Almacenes de Barrio

Fue solamente hace unos días, no fue hace tanto; en el programa de radio que suelo escuchar entrevistaban a Adriana Varela y por una referencia a “El Viejo Almacén”, emblemático local del tango rioplatense, la charla derivó hacia los viejos almacenes de barrio. Fue raro, hacía rato que quería escribir un artículo aquí sobre ellos y me decía a mí mismo que no, que no era algo que tuviera la suficiente importancia o entidad para darle lugar en un texto. Esa charla, entonces, fue una especie de confirmación; supe que escribiría sobre los Almacenes de Barrio, o de mi barrio, o de mi infancia en mi barrio. Conforme lo fui escribiendo supe que escribiría sobre mucho más que eso.

El segundo almacén del cual guardo memoria es el de mi infancia en Don Torcuato, viví en esa casa americana con jardín y pino al frente desde los cuatro hasta los doce años. La casa del 185 de la calle Ingeniero Huergo. Es muy raro, esa calle se llama ahora Cochabamba, pero eso no es lo raro, lo raro es que hoy día le pusieron de nombre “Ingeniero Huergo” a la calle paralela de atrás. Entiéndase que si digo “atrás” me refiero a la que daba espaldas al frente donde apuntaba mi casa, nunca tuve la más remota idea de nociones espaciales del tipo Norte-Sur, o Este-Oeste. Pero la rareza consiste en eso, es una barbaridad, ¿no piensa la gente de catastro en los recuerdos de infancia de las otras personas? ¿Cómo le van a poner el mismo nombre a otra calle? ¡A una calle paralela, además! Es como si se metieran dentro de tu memoria a cambiarte de lugar un recuerdo que creías tener a resguardo. Al fin de cuentas, ese es un trabajo que uno hace por sí mismo. ¿No alcanzaba con cambiarle el nombre? ¿Tenían que darle el nombre de mi calle a otra calle en el mismo barrio? ¿¡La calle paralela, además!?

Ese segundo almacén del que tengo memoria, ese del cual ya empecé a contar, es el que se relaciona con esa casa, con ese barrio en el cual viví desde los cuatro a los doce años, casi mi completa infancia con uso de razón. No logro recordar si tenía nombre, imagino que sí, era común entonces que el nombre del almacén estuviera pintado sobre la entrada o sobre la vidriera, y no creo que ese almacén fuera una excepción, pero lo cierto es que si lo tenía o no, yo no logro recordarlo; para mí, como para mi familia, como para todos los chicos del barrio, ese era el “Almacén de Doña Yolanda”. Doña Yolanda era la dueña del almacén claro, la señora que lo atendía. También lo atendía “Don Juan”, el esposo de Doña Yolanda, pero nunca supe por qué todos se referían al almacén como de “Doña Yolanda” y no el almacén de “Don Juán”. No sólo nunca lo supe, ignoro si haya siquiera una explicación para tal potestad del género en este caso. Tanto Doña Yolanda como Don Juan eran personas mayores, o ancianos, eufemismos que me enseñaron a decir en lugar de “viejitos” porque mi madre era muy capaz de cachetearme si me escuchaba decirle “viejo”, o “viejito” a una persona de edad, mayor, o anciano. Cuántas generaciones como la mía habrán sido criadas a base de respetuosos eufemismos, me pregunto.

Ahora que lo pienso, quizá Doña Yolanda y Don Juan no eran viejitos sino que yo los veía así. Eran indudablemente mayores que mi padre y mi madre, que entonces apenas superaban los treinta, pero quizá no mucho mayores de los cuarenta y pico que yo tengo ahora. El almacén quedaba en la esquina de mi casa, en la esquina de la vereda de enfrente, a solo media cuadra del portón de mi casa. Y sin embargo, en mi infancia esa distancia me parecía enorme. Toda mi vida ha transcurrido cercana a aquel barrio, varias veces he hecho melancólicas visitas a aquella calle a la que tan infamemente le cambiaron el nombre. Recorro sus veredas, paso por enfrente de la que fue mi casa, con jardín en el frente y un pino, un pino que tenía mi altura cuando lo plantamos, el doble de mi altura cuando me mudé y que hoy tiene más de treinta metros. Pero parado en la puerta de la que fue mi casa miré en dirección al almacén de Doña Yolanda, que ya no existe desde hace muchos años, y noté que la distancia era mucho más corta de la que yo recordaba. Recuerdo que esto mismo me pasó con el recuerdo de las sillas de la casa de mi tía Ilsa, esas sillas que me parecían un bosque enorme e infranqueable en el que yo me imaginaba jugando a los soldados, y cuando las vi, hecho ya adulto por el tiempo, me parecían enanas en comparación al recuerdo de mi infancia. Por eso pienso que los ojos de un niño son diferentes a los de un adulto, no hay manera de que veamos igual las cosas. En mi recuerdo Doña Yolanda y Don Juan eran viejitos y probablemente sí lo fueran, pero quizá no tanto, quizá me parecían más grandes como más grande me parecía la distancia desde mi casa hasta el almacén que ellos atendían. O quizá aquellos eran los juicios correctos y la adultez no hace sino viciarlos; ¿O acaso no decimos que en la infancia somos puros como nunca más volveremos a serlo? ¿Por qué nuestros juicios de entonces debieran descartarse en desmedro de los de ahora?

