando. Pero después nos pidió que anotáramos la dirección. La dirección de la casa de Santos Lugares en la que esta misma mañana falleció.

No podíamos ir todos. Sólo podíamos ir cinco. Yo era el más chico, por tanto uno de los menos influyentes, no podía imponer mi deseo de ir. Ayudaba a este deseo que fuera el secretario de prensa del centro de estudiantes; Aunque lo que finalmente hizo posible que fuera yo uno de los cinco asistentes a la casa de Sabato; fue que mis compañeros sabían de mi deseo de estudiar literatura, que incluso en el próximo año me cambiaría de colegio para poder cursar en uno que fuera más afín a la carrera de letras (nuestro colegio era una Técnica).

Esa tarde de sábado, perdida entre el otoño y el invierno de 1985, fuimos cuatro y no cinco los que concurrimos a la casa de Sabato. Uno de los cinco elegidos para el reportaje nunca llegó al punto de reunión en el cual nos encontramos para el viaje. Los cuatro restantes tomamos el tren (El San Martín era entonces una de las mejores líneas y no la peor, como en el presente) desde San Miguel hasta Santos Lugares. Viajé un tanto angustiado, mi ignorancia de entonces era aún más grande y extensa que la del presente; y eso hacía que en ese momento yo no hubiera leído ninguna de las obras del hombre al que le íbamos a hacer un reportaje. Allí entendí la razón por la cual mis compañeros me habían llevado: Ellos supusieron que si mi deseo era seguir la carrera de letras debería haber leído algo de Sabato; ellos, después de todo, sólo seguirían una carrera técnica relacionada a la mecánica o las construcciones. Para paliar esta compartida ignorancia, Juan Lagezze y Sergio Baur ( allí los dos únicos nombres completos que mi memoria atesora de esta historia) rescataron, en los días previos, dos libros de Sabato de la biblioteca de sus padres para prestármelos y que yo los leyera antes del reportaje. Los dos libros resultaron ser uno, ya que eran: “Sobre Héroes y Tumbas” e “Informe Para Ciegos”… y justamente este último es parte del primero, sólo que se había editado por separado por motivo de una película que se había filmado basado en esa parte de “Sobre Héroes…”

Fue así que mi apresurada lectura de dos noches de “Sobre Héroes y Tumbas” fue todo el acervo que los cuatro contábamos acerca del hombre ilustre al cual íbamos a entrevistar. En el viaje en tren traté de hacer un breve compendio de lo leído para que mis compañeros estuviesen más o menos al tanto de ese texto. Sin embargo, aquellos que leyeron “Sobre Héroes y Tumbas” estarán de acuerdo en lo difícil que sería cualquier resumen lógico respecto de esta obra.

La calle de Lanzini al 3100 era la misma que la que los noticieros muestran hoy repetidamente. Sólo que entonces vivían tanto Ernesto como Matilde. Nos recibieron como si hubiésemos sido sus nietos; todos nuestros temores se diluyeron en instantes, no importaba qué es lo que supiéramos o ignoráramos del Sabato escritor, porque el escritor nunca nos recibió. Nos recibió un entrañable abuelo que sólo quería dar de sí amor y conocimiento; sabiduría y respeto; humildad y permanente asombro ante la vida y sus circunstancias.

Su esposa Matilde nos sirvió chocolate caliente acompañado por Biscuits y Vainillas. Sábato se disculpó por no haber comprado churros. Yo prácticamente no hablaba, pero uno de mis compañeros delató mi intención de seguir la carrera de letras. Eso bastó para que Sabato quisiera leer alguno de mis textos. Por entendible vergüenza yo no había llevado ninguno; había presupuesto la posibilidad de que uno de mis compañeros delatase mis burdas intentonas literarias, por lo que me excusé y le dije que no llevaba conmigo ninguno de los poemas que entonces escribía; el dijo: “¡Que raro! ¡Un poeta que no lleve consigo sus poemas!”… y entonces, para mi eterna vergüenza, uno de mis compañeros sacó un número anterior de nuestro diario; en el cual figuraban unos poemas que mi vanidad había deseado publicar… para lectores estudiantes de un colegio secundario… pero que nunca imaginé que alguien cómo Sabato pudiera leer. Antes que pudiera impedirlo el anciano escritor tenía en sus manos, bajo sus ojos, los signos que me atrevía entonces a llamar poesía. Fue amable conmigo e invito a su esposa a compartir la lectura, ya que Matilde Kuminsky  escribía también poemas. Ella fue todavía más amable y se retiró unos momentos para volver luego con un cuaderno donde tenía escritos sus poemas que no sólo me convido a leer, sino que ella nos recitó algunos. Salimos de aquel hogar, tan simple y sencillo como cualquier casa de clase media, cuando todavía quedaban los últimos resquicios de tarde. Pero cuando la noche se hizo no la advertimos, tanta era la luz que nos había prestado aquel abuelo repleto de amor y sabiduría.

