Las Cosas Que Perdemos Para Siempre

Fue una tarde, fue en esta misma ciudad; fue un crepúsculo frío de otoño o de invierno. Al cabo, la estación importa poco, el crepúsculo que vendría sería más largo, y su noche más definitiva. Borges se sentó tras el escritorio y miró fijamente los libros en los estantes de su biblioteca, la biblioteca de su padre, la biblioteca de Leonor, su madre.

Hacía unas horas el oftalmólogo le había diagnosticado que sus problemas de visión empeorarían, que el proceso era irreversible, que al igual que antes su padre, la ceguera tenía con él una cita impostergable que no demoraría mucho en cumplir.

Miró el canto de los libros, la débil luz de la tarde que entraba por las ventanas y cuya debilidad ya no sabía si atribuir a la misma luz o a la incapacidad creciente de su vista, calculó someramente la cantidad de libros que allí habría, hizo otro cálculo para darse una idea de cuántos de ellos había leído y pensó para sí: “Entre estos mismos libros que ahora estoy viendo, hay muchos que no he leído, hay muchos que ya no leeré, hay muchos que quisiera volver a leer y cuyas hojas jamás volveré a abrir. Cuántas, cuántas son las cosas que cada día perdemos para siempre, sin siquiera notarlo”.

La ficción me permite pensar que eso fue, palabras más, palabras menos, lo que Borges pensó. De hecho, después reflejaría con palabras infinitamente más justas y precisas que las mías el hecho que aquí acabo de narrar y esa sensación de pérdida irreparable y definitiva, las cosas que un día notamos hemos perdido para siempre.

Es difícil determinar con exactitud qué cosas son verdaderamente cosas (objetos) y qué cosas tienen relación con alguien que perdimos para siempre. Como caso, citaré la voz de alguien que he perdido para siempre; la voz de mi abuelo. Sé que no volveré a escuchar una voz así, con ese timbre de caricia que tenía, con esa especie de tono de añoranza y alegría entremezclados que sólo a él se lo escuché al contarme sus aventuras de marinero en los mares de la Europa de entreguerras. De cómo podía ver desde su puesto de guardia en el crucero Ara Mariano Moreno, cómo el Ara General Belgrano quedaba todo cuan largo era, de punta entre las olas de una tormenta del Atlántico. El mismo barco que después sería hundido en la guerra de Malvinas. Entre las cosas que he perdido para siempre cuento la voz de mi abuelo Manuel, la voz que me hizo amar tanto las historias que nunca volvería a despegarme de ellas. Me doy cuenta ahora que quizá cuento historias, solamente, para recuperar algo de esa voz.

Es difícil pensar en mi abuelo sin recordar a mi abuela. Sin embargo, quizá porque la tuve menos tiempo, la recuerdo mucho menos. Pero recuerdo algo de ella que creo haber perdido para siempre, sus scones. Los scones de la abuela Ninfa eran una de las muchas exquisiteces con las que fui criado en mi infancia. Pero del tiramisú como sólo ella lo hacía, o de la Pasta Frola como sólo ella la hacía, o de la Torta de Chocolate como sólo ella la hacía; se copiaron las recetas como un tesoro de familia que llegó hasta mis hijas. Entonces ellas hacen hoy día esas delicias exactamente igual a como solamente ella las hacía. Ignoro cuál fue la maldita causa por la que nadie se preocupó de copiar la receta de los scones como solamente ella los hacía. Han pasado más de 38 años desde la desgraciada tarde que perdí a mi abuela. Desde entonces, cada vez que paso por una panadería, cada vez que he tenido una novia, o un amigo, que se jactaba de los scones de su mamá, o de su tía, o de su abuela; he ido presuroso a probarlos para saber si aquel sabor, aquel gusto, eran comparables a los scones de mi abuela Ninfa, y siempre, invariablemente, me he decepcionado. No se me escapa que la memoria tiene mucho de traidora y mentirosa; tanto de eso como de empecinada y fiel. Quizá mi memoria nunca acepte que otro scon pueda ser similar, parecido, o incluso aún más rico que el que mi abuela hacía. Pero esa es una discusión estéril, para mi y mi memoria los scones de mi abuela Ninfa están en la lista de las cosas que he perdido para siempre.

Podrá acusárseme de que siguen siendo cosas demasiado personales, que tienen todavía una relación estrecha a personas que he amado y perdido, y que por eso mismo no deberían contar como “cosas”, sino como objetos referenciales que actúan de asteriscos para referir a personas que se amó y que ya no están. No estoy del todo seguro, pero ante la duda trataré de citar cosas que he perdido para siempre que no tengan relación a un ser querido que ya se haya tragado el tiempo.

