Realidades

 

                                                                   “-Maestro, ¿que opina de la realidad?

                                                                     -¿Cuál, la mía o la suya?”

                                                                          Jorge Luis Borges, en un reportaje

El 14 de Junio de 2006 se cumplieron 20 años de la muerte de Borges. Hubo ediciones especiales en diarios, suplementos; se realizaron actos conmemorativos, se reeditaron libros críticos, comentarios en los noticieros, etc.

Entre estos homenajes me llamó la atención un programa de televisión donde pude ver -y escuchar, claro- a una anciana que era presentada por el periodista como el ama de llaves de Bioy Casares. La mujer contaba, emocionada, una llamada de Borges a Bioy hecha desde Ginebra. Según ella, en esa comunicación Georgie le manifestaba a Bioy que no volvería a la Argentina, que se quedaría a morir en Ginebra. La señora siguió narrando que esa noticia conmovió a Bioy hasta el punto de arrancarle lágrimas; y que, entre sollozos, Bioy le pedía a Borges que reviera esa decisión; que volviera a Buenos Aires en cuanto su salud se lo permitiera.

Me hice la imagen mental: Bioy, de pie, apoyado en algo así como una columna, agarrando el teléfono con ambas manos, lagrimeando y pidiéndole al amigo que no se muriera allá, tan lejos; acaso simplemente que no se muriera.

Pocas semanas después compré “Descanso de Caminantes”, el diario de notas de Bioy, casi un diario personal. En él leí textualmente: “Cuando Borges me dijo por teléfono desde Ginebra que no iba a volver y se le quebró la voz y cortó, ¿cómo no entendí que estaba pensando en su muerte…?”.

Esta discrepancia entre lo que la mujer dijo de ese mismo llamado y lo que Bioy literalmente escribió sobre él, me hizo pensar en algunas conjeturas, a saber:

Primera Conjetura: La anciana Ama de llaves mintió; o, para no ser tan riguroso, fabuló aquella revelación de Borges en cuanto a quedarse a morir en Europa. Bioy es explícito, no cabe la duda, él dice: “¿Cómo no entendí que estaba pensando en su muerte?”

Segunda Conjetura: El que mintió es Bioy. Tal vez la anciana dice la verdad y Bioy se la negó a sí mismo al momento de registrarla en su diario. Tal vez se haya sentido culpable de no poder convencer al amigo de tantos años para que viniera a morir a Buenos Aires. Tal vez, culpable o avergonzado de sus lágrimas, prefirió mentirse que Borges no le dijo nada de su muerte. O bien que si lo hizo, él (Adolfo Bioy Casares) pretendió no entenderlo.

Tercera Conjetura: La más ficticia -y por lo tanto más probable- de todas: Ambos, Bioy y el Ama de llaves, mienten.

Veamos, el llamado de Borges existió; este hecho común es incontrovertible. En él, Borges ya insinuó su segura muerte; insinuación que Bioy dice entender sólo después que la muerte del amigo ocurrió pero que su inconciente psique sí captó el significado y eso se trasladó a  su rostro. El ama de llaves, a su propio decir, estaba presente durante la llamada, la presenció. Conoce tanto a Bioy, que adivina en su jefe lo que él mismo no osa admitir.

Cuando el hecho finalmente sucede, (La muerte de Borges en Ginebra) Bioy ha de haber llorado mientras decía “Él me lo dijo y yo no lo entendí”. El Ama de llaves ha de haber sido nuevamente testigo de este momento.

Veinte años después, sin otro actor vivo de aquellos hechos, las diferentes realidades se hacen una sola en el recuerdo de la mujer. La realidad que ella cuenta es la suma de otras realidades, y quizá aún de otras que no llegamos a elucidar o imaginar.

No es extraño que justamente Borges ande metido en estos entreveros sobre realidad de realidades. Al final de cuentas, una realidad resultante que ya ni se atreve a ser ficticia por adolecer de verdad y ficción, por iguales partes.