Han pasado casi veintiséis años desde entonces. Cuando nos despidió esa tarde nos dijo que estábamos invitados a volver cuando quisiéramos. No lo hicimos, entendimos que era sólo una cortesía retórica. Pero sí había una invitación que, al menos en mi caso, acepté… y ésta era culminar con la lectura de su obra. Pasaron todavía algunos años más, pero al menos pude cumplir íntegramente con esa invitación. Y nuevamente, debo decir, que el escritor no fue el que me recibió a través de su obra, nuevamente volví a sentir que era ese amoroso abuelo sabio el que había escrito esos textos para abrazar con sus palabras a cualquier lector que llegara a ellos. Esta percepción la tuve más bien en sus ensayos que en sus novelas. Sus novelas: “El Túnel”; “Sobre Héroes y Tumbas” y “Abadón el Exterminador”, siendo buenos textos, no son precisamente obras cumbres de la literatura. Sin embargo, fue en sus múltiples ensayos  en los que volví a encontrarme con el abuelo de la Calle Lanzini que nos recibiera en 1985. El hombre con el deseo y propósito de inspirar a otros hombres, de hacerlos mejores y más útiles; de tornarlos más sabios y felices mediante la comprensión, no de quimeras y filosofía, sino de su propia y basta Humano/Divinidad.

Veamos lo que nos dice, por ejemplo en el prólogo de “Antes del Fin” pero tengamos en cuenta que este hombre escribía este libro en 1999, cuando en 1995 había muerto su hijo y en 1998 su compañera de siempre Matilde:

“Vengo acumulando muchas dudas, tristes dudas sobre el contenido de esta especie de testamento que tantas veces me han inducido a publicar; he decidido finalmente hacerlo. Me dicen: “Tiene el deber de terminarlo, la gente joven está desesperanzada, ansiosa y cree en usted; no puede defraudarlos”. Me pregunto si merezco esa confianza, tengo graves defectos que ellos no conocen, trato de expresarlo de la manera más delicada, para no herirlos a ellos, que necesitan tener fe en algunas personas, en medio de este caos, no sólo en este país sino en el mundo entero. Y la manera más delicada es decirles, como a menudo he escrito, que no esperen encontrar en este libro mis verdades más atroces; únicamente las encontrarán en mis ficciones, en esos bailes siniestros de enmascarados que, por eso, dicen o revelan verdades que no se animarían a confesar a cara descubierta. También los grandes carnavales de otros tiempos eran como un vómito colectivo, algo esencialmente sano, algo que los dejaba de nuevo aptos para soportar la vida, para sobrellevar la existencia, y hasta he llegado a pensar que si Dios existe, está enmascarado.

Sí, escribo esto sobre todo para los adolescentes y jóvenes, pero también para los que, como yo, se acercan a la muerte, y se preguntan para qué y por qué hemos vivido y aguantado, soñado, escrito, pintado o, simplemente, esterillado sillas. De este modo, entre negativas a escribir estas páginas finales, lo estoy haciendo cuando mi yo más profundo, el más misterioso e irracional, me inclina a hacerlo. Quizás ayude a encontrar un sentido de trascendencia en este mundo plagado de horrores, de traiciones, de envidias; desamparos, torturas y genocidios. Pero también de pájaros que levantan mi ánimo cuando oigo sus cantos, al amanecer; o cuando mi vieja gatita viene a recostarse sobre mis rodillas; o cuando veo el color de las flores, a veces tan minúsculas que hay que observarlas desde muy cerca.

