El Amor en los Tiempos de la Histeria

La joven permanecía estática. Mantenía una de sus larguísimas piernas flexionada sobre la silla en la cual permanecía sentada desde hacía largo rato; mientras apoyaba la otra, en forma recta, sobre el flamante porcellanato del piso. Cada tanto acomodaba su largo y lacio pelo negro sobre uno de sus hombros. Al rato lo cambiaba hacia el otro, y cada tanto aguzaba sus sesgados ojos como si tratara de observar más allá de lo que estaba viendo.

Cualquiera que la hubiera visto habría dicho que quería devorarse la pared que miraba con tan reconcentrada atención. Pared que contaba con una ventana mediana hacia la izquierda; por cuyos cristales se filtraba tibiamente la luz mortecina de una tarde pálida. Pero la mirada de la joven era ajena a la ventana, a la débil luz, a los opacos edificios de la vereda de enfrente que tras ella podían divisarse, a la floración malva de los Jacarandás o a cualquier cosa que tuviera relación con la ventana o lo que podría verse a su través.

No. Para los oscuros ojos de la jovencita sólo existía la porción de pared limitada entre esa misma ventana y la pared lateral de su derecha.

En los siguientes minutos descolgó dos cuadros y una escultura que la adornaban, corrió un enorme jarrón con motivos incaicos que contenía varios girasoles disecados y corrió un perchero de pié que estaba en el rincón. Luego de dejar vacía la porción de pared, comenzó frenéticamente a tomar medidas. En principio con sus manos cerradas y palmas abiertas extendiendo sus longuísimos dedos. Luego, trató de utilizar el cinturón con el cual sostenía sus jeans; pero tampoco le conformaron los resultados obtenidos por este medio.

– Tendré que salir a comprar una cinta métrica…

Dijo en voz alta, y con bastante fastidio, ya que esta circunstancia venía inoportunamente a interrumpir sus planes. Entonces recordó que, al mudarse, su madre le regaló un costurero que contaba con una cinta métrica de modista. A pesar de estar sola, la muchacha comenzó a aplaudir y reír de su propia ocurrencia.

Le llevo media hora encontrar el bendito costurero; y sólo lo halló una vez que hubo vaciado medio placard, desparramando ropa, toallas, manteles y calzados sobre la cama y el piso del dormitorio.

– ¡Un metro setenta y seis! – gritó alborozada la muchacha, antes de agregar:

– ¡Exactamente mi altura! ¡Esto debe significar algo!

Entonces se decidió a llamar telefónicamente a su novio, quien en ese horario debería estar trabajando.

– ¡Hola! ¿Sebas? ¿Cómo estas amor?

– ¡Hola Juli! ¿Qué decís mi vida?

– Amor, te llamaba para consultarte algo ¿Puedo? ¿O estas ocupado?

– Y… mirá, estamos con bastantes pedidos, ¿Podemos hablarlo en casa?

– Huuuummm, bueno, pero yo ya quería sabeeeeeeer. – dijo la muchacha, puchereando esa “e” alargada con todo el encanto del que se sabía capaz.

El muchacho, quien convivía con ella desde hacía apenas un escaso mes, estaba en esos momentos melosos de las relaciones en los cuales se accede con facilidad ante los caprichos de la pareja. Quizá un par de años más y la respuesta del joven hubiera sido “¡No rompas las pelotas Juli, lo hablamos en casa!”. Pero la futurología debe quedar al margen de esta historia, por ello el muchacho sólo dijo en este caso:

– Está bien, dale, contáme.

-¡Mmmmchuickkk! ¡Sos divino! ¿Sabías?

– Dale, dale, no me franelees más y contáme.

– ¿Viste la pared de la ventana que da a Aranguren? ¿En el semi-living que está a la salida de la entrada de la escalera?

– ¿Cómo a la salida de la entrada de la escalera? Es la entrada a casa, el semiliving o palliere de ingreso…

– Siiiiiiii, ¿Y no está cuando salimos de la escalera de la entrada?

– Si Juli ¡Pero no me vuelvas loco! ¡Es la entrada! ¡El acceso a nuestra casa! No la salida de la escalera…

– Es entrada cuando entramos. Cuando salimos es salida. – Contestó la joven con irrefutable lógica femenina.

– Tenés razón; dale, decime de una vez que ya entendí cuál es el lugar a pesar de que lo expliques horrible.

– Jah, no hay nada que me guste más que oírte decir “Tenés razón”

-Dale, decíme de una vez porque sino te corto eh…

– Bueno, bueno. Viste que entre el borde de la ventana hasta la pared de la escalera hay un lindo lugar y… – la joven hizo, adrede, una estratégica pausa.

– ¿Y? – preguntó el joven, suponiendo que el motivo de la llamada estaba por fin al caer.

– ¿Y no sería genial que allí pongamos una linda biblioteca?

Los días que siguieron fueron febriles. La primera intención de Sebastián fue convencer a su novia de no innovar en absoluto y dejar la pared tal cual se encontraba. Fracasó estrepitosamente.

Estrépito parecido al de su segundo fracaso, cuando nuestro joven enamorado pretendió instalar una vieja biblioteca de mimbre cedida gentilmente por sus padres.

– ¿Imagino que no se te ocurrió poner esa ordinariez acá? ¿Verdad?- fue el tajante comentario de la joven.

Lo que llevó a nuestro abnegado novio a pensar para sí: “¿Supondrá ella que esto de subir bibliotecas por escaleras lo hago como hobby o por deporte?”