Hay muchas cosas que he perdido para siempre: jugar a las escondidas con los chicos del barrio en las siestas del verano; el sabor de los chocolates Aero, inigualados desde entonces por cientos de sus herederos modernos. Los trunkitos que compraba en los recreos del colegio. Las flores esas que llamábamos chumpitos de cuyo estambre comíamos algo que nosotros mentábamos más rico que la miel, y que íbamos a buscar -como intrusos- en unas estancias privadas que ahora son Countrys privados. Las luciérnagas que llenaban las tardes de primavera de Don Torcuato y que podíamos agarrar con la mano y guardar en frascos vacíos de mermelada. Hace años que ya no se ven luciérnagas en Buenos Aires y ni siquiera cerca; Bichitos de Luz los llamábamos. Tal vez las encuentre en los pueblos del interior, pero no serán esas, las de las noches de Don Torcuato que guardábamos en frascos de mermeladas ya no están más, las perdí para siempre. Esa remera con arabescos, esa guitarra que afinó la mano de mi abuelo, esos pantalones que cocieron las manos de mi madre que, como sus manos, ya no están ni volverán a estar nunca. Son todas cosas que he perdido para siempre. Y hay tantas otras, tantas que ni siquiera recuerdo, tantas que incluso ignoro haberlas perdido; si hasta parecen infinitas las cosas que he perdido para siempre. Pero contaré ahora la historia de una cosa que tuve y que perdí por mi mismo.

Tendría siete u ocho años, en mi país gobernaban los militares como casi en todo el resto de Latinoamérica porque, según parece, los setenta eran un tiempo en que la democracia occidental estaba mejor defendida por gobiernos dictatoriales que por los que elegía el pueblo. Ironías de la historia aparte, el caso es que entonces se editaban unas figuritas que se llamaban “Siglo XX”. Eran pequeñas láminas con escenas destacadas de los hechos históricos del siglo que entonces estaba en vigencia. Así las había del hundimiento del Titanic, de la llegada del hombre a la Luna, de la batalla de Verdún, del descubrimiento de la vacuna Sabín y vaya a saber cuántos más. Las figuritas venían individuales o en escenas que eran conformadas por dos, tres, y hasta cuatro figuritas que completaban una escena importante del siglo XX. Todas eran dibujos, ninguna era foto, se ve que los que sacaron la colección de figus consideraron más económico pagar a dibujantes que pagar royalties por el Copyright de las fotos. El caso es que mientras iba armando el álbum, compré un sobre en el que venía la figurita 68, la cual era una de dos figuritas que conformaba la escena de la batalla de Stalingrado. casi recuerdo de memoria el epígrafe que figuraba abajo en el álbum: “Batalla de Stalingrado: 1942, el VI ejercito alemán es cercado y derrotado por los rusos y la historia de la guerra cambia”. Yo ya tenía pegada en el álbum la figurita 67 que conformaba la mitad de la escena: soldados alemanes (los chicos que amábamos la historia sabíamos que eran soldados alemanes por el casco característico, el uniforme, y las granadas alemanas que parecían una lata de tomates con el cabo de un palo que permitía arrojarlas) que se acurrucaban tiritando de frío en la nieve. ese día compré el sobre en el cual vino la figurita que completaba el cuadro. Estaba feliz, la coloqué al lado de la que ya estaba pegada en el álbum y me admiré de la escena. Antes de poder ponerle el adhesivo (las figus autoadhesivas aún no existían) para pegarla, escucho una voz a mi lado que me dijo, mitad en éxtasis, mitad en ruego: “¡La figu 68 de la batalla de Stalingrado, qué culo!”. Walter, un compañero de banco al otro lado del pasillo, que también las coleccionaba, era el autor del grito. Como era costumbre de aquel entonces, y supongo que todavía de ahora, el muchacho me propuso un canje. Era evidente que la necesitaba, el tenía el álbum más completo que yo y era lógico que se esforzara por obtener las pocas que le faltaban para completar el álbum. Noté que yo poseía algo que él quería y que podía regatear. Cuando me pidió el canje le dije “Te la cambio por veinte figus”. El muchacho me miró serio y sacó de su bolsillo un pilón en el que, grosso modo, tendría 100 a 120 figuritas. “Si me la das, te doy todas estas”. Cometí el error (o acierto) que luego me perseguiría el resto de mi vida cuando algo me emocionaba mucho: Ni lo pensé y acepté el canje. De las exactamente 106 figuritas que había en el pilón, sólo 17 me sirvieron porque yo no las tenía. El resto yo ya las tenía e incluso entre las otras había algunas que estaban repetidas dos, tres y hasta cuatro veces. A cambio (yo no lo sabía entonces) yo le había entregado a él la figurita 68 de aquella colección, la que era llamada “la figurita difícil”. Un mes después, mi álbum de figuritas estaba completo, a excepción de la figurita 68, la figurita que completaba la batalla de Stalingrado. Durante dos meses más seguí comprando (pese a la queja de mis padres que se negaban a seguir gastando en sobres inservibles) paquetes de figuritas “Siglo XX” con la esperanza de que la bendita figurita difícil volviera a las manos que ya la habían tenido y dejado ir. Pero no pasó; la figurita 68 pasó a formar parte de las cosas que perdí para siempre.

Sé que hay más de una moraleja en la historia de la figurita 68 y el modo en que la perdí. Les dejo a ustedes la tarea de elaborarla, este es un relato que pretende enumerar pérdidas; no justificarlas o argumentarlas.

Pero narré la historia de la figurita a propósito. Para incluir casi un item nuevo en las cosas que perdimos para siempre: las cosas que pudieron ser nuestras y que perdimos para siempre.