Doña Yolanda era petisita, usaba el cabello corto y su cabeza estaba repleta de canas. Don Juan era flaco y fibroso, lo recuerdo desprolijo y usando camisetas en verano, sudoroso y con su cabello desordenado y transpirado, siempre acomodando cajas. Don Juan manejaba una camioneta Peugeot 404 rural carrozada, de color gris amarronado con ribetes naranjas, con la cual hacía las compras de provisiones para su almacén. Quizá por eso lo recuerdo transpirado y acarreando cajas, porque quizá su mayor tarea era la logística, aunque también lo recuerdo atendiendo. La voz de Doña Yolanda era nasal e imperativa; Don Juan en cambio tenía la voz carrasposa de los fumadores y usaba un bigote anchoíta a lo Labruna. Más tarde en el tiempo, al ver fotos de George Orwell, en especial de su etapa como locutor en la BBC, me sonreí con nostalgia, era como ver fotos de Don Juan, el viejo almacenero de mi infancia.

En mi recuerdo, el local de aquel almacén era alargado, si lo tengo que llevar a  mis parámetros de adulto diría que tendría unos tres metros de frente por unos siete u ocho de largo. Recordarán que estaba en una esquina, por lo que su frente era una ochava inclinada. Saliendo de mi casa, el local estaba hacia la derecha, cuando uno entraba al negocio, a la izquierda estaban las heladeras mostrador tras las cuales se ubicaban Doña Yolanda y Don Juan para atender a los clientes. En esa misma posición imaginaria de estar entrando al almacén que ya no existe, hacia la derecha había una pared con estantes de madera donde estaban apiladas las latas de galletitas. En los setenta, y hasta muy entrados los ochenta, era impensado suponer que las galletitas vinieran envasadas individualmente en bolsas. Las galletitas venían en latas que eran un cubo de 40 por 40 centímetros, con un redondel de vidrio al frente para que se supiera de qué variedad de galletitas se trataba, y una abertura con tapa arriba por la cual se extraían. Las galletitas se vendían sueltas, en bolsas de papel madera al principio y bolsas de nylon (polietileno) más acá en el tiempo, pero sueltas; y la unidad de medida en cual uno las compraba más comúnmente era el “cuarto”, es decir, 250 gramos. En una última etapa, las cajas de cartón reemplazaron a las latas con ojo de buey. Las cajas que estaban más a mano del almacenero eran las latas abiertas. En los estantes de arriba Don Juan apilaba cajas cerradas de las mismas cajas que ya tenía abiertas a la espera de reponer las que se acabaran primero. Las cajas de galletitas vacías las apilaba al fondo hasta que las cargaría en su camioneta para llevarlas a su proveedor, ya que no eran descartables, debía intercambiar cajas vacías por llenas cuando tuviera que reponerlas. Igual con los cajones de cerveza, o de vino, o de soda, o de gaseosas. Gaseosas que eran de riguroso uso en ocasiones especiales, cumpleaños o cuando venían visitas. En la mesa de todos los días los grandes tomaban vino con soda, y los chicos tomábamos soda o agua de la canilla. El agua mineral en botellas era algo que no conocí hasta la adolescencia y los jugos en polvo no aparecieron sino hasta principios de los ochenta. Claro, ahora recuerdo, por eso mi recuerdo de Don Juan es siempre cargando o acomodando cosas, había que estar preparando constantemente los cajones vacíos para devolverle a los proveedores. Llenarlos, correrlos, bajar los nuevos cajones, cargar las heladeras, los estantes, eso es lo que mayormente hacía Don Juan… mientras Doña Yolanda atendía con ese tono nasal e imperativo. Creo que yo le tenía algo de miedo, no mucho, creo que más miedo me daba mi mamá y cualquier probable error que pudiera llegar a cometer en la compra. Aunque ya se vendía en paquetes, la yerba y el azúcar (sobre todo en los setenta) todavía se vendían sueltas, por lo que en una misma compra uno debía recordar cuántos kilos le habían pedido de uno, de la otra, cuantos gramos de fiambre, cuánto de queso, cuántos litros de aceite (también suelto, claro), y rogar que ninguna medida de capacidad o peso se mezclara con otra: “¿Estás seguro que tu mamá te dijo un litro de azúcar…?” me dijo una vez Doña Yolanda, en la escuela todavía no me habían enseñado que las medidas de capacidad de los líquidos no servían para el azúcar, no era mi culpa. Recuerdo los jamones colgados del techo, las longanizas, las mortadelas, las botellas de vinos finos y licores en los estantes de arriba detrás de la pared donde Doña Yolanda atendía. Recuerdo que cuando la compra superaba los seis o siete artículos, mi madre me daba un papelito donde me anotaba la lista de compras. Mis padres nunca compraron al fiado, pero muchos de los que compraban tenían su “Libreta”, donde Doña Yolanda le anotaba al cliente los artículos que llevaban a crédito. Recuerdo ardorosas discusiones cuando los clientes iban a saldar la cuenta de sus libretas porque mis colegas de edad (los chicos del barrio) compraban al fiado cosas que sus madres no le habían autorizado comprar. Recuerdo a más de un amigo cuya madre lo llevaba de los pelos o las orejas desde la puerta del almacén hasta su casa por incluir en sus libretas de fiado: caramelos, yogures, chicles, alfajores o paquetes de figuritas que sus madres no habían autorizado y que los muy pillos habían intercalado disimuladamente en las listas de compras. “Usted tiene que revisar cuando lo manda a Gustavito, eh” amonestaba Doña Yolanda.

