La marca en el vaso

El dolor empieza en el cuádriceps; no, miento, en los dos cuádriceps. Pienso, ¿si digo cuádriceps, se entenderá que es en las piernas? ¿Hay cuádriceps en las piernas solamente o también los hay en los brazos…? A eso iba. Es en las piernas, el músculo que va de la rodilla a la cadera. El músculo que está ¿por encima? Del fémur; ese, esos, son los que duelen.

Como si las piernas no fueran mías, como si el insomnio fuera de otro. Es eso, es eso me digo, se siente así, como si fuera otro el que estuviera soñando mis sueños. No, no hay ni una pizca de romanticismo en esta idea, es como si fuera otro el que reposara en mis huesos cada noche, como si yo despertara a la vigilia sin haber dormido nada, absolutamente nada. Es como si el cuerpo pasara factura por esa alienación, como un pago por la tercerización del cuerpo para que duerma otro mientras la cabeza se mantiene despierta todo el tiempo, cada instante, todo el tiempo, a cada momento, todo el tiempo, todo el tiempo, todo.

Me levanto, se siente como dos puñales clavados en los muslos, sí, en los cuádriceps de las piernas, siempre y cuando esa aclaración no sea pleonasmo; voy al living, prendo una luz, una sola, enciendo la computadora, tecleo “El dolor empieza en el cuádriceps; no, miento, bla, bla, bla, bla”.

Dejo de teclear, me levanto de la silla, busco unos libros, unas revistas viejas, leo un poco, no mucho, repaso el discurso de Fenton, últimamente lo leo bastante seguido: “La razón de todo esto es que carecemos de seguridad y esta carencia es parte de nuestra condición…” Preparo un sándwich, pienso que los patrioteros me pedirían que escriba sánguche, me pregunto si hacérmelo de mortadela y queso hará que los patrioteros me critiquen menos por la palabra foránea. Busco un vaso, pongo limón, soda fría, hielo, Hepatalgina, le doy dos mordiscos al sándwich barra sánguche y sigo escribiendo. Miro el vaso y recuerdo otro, otro que tenía la marca de su labial cuando Fenton dio su discurso en la Poetry Book Society, en Noviembre de 1992, en Londres. “Londres” digo casi suspirando en voz alta.

A esta hora, decías, las heridas son el mejor manuscrito. Qué largo desierto es el insomnio cuando no es uno mismo el que duerme en tu propio cuerpo. Dejo el sánwich sin tocar, casi, (sí, el sánguche) miro el vaso que no tiene la marca de su labial como la tenía aquel. Pienso que nunca debí lavarlo, pienso que en ese borde de vidrio, junto al rojo de la pintura en el que estaba mezclada su saliva; cuántas veces podría reconstruirla la ciencia con el ADN de esa marca de labial en aquel vaso. Sé que la respuesta es ninguna, sé que es nunca. Pero qué importa; el insomnio, a esta hora, no sabe ni quiere saber de certezas.

“Pero mientras tanto y pese a que la poesía no suele venir en torrente, allí estaba toda esa vida que acarrear, toda la conciencia por la cual atravesar”.

Raro, el dolor es en los muslos, la vida que uno acarrea de día y a la noche sigue arrastrando en la memoria, anoto. ¿Qué habrá sido del vaso? Del vaso, ese, otro no, me pregunto. Empiezo a notar que no es el insomnio, que no es el cuerpo alquilado para que descanse otro que es nadie, nada.

No es el deseo el que se niega a ser interpretado, son los objetos los que se niegan a soltar lo que de carne le prestaron las almas que los tocaron. Recuerdo los ojos. Las uñas sobre el vaso con la mancha de labial ya impresa, la voz porteña citando a Kieslowski;  la penumbra hueca del Nuyorican para que esa voz pudiera resonar tanto tiempo después sobre un vaso que ya no tiene esa marca, ni esa voz, ni esa penumbra; y al mismo tiempo, es como si jamás hubieran estado en otro lugar.

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