El lector puntilloso me señalará que no podemos perder algo que nunca hemos tenido, yo no estaría tan seguro. Pero quizá mi opinión no cuente mucho, la puntillosidad no es una de las cosas que se de en abundancia en mi ánimo.

Empezamos estas disquisiciones citando a Borges. El genial ciego decía que los ánimos magnánimos no se conforman con vivir los recuerdos de una sola existencia humana. Tengo para mí que por cada puerta que abrimos cerramos infinitas y que muchas de esas puertas las cerramos sin siquiera saber que las estamos cerrando. Qué palabra, qué estupidez dicha nos hayan privado quizá de vivir el amor más profundo e intenso que a nuestra vida correspondía. El hubiera no existe dirán casi todos, y puede que no me atreva discutirlo. Pero cuántas veces estuvimos frente a una puerta, miramos el camino que seguía, contemplamos los paisajes, pensamos para nosotros mismos en nuestra vida allí, tras esa puerta, bajo ese cielo, para finalmente retroceder, cerrar la puerta e ir en busca de otro picaporte cuya apertura nos puso solamente ante la antesala de un abismo. “La memoria no tiene caminos de regreso” decía García Márquez; pero… ¿no sería lo que imaginamos sin concretar otras de esas cosas que perdemos para siempre?

Hace escasas semanas murió un colega al que conocía hace más veinte años. Un cáncer fulminante hizo de una neumonía un punto final. Nuestros hijos casi se criaron juntos, compartimos decenas de actividades juntos. Por esas cosas de la vida moderna nunca lo llamé como amigo aunque compartimos cosas más intensas y profundas que las que he compartido con otros hombres a los que sí llamo amigos. Nunca supe cuánto me gustaba charlar con él hasta ahora que ya no está. No fue hace tanto tiempo, aún recuerdo la última vez que hablamos sin que ninguno de los dos supiera que sería la última, aún recuerdo su afectuoso abrazo y el saludo para mis hijas que nunca faltaba. Y esa vez hubo algo más. Me dijo: “Por suerte los albañiles ya terminaron las reformas, gasté un dineral. Estas vacaciones de invierno quiero que vengas con las chicas; nada especial, pasar la tarde, tomamos unos mates ¿Si?, Nunca lo hicimos y es algo que nos debemos, che”.

Es algo que ahora nos debemos para siempre. Esa tarde, esa de la que él habló… ¿Existe o no existe? Vivimos perdiendo cosas. Algunas de esas cosas no las tendremos más, algunas de ellas ni siquiera tendremos la percepción de haberlas perdido, nunca sabremos cuándo ha sido la última vez que vimos ese rostro, la última vez que escuchamos aquella voz, la última tarde que compartimos unos mates con un amigo al que nunca llamamos amigo. Una tarde que ni siquiera existió pero se hizo eterna por el sólo hecho de haber sido postulada. Estoy seguro, lo sé, en todas estas palabras que acabo de escribir, hay por lo menos una que nunca más volveré a escribir. No puedo saber cuál es, pero qué importa, uno de ustedes, uno de los que está leyendo ahora mismo, ha perdido algo mucho más importante que una palabra que no volverá a escribir en un texto sobre cosas que perdemos para siempre; y lo curioso es que ni siquiera lo sabe.

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En Su Espalda

Tan difícil de contar es esto. Tanto.
Por empezar, ni siquiera sé si ella existe; para acabar, ni siquiera sé si ella existió.
A veces, en esos largos insomnios donde me quedo enteras horas mirando la luna, me digo que si ella sólo ha existido en mi mente, ya basta; que si mi mente la hizo real, debería bastarme.

Pero otras veces, creo que solamente un alma en guerra consigo misma aceptaría, amar, a alguien cuyos contornos fueron trazados por el delirio de una psique enferma.

El segundo lugar donde puedo hallarla está casi agotado; es un casi no tenerla, el contacto con una sombra a la que amo con locura, pero bajo la condición más inhóspita y cruel para la subsistencia de mi deseo, y de mi razón, y de mi cordura.
Hay otro lugar donde, supongo, podríamos encontrarnos plenamente, enteramente. Ella misma me lo ha dicho, me lo ha insinuado. Sólo que, Dios mío, tampoco tengo certeza alguna de que allí pueda ocurrir nuestro encuentro.

Larga introducción. Demasiado larga y demasiado cargada de abstracciones poco comprensibles. Pero es tan difícil contar esto. Tan inexplicable y doloroso al mismo tiempo.