Modestísimos mensajes que la Divinidad nos da de su existencia. Y no sólo a través de las inocentes criaturas de la naturaleza sino, también, encarnada en esos héroes anónimos como aquel pobre hombre que, en el incendio de una villa miseria, tres veces entró a una casilla de chapas donde habían quedado encerrados unos chiquitos —que los padres habían dejado para ir al trabajo— hasta morir en el último intento. Mostrándonos que no todo es miserable, sórdido y sucio en esta vida, y que ese pobre ser anónimo, al igual que esas florcitas, es una prueba del Absoluto.

          

               Me acabo de levantar, pronto serán las cinco de la madrugada; trato de no hacer ruido, voy a la cocina y me hago una taza de té, mientras intento recordar fragmentos de mis semisueños, esos semisueños que, a estos ochenta y seis años, se me presentan intemporales, mezclados con recuerdos de la infancia. Nunca tuve buena memoria, siempre padecí esa desventaja; pero tal vez sea una forma de recordar únicamente lo que debe ser, quizá lo más grande que nos ha sucedido en la vida, lo que tiene algún significado profundo, lo que ha sido decisivo —para bien y para mal— en este complejo, contradictorio e inexplicable viaje hacia la muerte que es la vida de cualquiera. Por eso mi cultura es tan irregular, colmada de enormes agujeros, como constituida por restos de bellísimos templos de los que quedan pedazos entre la basura y las plantas salvajes. Los libros que leí, las teorías que frecuenté, se debieron a mis propios tropiezos con la realidad.

Cuando me detienen por la calle, en una plaza o en el tren, para preguntarme qué libros hay que leer, les digo siempre: “Lean lo que les apasione, será lo único que los ayudará a soportar la existencia”.

Por eso descarté el título de Memorias y también el de Memorias de un desmemoriado, porque me pareció casi un juego de palabras, inadecuado para esta especie de testamento, escrito en el período más triste de mi vida. En este tiempo en que me siento un desvalido, al no recordar poemas inmortales sobre el tiempo y la muerte que me consolarían en estos años finales.

En el pueblo de campo donde nací, antes de irnos a dormir, existía la costumbre de pedir que nos despertaran diciendo: “Recuérdenme a las seis”. Siempre me asombró aquella relación que se hacía entre la memoria y la continuación de la existencia.

La memoria fue muy valorada por las grandes culturas, como resistencia ante el devenir del tiempo. No el recuerdo de simples acontecimientos, tampoco esa memoria que sirve para almacenar información en las ahora computadoras: hablo de la necesidad de cuidar y transmitir las primigenias verdades.

En las comunidades arcaicas, mientras el padre iba en busca de alimento y las mujeres se dedicaban a la alfarería o al cuidado de los cultivos, los chiquitos, sentados sobre las rodillas de sus abuelos, eran educados en su sabiduría; no en el sentido que le otorga a esta palabra la civilización cientificista, sino aquella que nos ayuda a vivir y a morir; la sabiduría de esos consejeros, que en general eran analfabetos, pero, como un día me dijo el gran poeta Senghor, en Dakar: “La muerte de uno de esos ancianos es lo que para ustedes sería el incendio de una biblioteca de pensadores y poetas”. En aquellas tribus, la vida poseía un valor sagrado y profundo; y sus ritos, no sólo hermosos sino misteriosamente significativos, consagraban los hechos fundamentales de la existencia: el nacimiento, el amor, el dolor y la muerte.

En torno a penumbras que avizoro, en medio del abatimiento y la desdicha, como uno de esos ancianos de tribu que, acomodados junto al calor de la brasa, rememoran sus antiguos mitos y leyendas, me dispongo a contar algunos acontecimientos, entremezclados, difusos, que han sido parte de tensiones profundas y contradictorias, de una vida llena de equivocaciones, desprolija, caótica, en una desesperada búsqueda de la verdad.”