Conforme fui creciendo, empecé a sentir antipatía o simpatía por unos u otros clientes. Recuerdo que no soportaba generalmente a las que mi madre llamaba “Viejas Chusmas”, que ella se permitía llamar así pero guay de que a mi se me ocurriera llamarlas de igual modo bajo riesgo de recibir un sopapo. Pero no era influencia de mi madre que no las soportara, no las soportaba porque si estaban antes que yo en el turno para ser atendidas, tardaban muchísimo en hacer sus compras porque entre artículo y artículo hablaban de política, de otras señoras del barrio, del tiempo y ese tipo de cosas que conforman los lugares comunes de las conversaciones de barrio. Creo que allí surgieron mis primeros prejuicios sobre los lugares comunes y las conversaciones triviales.

En el barrio había otros almacenes, pero estaban más lejos; incluso había un supermercado que no estaba muy distante de dónde vivíamos. Pero no recuerdo que mi madre hiciera sus compras por cuestiones económicas; la palabra “Barato” o “económico” no tuvo significado para mí sino hasta bastante tiempo después, se compraba en el almacén más cercano, en la panadería más cercana, en la carnicería más cercana o en la verdulería más cercana por proximidad y afinidad vecinal. Quedaba mal comprar en otro lado que no fuera de negocio que quedaba más cerca de casa, era hacerle un desplante a un vecino. Recuerdo que una vez mi madre me mandó a comprar un licor especial que Doña Yolanda no vendía a otro almacén más lejano; al otro almacén lo llamábamos “El almacén de la Brandsen”, tampoco recuerdo si tenía otro nombre, Brandsen era el nombre de la calle donde estaba y por eso lo llamábamos así; seguramente los chicos que vivían cerca lo llamaban por el nombre de la señora que atendía, y quizá yo nunca supe su nombre porque ese almacén estaba más allá de una frontera que no era geográfica. Para ir hasta ese almacén (estaba a cuatro cuadras) el almacén de Doña Yolanda me quedaba de camino, pero todavía recuerdo que mi madre me indicó: Cuando volvés con el Ponche, da la vuelta y  volvé por la Luján, no quiero que Doña Yolanda te vea”. Claro, el almacén de la Brandsen estaba más allá de la frontera del qué dirán. No recuerdo a mi familia haciendo compras en un supermercado sino hasta muy entrada mi adolescencia, y tampoco recuerdo que esas compras “super” fueran algo frecuente. Hacer las compras en el barrio significaba socializar con ese barrio, conocía a casi todos los vecinos de mi barrio, casi todos me saludaban en la calle y yo respondía a su saludo a pesar de ser un chico bastante tímido y callado. Creo que odiaba las charlas triviales de las conversaciones de almacén, pero para muchas mujeres, muchas amas de casa que entonces no trabajaban más que de atender sus hogares y a su hijos, no había mucha más actividad social que esa de ir a hacer las compras y ponerse al tanto de lo que ocurría en el mundo que las rodeaba. Mi madre trabajaba, era tallerista en casa y no se levantaba de su máquina de coser más que para ir al baño, hacer las compras significaba una pérdida de tiempo y productividad; por eso es que esa era tarea de su hijo mayor, a pesar de que tuviera cuatro o cinco años. Hoy ya no hay tantas amas de casa como entonces; o, mejor dicho, además de ser amas de casa, las mujeres también trabajan. Creo que por eso proliferaron tanto los supermercados, los super chinos o los hipermercados. Las compras se hacen ahora para que duren la mayor cantidad de tiempo posible, y si ese tiempo posible es un mes completo, mucho mejor. No es raro que en los tiempos en los cuales proliferan las redes sociales, el contacto social en vivo haya quedado reducido a expresiones mínimas. No digo que este hecho sea malo o bueno, simplemente lo señalo.