En Buenos Aires, mi ciudad, da la impresión que los otoños le pidieran prestadas algunas tardes a los más crueles inviernos, esa era una de aquellas tardes. Luego del trabajo, había ido a visitar a un compañero enfermo. Nada grave, pero era un subalterno al que me unía cierta amistad, quedaba mal que no fuera a visitarlo.
La inesperada circunstancia de tener el automóvil descompuesto y la, no tan inesperada, escasa puntualidad de los mecánicos porteños, hicieron que aquella tarde debiera movilizarme en transporte público. Salí del edificio de mi amigo y busqué una parada de colectivos de alguna línea que pudiera llevarme a mi casa. No era tan tarde, si conseguía tomarlo rápido llegaría a mi casa antes de que se hiciera de noche. Le mandé un mensaje a mi esposa para avisarle que llegaría para la cena. Al chequear el celular, noté tres llamadas perdidas que mi amante me había hecho. Sentí, otra vez, la culpa estrujándome el estómago. Ni siquiera entendía cómo las cosas pudieron llegar hasta ese punto. Envuelto en un matrimonio glacial, había empezado a coquetear con aquella hermosa mujer a la que le llevaba quince años; para “saciar los instintos de la carne”, supongo. Ensayo y error es la vida dicen. En esos ensayos de la carne aprendí que en una intimidad donde no se alcanza el alma del otro, uno se queda infinitamente más solo. Que todo lo que uno sacie en la carne se acrecienta en el alma como una ausencia omnipresente y opresiva. Todos los días me resultaban vacíos, y ya notaba que ese romance no hacía más que agrandarlos.

Pensaba en estas cosas caminando en aquel barrio que casi no conocía. Era helada la tarde, u otro frío ya me estaba recorriendo. Me habían dicho que la parada del 59 era en esa cuadra, “Acá a la vuelta”, me había dicho la florista. Pero no encontraba la parada del colectivo, entonces pasó.

Ver el colectivo y sentir que algo ocurría con el aire alrededor fue toda la misma cosa; en el preciso instante en el que sentí como si el aire fuera absorbido por una especie de aspiración de un gran monstruo invisible, el colectivo apareció en el campo de mi visión. Era tan extraño, estaba impecable, pero era un colectivo tan antiguo, no entendía cómo podía estar en tan buen estado. Tampoco comprendía por qué estaba en servicio de línea, podía ver su pintura, sus carteles indicando el destino “Olivos” y su número, el 717.
Que yo supiera, el único colectivo que me llevaba desde allí a mi casa en Olivos era el 59. De hecho, ni siquiera conocía la existencia de una línea que tuviera el 717 que pasara por Olivos; y vivía allí desde hacía casi quince años. Casi ni atiné a levantar el brazo (ni siquiera sabía si allí tenía parada) pero con tan sólo mirarlo el chofer paró el vehículo y abrió su puerta.

— ¿Me deja en la estación de Olivos?

Pregunté al chofer, el hombre asintió y subí.

Allí debí sentir la primera alarma. Es extraño, uno constantemente adapta la mente suponiendo a la realidad infalible; y nuestra realidad tiene tantas fallas. El chofer tenía la típica camisa celeste que usan los colectiveros, pero estaba impecablemente afeitado, engominado y con una corbata azul bien ceñida, parecía un tanguero de los años cuarenta. Pero eso no fue lo más extraño, lo más extraño fue subir con mi tarjeta electrónica y que el tipo me mirara como si lo estuviera cargando. Entonces vi su mano en una de esas antiguas boleteras de cinta como no se ven en mi ciudad desde hace mucho tiempo.

—Tengo la tarjeta, no tengo monedas. —Balbuceé.

Entonces debí notarlo. En los ojos del chofer hubo como una especie de revelación que él comprendió, yo no; pero debí notar que a él le fue dado, en ese instante, un conocimiento exacto de lo que estaba pasando. Él, en ese momento, comprendió lo que ocurría, yo no tenía los elementos para hacerlo, todavía no. El chofer me dijo que pasara, que no importaba.

Las rarezas seguirían; repentinamente, instantáneamente casi, me sentí agobiado por mi ropa, hacía tanto calor. Observé a las pocas personas que había en el pasaje (otra rareza, era hora pico, el tenía que estar repleto) estaban con ropas veraniegas, yo era el único abrigado. Había asientos vacíos, pero permanecí de pie, agarrado a un pasamano, mientras pensaba en todas estas rarezas.
Pensé si no estarían filmando una película de época, la moda de esas vestimentas no podía ser actual, pero tampoco parecían ser todas contemporáneas. Mi mirada se pasaba de uno a otro pasajero, asombrado de sus vestidos cuando repentinamente se detuvo en su espalda.
La joven estaba sentada frente a mí, a un escaso paso de donde yo me había parado, llevaba un vestido marrón oscuro que dejaba ver gran parte de esa espalda exquisita, sus omóplatos perfectamente marcados, como si se tratara de dos alas recortadas. No sé por qué se acomodó su cabello hacia un lado, su espalda quedó más descubierta todavía; parecía que en su espalda había un imán que atraía mis ojos sin que pudiera despegarlos de ella, me descubrí indagando sus lunares, o pecas, eran tantos. Pero lo extraño es que los miraba como si ya los hubiera visto antes; como si se tratara de un paisaje que yo conociera, como si fueran marcas que yo pudiera leer o interpretar. Estaba reconcentrado en esto cuando la joven se dio vuelta y me descubrió tan mirándola. Me sentí avergonzado, pero al mismo tiempo, su mirada.

La sensación al encontrarme con sus ojos una revelación. Una nueva percepción. Un revelárseme un universo nuevo dentro de mis sentidos. Todo lo que pasaría después; lo que pasó hasta ahora, no ha hecho sino confirmar aquella primera sensación; esa especie de epifanía.

— ¿Le ocurre algo? —Me preguntó la muchacha ante el asombro que debía haber en mi mirada.