Ese es mayormente el sentimiento que me ha movido a compartir estas líneas, esa sensación de que hemos perdido un invalorable pozo de sabiduría donde podíamos ir a beber. Pero queda su obra. Ruego haber inspirado a alguien el deseo de conocerlo a través de su obra. Sé que los libros de Sabato serán un don grandioso en la vida del que desee conocerlo. Si alguien desea sus libros (cualquiera de ellos) puedo prestárselo. Si los quieren en formato digital también. Los tengo todos, y aún así temo que no han bastado para contener la inspiradora sabiduría de este Hombre inmenso, de este Humano único y ejemplar.

Si se detuvieron en lo que algunos informativos mencionaron sabrá que este hombre no comenzó su vida como escritor sino como científico. Y así como  descolló en las letras descolló también entre los hombres de ciencia, al punto de que luego de doctorarse en Física fue becado para trabajar en el prestigioso laboratorio Curie de París. Al estallar la guerra en Europa, fue destinado nada menos que a MIT, en Massachusets, el más reconocido centro universitario dedicado a las ciencias.

En París conoce y se codea con los Surrealistas, llamados a cambiar la estética en la pintura y en la literatura contemporáneas. Allí comienza también la crisis existencial que cambiaría su vida y las vidas que ésta influiría. Leámoslo en sus propias palabras:

Así llegué a París por segunda vez, en el 38, pero en esta ocasión acompañado por Matilde y nuestro pequeño Jorge Federico, con quienes vivía en un cuartucho ubicado en la rué du Sommerard.

El período del Laboratorio coincidió con esa mitad de camino de la vida en que, según ciertos oscurantistas, se suele invertir el sentido de la existencia. Durante ese tiempo de antagonismos, por la mañana me sepultaba entre electrómetros y probetas, y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas. En el Dôme y en el Deux Magots, alcoholizados con aquellos heraldos del caos y la desmesura, pasábamos horas elaborando “cadáveres exquisitos”.

Uno de los primeros contactos que recuerdo haber hecho con ese mundo que luego me fascinaría, ocurrió en un restaurante griego, sucio pero muy barato, donde acostumbraba a almorzar con Matilde. De pronto vimos entrar a un malayo, alto y flaco, y ella, temió que se sentara con nosotros, lo que el hombre finalmente hizo. Dirigiéndose a mi mujer, dijo en un inconfundible acento cubano: “No tenga miedo, señora, soy una buena persona”; así comenzó la amistad con aquel excepcional pintor: Wifredo Lam. Pronto me vinculé con todo el grupo surrealista de Bretón: Oscar Domínguez, Féret, Marcelle Ferri, Matta, Francés, Tristan Tzara.

Una mañana llegó al Laboratorio Cecilia Mossin, con una carta de presentación de Sadosky. Y aunque su intención era trabajar con rayos cósmicos, la disuadí para que se quedara como mi asistente y se la presenté a Irene Juliot Curie, quien la aceptó de inmediato. Entre la bruma de los recuerdos, la veo parada, siempre correcta, con su delantalcito blanco, observando con preocupación ciertos cambios en mi persona. La propia Irene Curie, como una de esas madres asustadas ante un hijo que se descarrila, se alarmaba cuando, aún dormitando, me veía llegar cansado y desaliñado, en horas del mediodía. Pobre, no sabía que el honorable Dr. Jekyll comenzaba a agonizar entre las garras del satánico Mr. Hyde. Una lucha que se debatía en el corazón mismo de Robert Stevenson.

Antiguas fuerzas, en algún oscuro recinto, preparaban la alquimia que me alejaría para siempre del incontaminado reino de la ciencia. Mientras los creyentes, en la solemnidad de los templos musitaban sus oraciones, ratas hambrientas devoraban ansiosamente los pilares, derribando la catedral de teoremas. Había dado comienzo la crisis que me alejaría de la ciencia. Porque mi espíritu, que se ha regido siempre por un movimiento pendular, de alternancia entre la luz y las tinieblas, entre el orden y el caos, de lo apolíneo a lo dionisiaco, en medio de ese carácter desdichado de mi espíritu, se encontraba ahora azorado entre la forma más extrema del racionalismo, que son las matemáticas, y la más dramática y violenta forma de la irracionalidad.