Lo más difícil fue enfrentar las miradas de sus padres cuando Sebastián volvió a la casa paterna a devolver el mueble que tan generosamente le habían obsequiado para su recién adquirido departamento. Recriminación absoluta en la mirada de su madre; mientras una rara mezcla de comprensiva conmiseración campeaba en los ojos de su padre, los que con expresivo silencio parecían decirle: “Ahora vas a tener una mejor idea de dónde te metiste”

Julieta tampoco se avino a la idea de adquirir una biblioteca de segundamano; como esas que se consiguen en los sitios de internet a razonables precios.

Luego que Sebastián agotó cada una de las opciones que velaban por su economía, aceptó llevar a Julieta a recorrer mueblerías para comprar la dichosa biblioteca a gusto y capricho de su bella y longuilínea novia.

Como dicho fue; hacía apenas un mes que convivían en pareja. Sebastián afrontó, con hacendosa valentía primero, y consternada resignación después, las compras de menesteres, mobiliarios y artefactos domésticos en compañía de su, tan indecisa como exigente, compañera. El joven supuso que faltarían algunos años antes de volver a pasar por esos interminables idas y vueltas a los que lo sometía su enamorada cada vez que debían comprar cualquier elemento para su reciente hogar.

Todavía recordaba con dolor la pérdida de una jugosa seña pagada en la reserva de unos pisos que su novia decidió cambiar luego de apreciar otros que le gustaron más. Esto es lo que mayormente había demorado la decisión de Sebastián de acceder a una nueva compra.

Él sabía sobradamente que no existía la mínima oportunidad que Julieta eligiera comprar la biblioteca en alguna de esas nuevas megatiendas donde se vende desde el más diminuto de los tornillos hasta un sistema ultrasofisticado de seguridad para hogares de última tecnología.

Hacerle recorrer a Julieta Easy, Home Depot y Sodimac; fue más bien una estrategia de distracción, una treta para cansarla antes de llevarla a los lugares en los que, estaba totalmente seguro, su novia se decidiría finalmente a la compra.

Debido a la estrategia del novio, los tórtolos perdieron la mañana en las megatiendas, en las cuales Julieta descartó cada uno de los artículos ofrecidos sin dignarse a utilizar su voz, ya que casi todos los muebles eran defenestrados en segundos con apenas una mirada. Sólo en alguno que otro caso se molestó en negar con la cabeza; pero de su garganta no se emitió la mínima articulación que modulara en sus labios un no, o cualquier otra posible negativa que implicara la oralidad. Fue sólo entonces cuando Sebastián, siguiendo su estratagema (perfectamente intuida por su novia, huelga decir) accedió a recorrer las mueblerías de la calle Belgrano; las más caras y exclusivas que puedan encontrarse en la metrópoli porteña.

Al salir del séptimo local, Sebastián comprendió dos cosas. La primera, que, efectivamente, su novia lo había intuido perfectamente, y que por ello le estaba haciendo recorrer a él, el doble de lugares de los que él le había hecho recorrer a ella. Pero lo segundo que comprendió es que ella no parecía conforme con nada de lo que veía; como si estuviera buscando algo tan específico que ni ella misma estaba segura de poder encontrarlo. Esto, claro, lo preocupaba sobremanera… las cosas, al parecer, serían todavía más complicadas que de costumbre. La decepción que conturbaba el rostro de la muchacha lo intrigaba… pero, con buen criterio, desistió de preguntar por aquello de lo cual pudo finalmente enterarse en la octava mueblería en la que ingresaron.

En este nuevo local, la muchacha aparentó mostrar un moderado agrado por dos modelos de bibliotecas que Sebastián, estaba seguro, había visto idénticos en al menos tres de los siete locales visitados previamente. Sólo que en este nuevo local las bibliotecas costaban un treinta por cierto más caras que en los otros. En cambio Julieta sostenía “¿Ves? ¡Al fin! ¡Éstas no tienen nada que ver con todo lo que venimos viendo!”. A lo que el joven pensaba para sus adentros: “En cuanto a precios eso está más que claro”.

Julieta no se decidía a concretar la compra, más allá del agrado manifestado hacia los dos modelos que ella misma ponderara. Tanto Sebastián como el vendedor asistían expectantes a los extraños movimientos y miradas que la joven dirigía alternativamente a uno y otro mueble.

Se paraba de frente, luego dos pasos a la izquierda, de allí cinco pasos a la derecha, se ponía en cuclillas, se levantaba para después inclinarse hacia un lado y luego repetía la acción para inclinarse hacia el otro… A Sebastián la situación le resultó parecida a un jugador de ajedrez indeciso ante el próximo movimiento; o a la de un ejército haciendo movimientos tácticos antes de presentar batalla.

Hasta que la espigada muchacha notó que la intensidad de los cuatro ojos masculinos posados sobre ella la apremiaban a decidirse cuanto antes. Por lo que dijo>

– Las veo un poco chicas… ¿Qué ancho tienen?- Preguntó la chica dirigiéndose al vendedor. El cual didácticamente contestó:

– Cualquiera de estas dos tiene Un metro Veinte de ancho, pero con eso no hay problema; estas son solamente muestras; cuando decida cuál le gusta la podemos encargar a la medida que ustedes necesiten…

La muchacha juntó las manos mientras en su rostro se dibujaba un enorme gesto de satisfacción. Sebastián adivinó en ese gesto lo que venía demorando la decisión de su novia. Entonces el vendedor amplió su pregunta:

– ¿Cuál es el ancho que ustedes necesitan? En estos modelos nosotros podemos hacerlas de Uno cuarenta; Uno sesenta; Uno Ochenta y Dos metros…

– ¡De uno setenta y seis!- Gritó, casi con exaltación la joven, con las ansias y la alegría de alguien que está a punto de alcanzar una meta largamente esperada.