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Recuerdo

Recuerdo el primer sueño que tuve en la infancia, o el que creo que fue mi primer sueño. Recuerdo que tendría tres o cuatro años y estaba en el patio de una guardería, que llevaba puesto un delantal azul con un gato negro bordado. Años después mi madre me confirmó que me envió a una guardería que se llamaba “Michifuz” y que usaba un guardapolvo azul. Recuerdo que en el sueño estaba agarrado al alambre mirando hacia afuera, recuerdo que los otros chicos jugaban y yo estaba triste, aunque no recuerdo por qué, o mejor dicho, ni siquiera recuerdo si en el sueño sabía por qué estaba triste y agarrado al tejido de alambre, mirando hacia fuera, donde una camioneta roja paró y bajaron varios adultos que me miraban.

Recuerdo más claramente otro sueño de la infancia porque se tornó recurrente entre los cuatro y los cinco años. Nuevamente estaba presente el tejido de alambre, hacía mucho calor, debía ser el mediodía por la forma en la que el sol reverberaba sobre el asfalto y yo deambulaba en una especie de laberinto de paredes con tejido de alambre buscando cómo salir. Creí encontrar una salida y repentinamente se interponía en mi camino una enorme cabeza de perro que me ladraba y que amenaza con engullirme. Recuerdo que la cabeza era gigantesca, más alta que un hombre adulto, recuerdo que sólo veía la cabeza del perro y nada del resto de su cuerpo; en el sueño sé que no puedo hacer más que eludirlo, busco una segunda salida girando y cuando me encamino a ella, una segunda cabeza de perro igual de feroz y amenazadora se volvía a interponer en mi escape, giré y traté de huir a mis espaldas y una tercera cabeza de perro gigante me evitaba el paso. Recuerdo que en ese momento era cuando despertaba. Recuerdo que poco tiempo después, cuando ya tenía más de seis, leí acerca de Cerbero y recuerdo haber sentido miedo al leer y recordar el sueño que tuve varias veces más antes de aquella lectura; y que no volví a tener luego de ella. Me pregunto cómo se las arreglará el miedo para persistir en nuestra sangre, muchos años después, cuando ya fui padre, todas mis hijas desarrollaron casi un miedo fóbico a los perros, como si el sueño de mi infancia persistiera grabado en sus psiques; nunca tuvimos mascota en nuestra casa y mi hija mayor ya cursa la universidad.

Recuerdo que era un niño tímido, muy pensativo, muy callado y muy obediente y respetuoso. Estas últimas dos cosas no me las acuerdo por mí mismo, sino que recuerdo que mi madre lo decía siempre, en especial en mi adolescencia, cuando me reprochaba que ya no lo era. Recuerdo que tenía mucho miedo cuando llovía de tarde, cuando casi anochecía; no sé por qué exactamente me daba miedo a esa hora, quizá era que la tormenta hacía que oscureciera antes de tiempo y eso me disgustaba, pero en verdad no recuerdo el origen de ese miedo.

Recuerdo que me sentaba al lado de mi madre largas horas callado mientras ella dirigía su taller de costura. Recuerdo que una vez mi madre me mandó a jugar al living y que ese día me encontré con la biblioteca que habían formado entre mi padre y mi abuelo. Ya la había visto varias veces, pero esa vez me detuve a mirarla aunque no sabía entonces la diferencia. Recuerdo que busqué varios libros y los llevé a mi madre para preguntarle cuál podría leer. Recuerdo que me miró incrédula y que eligió uno al azar. Recuerdo que era “Un capitán de Quince años” de Julio Verne y recuerdo que entonces no volví a sentarme al lado de mi madre en su taller y que el universo, para mí, cambió para siempre.

Recuerdo que en las siguientes semanas o meses fueron muchos los libros que leí y que jugaba carreras imaginarias contra mí mismo para leer uno más rápido que el anterior cada vez. Recuerdo que mis padres no se daban cuenta que estaba consumiendo los libros de la biblioteca; creo que mi madre pensó que jugaba, que nunca había leído el libro aquel de Verne que ella me había elegido la primera vez. Recuerdo poco de ese libro, un cocinero malvado que altera el instrumental del barco para que terminen en Äfrica y vender a la tripulación como esclavos. Recuerdo que el grumete de quince años debe convertirse en Capitán y héroe de la novela.