Muchos, con perplejidad, me han preguntado cómo es posible que habiendo hecho el doctorado en Ciencias Físico-matemáticas, me haya ocupado luego de cosas tan dispares como las novelas con ficciones demenciales como el Informe sobre ciegos, y, finalmente esos cuadros terribles que me surgen del inconsciente. En la mayor parte de los casos, sobre todo en este período de mi existencia, me es imposible explicar a los que me interrogan qué quise decir, o qué representan. Es lo mismo que uno se pregunta cuando ha despertado de un sueño, sobre todo de una pesadilla; tanta es su ilogicidad, sus contradicciones. Pero de un sueño se puede decir cualquier cosa menos que sea una mentira.

Es lo que todos los hombres hacen con su doble existencia: la diurna y la nocturna. Un pobre oficinista sueña de noche con asesinar a puñaladas al jefe, y durante el día lo saluda respetuosamente. El ser humano es esencialmente contradictorio, y hasta el propio Descartes, piedra angular del racionalismo, creó los principios de su teoría a partir de tres sueños que tuvo. ¡Lindo comienzo para un defensor de la razón!

Algo parecido es el caso del desdichado Isidore Ducasse, uno de los patronos del surrealismo, que en uno de sus primeros Cantos, ya convertido, quién sabe por qué irónico impulso, en el Comte de Lautréamont, hace el elogio de las matemáticas a las que se acercó con indiferencia o quizá con desprecio:

 

Oh, matemática severa, yo no te olvidé, desde que tus sabias lecciones, más dulces que la miel, se filtraron en mi corazón, como una onda refrescante; yo aspiraba instintivamente, desde la cuna, a beber de tu fuente, más antigua que el sol, y aún continúo recordando cómo osé pisar el atrio sagrado de tu solemne templo, yo, el más fiel de tus iniciados.

 

Son muchos los que en medio del tumulto interior buscaron el resplandor de un paraíso secreto. Lo mismo hicieron románticos como Novalis, endemoniados como el ingeniero Dostoievski y tantos otros que estaban destinados finalmente al arte. A mí, como a ellos, la literatura me permitió expresar horribles y contradictorias manifestaciones de mi alma, que en ese oscuro territorio ambiguo pero siempre verdadero, se pelean como enemigos mortales. Visiones que luego expresé en novelas que me representan en sus parcialidades o extremos, a menudo deshonrosas y hasta detestables, pero que también me traicionan, yendo más lejos de lo que mi conciencia me reprocha. Y ahora, desde que mi vista deteriorada me ha impedido leer y escribir, he vuelto al final de mi existencia a aquella otra pasión: la pintura. Lo que probaría, me parece, que el destino siempre nos conduce a lo que teníamos que ser.”

Cuando Sabato decide cambiar la Ciencia por la literatura, sus antiguos colegas no se lo perdonan. Pero eso no fue todo, sino que la primera novela que escribió “El Túnel” fue rechazada sistemáticamente por todas las editoriales en cuales fue presentada. Consigue editarla en forma independiente, con el préstamo de un amigo y la venia de la Revista Sur donde desde hacía un tiempo colaboraba, y la cual era dirigida por Victoria Ocampo. Esa edición llegó a manos de cierto francés con el que Sabato se uniría luego en mutua amistad: un tal Albert Camus, que años después sería premio Nóbel de Literatura. Camus consigue que la editorial “Gallimard”, muy prestigiosa en Europa acceda a editar “El Túnel” en Francés. El reconocimiento europeo le abre a Sabato el reconocimiento que las editoriales nacionales le habían negado antes, y es así que despunta entonces su carrera literaria que es la que más conocemos de su existencia.