– Hummmmm, no, le explico, -dijo pausada y cadenciosamente el vendedor- si bien las fabricamos a pedido, sólo las fabricamos en medidas estándares. El ancho va de veinte en veinte centímetros, por eso, como ya le dije, podemos fabricarlas de Uno Veinte; de Uno Cuarenta; de Uno Sesenta; de Uno Ochenta; y de Dos metros.

El rostro delgado de la chica pasó de la exaltación al desencanto en un pestañeo. Sebastián la tomó del brazo suavemente mientras le hablaba al vendedor>

– ¿Me da un momentito para hablar con ella? Ya lo llamamos eh, gracias.

Mientras el vendedor se alejaba unos metros, la pareja hacía lo propio en sentido contrario. Cuando el perplejo novio juzgó que no serían escuchados por el vendedor, le dijo a su novia:

– ¿Qué haces Juli? ¿Me estás cargando? ¿Estás pidiendo la biblioteca con el ancho que vos tenés de altura? ¡No te la puedo creer!

– Pero no… ¡Mi amor! Uno setenta y seis es la medida exacta entre la pared y el marco de la ventana. Es mi misma altura, ya sé, pero no es por eso que la quiero de ese ancho… aunque tenés que reconocerme que la coincidencia no debe ser casualidad ¿Cierto?

Al muchacho le martirizaba la altura de su novia. Él apenas medía uno setenta y uno. Desde las primeras citas ella había renunciado a usar tacos; ya que con cualquiera de ellos le sacaba una cabeza exacta de diferencia a su acongojado novio. El joven suponía que ella había buscado adrede una referencia respecto de su altura para hacerle perder la paciencia y de ese modo discutir con ventaja el monto que podrían llegar a invertir en la compra del mueble. Recordar este punto lo hizo volver a la discusión con:

– Aparte, ¿Viste lo que salen en Uno Veinte? ¡Imagínate lo que saldrán en las otras medidas!

Ella hizo un mohín de fastidio que daba pié a múltiples interpretaciones… Cualquiera de ellas hacían que Sebastián augurara sólo jaquecas en sus futuros cercanos. Sin resignarse del todo volvió a llamar al vendedor:

-Esteeeee, dígame, ¿Cuál es el precio de la de Uno Sesenta y el de la de Uno Ochenta?

– La de Uno Sesenta tres mil seiscientos pesos; y la de Uno Ochenta cuatro mil cuatrocientos pesos… en estos valores no está incluido el flete.

Sebastián trató de disimular su asombro; Julieta parecía no haber oído nada, o peor aún: parecía que el valor no revestía para ella importancia alguna. Sebastián todavía sacaba cuentas comparando sus probables ingresos contra sus seguros gastos, cuando su novia intervino preguntando al vendedor:

– ¿Y no hay ninguna posibilidad de hacerla en el ancho de Uno Setenta y Seis?

Sebastián miró al vendedor suponiendo que negaría como si la pregunta fuera una soberana estupidez. Por eso su alarma creció cuando aquel puso el pulgar y el índice de su mano derecha a cado lado de su mentón en un inconfundible gesto pensativo. El hombre finalmente contestó:

– Excepcionalmente hacemos muebles de medidas exactas; pero el precio también es excepcional.

Cuando Julieta entornó sus pobladas cejas y sus ojos se llenaron de dulzura mirando fijamente a su novio; Sebastián comprendió que ya estaba en la trampa.

– ¿Cuál sería el precio en la medida de ancho Uno Setenta y Seis? –Preguntó casi entregado

– Tiene que adicionarle un cincuenta por ciento a la medida estándar inmediata superior. Uno Ochenta, en este caso; lo que vendría a ser… hummmm: Seis mil Seiscientos pesos… sin incluir el flete, claro.

Sebastián repitió en voz baja la cifra, con una leve entonación a pregunta. Lo cual hizo que el vendedor volviera a repetir el importe, pero con entonación afirmativa.

Algunas mujeres tienen un juicio fabuloso para advertir la diferencia entre una victoria pírrica a una victoria total y absoluta. Y con el mismo admirable criterio tienen la completa seguridad que la diferencia que media entre una y otra es solamente una cuestión de tiempo. Julieta es de ese tipo de mujeres.

– Bueno, –dijo la muchacha dirigiéndose al vendedor- ahora nosotros vamos a hacer nuestros números, vamos a sacar cuentas y veremos lo que decidir ¿Sí?. ¿Vamos amor?

Julieta habría podido convencer a Sebastián de comprar la biblioteca en ese mismo momento… pero eso hubiera implicado resignar muchas concesiones en los próximos meses. Al cabo, ella tenía la seguridad que podría obtener lo que deseaba sin renunciar a esas concesiones. O al menos resignarlas en procura de otros caprichos… a eso se reduce la más de las veces la vida de ciertas parejas.