No pude articular palabra, pero alcancé a negar moviendo la cabeza, el disparo de su mirada dentro de mí iba golpeando molécula por molécula, eran indescriptibles sus ojos, esa mirada, no podía precisarla, como si no la estuviera viendo completamente, sino sólo intuyéndola.

— ¿Qué le sucede? —Volvió a preguntarme la muchacha, no parecía tener más de veinticinco años.

Noté que me dolió ese trato de “usted”; Apenas supero los cuarenta, pero nadie suele darme más de treinta y tres, no es común que una joven suela tratarme de usted. Noté que podía hablar.

—Es todo raro acá; estoy un poco confundido. —Dije, mientras trataba de adivinar sus ojos, su rostro, su cabello. Noté que la misma imposibilidad de fijar el contorno de sus ojos se trasladaba al resto de su rostro. No sé cómo decirlo, era como verla sin estar viéndola, como si la percepción de su figura estuviera en otra frecuencia que mis sentidos no alcanzaban a aprehender del todo.

— ¿Qué es lo que siente raro?

—Por favor, no me trates de usted, me haces sentir como un anciano,

—No lo conozco —dijo— y tampoco soy de aquí, de donde vengo no es cómodo tutear a un desconocido.

Noté que también me costaba precisar del todo sus palabras, como si escucharla no me bastara para definir del todo su acento.
Miró entonces hacia la ventanilla y otra vez su espalda quedó ante mí. Descubrí que podía ver bien su espalda, podía distinguir claramente sus lunares; otra vez, la sensación de que había algo allí que se me estaba revelando y que no alcanzaba a descifrar del todo, como si me gritara desde adentro.
Sentí que no había otro lugar en el universo donde quisiera estar que no fuera ahí, junto a ella, leyéndola. Dios, eso era, estaba leyéndola, estaba leyendo en ella, estaba leyéndole su espalda, creo que era su manera de comunicarse, de mostrarme la parte más ¿tangible? de su existencia.

Ella miraba indiferentemente hacia otro lugar. Era normal, no estaba obligada a mantener ningún tipo de conversación conmigo, no tenía razones para prestarme atención.

Entonces percibí algo que hasta entonces, embelesado por ella y leerla, no había notado: Mirando hacia afuera, por las ventanillas, la ciudad que distinguía no era Buenos Aires, sino una ciudad indefinible y atemporal que no podía ser Buenos Aires. Me hubiese entrado pánico sino fuera por eso que dije antes, que no había otro lugar donde quisiera estar que no fuera con esa chica de la que lo ignoraba todo, hasta su nombre.
Es ilógico hablarle, pensé, no existe un contexto en el cual pueda mantener un diálogo con ella, pensaba, mientras miraba las irreales formas de esa ciudad tras las ventanas.
Tal vez porque notó mi mirar asombrado; o tal vez porque así estaba previsto que sucediera, ella dijo, murmurándolo, casi sin siquiera decírmelo a mí:

—La realidad puede cambiar con las palabras.

No dudé, en cierto modo, las palabras componen mi vida. No tenía certeza de que ella me hubiera hablado directamente, pero aproveché su frase y le respondí:

—Las palabras ordenan la realidad.

Ese fue el inicio de nuestros diálogos. No puedo recordar del todo lo que hablamos en ese primer viaje. Supongo que me cuesta recordar lo que hablamos porque me invadió un miedo atroz y repentino; el viaje terminaría, noté que si bien no reconocía del todo la ciudad –o ciudades- que veía tras los cristales, cada tanto, aparecía un pedazo de mi realidad que sí lograba identificar. Gracias a esos retazos, sabía que me acercaba a la estación de Olivos, que debería bajar de aquel extraño colectivo donde la había conocido. El terror me surgió porque yo no viajaba nunca por allí, pero a la vez, todas esas singularidades que notaba, pero de las cuáles nada me preguntaba por el solo hecho de haberla encontrado, hacían que supusiera que debería haber una forma, algún modo, de encontrarla nuevamente.

La estación de Olivos estaba tan cerca. Debía bajar, debía dejarla, me invadió una desesperación desconocida. ¿Y si no vuelvo a verla?, era mi angustia. Traté de grabármela en los ojos, de absorberla con la mirada y, nuevamente, otra vez, no podía fijarla. Ella dijo:

— ¿Todavía no lo has notado, verdad?

— ¿Qué cosa? —dije, agradecido de que ya me tuteara.

—Que todos en este colectivo somos fantasmas. Que nadie está vivo aquí. Que el colectivo mismo, es un fantasma.

No puedo decir que esperaba algo así. Sin embargo, la revelación no me causó ni el miedo, ni el asombro que es cabría suponer ante semejante afirmación. Creo que no le creí del todo. Aceptaba que toda la situación era, en cierto modo, paranormal, pero, ¿todos muertos?; ¿todos fantasmas, hasta el mismo colectivo en el que viajábamos? No es que no le creyera, en mi interior me era imposible pensar que ella mentía, pero mi mente racional especulaba con que ella misma desconociera del todo lo que pasaba. Debió entender mis pensamientos, porque dijo:

—No me crees.