Si leyeron con atención, cuando me referí al almacén de Doña Yolanda hablé de él como del “segundo almacén del cual guardo memoria”. Y esa posición, ese segundo lugar se debe a que seguramente el primer almacén del cual tengo memoria es el de mi abuelo. Claro, mi abuelo materno tenía almacén propio y seguramente es el primer almacén y negocio que yo he conocido aunque esos recuerdos sean muy difusos. Pero ese es casi un recuerdo implícito, algo propio, algo que nació conmigo, un recuerdo de familia más que el recuerdo de una actividad comercial. Pero aún así, no puedo dejar de hablar de “ese” almacén cuando hablo de viejos almacenes de barrio. En principio porque aquel almacén representaba un almacén casi anterior en dos generaciones al almacén típico de mi infancia; era como si lo hubieran extrapolado de otra época. Pero además de eso, ese almacén significó un quiebre en mi vida, probablemente mi vida hubiera sido otra sin la existencia de ese almacén.

Su anacronismo tiene una explicación. Mis abuelos vivían mucho más al Norte del Gran Buenos Aires que donde mi familia vivía. El barrio era entonces casi el límite entre la ciudad y el campo; las calles eran de tierra en verano y de barro en invierno. El lugar no tenía nada que ver con las villas miseria que hoy se conocen, pero tampoco tenía nada que ver con el barrio donde yo vivía. Las casas eran desiguales y todas muy distintas entre sí, la gente era generalmente del interior del país; mis abuelos, por caso, eran Santiagueños, y había muchos santiagueños allí, creo que eran mayoría. Pero recuerdo que don Raúl, el señor grandote de enfrente era Catamarqueño, y Doña Rosa, la señora de la casa de al lado de mi abuela, era Santafesina, y los Villalba que vivían en la esquina, con cuyos hijos jugábamos mis primos y yo, eran tucumanos, y Don Ventura, un señor pelado que vivía a unas pocas casas de lo de mi abuelo y que siempre me contaba historias de cuchilleros, era Correntino, y todos hablaban con tonadas que me gustaban y esas tonadas fueron una especie de canción de mi infancia. Atrás del almacén de mis abuelos había un viejo molino de viento que servía para extraer agua de pozo. Mis propios abuelos tenían bomba en lugar de bombeador; y cuando hablo de bomba no hablo de bomba centrífuga, sino de las viejas bombas manuales de fundición, esas con una manija larga que había que mover acompasadamente para extraer el agua desde lo profundo de la tierra. Mis abuelos se negaban a instalar el bombeador que todas sus hijas e hijos querían comprarles e instalarles.