Recuerdo que me molestó que cuando les dije a mis padres que estaba leyendo los libros de la biblioteca no me creyeran. Recuerdo que cuando le di a mi padre detalles de algunos de ellos se asustó y recriminó a mi madre por dejarme leer libros que no eran para chicos. Recuerdo que me llevó entonces a la biblioteca y me dijo cuáles libros podía leer y cuáles no. Recuerdo que ya había leído varios de esa lista de “prohibidos” y recuerdo que por primera vez tuve agenda de lectura porque fueron el resto de los libros prohíbidos con los cuales proseguí mi lectura.

Recuerdo que antes de los nueve años había leído desde Solyenitzin a Gorki y desde Tolstoi a Dostoievsky. Recuerdo que por eso se generó en mi una simpatía por la  “Madre Rusia” como no sentí por ninguna otra nación. Recuerdo que no era mucho lo que entendía de la mayor parte de esos libros, pero sin embargo recuerdo que leía con embeleso hipnótico a esos escritores rusos. Recuerdo que en esa época también leía a Carpentier, a Roa Bastos, a García Márquez, a Eca de Queiroz, pero sin entender mucho más que lo que entendía a los rusos. Ignoro por qué me sumergía en lecturas cuyo significado era inaprensible para mí.

Recuerdo, eso sí, que leía con placer cercano al éxtasis las novelas de caballería y amor cortés, Dumas, Scott, Salgari. Recuerdo que lloraba de emoción con la saga de los Mosqueteros y también recuerdo haber llorado tres noches seguidas cuando terminé la lectura de “El Paje del Duque de Saboya”.

Recuerdo que en esos libros era común que la heroína romántica fuera rubia, de rostro angelical y mirada de ojos claros; recuerdo que esa imagen se grabó en mi inconsciente y formé mi primera idealización de mujer en base a esas lecturas. Recuerdo ahora lo nefasto que esa imagen idealizada resultó luego en mi adolescencia. Sin ser especialista, supongo que no habría sido diferente si la idealización hubiera sido la de una mujer distinta; el peligro de las idealizaciones, creo, no ha de ser el objeto, sino el acto de idealizarlo.

Recuerdo que tendría entre siete u ocho años (tercer grado) cuando escribí mi primer cuento. Recuerdo que nos daban redacciones para hacer en el colegio y ese día yo me decidí a escribir una redacción diferente. Recuerdo la sensación de estar haciendo algo distinto, algo que no era exactamente lo que la maestra me había pedido. Recuerdo que escribí más de media carilla del cuaderno cuando ninguna redacción que hubieran hecho mis compañeros o yo mismo había superado nunca más de tres renglones. Recuerdo la cara de asombro de mi maestra al leerlo, recuerdo oírla decir “Esto es hermoso, hermoso” recuerdo que llamó a maestras de otros grados para leerles el “Cuento” (ella lo llamaba así, para mí seguía siendo la redacción que me habían pedido) y recuerdo que ante un comentario que no escuché de otra maestra, mi señorita dijo “No, no lo hizo en la casa, se los di como tarea aquí mismo, lo hizo ahora”. Recuerdo que mi maestra de tercero que dijo todos esos comentarios era joven y rubia, y que por tanto yo estaba enamorado de ella. Recuerdo que el éxito de mi redacción me produjo dos sensaciones encontradas, por un lado pensé “Parece que a las chicas les gusta esto de escribir”; pero por otro me sentí decepcionado porque para hacer mi redacción prácticamente había copiado algunas descripciones que recordaba haber leído en mis libros y no podía entender que a las maestras les gustaran tanto esas descripciones que en verdad no eran mías. Todavía no sabía lo que era una paráfrasis y mucho menos un plagio, pero la verdad es que me incomodaba saber para mis adentros que eso que había escrito y que tanto gustaba, no era algo que realmente hubiera salido de imaginación sino de mi memoria.