Quise decirle que no desconfiaba de ella, pero no tuve tiempo, antes de que le dijera nada ella volvió a hablarme.

—Observa, mira bien.

Y apenas terminó de decirlo, el resto de los pasajeros empezó a desaparecer delante de mis ojos, uno a uno.
Nuevamente, me sorprendí de no aterrorizarme; la sensación era como si mi mente dijera “Te subiste aquí por tu voluntad, ha de ser por algo”… y, además, estaba ella. Y si ella estaba, podía estar bajando al mismo hades que no sentiría miedo.

—¿Qué estas pensando? —me preguntó— ¿Tenés miedo?

Tomé unos segundos antes de responder, no me daba miedo la situación, mi miedo, conforme me acercaba a Olivos, era muy diferente, mucho, de cualquier miedo que hubiese tenido antes.

—Yo —le contesté—. sólo tengo miedo de; de no volver a verte.

Sonrió, de tan encantador modo, que fue una especie de caricia sobre el miedo ese que acababa de revelarle, como si esa bala disparada dentro de mí que era el mismo acto de conocerla, repentinamente, viajara por mi interior en cámara lenta, y yo pudiera ver, apreciar, el impacto que ella iba produciéndome piel adentro. Solamente dijo.

—Cuando quieras; yo estaré aquí.

Extrañamente, el colectivo no se había detenido hasta entonces, ninguno de los pasajeros, esos que habían desaparecido, se había bajado antes. Apenas el colectivo se detuvo el chofer gritó:

—¡Estación Olivos!

Y abrió la puerta trasera para que yo me baje.
Me despedí de ella con la mirada y ella me devolvió, nuevamente, una sonrisa cuyo solo recuerdo me desgarra el pensamiento.

Me dirigí a la puerta sin dejar de mirarla, otra vez su espalda me regaló la visión de sus lunares diciéndome algo que yo no podía entender del todo. Lo siguiente fue como sumergirme en el vacío; bajar al mundo donde ella no estaba.

Esa fue la sensación al bajar del colectivo. Mi mundo, el mundo real, mi realidad, no la tenía. De golpe detesté el mundo real, odié tan intensamente a mi realidad porque ella no estaba en mi realidad. Esa realidad que yo suponía tan compleja, tan llena de alternativas y circunstancias; y que era tan pobre si no la tenía a ella.
Me asombré de que hubiera todavía tanta luz. Miré mi celular para confirmar la hora: 18:33. No podía ser cierto. Cuando llamé a mi esposa y distinguí las llamadas perdidas de mi amante había visto la hora. Eran las 18:26, lo recuerdo bien, después caminé buscando la parada y el colectivo aquel llegó de inmediato, debía haber subido en él entre las 18:30 a 18:32. El viaje que desde el centro hasta Olivos dura habitualmente 50 minutos, en ese espectral transporte había durado solamente uno o dos minutos.
Para reforzar esa sensación de vacío que era estar en un mundo diferente al suyo, el frío otoñal me hirió nuevamente, en el colectivo me había sacado el abrigo. Era temprano y decidí caminar un rato antes de regresar a mi casa, una repentina llovizna cayó sobre mi ciudad y mi alma; llovía dentro y fuera de mí, el clima se amoldaba a mi ánimo; me puse auriculares y caminé bastante rato llevándola en el pensamiento.

Era tan extraño, no comprendía por qué no podía rearmar su figura en mi cabeza, suponía que su pelo era castaño o negro, pero también se me hacía las veces de un castaño claro. Igual sus ojos, creía recordarlos cafés o almendras, pero tampoco descartaba el verde aceitunado. Su rostro era más difícil todavía, apenas mi mente creía tener su perfil, su contorno, estos se difuminaban y volvían a armarse en mi memoria de otro modo. Me dije que así debían verse los fantasmas, o que su mundo estaba tan distante del mío que mis sentidos no podían capturar su realidad tan plena como esta debía ser.
Pero me asombraba que sí podía recordar los lunares en su espalda; esas pecas, sus omóplatos, sí podía distinguirlos claramente y reconstruir sus figuras en mi cerebro. ¿Por qué? Recordaba que sentí que eran una especie de jeroglífico que yo debía descifrar; y entendí también que era algo que ella quería decirme, tal vez su modo de comunicarse conmigo, de mostrarme lo más tangible que tenía. Tal vez, lo que de carne le restaba a su espíritu.

El resto de mis horas hasta acostarme fue una tortura, y ni siquiera le había preguntado su nombre, ni siquiera podía nombrarla. No hacía otra cosa que pensar en ella. Recordaba el “Cuando quieras, yo estaré aquí”, y esas palabras se repetían dentro de mi cabeza doliéndome casi hasta las lágrimas. ¿Eso significaba que la distancia entre nosotros estaba sólo en mi voluntad? ¿Cómo podía volver a verla? Ese estaré aquí, dónde era exactamente, ¿debía volver a tomar ese colectivo fantasma? Si eso era así, lo único que se me ocurría era volver al mismo lugar donde lo había tomado y en el mismo horario.

Me acosté con la seguridad de que al día siguiente estaría allí, en ese lugar y a la misma hora. Me revolvía insomne entre las sábanas sin conseguir dormirme ni sacarla de mis pensamientos. No puedo recordar en qué momento me dormí y llegó el sueño, o la pesadilla, lo cual es lo mismo; las pesadillas también son sueños.