Ya está dicho, el almacén aquel no era como los almacenes de mi barrio. Era más bien lo que se conoce como un “bolichón”. Es decir, no solamente era un almacén, mi abuelo vendía vasos de vino y caña a los ocasionales compradores, y si estos ocasionales compradores lo requerían, mi abuelo armaba una mesa de naipes en el patio y les vendía tragos, gaseosas, queso y fiambre a los jugadores de truco. El almacén de mi abuelo tampoco tenía nombre… era “El almacén de Don Sixto”, porque ese era el nombre de mi abuelo. El almacén de Don Sixto era un local de tres metros de frente por cinco de largo. Tenía una pesada cortina ciega de metal, pintada de verde oscuro, que había que levantar a mano mediante una cadena con rondana y trabar la cadena cuando se llegaba a levantar a la altura necesaria. Después había una entrada con doble puerta, o con puerta de dos hojas, puertas de madera pintadas de verde como la cortina, pero con vidrios a partir del metro de altura, como si tuvieran ventanas. Esas puertas se abrían empujándolas y volvían a su posición como las de las cantinas de las películas de Cow Boys. Arriba de las puertas había unos tubitos de metal que golpeaban entre sí como un cencerro o campanillas cuando una de ellas se abría; y esto porque a veces mi abuelo estaba haciendo cosas en el patio y tenía que enterarse si un cliente había entrado. Más acá en el tiempo llamamos a este artefacto “llamador de ángeles”, pero pasarían años hasta que se los conociera así. En aquella época los chicos nos quedábamos a dormir en la casa de nuestros primos, y tampoco se llamaba a eso pijamada como se le dice ahora, era solamente quedarse a dormir en lo de Graciela, mi prima, o en lo de Walter, mi primo. La mamá de Graciela, hermana de mi mamá, vivía con mis abuelos, por lo que quedarme a dormir en la casa de mi prima Graciela era quedarse en la casa de mis abuelos, la casa donde mis abuelos tenían ese almacén estilo bolichón. Esto suponía tener acceso a los caramelos, alfajores y chupetines que mi abuelo vendía, pero mi abuelo era un celoso vigilante de las golosinas que comerciaba, aunque fuéramos sus propios nietos los que se las pidiéramos. Igualmente, con mi prima Graciela armábamos en la vereda un almacén paralelo con los cajones vacíos de gaseosas y cervezas y envases vacíos que teníamos a montones. Jugábamos “Al Almacenero”, obvio, y éramos la envidia de los chicos de aquel barrio porque el almacén que nosotros armábamos estaba mucho más equipado que cualquiera que ellos pudieran armar. Usábamos latas de galletitas vacías y las llenábamos de piedras y canto rodado simulando que eran galletitas reales, envolvíamos cantos rodados con papeles de caramelos, caramelos que antes nos habíamos comido, y usábamos los paquetes de mercadería rota que mi abuelo ponía para cambio a los proveedores. Cada chico del barrio que pasaba por el almacén de mi abuelo porque acompañaban a sus madres a  hacer las compras allí, se quedaba en la vereda jugando con nosotros en el almacén ficticio que habíamos armado con mi prima Graciela. Nunca seré de aquellos que digan que todo tiempo pasado fue mejor, de hecho casi me inclino a pensar lo contrario, pero no dejo de asombrarme de los modos de jugar de los que entonces éramos niños. No creo que los niños de hoy en día sean menos imaginativos que nosotros o que no usen su imaginación porque juegan con una Play Station; supongo que cada generación de infantes juega de acuerdo a los medios de los cuales dispone y ya convivo con generaciones de adultos que no han jugado en su infancia como yo jugué. Esos mismos adultos que tampoco tienen idea de cómo eran los viejos almacenes de mi barrio y del barrio de mis abuelos.

En 1982 yo ya tenía doce años, era un chico alto, muy alto; le llevaba casi una cabeza a cualquier chico de mi edad y precozmente me habían crecido los bigotes, por lo que aprendí a afeitarme bastante antes que los chicos de mi edad. Tenía la altura de muchos adultos, probablemente por eso mi padre hizo que por las tardes, a la salida de mi colegio, me hiciera atender el viejo almacén de mis abuelos, a quienes él les compró el fondo de comercio el año anterior. Ya no fue el almacén de mis abuelos, pasó a ser el almacén de mi padre, y pasé a ser el ayudante de mi padre para atenderlo. Lo más trascendente de aquel extraño suceso fue que, como vivíamos lejos, mis padres decidieron mudarse de Don Torcuato, el barrio de mi feliz infancia, y comprar una casa en aquel mismo barrio donde estaba el almacén que había sido de mis abuelos. Viví en aquel barrio desde los doce años hasta los dieciocho años, la adolescencia completa. Y puedo decir que pasé de vivir una infancia, aunque algo solitaria, bastante plena y feliz; a una adolescencia en un lugar donde no tuve más remedio que vivir entre chicos que habían sido criados de forma muy distinta de la mía. Tampoco es que haya compartido demasiado tiempo con ellos, las diferencias quedaron expuestas muy rápido en aquel contexto y las distancias se establecieron igual de rápido; mi círculo de  amistades quedó circunscripto sólo a los compañeros de colegio.

No fue una buena decisión de mis padres adquirir aquel almacén, peor todavía fue que nos mudáramos al barrio en el cual ese almacén estaba. No obstante, recuerdo con cierta sonrisa la experiencia de haber atendido aquel viejo almacén de barrio con sólo doce años de edad. Como antes expliqué, aquel almacén parecía haberse detenido en el tiempo, era anacrónico comparado incluso con los almacenes que eran comunes entonces. Mi padre pretendió modernizarlo y eso le trajo problemas; trató de ya no vender los famosos “vasos de vino” a los borrachines del barrio; trató de no armar más esos campeonatos de truco que los borrachines montaban en el patio mientras compraban más vino, fiambre y papas fritas sueltas;  trató de ya no vender más la yerba suelta, el azúcar suelto, el aceite suelto, el vino en damajuana de cinco litros. Y cada uno de estos cambios conllevo la pérdida de más y más clientes. En 1983 el viejo almacén de mis abuelos, el que por poco más de un año fue de mi padre, dejó de existir. Mi padre habrá notado, igual que me pasó a mí antes con los muchachos de aquel barrio, que las diferencias sociológicas determinan desde el modo de vivir una adolescencia, hasta los hábitos de consumo de los que viven en la sociedad de ese barrio. En 1983 ya no teníamos aquel almacén; la tranquilidad de por fin mudarnos de aquel barrio, se demoró hasta 1988.