Recuerdo que en el verano de 1980 me cansé de ser un chico tímido y callado y que me propuse, en ese mismo verano, que eso cambiaría al regresar a clases. Recuerdo que para eso leía libros y ensayaba imitar a mis héroes de los libros como D’artagnan o Scaramouche. Supongo que me habré visto un tanto ridículo, pero recuerdo que el primer asombrado de mi éxito fui yo mismo, porque en poco tiempo me convertí en uno de los chicos populares del grado, aunque no era así como entonces los llamaban. Creo recordar que la palabra más apropiada era la de “Canchero”, los chicos cancheros hablaban con todos, hacían chistes y hablaban con las chicas lindas del grado y las hacían reír. Yo me convertí en uno de los chicos cancheros del grado aunque por dentro seguía muriéndome de miedo cada vez que tenía que hablarle a una chica que me gustaba.

Yo no sé si era cosa de la época o sólo mía, pero las chicas que me gustaban eran las más estudiosas “las mejores del grado” como se las llamaba entonces. Y no sé si yo asociaba la inteligencia a la belleza (presupongo que sí) pero para mí no había otras más lindas que ellas. Recuerdo que una se llamaba Ana Julia y la otra Andrea. Recuerdo que me gustaban las dos y recuerdo que me obligué a mí mismo que me gustara una sola de ellas porque me parecía mal que me gustaran las dos. Si una de las dos hubiera sido rubia, no tengo dudas que esa duda entre ambas no hubiera existido, pero Ana Julia era morena y Andrea era castaña. Obviamente, por aproximación cromática capilar recuerdo que elegí como “la chica que me gusta” a Andrea. Recuerdo que nunca se me ocurrió agredirla o cargarla como dicen que hacen los chicos que gustan de una niña. Recuerdo que yo le dibujaba flores y le escribía poemas o cuentos. Ella se sonreía y me convidaba caramelos o chupetines. Nunca le dije nada acerca de que era la chica que me gustaba y tampoco ella me dijo nada. Recuerdo que año tras año era la abanderada y que, siendo buen alumno y casi uno de los mejores del grado, a veces me equivocaba a propósito para que Andrea tuviera la mejor nota.

Recuerdo que cuando terminó la primaria tenía doce años y me decía a mi mismo que tenía que decirle algo, que ella debía saber lo que yo sentía por ella aunque yo mismo no tuviera la menor idea de qué era eso. Recuerdo que pensé buscarla en la fiesta de graduación y decirle “Vos sos la chica que me gustó siempre”, recuerdo que me había hecho firmemente la idea que eso era lo debía hacer y creo que lo hubiese hecho. Recuerdo que la busqué bastante y que cuando finalmente la encontré ella estaba en la vereda, con sus padres, mientras subían al auto con el que se iban de la fiesta. Recuerdo que esa fue la última vez que la vi, recuerdo que el auto era bordó, creo recordar que era un Falcón.

Recuerdo que para entrar a algunas secundarias buenas había que dar examen de ingreso. Recuerdo que incluso había un manual que se llamaba así “Manual de ingreso al secundario”, recuerdo que uno iba a “Ingreso” a una profesora particular, y que a mi me mandaron a una señora que toda su vida se había dedicado solamente a eso, a preparar alumnos para entrar al secundario. Recuerdo que iba en bicicleta y que una tarde se me ocurrió no ir y pasear en bici sin decirle nada a mis padres. Recuerdo que lo hice todos los días durante casi tres semanas; hasta que la profesora de ingreso le devolvió a mi madre la plata de las tres semanas que no había ido. Recuerdo que fui duramente castigado, pero la vergüenza me impide recordar exactamente cómo.

Recuerdo que entré a rendir el examen de ingreso para entrar a la “ENET Nº 1 Japón” de San Miguel y me sorprendí que ese colegio sucio y viejo fuera el famoso Japón que mi padre tanto ponderaba diciendo “Ahí es donde van a estudiar los bochos”. Recuerdo que me senté con Mariano, que era uno de mis compañeros en la profesora de ingreso, lo cual fue una verdadera y enorme casualidad porque había quince aulas repletas de aspirantes rindiendo el examen. Recuerdo que los dos sacamos exactamente la misma nota, que fue 87, y no recuerdo que nos hayamos copiado en absoluto; lo que me hace pensar que nuestra profesora de ingreso era realmente buena.