Es de día, estoy en una ciudad, en el sueño no me doy cuenta, pero en la vigilia descubro que ese lugar es donde tomé el colectivo fantasma. Hay mucho tráfico, un tipo cruza indebidamente y lo atropellan. Queda atrapado bajo los hierros de lo que antes suponía el auto que lo había atropellado, sólo que ahora no podía distinguir el auto, y el tipo se removía entre sus miembros destrozados y ensangrentados bajo una informe masa de hierros. Está desesperado, grita y pide ayuda; nadie parece distinguirlo, nadie lo ayuda. Aparentemente soy el único que puede verlo, me acerco y trato de sacarlo; sólo consigo lastimarlo más y que redoble sus gritos. Me desespero, los gritos del herido atrapado entre los hierros me aturden, al mismo tiempo que empieza a sonar música. Comprendo, en el sueño, que debo mirar la luna, que la luna va a obrar como una especie de rescate. “Pero es de día” pienso en el sueño, pero de repente –todo en el mismo sueño- se hace de noche y una luna enorme donde clavo mi mirada me brinda un insospechado consuelo. Como un niño que se abraza a su madre mi mirada se ancla en la luna. Mientras el consuelo calma mi ansiedad desvío mi mirada hacia las estrellas, distingo lo que llamamos desde niños “Las tres Marías”, que no es más que el cinturón de la constelación de Orión, mi mirada se enfoca en el resto de las estrellas de la constelación y repentinamente distingo dos alas que son… los omóplatos de la chica del vestido marrón en el colectivo fantasma, ¡Orión son sus lunares! El resto de las estrellas también están en su espalda. Despierto. Sobresaltado corro hasta hacia el patio, salgo a la noche y busco en el cielo de mi realidad el cielo que, en la suya, ella lleva en los lunares de su espalda.

Al otro día, tal cual supuse, el colectivo fantasma pasó por dónde había previsto que pasaría, en la hora que había previsto. Lo tomé, “Aquí estaré” me había dicho pero, ¿Y si no estaba? Pero estaba; yo necesitaba respuestas y, como supuse, ella las tenía casi todas.

Han pasado desde entonces algunas semanas. Nuestros mundos, su realidad y la mía, solo se tocan allí o en mis sueños, de los cuales despierto, en todos, de la misma manera que sucedió en el primero.
La relación que tengo con ella es tan indefinible como su propio rostro. Le he dicho que no dejo de pensarla, que todo lo que acontece en mi realidad es vacío, simplemente, porque ella no es parte de esa maldita realidad. Hasta su propio nombre me es esquivo, cuando le pregunté por él me dijo que podía llamarla como quisiera. No entendí;

—No importa tanto —me dijo ella—, podes llamarme Cecilia, o Sofía, o Mabel, o Lorena, o como te guste.

La llamo Orión desde entonces, al cabo, las señas por las cuales puedo distinguirla. Reconocerla. El resto de sus rasgos, siguen siendo, para mí, imperceptibles. Una vez quise agarrar sus manos:

—Vas a decepcionarte, va a ser igual que con los ojos, tus sentidos no pueden percibirme como realmente soy. No aquí.

Ese “No aquí” es desolador, atroz. Infiere un mundo improbable en el cual ella me es inaccesible. Es el mismo “Aquí” donde puedo encontrarla, según sus palabras, cuando quiera; pero donde sólo puedo tenerla de un modo tan poco sustancial, tan dolorosamente ausente de lo que mi alma, mis deseos, y mi cuerpo quisieran.

Todo es tan fantasmal, tan inaprensible. Cuando creí verla por primera vez dije que no debía tener más de veinticinco años, pero ahora, en cada uno de mis recuerdos parece tener una edad diferente, a veces se me aparece como una adolescente, otras como una mujer madura de cuarenta, incluso la he sentido a veces como una mujer que me superara largamente en su madurez, como si tuviera más de cincuenta.
Por sus sonrisas, por sus enojos y reproches incluso, creo intuir que la posibilidad de acceder a su realidad existe. Pero, como en todo lo que hemos vivido, tampoco ha sido concluyente en ello.

He llegado a comprender, finalmente, que estoy frente a un abismo. Y que si quiero alcanzarla, debo caer en él.
Ya no me conforma encontrarla donde no puedo verla, ni tocarla, ni aprehenderla con mis sentidos. Pero peor todavía es visitarla en ese país árido y hostil de los sueños.

Queda la última posibilidad. El último lugar donde puedo encontrarla, y percibirla, tenerla y que me tenga. Esto es, si ella es un fantasma, si ella está muerta, convertirme yo mismo en un muerto; morir.

Se comprende ahora lo difícil que era explicar esto. ¿Y si todo es parte de mi imaginación? ¿Y si he perdido la razón y ella sólo existe en mi delirio? No me preocuparía morir si más allá de la muerte no hay nada. Pero si tras la muerte hay algo y en ese algo ella no está, o no la encuentro, o no ha existido nunca, la muerte sin ella, en ese caso, para mí será peor que el mismo infierno.