He pensado mucho en las diferencias de los almacenes de mi infancia y los actuales. Junto a una maravillosa esposa, he tenido el privilegio de criar cuatro hijas mujeres en un barrio muy parecido al de mi infancia. Pero los tiempos son otros o, mejor expresado, el paso del tiempo ha modificado las costumbres de la sociedad y los hábitos de compra y consumo… y la manera de vivir, claro. En nuestro barrio, al norte de la ciudad de Buenos Aires, todavía subsisten los almacenes de barrio. Y no creo errar al suponer que todavía existen en muchos otros barrios del conurbano como así también en algunos barrios de la capital. Pero han modificado, no solamente su fisonomía, sino también sus propios hábitos para subsistir. Hoy uno prefiere comprar en Supermercados o Hipermercados, las compras que uno hace en el propio barrio donde vive son más bien marginales. Cuando se acabó la sal, o el azúcar o cualquiera de los otros víveres que uno calculó mal en la compra del mes, una gaseosa fría, una soda, el antojo de equis producto. Uno ya no va al almacén de barrio a hacer las compras, sino solamente a adquirir lo que se acabó o se olvidó de comprar en el súper. En el barrio donde crecieron mis hijas que hoy ya son adolescentes puedo mencionar tres almacenes en los cuales mi esposa y yo compramos mientras ellas crecieron. Y hago bien en señalar que las compras las hicimos mi esposa y yo; siendo niñas, ninguna de nuestras hijas fue sola nunca a hacer las compras a los almacenes de nuestro barrio. Es un lindo barrio, tranquilo, en más de quince años no he sabido de hechos de violencia graves que ocurran en él. Quizá hemos sido padres demasiado temerosos o sobreprotectores, pero siempre preferimos evitar que salieran a comprar solas y, pensado en retrospectiva y recordando mi propia experiencia, me cuestiono si fue una decisión acertada. Más allá de eso, siempre nos acompañaron a  hacer las compras.

Dije que podía nombrar tres almacenes y me serviré de ellos para terminar al fin este larguero artículo. El almacén de Don Jaime, el almacén de Doña Nilda y el almacén de Mary. Haré unas breves consideraciones ontológicas aquí; he notado que uno da un nombre femenino o masculino a un almacén por el género de la persona que lo atiende por más tiempo. El viejo almacén de Doña Yolanda también lo atendía su esposo, pero era Doña Yolanda quien más tiempo estaba tras el mostrador atendiendo clientes. Lo mismo con el de mi abuelo, era el almacén de Don Sixto porque era él quien casi siempre lo atendía, aunque mi abuela (de nombre Anselma) también solía a tender a veces. Lo mismo pasa con los almacenes de Don Jaime y de Doña Nilda. El almacén de Don Jaime tiene un cartel en el cual se lee “Despensa”. Esto es un eufemismo, una afectación, como quien dice “subí a un transporte público” en lugar de decir “subí a un colectivo”. Una despensa, supuestamente, es más que un almacén, conlleva una categoría distinta de negocio. Rara vez ese supuesto se cumple, no es el caso del almacén de Don Jaime. De todos modos, nunca escuché a nadie decir “Voy a la despensa a comprar tal o cual cosa” todos decimos almacén, así que es un eufemismo ridículo, como todos los que devienen de la necesidad de aparentar más de lo que realmente se es. Ya he dicho el poco gusto que tengo por las conversaciones triviales y los lugares comunes; gusto común en la mujer que elegí como esposa y madre de mis hijas. El almacén de Don Jaime es el que más cerca queda de mi casa, está prácticamente en la vereda de enfrente. Pero mi esposa no soportaba la “Trivialidad” y la “Curiosidad” de las conversaciones que eran comunes entre las clientas del almacén, y mucho menos que Don Jaime las promoviera y pretendiera hacerla partícipe a ella de las mismas.  Si mi esposa compraba un cuarto de pan Don Jaime preguntaba “¿No se irá a quedar corta?”, si mi esposa compraba arroz de marca Equis Don Jaime acotaba “Pero mire que es mejor el arroz marca Qu, eh” y así con todo. Un día nos vendió algo en mal estado y mi esposa dijo que nunca más compraríamos nada más allí. Más de quince años después, el almacén de Don Jaime aún existe, pero nunca más volvimos a comprar nada en él. Y, a decir verdad, el motivo nunca fue aquel producto en mal estado.