En los días que siguieron Julieta puso de manifiesto todos y cada uno de los atributos inherentes a su género. Cada gesto, cada palabra, cada suspiro, cada caricia… e incluso alguna oportuna omisión calculada de cada una de estas cosas, eran una velada manera de transmitirle a su novio: “A menos que vos mismo decidas comprar la biblioteca; y además que lo hagas convencido y con alegría… ;La vida se te va a poner un poco complicadita”

Y, efectivamente, las cosas empezaron a ponerse complicadas para Sebastián cuando su novia sumó a estas artimañas ciertas sutiles restricciones sexuales; pero de tal manera que al joven le fuera imposible implicarlas a la situación de la compra de la biblioteca… aunque tuviera la total y absoluta certeza que se debían justamente a esa adquisición.

La inexperiencia no nos permite tomar buenas decisiones precisamente por faltarnos parámetros para evaluar atinadamente lo que es bueno de lo mediocre.

Nuestro muchacho tenía para sí que el sexo que mantenía con su novia era magnífico. El tiempo le daría otra perspectiva respecto de esta valoración; pero ese pretérito es algo que no nos sirve a los fines del presente relato; y mucho menos a nuestro joven respecto a las decisiones que esta valoración le hacen tomar en este mismo relato.

Por ello, luego de casi una semana en la cual sus días, y en especial sus noches, resultaron bastante menos satisfactorias que lo habitual; el muchacho estaba “casi” decidido a proponerle a su novia comprar la biblioteca que se ajustaba tan bien a sus deseos y a su talla.

Pero todavía nos resta contar como ese “casi” se transformó en un “totalmente” decidido.

Nuestra Julieta tenía confianza en que su estrategia de restricciones sabiamente administradas le darían, más tarde o más temprano, el éxito que con tan rebuscada inteligencia buscaba.

Pero, haciendo gala de recursos peculiares, nuestra jovencita trazó una estrategia adicional que, ella estaba segura, acortaría el tiempo en el cual daría alcance a su objetivo.

Se registró con nombre falso en E-Bay para publicar una, igualmente falsa, foto de una biblioteca que consiguió en un sitio de venta de antigüedades. En la descripción del producto anexó el siguiente texto: “Espectacular Biblioteca estilo inglés. Roble de eslabonia, vidrios tallados; Oportunidad única. Alto 2 mt. Ancho 1.72 mt. Espesor 0.35 mt. ¡Oferta Especial: U$S 3.500!” Esa misma noche le manifestó a su novio:

– ¿Seba? ¿Te acordás las bibliotecas que me sugeriste que vea en internet y que yo te había dicho que no?

– Si me acuerdo –Contestó el muchacho ilusamente esperanzado.

– Bueno, viendo que está difícil comprar la biblioteca que tanto NOS gustó, esa que vimos el sábado ¿viste? Bueno, me puse a ver en internet y encontré una que está buenísima con puertas de vidrio tallado y todo. Encima es más barata y tiene un ancho que nos viene justo. ¿La vemos?

-¡Dale!

La muchacha abrió la página donde falsamente se exhibía el mueble mientras ponía su mejor cara de “¡Dame crédito por mi gran descubrimiento!”

Sebastián observó la foto y leyó la descripción. Al llegar a la parte del precio se sorprendió e inquirió a su novia:

-¡Juli!¿No dijiste que era más barata?

A lo que, con falsa inocencia, su novia respondió:

– Si mi amor, si sale tres mil quinientos; la que nos vendían en la calle Belgrano salía seis mil seiscientos. Ésta, por la mitad de guita, ¡Viene con puertas de vidrio y todo!

– Pe… pero Juli, ¡acá dice dólares!¡tres mil quinientos dólares! ¿Entendés? Eso es más de veinte mil pesos ¿Entendés? – Volvió a repetir el muchacho

– Ufaaaaaaaaaa… es tan linda – Suspiró la joven poniendo su mejor cara de consternación; tan falsa y fingida como la de inocencia que actuara hacía unos instantes.

Ante esa imagen de supuesta desolación llegó el pedido de rendición incondicional de su novio:

– ¿Juli? ¿Amor? –Le dijo con suma dulzura mientras le acariciaba las mejillas con ambas manos- No te preocupes ¿Si? Mirá, estuve sacando cuentas y creo que podemos comprar la biblioteca esa que vimos en la calle Belgrano; pagamos un anticipo y el resto lo financiamos con la tarjeta ¿Si mi amor? No nos bajoneémos por esta pavada ¿eh? El Sábado vamos y la encargamos ¿Sí?

– ¿Seguro que podemos vida?

– Pero siiiiiiiii mi amor, de alguna forma nos vamos a arreglar – Confirmó el muchacho mientras abrazaba a su novia y ésta se aprestaba a devolver en ese momento todo lo que estratégica y sutilmente se había guardado en los días y noches previos.

***

– No conviene que la hagamos exactamente de Uno setenta y seis – Dijo seriamente el vendedor

– ¿Por quéeeeeeeee? – Preguntó Sebastián ante la sorpresiva información.

– Su novia dice que esa es la medida exacta del lugar que tienen. Para que la biblioteca quepa tendría que medir unos centímetros menos; uno setenta o uno setenta y dos sería lo más conveniente.

Más que lógica le resultaba esta explicación a Sebastián. Lógica que tuvo que cuestionarse apenas notó la contrariedad expresada en el rostro de su compañera.

– Mira Juli que él tiene razón ¿eh?

En ayuda del paciente novio el vendedor agregó:

– Es muy difícil que las escuadras de las paredes y los pisos sean exactas. Cualquier mínima diferencia hará que el mueble calce mal y esto hará que se vea mal. Imagine que el borde del mueble tapara, aunque sea por milímetros, el marco de la ventana… eso no se vería nada bien.