Pero su existencia fue muchos más basta que la literatura que nos ha prodigado, Sus múltiples compromisos políticos hacen que sus detractores quieran mostrarlo como incoherente e irresoluto. No pueden ver que su único compromiso estuvo siempre sometido al servicio del Ser Humano sobre todas las cosas. Eso es lo que más formidablemente ha sido Ernesto Sabato, un Humanista. Un Hombre de Conocimiento Universal como Leonardo o Galileo. Un hombre que también tuvo múltiples devenires con la divinidad, pero que finalmente terminó escribiendo algo como lo que he extraído de “Hombres y Engranajes”

 “Ignora­mos, al menos yo lo ignoro, si los males y perversidades de la reali­dad tienen algún sentido oculto que escapa a nuestra torpe visión humana. Pero nuestro instinto de vida nos incita a luchar a pesar de todo, y esto es bastante, por lo menos para mí. No estamos completa­mente aislados. Los fugaces instantes de comunidad ante la belleza que experimentamos alguna vez al lado de otros hombres, los mo­mentos de solidaridad ante el dolor, son como frágiles y transitorios puentes que comunican a los hombres por sobre el abismo sin fon­do de la soledad. Frágiles y transitorios, esos puentes sin embargo existen y aunque se pusiese en duda todo lo demás, eso debería bas­tarnos para saber que hay algo fuera de nuestra cárcel y que ese algo es valioso y da sentido a nuestra vida, y tal vez hasta un sentido ab­soluto. ¿Por qué ha de alcanzarse lo absoluto, como pretenden los fi­lósofos, mediante el conocimiento racional de todas las experiencias, y no por algún éxtasis repentino e instantáneo que ilumine de pron­to los vastos dominios de lo absoluto? Dostoievsky dice por boca de Kiriloff: “Creo en la vida-eterna en este mundo. Hay momentos en que el tiempo se detiene de repente para dar lugar a la eternidad”. ¿Por qué buscar lo absoluto fuera del tiempo y no en esos instantes fugaces pero poderosos en que, al escuchar algunas notas musicales o al oír la voz de un semejante, sentimos que la vida tiene un senti­do absoluto?

Ese es el sentido de la esperanza para mí y lo que, a pesar de mi sombría visión de la realidad, me levanta una y otra vez para lu­char.

Todo el horror de los siglos pasados y presentes en la larga y difícil historia del hombre es inexistente además para cada niño que nace y para cada joven que comienza a creer. Cada esperanza de ca­da joven es nueva —felizmente—, porque el dolor no se sufre sino en carne propia. Esa cándida esperanza se va manchando, es cierto, deteriorando míseramente, convirtiéndose las más de las veces en un trapo sucio, que finalmente se arroja con asco. Pero lo admirable es que el hombre siga luchando a pesar de todo y que, desilusionado o triste, cansado o enfermo, siga trazando caminos, arando la tierra,

luchando contra los elementos y hasta creando obras de belleza en medio de un mundo bárbaro y hostil. Esto debería bastar para pro­barnos que el mundo tiene algún misterioso sentido y para conven­cernos de que, aunque mortales y perversos, los hombres podemos alcanzar de algún modo la grandeza y la eternidad. Y que, si es cier­to que Satanás es el amo de la tierra, en alguna parte del cielo o en algún rincón de nuestro ser reside un Espíritu Divino que incesan­temente lucha contra él, para levantarnos una y otra vez sobre el ba­rro de nuestra desesperación.”

 

Ernesto Sabato, 24 de Junio de 1911 – 30 de Abril de 2011

Rescate

La balsa navega de uno al otro lado del vaso.

Dos uñas hincan su esmaltada agudeza en el hielo;

cuando tus labios besan el cubo,

los náufragos prefieren caer

a ser bebidos.

Me apiado,

extiendo una mano

muy torpe:

Derramo el mar sobre tu piel.

Tomo una servilleta para el rescate,

pero te niegas.

Tu voz centellea en mi oído:

“Sólo tu lengua rescatará en mi cuerpo

este naufragio…

sólo tu lengua”.

Bendita de ti

y de mí mismo

Obedecer extasiado

agradecido.

Otro Epílogo

Recuerdo verte,

una noche:

removiendo estrellas
en el agua aluvional
encharcada en la fuente
de la plaza de los milagros.

Sin embargo,

ninguna de ellas
igualaba
el dolor encandilante
de tus ojos espesos

Recuerdo verme,

una tarde:

anticipar a la noche
donde nacía
la oscuridad fémina
de tu sexo en pálpito.

Sin embargo,

yazgo
entre tus sábanas
arrancado
de mí mismo…

No pudiendo vivir
perdonándote

yalmismotiempo

No pudiendo morir
sin perdonarte.