El almacén de Mary es un típico almacén de barrio de esta época. Es el más reciente de todos. Anoto otra curiosidad ontológica, a Mary no se le dice Doña Mary como se le dice Don a Don Jaime o Doña a Doña Nilda. No es una cuestión cronológica, Mary tiene más de sesenta años, pero todos le dicen Mary, ni a los niños que van a comprar allí les he escuchado decirle “Doña”… ¿Será que ya no se dice Doña entre las nuevas generaciones? Cuando digo que el almacén de Mary es típico de estos tiempos me refiero a que está adaptado a las necesidades actuales. Al almacén de Mary no se entra, tiene reja y Mary atiende detrás de la reja. Obviamente es una medida de seguridad, quizá un poco extrema para la tranquilidad del barrio, pero después recuerdo que yo nunca dejé a mis niñas ir a comprar solas a ningún almacén de nuestro barrio. Las rejas dan una ventaja adicional, no hay lugar para las clientas que tienen tiempo para las conversaciones triviales; esas siguen comprando en el almacén de Don Jaime. Y por último, una ventaja competitiva del almacén de Mary: está abierto de corrido de 9 de la mañana a 12 de la noche, de Lunes a Lunes; solamente el domingo Mary cierra de 15 a 18. Es decir, ella tiene su local abierto cuando casi todos están cerrados. Si uno está mirando un partido a las diez de la noche, puede ir a Mary a comprar una gaseosa o un salamín que le faltó a la picada. Y, de hecho, por el solo hecho de saber que Mary tiene abierto a  esa hora, uno suele pensar en comprar algo que quizá nunca hubiera pensado en comprar de saber que su local estuviera cerrado. Ese es otro de los motivos por los cuales Mary atiende detrás de una reja. Se que muchos de los almacenes de ahora, de los de barrio, copian esta cuestión del horario extendido para captar las compras en horarios poco habituales.

Para hablar del último almacén de mi barrio y cerrar este artículo, hablaré de una verdulería de barrio, de mi barrio. Es la verdulería de Walter; en verdad, creo que se llama Walter, pero en casa siempre le dijimos “El Petiso” y a su verdulería “La verdulería del petiso”. Hace poco fui a comprar allí cebollas y morrones que nos faltaron para hacer una salsa; de vuelta, uno compra en el barrio las cosas que calculó mal en la compra grande del mes. Hace muchos años que Walter tiene verdulería en el barrio, fui a comprar con mi hija de catorce años. Mientras esperábamos nuestro turno, Walter y su esposa atendían a dos o tres personas que estaban comprando en el local porque llegaron antes que nosotros. Mi hija me miró sonriéndose en varias ocasiones mientras aguardábamos nuestro turno. Claro, fuimos víctimas de esas “conversaciones triviales” de las que su madre y yo abjuramos siempre y cuya aversión parecemos haber contagiado a nuestra prole porque, a Dafne, mi hija de catorce, le parecieron repulsivas esas conversaciones por sí misma, sin que yo la indujera en nada acerca de ellas. Algunos podrán decir que es prejuicio; pero, en cierto modo, debo reconocer que me enorgulleció que mi hija adolescente mirara con asombro y desagrado ese tipo de conversaciones. Un vecino que critica a una mujer que no estaba allí, otro que habla de su esposa como de “La Jabru”, el verdulero que se burla de que su esposa no sabe cocinar, la mujer del verdulero que contraataca diciendo que eso es en represalia de que él no sabe hacerla sentir mujer en la intimidad, otro cliente que acota que eso es así porque ahora está eso del “Ni Una Menos”, que antes, “Cuando los maridos tenían cortitas a las mujeres” esas cosas no pasaban. El encanto de las “Conversasiones triviales”. ¿Por qué hablo de estas conversaciones en una verdulería cuando todavía me falta hablar del último de los almacenes de mi barrio? Porque una de esas clientas que estaba comprando allí ese día era Nilda, la dueña, claro, del almacén de Doña Nilda. Y hubo algo en su conversación que me dolió, que sonó a algo valioso que puede perderse para siempre. El verdulero llegó a  decir.

— ¿Y qué va a hacer ahora Ñá Nilda…?

—Nada, supongo, descansar nomás. Fueron muchos años de esfuerzo, toda una vida.