Recuerdo que a esa edad, mis doce años, ya tenía bien formada en mi cabeza cómo sería la chica rubia de la que me enamoraría, imaginaba sus facciones, su tono de voz, y hasta estaba totalmente seguro que la conocería cuando cumpliera diecisiete años. No recuerdo cómo había llegado a elaborar esta profecía tan precisa, pero estaba absolutamente convencido que pasaría de ese modo. No será parte de este texto, pero efectivamente pasó de ese modo, y exactamente a esa edad.

Recuerdo que al ser un colegio industrial había muy pocas chicas, y recuerdo que el primer día de clases nos pusieron a todos los de primer año en el patio y nos dijeron que habría diez primeros años y que llamarían nombrando el apellido de los integrantes de cada curso. Recuerdo que mientras esperábamos por los llamados, miré entre el escaso grupo de chicas que se había juntado a una rubia de la que me enamoré de inmediato. Recuerdo que pensé “Ojalá que me toque en el mismo curso que ella, por favor, que me toque el mismo curso de ella”. Recuerdo que la nombraron al primer curso que llamaron, que era 1º 1ª, y que muy pocos apellidos después del suyo, que era con K, mencionaron el mío, que es con M.

Recuerdo que la adoré con la inocencia con la que sólo puede adorarse a esa edad. Recuerdo que me sentí afortunado de estar en su curso y recuerdo que nos hicimos muy amigos. Tanto que cuando hubo que hacer una lámina de Dibujo Técnico en grupo, ella misma eligió hacerla conmigo antes que con una de las chicas. Recuerdo que fuimos el único grupo mixto de todo el colegio, y uno de los pocos de sólo dos integrantes. Recuerdo que por esa feliz circunstancia fui a estudiar a su casa y ella vino a la mía. Recuerdo que una de esas veces, cuando ella ya se había ido, mi madre me preguntó si ella había ido al baño. Recuerdo que cuando le contesté que sí mi madre dijo “Me imaginé; esa chica ya está desarrollada”. Recuerdo que tardé un rato en entender lo que mi madre había querido decir con ese tono picaresco, y recuerdo que cuando finalmente lo entendí sentí algo bastante parecido al odio por mi progenitora.

Recuerdo que en segundo año Viviana (recuerdo que se llamaba Viviana) prefirió sentarse conmigo antes que con ninguna de nuestras compañeras mujeres. Recuerdo la de comentarios que eso generó, recuerdo que todos nos pensaban novios, recuerdo que yo adoraba que se pensara eso aunque siempre negué enfáticamente que lo fuéramos. Recuerdo que pocas veces en mi vida tuve una amistad más dulce y franca como la que tuve con ella. Recuerdo que mis amigos más cercanos me preguntaron con verdadero interés si éramos novios y recuerdo que les dije que nada deseaba yo más que lo fuéramos, pero que no me animaba a declarármele. Recuerdo que llamábamos “declarar” a decirle a una chica que sentíamos algo por ella con la esperanza que ella sintiera algo parecido y decidiéramos “Salir”. Recuerdo que llamábamos “Salir” cuando uno se “arreglaba” románticamente con una chica. “Estamos saliendo” era lo que decíamos cuando uno tenía algo con una chica a esa edad.

Recuerdo que mis amigos me convencieron para que me le declarara. Recuerdo que todos, todos, me decían que estaba muerta por mí. Me enumeraban miles de razones por la que ellos estaban seguros de eso, entre las cuales las principales eran que hacíamos grupo juntos y que se sentaba conmigo en las horas de teoría cuando podía sentarse con chicas. Recuerdo que sus razones me parecían convincentes. Recuerdo que me decidí a declarármele. Recuerdo que lo pensé durante tres semanas y me decidí a hacerlo en cuanto sintiera que ya no podía más. Es decir, lo haría en cuando sintiera un soplo divino de inspiración. O al menos eso suponía. Recuerdo que varias veces quise abordarla a la salida, pero corría el riesgo que su colectivo llegara antes de que pudiera decirle nada y no quería arriesgarme. Recuerdo que pensé hacerlo en un recreo, pero justo en esa época ocurrió que se quedaba en los recreos a hablar con una amiga y no saló al patio como yo lo esperaba.