Los dos hombres miraban a la chica en espera de su respuesta.

– Bueno; está bien – Confirmó la joven como si hubiese resignado la cláusula más importante de un contrato aceptado previamente, y esa modificación implicara una renuncia heroica.

– Muy Bien – dijo el vendedor – antes de pasar a la facturación tengo que consultarles un detalle importante: Creí escuchar que van ubicar el mueble en una sala que linda con la salida de una escalera ¿Verdad?

– Si, correcto – Se apresuró a contestar Sebastián.

– O sea que el acceso a su departamento es por escalera ¿O tienen ascensor?

– Es por escalera.

– ¿Y el radio de giro de la escalera permite la entrada de un mueble de Uno setenta?

Nuestros jóvenes se miraron; trataron de ordenar sus recuerdos y ella trató salvar la dificultad con:

– Me acuerdo que la cama doble pasó; con lo justo, pero girándola con cuidado la hicimos pasar… y me acuerdo que de las dos medidas que había nosotros compramos las más grande.

– Hummmmmmmm, si amor, tenés razón… pero el ancho de esa cama es de Uno con Cincuenta.

– Pero compramos la más grande – Insistió la joven.

– Si vida, la otra era de Uno con Cuarenta; la nuestra, que entró raspando, es de Uno con Cincuenta… La biblioteca tendría Uno Setenta o Uno con Setenta y Dos.

En esos momentos las miradas de los jóvenes eran casi desconsoladas; pero el vendedor agregó:

– Tendríamos la posibilidad de llevarla en módulos y ensamblarla en su domicilio.

– ¡Ah, perfecto! Eso estaría bárbaro ¿Podemos arreglar así?

– Si claro, -Le contestó el vendedor a Sebastián- pero tenga en cuenta que ese servicio tiene un costo adicional.

Sebastián se quedó expectante, detuvo repentinamente su mirada en el lóbulo de la oreja del vendedor; la cual le resultó inesperadamente muy grande, desproporcionadamente grande. Alcanzó a balbucear:

– ¿No es lo mismo que la ensamblen en su fábrica a que lo hagan en el living de mi casa? ¿Cuál es el trabajo extra?

– No, mire, le explico… no es lo mismo hacerlo en una planta acondicionada específicamente para la fabricación de muebles, que en la sala de un departamento…

A Sebastián no le convenció mucho esta explicación; pero Julieta lo fulminaba con una mirada que claramente le insinuaba “¡No seas tacaño, no te detengas ante esta insignificancia!¡No me avergüences más!” Lo que lo decidió a balbucear, ya al borde de la total rendición:

-¿Cuál sería ese costo adicional?

***

La necedad de la especie tiende, casi con ahínco, a la generalización. Con igual absurdo, hombres y mujeres suelen apostrofar a los miembros del género complementario con las frases hechas: “Son todos iguales” y su gemela “Son todas iguales”.

Sabemos, benditamente, que la realidad desmiente categóricamente esa anhelada superstición. No lo son, no lo somos. De otro modo, este relato no tendría razón de ser… Como tampoco la tendría su continuación a partir del venidero párrafo.

Sebastián deseó suponer que sus peripecias referidas a la biblioteca estarían próximas a culminar una vez que convino las condiciones de pago y entrega del mueble tan mentado.

Criteriosamente calculó que, si el compromiso de la fábrica era entregar la biblioteca en tres semanas a partir de su correspondiente pago y encargue, ésta no estaría en su living hasta que ese tiempo estuviera largamente excedido.

Siete semanas después, tras cinco reclamos telefónicos y dos en persona, la tan deseada biblioteca fue entregada en el departamento que los jóvenes compartían en la calle Aranguren.

Fue de mañana, cuando Sebastián trabajaba en su oficina y en el departamento sólo se encontraba Julieta. Si bien la pareja contaba con una buena cantidad de libros de mutua propiedad, Julieta pensó que necesitaba comprar libros nuevos para el mueble que estrenarían. En esas siete semanas de espera, la joven había invertido gran parte de su tiempo en comprar los libros que pensaba ubicar en los estantes que estaban siendo fabricados. Para esas compras recurrió a la ayuda de su prima Violeta, profesora de literatura graduada hacía apenas un par de años, y que, mediante sus conocimientos, logró que Julieta adquiriera cinco veces más volúmenes que lo que nuestra muchachita hubiera comprado por el mismo valor, en caso de haber hecho las compras ella sola. Claro es que Violeta le había hecho recorrer, para tal fin, casi todas las librerías de usados de Capital y sus alrededores… aunque ambas jóvenes disfrutaron entusiastamente de la experiencia.

Quince minutos; fue lo que tardaron los empleados de la mueblería en ensamblar los módulos por cuya tarea se pagó un quince por ciento adicional del costo total del producto. No es necesario ser un genio matemático para notar que los jóvenes pagaron un uno por ciento adicional por cada minuto de armado dentro de las paredes de su hogar.

Más que atinadamente, Julieta se juramentó no informarle esta curiosidad a su novio cuando, emocionada, lo llamó al trabajo para darle la noticia que ya estaba instalada en su living la biblioteca que tenía un ancho de cuatro centímetros menos que su propia talla.

-¿Sebuuuuuuuu?

-¡Hola Amor! ¿Ya la llevaron?