—Pero ahora se lo van a atender sus hijos ¿No?

—Sí, ahora ya es el tiempo de ellos, yo ya tiré la toalla.

Me quedé pensando, de golpe las conversaciones triviales ya no importaban. Junto con la panadería con horno de leña de Los Rusos, El almacén de Doña Nilda es uno de los negocios más viejos de la zona, Nilda heredó el almacén de sus padres, por lo que el negocio existe desde los años cincuenta o incluso antes. Nilda es una mujer culta, muy amable, elegante siempre, de una expresión distinguida. Es esposa de un ginecólogo y todos sus hijos han sido universitarios y hoy son profesionales. He escuchado “conversaciones triviales” en el almacén de Nilda, pero nunca ha sido ella quien las promovía y hasta, al contrario, la he escuchado más de una vez apurar a las clientas que las tenían para que no demoraran a los clientes que esperaban. He escuchado a Nilda hablar de cuando no había asfalto en el barrio, de cuando la calle donde estaba su almacén era un arroyo, de las épocas, en las que el tren que iba hasta Retiro era el mismo que volvía, y por la misma vía. Por lo menos cuatro o cinco generaciones han comprado en su almacén. Su almacén, el Almacén de Doña Nilda, había sido como uno de los almacenes de mi infancia, mis hijas me acompañaban a comprar desde niñas allí, Nilda las vio crecer. Cuestiones de comodidad y de tiempos, hacen que sean muy pocas las veces que voy a comprar a su almacén; pero cada vez que iba me decía “No puedo creer lo grandes que están sus hijas (Nilda nunca me tuteó) las dos más grandes ya son dos mujercitas”. Pensar que se retiraba, que tiraba la toalla como ella misma dijo, me causó melancolía, por más que sus hijos siguieran con el local como antes ella lo había heredado de sus padres, no me consolaba del todo, es seguro que luego de un tiempo lo cierren, no creo que ser almaceneros sea una actividad a la que quieran dedicarse.

Pasaron un par de meses desde esa conversación en la verdulería. No me queda de paso el local de Nilda, hace unos días, caminé frente a su local casi como una eventualidad. Diría “por casualidad”, pero nunca creí en ellas. No tenía previsto comprar nada, pasé por allí y miré de reojo esperando a  ver a alguno de los hijos o hijas de Nilda. Pero no, allí estaba Nilda atrás del mostrador de su local. Seguí caminando unos pasos y recordé la conversación aquella que me había dado melancolía. Me alegré de verla allí, pero no era suficiente. Era temprano, no había nadie en su local, volví sobre mis pasos y entré con la excusa de comprar algo. Compré un yogur bebible y alguna tontería más, pero yo había entrado por otra cosa. No había nadie, Nilda nunca favoreció las “conversaciones triviales”, pero aquella no lo sería.

—Había escuchado que sus hijos se iban a hacer cargo del negocio —Le dije sin muchas vueltas.

—Seeee —me contestó la almacenera—, esa era la idea, sí. Pero lo tuvieron a cargo unas semanas y se agarraban la cabeza. Al final querían cerrar. Casi los dejo, pero no, no podía cerrar este almacén.

Lo dijo para adentro, casi no me lo decía a mí cuando lo decía; su mirada miraba los estantes de su almacén cuando lo decía, como si se tratara de una extensión más de ella misma. Me la quedé mirando en silencio y note que se emocionaba.

—No es por la plata —me explicó, ahora mirándome a los ojos—, si fuera por plata debería haber cerrado hace años; con suerte salgo hecha con lo que se vende. Pero fueron tantos años… Esos días que lo atendían mis hijos yo andaba como loca, no sabía qué hacer, casi esperé a que ellos se desencantaran. Mientras me dé el cuero voy a estar acá, qué más voy a  hacer.

Sonrió, sonreí, pagué, me dio el vuelto, me mandó que llevara saludos para las mujercitas de la casa y salí. Pensé en mi abuelo, en mi abuela, en Doña Yolanda, en el almacén de la calle Brandsen, en los rostros de aquellas mujeres que tenían “conversaciones triviales” durante mi infancia, en los borrachines que venían a quejarse de que mi padre no les vendía más el “vaso de vino”, en el niño que fui comprando en esos viejos almacenes, en mi madre escribiéndome la lista de las compras, en sus recriminaciones cuando me había equivocado con algún artículo, en Doña Nilda y el almacén donde había transcurrido su completa vida; y supe que tenía que escribir este texto. Porque es así, algunas cosas las escribimos porque queremos y otras porque debemos. Me debía escribir este artículo. Ya no lo debo, y qué maravilla es pagar algo como eso.

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