La afeitadora de Byron

En 1821, Byron le escribía a Thomas Moore desde Ravenna: “No consigo hacerle entender a la gente que la poesía es la expresión de una pasión exaltada y que no existe una vida de pasión, tanto como no existe un terremoto continuo o una fiebre eterna. Además, ¿quién podría, por ejemplo, afeitarse en tal estado?”.

Es bastante habitual que tenga esta frase de Byron en la cabeza; pero luego de un par de días de fiebre es como que me vino muy a cuento. En todo caso, se impone aclarar que Byron no fue justamente un poeta esporádico o por etapas. Como Rimbaud, por caso, que luego de los veintitantos colgó la pluma para irse a traficar armas al norte de África. No, por el contrario, Byron ha de haber sido uno de los poetas más prolíficos que se conocen. Vale decir, alguien que tuvo la chance de experimentar con bastante continuidad esa pasión exaltada que suelen ser los instantes de inspiración en los cuales uno escribe.

En la antigüedad se solía citar a la musa (o a las musas) para que estas brindaran ese estado de éxtasis necesario para la creación literaria. He sabido de distintos métodos que la gente tiene para escribir. Maiakovski agitando los brazos y dando rugidos que iba alivianando hasta devenirlos palabras; Wordsworth dando caminatas en su finca; Poe acudiendo a las bondades de la amapola como Baudelaire y otros Malditos. Pero aún en la vida moderna, y sin necesidad de acudir a escritores de palestra sino a gente común y sencilla que sólo escribe para su blog o su cuenta de tuiter, gente que no hace de la escritura una profesión sino simplemente su hobby, su modo de trascender la soledad y llegar a ser leídos por otros. Para ellos también escribir son momentos de pasión exaltada, ellos también tienen sus propios ritos de exaltación para pergeñar las palabras que se ordenarán en oraciones. La mayor parte de estas personas me dirán que escribe desde sus tablets o de sus celulares. Algunos menos desde sus computadoras, sea en sus hogares o desde contrabando en sus lugares de labor, quién sabe.

Pero yo tengo para mí que cualquiera sea la trascendencia de lo que escribamos, cada uno debe tener sus propios ritos para lograr esa especie de éxtasis, ese momento de inspiración en los que uno se siente una especie de demiurgo más o menos incompetente. Insisto, tal vez eso sea una idea demasiado pretenciosa o romántica, quizá la mayoría opte solamente por escribir cuando la idea surge y no se trate de inspiración ni de un momento de exaltación ni nada parecido. Quizás escriban en el semáforo, parados en el subte, sobre la taza del baño, quién sabe; son tantos los modos modernos en que las musas pueden venir a tocarnos las puertas o las ventanas de la inspiración.

En lo que a mí respecta, debo confesar (ya lo he hecho en otras oportunidades) que casi el 80% de los tuits escritos en mi cuenta corresponden a un momento y lugar exacto en el cual fueron concebidos. De hecho, la existencia misma de este texto es una forma de rendir homenaje a ese modo, a ese lugar, a esa forma de propiciarle la bienvenida a la inspiración. Aunque sea una inspiración que otorgue tan pobres y mediocres resultados.

Desde hace ya bastantes años, y por motivos que no vienen ahora a cuento, no conduzco vehículos. A esa falta le he encontrado razones prácticas; económica la principal de todas, pero no la única. Vivo en el norte de lo que se conoce como AMBA, Área Metropolitana Buenos Aires, y trabajo en el porteñísimo barrio de La Paternal. El viaje en vehículo desde mi casa la trabajo varía entre una hora a hora y veinte dependiendo de las delicias del tráfico. No es un dato azaroso, cuento con un compañero de trabajo muy cercano que sí conduce, y con quien solía hacer ese trayecto. Solía. Desde hace algunos años comprobé que tardo exactamente lo mismo tomando un tren. Tomo el tren donde inicia su recorrido. Esto me permite viajar sentado cómodamente, elegir el lugar, la ventana, el paisaje hacia donde esa ventana mira. Si es verano evito el sol. Si es invierno, como ahora, elijo ver amanecer, ver como el sol de junio trepa casi tímido entre las nubes y la bruma.

Sumo placer al placer. Cargo el reproductor de música. Ayer fueron temas de Moby, de Portishead, de Massive Attack, de The Magic Numbers. Entonces tengo una hora para escribir y leer a gusto, habitualmente también leo cuando escribo. Por lo que sumo dimensión al placer, la mirada en el amanecer, la música en los auriculares, los ojos en la lectura y el alma atenta aquello a lo que deseo escribir. El 80 % de los tuits que quedan en mi TL nacen así.

La mañana de hoy amaneció de llovizna, -garúa como le decimos los porteños-, nubes bajas, pesadas, el asfalto estaba viscoso de humedad, el agua tenía una especie de omnipresencia en la atmósfera de esta ciudad a la que algún bromista le puso nombre ponderando las bondades de sus aires.

El tren es muy cómodo además, los asientos parecen casi un sofá de lo bajos que son. Hoy me senté casi recostándome contra la ventana, ayer había cargado música nueva, en la ventana hubo una llovizna rápida, casi danzante, como si alguien hubiera ido a pintarme un dibujo. Conforme el tren avanzaba la lluvia se disipó, las nubes empezaron a subir, como escapándose a un cielo más alto. Allá, más arriba, empezaron a disgregarse y los fractales de luz del sol recién amanecido empezaron a colarse entre los huecos de cielo que las nubes iban dejando al descubierto, belleza en estado de gracia. Hoy podría haber escrito tuits como todos los días; cerrar los ojos para invocar cierta mirada que suele acompañar mi memoria… pero no; antes que usar el momento de exaltación para escribir, preferí atesorarlo, guardármelo a modo de homenaje de decenas de momentos similares, cientos, casi miles ya. Advertir que uno va tejiendo su propia vida de esos momentos; que los momentos de belleza pueden ser diarios y que uno no advierte esos instantes de exaltación hasta que se toma una pausa para apreciarlos, para hacer algo muy distinto de eso que Byron podría haber hecho, afeitándose.

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