Recuerdo que la inspiración fatídica me vino una tarde, durante una clase del taller de electricidad a la que el profesor había faltado. Recuerdo que estábamos vestidos con mamelucos y que ella estaba sentada al otro lado de la mesa y en un momento se quedó sola. Bueno, sola, digamos que la persona más próxima estaba a poco más de dos metros. Recuerdo que pensé “Es ahora o nunca” y que entonces fui al lado suyo y le dije que tenía que preguntarle algo. Recuerdo que me animó a que lo hiciera y entonces allí mismo, rodeados por dos cursos completos de segundo año, en medio de tableros de electricidad y ruidos de taladros y limas que venían de los talleres vecinos le dije “¿Querés salir conmigo?”. Recuerdo sus ojos enormes por el asombro y el instantáneo “Noooooo” Como si fuera una carga de dinamita que explotó en mi ánimo. Recuerdo que le dije “Gracias” y que me fui al baño a llorar. Recuerdo que mis dos mejores amigos habían notado que algo había pasado pero no sabían muy bien qué. Recuerdo que cuando les conté lo que pasó uno de los dos me dijo: “¿Pero vos sos pelotudo? Eso estuvo remal, cómo le vas a decir acá, delante de todos; eso se lo tendrías que haber dicho a solas”. Recuerdo que se llamaba Augusto ese amigo, recuerdo que la lógica de Augusto me pareció tan irrevocable, que efectivamente me hizo sentir un total y auténtico pelotudo.

Recuerdo que lo más doloroso fue al día siguiente, cuando Viviana, en lugar de sentarse conmigo, siguió de largo y le pidió a una de nuestras compañeras que se sentara con ella. Recuerdo las miradas de todos los chicos y las chicas del curso, como preguntándose “Qué pasó entre estos dos”. Recuerdo que pocas veces me sentí tan humillado y desolado como en ese momento.

Recuerdo que seguí sintiendo lo mismo por ella. Recuerdo que me mentía a mí mismo que me había dicho que no por lo inadecuado del lugar de mi declaración. Recuerdo que ya había decidido que el colegio técnico no me gustaba. Recuerdo que escribía más que nunca hasta entonces y que ganaba diferentes concursos literarios en los colegios y en las bibliotecas populares de la zona. Recuerdo que ya sabía que quería estudiar letras y que odiaba el colegio técnico. Recuerdo que tenía miedo de lo que pensaría mi padre. Recuerdo que decidí esperar un año más en el colegio técnico porque me dolía la idea de no ver más a Viviana. Recuerdo que me sentía estúpido albergando esperanzas por ella, pero prefería sentirme estúpido a indigno. Y me parecía indigno dejar de sentir lo que sentía porque me hubiera rechazado.

Recuerdo que en tercer año nos mezclaron bastante con chicos de otro curso y eso hizo que Viviana volviera hablarme y fuimos otra vez amigos como si nada hubiera pasado. Recuerdo que merced a esa cercanía empecé a escuchar sus charlas con nuestras compañeras acerca de lo mucho que le gustaba un chico del curso que se llamaba Walter. Recuerdo que el mundo se me hizo gris al escuchar eso. Recuerdo que durante meses ella habló de Walter. Recuerdo que en una salida el colegio a la Rural, finalmente los vi tomados de la mano. Recuerdo que ese día todo lo que sentía por ella desapareció como por arte de magia, como si no hubiera existido nunca. Recuerdo que inmediatamente pensé que me cambiaría de colegio y seguiría la carrera de letras. Recuerdo que pensé en la profecía de los diecisiete años y me dije “Claro, ella no podía ser nunca”.

Recuerdo que en la vereda de La Rural me apoyé en un banco y unos amigos que conocía de otro curso me ofrecieron un cigarrillo. Recuerdo que no sabía fumar pero que igual tomé el cigarrillo e hice como que lo fumaba mientras pensaba en Viviana y en que ya no la volvería a ver cuando me cambiara de colegio. Recuerdo que no lloré, recuerdo que me sentí libre como nunca antes, pero a la vez era una libertad nueva, una libertad que en cierta forma lastimaba, o ardía. Recuerdo a este recuerdo como el último recuerdo de mi infancia.

Recuerdo; un indigno homenaje a Georges Perec, Joe Brainard y Paul Auster.