– ¡Siiiiiiiiiiii! ¡Ya la tenemos en casita!

– ¡Qué bueno Juli! ¿Estás contenta?

-¡Siiiiiiiiiiii! Estoy feliz de la vida ¡Es hermosa! ¡Con ese olorcito a madera nueva! ¡Está bárbara! ¡No sabes…!

– Bueno vida ¡Qué bueno! Ahora vas a poder acomodar los libros que compraste con Viole.

– Siiiiiiiiiii, quería llamarte antes de empezar.

– ¿Tardaron mucho en armarla? – Preguntó Sebastián

– Y maso… hora y media, hora y cuarenta – Mintió la muchacha.

-¡Qué turros! ¡Nos cobraron mil mangos más por menos de dos horas de laburo!

– Pero ya está mi amor, ya la tenemos en casa y está hermosa… ¡No veo la hora de ponerle los libros!

En eso, es precisamente en lo que Julieta empleo sus siguientes cuatro horas. Primero intentó ordenarlos por colores. No tardó mucho en notar que le gustaba mucho más si los ordenaba ateniéndose al tamaño de los volúmenes. Después notó que lo mejor era ordenarlos por autor; pero el hecho de haber comprado usados la mayor parte de los libros, hacía que resultaran ediciones de un mismo autor muy diferentes, tanto de forma como de tamaño.

Cabe aclarar que cada opción de orden debía ser percibida por sus ojos en un todo. Es decir; Julieta sólo se decidía a cambiar el modelo de ordenamiento toda vez que ponía en la biblioteca hasta el último libro. Por ello, cada ordenamiento conllevaba la colocación y extracción de todos y cada uno de los libros.

Finalmente se decidió a acomodar los libros mezclando los criterios de “Por autor” y “Por tamaño”.

Apenas unos minutos pasadas las tres de la tarde, Julieta acabó de ordenar los libros como si hubiese terminado la más excelsa de las obras de arte de la humana historia.

– Esto merece una celebración – dijo con genuina satisfacción, mientras se dirigía a la cocina para prepararse un capuchino y cortar una porción de Lemon Pie.

Frente a la biblioteca acomodó una mesita móvil en la cual colocó la taza y el plato de pastel. Trajo un puff sin forma definida, de esos donde uno puede sentarse, recostarse o bien directamente echarse sobre él. Julieta eligió sentarse de tal modo que pudiera acodarse sobre sus rodillas. De esa manera permaneció varios minutos admirando, casi en éxtasis, la biblioteca tan ansiada y finalmente obtenida.

Fue entonces que sucedió.

El gesto de suficiencia, plenitud y satisfacción de su semblante, fue mutando subrepticiamente en una gradación tan leve como constante e insospechada. Con creciente fastidio volvió a la cocina. Vació el capuchino en el escurridor de la mesada sin haber tomado siquiera un sorbo. Guardó intacto, en la heladera, la porción de pastel y se apresuró a volver frente a su biblioteca.

Pero esta vez, eligió observar detenidamente el mueble de pie… Bueno, al menos lo hizo así algunos segundos. Luego observó al flamante mobiliario desde distintos ángulos y posiciones: Se agachaba, se inclinaba, se ladeaba a la derecha, luego a la izquierda, se acuclillaba de un lado, luego del otro… y en cada nueva perspectiva se le iba agregando desazón al rostro.

Devolvió el puff a la parte central del living y trajo una silla en la cual se sentó con una de sus piernas flexionada entre sus nalgas y la base de la silla. La otra pierna recta y extendida hacia el piso.

En esa postura permaneció inmóvil varios minutos, los ojos fijos, la mirada enclavijada… Hasta que su mentón empezó a vibrar frenéticamente al mismo tiempo que de sus ojos empezaron a manar gruesos lagrimones. Entonces su llanto se tornó en desesperación y golpeó con sus puños las vacías cajas de cartón que aún permanecían en el cuarto, luego de albergar los libros que ahora habitaban los estantes de la biblioteca.

Miró el reloj: eran las dieciséis cuarenta y cinco, en quince minutos Sebastián saldría de la oficina. Media hora más tarde estaría con ella en su casa. ¿Esperaría Julieta la llegada de su novio para comentarle lo que le sucedía?

Dieciséis Cuarenta y Seis sonó el teléfono laboral de Sebastián. Lo único que escuchó al otro lado de la línea fue una especie de llanto quejumbroso… bastante rumbeado, a pesar de los escasos indicios, preguntó:

-¡¿Juli?! ¿Sos vos? ¿Qué pasó amor?

– Me vas a querer matar…

-¡Juli! ¡Por favor! ¡Decime que pasó de una buena vez!

– La biblioteca…

– ¿Qué pasa con la biblioteca amor? ¿La armaron mal?

– No. No es eso, la armaron perfecto… pero no va amor, no va.

– ¿Qué no va, mi vida? – Preguntó más aliviado Sebastián, percibiendo que no se trataba de una desgracia ni una tragedia.

– La biblioteca, amorcito, me vas a querer matar… pero no va… es demasiado grande, queda horrible. Me equivoqué… ¿Podremos devolverla?

Sebastián guardó un silencio más profundo que el mar. El muchacho es de los que suelen pensar en imágenes; en esa brevedad de silencio imaginó a su novia recostada inmóvil en un quirófano; y se imaginó asimismo como un cirujano aprestándose a efectuar una trepanación lobotómica… un gemido, mezcla de llanto y letanía, al otro lado de la línea, ayudó a disolver la imagen.

– Juli… en un ratito salgo ¿Lo podemos hablar en casa?

– Bueno, pero me prometes que no te enojaste ¿Cierto?

– Hablamos en casa Juli ¿Si? – Se limitó a contestar el muchacho mientras mentalmente trataba de enumerar las razones por la cuales había elegido a Julieta como objeto de su amor y su deseo.

El hecho de haber sido fabricada a medida hizo que la mueblería no aceptara el cambio del oneroso mueble, ni siquiera a un valor mucho menor.

Sebastián publicó la venta de la biblioteca en Internet. Durante dos semanas a mitad del valor por el cual la había adquirido; luego a un cuarto de ese valor, y finalmente la publicó a un 10% del valor pagado. Solo entonces tuvo un par de interesados que hicieron consultas… en ambos casos la consulta fue “¿Podemos negociar un precio más bajo?”. Sebastián ni siquiera tuvo ánimo para contestar. Un viernes cualquiera, con todo, tuvo una tercera consulta de un interesado que no intentó regatear y con quien, desde su trabajo, combinó que el hombre pasaría a ver la biblioteca por su domicilio a la mañana del día siguiente.

“Al menos salvaré algo de plata se consoló Sebastián “

Consuelo que hizo que viajara hasta su casa con un atisbo de sonrisa. Sonrisa que se esfumó en el acto cuando al ingresar a su casa (recordemos que la biblioteca es lo primero que vemos al salir de la escalera y entrar al departamento de la calle Amanguren) descubrió la ausencia total (¿cómo sería una ausencia parcial?) del mueble…

-¿Y la biblioteca? – inquirió a Julieta una vez que la hubo saludado y besado.

-¡Se la regalé a Violeta! – contestó muy sonriente la joven.

-¿Se la regalaste? ¿Cómo que se la regalaste? ¿Me estás cargando, no?

-¡No amor! Se la regalé de en serio, a ella le viene re-bien, si tiene infinidad de libros…Además la pusiste en la red y nadie la quería comprar… antes que malvenderla prefiero regalársela a alguien que quiero y que la necesitaba.

Sebastián se quedó impávido mirando a su novia mientras trataba de imprimirle a sus facciones lo que su boca no se atrevía a articular, algo como “¿Te mato de una sola vez? ¿O mejor te voy cortando de a pedacitos?”

Julieta sabía leer claramente las mudas expresiones del rostro de su amado… por eso supo que lo mejor que podía hacer era simular que nada entendía.

– ¿Tomamos mate? -preguntó la chica- ¡Viole nos trajo brownies! ¿No es divina?

Sebastián desarmó su amenazante expresión y la cambio por otra de estupefacción mientras preguntó a Julieta:

-¿Y los libros?

-Los libros los puse en cajas. Después compramos una biblioteca chiquita, barata… ¡O mejor! Traes la de mimbre que te ofrecieron tus papis… ¡Total! Para poner esos libros usados esta bien… ¿El mate con edulcorante, no?

-Si, edulcorante… – contestó Sebastián mientras se preguntaba como era posible amar tanto a una mujer y al mismo tiempo sentir reales ansias de ahorcarla.

La siguiente mañana fue sábado. Sebastián se levantó muy temprano y manejó su auto hasta Home Depot. En pocos minutos había elegido la biblioteca que quería comprar: la más chica y fea que se le antojó a su gusto.

-Esa muestra es la única que queda – informó el vendedor – Pasáte el miércoles que entran más.

-¿Y esta muestra no me la podés vender?

-No, las que están armadas no están a la venta… pero el miércoles entran más.

-Igual yo prefiero llevarla armada, las que entren el miércoles: ¿Van a estar en cajas, o me la pueden armar?

-En cajas; precisamente no podemos entregar estos productos armados; se entregan únicamente en cajas y el usuario debe armarlos en su casa.

El vendedor no le prestó a Sebastián mayor atención que la que empleó en esa respuesta y nuestro muchacho se quedó murmurando para sí: “¡¿Tan difícil es comprar una jodida biblioteca!?”.

En esos devaneos andaba cuando le llamó la atención los gritos y gestos ampulosos de un señor que discutía con el responsable del sector.

Se acercó a escuchar:

-¿Pero cómo no me pueden devolver la plata? ¡Si esto es una porquería! ¡Los estantes se doblan, la melanina se despega! ¡No pueden vender esta basura!

Los ojos de Sebastián casi se salen de sus cuencos cuando notó que la “porquería” a la que el hombre se refería era una biblioteca idéntica a la muestra que no querían venderle… ¡Y encima estaba armada!

El jefe de sector, sin abandonar su gesto amable, mantenía con firmeza su negativa a reintegrar el importe, a cambio de la devolución del mueble; y esa misma imperturbable amabilidad parecía exasperar todavía más al sujeto. La imagen de este cliente era, de por sí, poco tranquilizadora: Larguísimo cabello oscuro, misma oscuridad en su barba de tres días, una enorme ceja única hacía las veces de alero sobre ambos ojos. El ceño asimétricamente desviado en zigzag hacía la izquierda de una prominente nariz aguileña. Y este rostro y cabeza descrita era soberbiamente portada por un voluminoso cuerpo, tanto a lo largo como a lo ancho. Si su sola imagen causaba inquietud, ver a esta mole al borde de un ataque de furia podía preocupar al más tranquilo de los temperamentos.

Sebastián se acercó hasta el crispado cliente para hablar:

-Disculpe señor… ¿Puedo comentarle algo?

El grandote lo observó intrigado, -máxime porque Sebastián no llevaba el uniforme de la megatienda-, sin alcanzar a suponer las intenciones con las que era abordado. Con cierta desconfianza, el hombre supuso que Sebastián podía ser personal de seguridad de la tienda mimetizado con prendas informales.

-Sí, dígame – contestó el grandulón sin relajar todavía su entrecejo.

-Mire – explicó Sebastián- no pude evitar escuchar su discusión… Y yo justo andaba necesitando comprar una biblioteca como la suya y aquí se vendieron todas.

Yo puedo comprársela a usted pagándosela al mismo precio… ¿Le parece bien?

El robusto hombre, de unos 35 o 40 años, observó a Sebastián con una curiosidad muy genuina; le contestó:

-Vos decís – (tuteó a Sebastián a pesar de que el muchacho le había tratado de usted) –que querés comprarme la biblioteca y pagarme lo mismo que me costó.

-Exacto. – Confirmó nuestro heroico novio.

-Pero mirá que es una reverenda porquería eh, se dobla toda eh! ¡Mirá! ¡Mirá!

Decía el hombretón mientras apoyaba su palma en uno de los estantes; el cual, efectivamente, se arqueó como si fuera de cartón ante lo que parecía un esfuerzo mínimo del gigante de largos cabellos.

-Esta bien, no hay problema… me va a servir igual- argumentó Sebastián.

El hombre se quedó mirando al muchacho como si éste le estuviera ocultando algún misterio metafísico cuya clave estuviera cifrada en la estructura de ese mueble que se doblaba bajo el peso de su manaza.

El rostro del hombre se relajó y parecía, repentinamente, contar con un intelecto y una penetración insospechada hasta escasos instantes antes.

-Pibe – le dijo casi con paternalismo- Decíme… ¿Para qué necesitás esta porquería? Dale, contáme… no tengo problemas en vendértela… la verdad es que me solucionarías un gran problema… pero vos me parecés un buen pibe, buena gente ¿Me entendés? Y a mi no me gusta cagar a nadie.

Sebastián se cruzó y descruzó de brazos, movió los brazos y sus manos delante de su pecho, como si buscara ayudarse a encontrar las mejores palabras… abrió su boca para decir algo… pero ninguna palabra salió de su boca hasta que sólo balbuceó:

-Es complicado.

El hombretón puso su mano en el hombro de Sebastián y lo miró, ahora sí con inconfundible paternalismo. Dijo:

-Mirá… a ver si adivino… ¿Sos casado o algo así, verdad?

Sebastián se sonrió y asintió con un “Algo así”. El hombre prosiguió:

-Jhum, ¡Mirá vos! Te cuento algo… estoy acá por la hinchakinotos de mi jermu. A mi me daba igual si la biblioteca se doblaba, se rompía en dos semanas o en mil años… pero ella me volvió loco: “Que te la tienen que cambiar”, “Que te tienen que devolver la plata”, “Que siempre te venden cualquier cosa” ¿Entendés?.

Si vuelvo con la plata ¡fah! Onda que voy a parecer un héroe… pero si vos te llevas esta basura… tu chica se va a poner de la cabeza. ¿Entendés?

-Entiendo a la perfección. Y por eso es que quiero exactamente ESTA biblioteca.

El tipo se quedó mirando a Sebastián como si el joven acabara de revelar ese supuesto misterio metafísico que antes le había mentado. Como si le hubiera acabado de regalar una clave de felicidad… una enorme sonrisa le llenó el rostro, ahora no quedaban ni trazos del inquietante gigante de un rato atrás; Aquel hombre era ahora solo un bonachón grandote que parecía irradiar felicidad por cada poro.

-¿Sabés que sos un genio pibe? Sos un capo… un re-capo. Decíme dónde tenés el auto que te la cargo ya mismo.

Ya en el estacionamiento, y mientras con esfuerzo cargaban la biblioteca en el auto de Sebastián, el hombre, quien ya se había presentado con el nombre de Rubén, siguió franqueándose.

-Parece raro, pero cuando no están ahí para romperte los kinotos la vida se te hace aburrida. Una vez mi señora tuvo que viajar a Santiago a cuidar a su papá enfermo… ¡No sabes lo que la extrañé!… ¿Cómo se llama tu chica?

-Julieta.

Ya habían cerrado el auto, Sebastián contaba plata en su billetera. Preguntó:

-¿Y tu esposa?

-Leonor.

Sebastián sacó el dinero y se lo ofreció a Rubén, este negó con la cabeza mientras decía:

-Pst! ¡Mirá si te la voy a cobrar! Es un regalo.

-Pero no ¡Como me la va a regalar! ¡Leonor te va a querer matar!

-¡Eh! ¡Justo por eso! ¿De quien aprendí, eh?

Los dos se rieron y se palmearon mutuamente.

-¿Seguro que me la regalás?- Insistió Sebastián.

-Julieta, a pesar de todo… ¿Vale la pena?

-Ajhá. Mucho.

-Entonces el regalo no es para vos, el regalo es para ella.

Luego de lo cual Rubén se encaminó a su auto pensando qué le diría a su Leonor mientras trataba de imaginar, al mismo tiempo, la cara de fastidio y desagrado que pondría esa desconocida jovencita que se llamaba… se llamaba… ¿Cómo dijo el muchacho que se llamaba?.

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