He adquirido un arma. La he cargado. Tengo miedo; no de morir, no de quitarme la vida. El miedo es el mismo que el de la primera vez que tuve que bajarme de ese colectivo. El miedo es que sea cual fuera la realidad donde mi alma acabe, no vaya a encontrarse con la de ella.

***********

El colectivo espectral está detenido. Dentro de él, la mujer con Orión en su espalda conversa con el conductor:

Conductor — ¿Crees que se atreva a hacerlo?

Ella —No lo sé. Su razón todavía no lo admite.

Conductor —Sólo si lo hace se dará cuenta.

Ella —Si, ya lo vimos, los que más se encierran en los laberintos de sus razones son los que más tardan en aceptar su muerte.

Conductor —Y eso que lo ha soñado un montón de veces eh. Nunca se reconoce en el tipo atropellado ¡Qué negación!

Ella —Démosle tiempo, ya lo hará.

Conductor — ¿Y vos? ¿Qué harás cuando lo acepte? ¿Cuándo comprenda que son parte de la misma realidad y puedan percibirse tal cual son?

Ella —No lo sé. Tal vez a él no le guste lo que vea. Pero para eso aún falta que acepte que su anterior realidad ya no existe. Y cuando acepte esta realidad, todavía será solamente su versión, y no sé que lugar ocuparé yo en esa versión suya.

Que el otoño me desmienta.

El cielo suele dejarme mensajes ambiguos. Esto de amagarme con lluvia durante tantos días no me hace la maldita gracia. Recorro Baires con algo de tristeza a cuestas; un vendedor ambulante hace volar folletos en las calles, el viento sacude los jacarandaes hasta dejar un reguero de pétalos malvas sobre las veredas avainilladas. Más allá lo mismo, pero con un ceibo, en este caso los pétalos parecen sangrientas gotas que manchan también al asfalto; algunos gorriones espabilan sus alas sobre las rejas herrumbradas de los balcones viejos. Todo lo que veo parece un estallido de belleza. Es Abril; y el calor todavía le da pelea al otoño, a pesar del viento y de las nubes que cobijan a la ciudad del Plata.

Apresuro el paso. Les dije que pasaría a saludar, al menos. Antes siempre nos juntábamos con esos pseudos amigos, pseudos colegas que se prestan a los debates sobre Macaneos filosófico metafísicos, pero últimamente padezco más en esas reuniones de lo que las disfruto.

Quisiera sentarme en una plaza, o en un café, pero solo. Me gustaría leer la impresión del mail que en la mañana recibí desde Londres. Gracias a una amiga que vive allí, conseguí contactarme con una vieja poetisa inglesa, Anne Stevenson, su nombre. Ella conoció a mi admirada Sylvia Plath, eran amigas, colegas. También conoció a Ted Hughes, esposo de Plath. Me aproveché de este contacto para indagar algunas cosas que me tenían intrigado respecto a Plath, y también de Hughes. Aún no pude repasar y traducir, como hubiera querido, las cosas que me cuenta.

Ya es tarde, ya estarán reunidos; sigo acelerando el paso, transpiro. Pienso en sacarme el saco pero temo que se caiga el mensaje impreso que llevo en uno de sus bolsillos. Transpiro más; el verano se ha empecinado en quedarse en la ciudad, el otoño apenas se adivina en alguna que otra hoja marchita, desplomada. Creo advertir que una mirada me persigue, pero mis ojos no la encuentran, es extraño. La sensación se repite varias veces. En cada una siento que interceptaré esos ojos, pero no. Ignoro cómo es que acude a mi pensamiento el recuerdo de un comentario que alguna vez me hiciera un amigo: Él me explicó – no alcanzo a recordar con precisión a cuento de qué fue aquella charla- que todas las personas tenemos un punto ciego en el campo de nuestra visión. Es mucho más científica que lo que mi pobre vocabulario y conocimientos sobre el tema podrían explicar; pero a grandes rasgos mi amigo sostenía que los nervios que captan las formas para llevarlas hasta el cerebro, tienen un sitio donde no alcanzan a captar la imagen. De acuerdo con esto, el cerebro, en lugar de mostrar en nuestro campo visual una mancha, o un borrón; lo que hace es rellenar ese faltante con una supuesta imagen lógica que completa el resto general de nuestra visión como un todo acabado. Bien, tengo la constante impresión que en ese punto ciego que mis ojos no alcanzan fisiológicamente a elucidar, se esconde una mirada incógnita que parece burlarse de la interdicción que mis retinas pretenden hacer de ella. Si hasta creo imaginar como una risa queda, casi musical, que resuena en mis oídos cada vez que mi mirada se debate en vano sobre la perspectiva tangible de las calles.

Sobre el fondo del horizonte nuboso, los edificios parecen arrojarse suicidas en la oscuridad del Plata que, despaciosamente, empieza a confundirse con las primeras sombras nocturnas. Noto que al pasar sobre mi mente la palabra “suicidas” las risas musicales que acompañan el derrotero de mis embaucados ojos, se silencian, se opacan, se apagan. Entonces repito en voz alta la palabra “suicidas” y una ráfaga repentina de viento sacude las ramas arbóreas hasta amputarles hojas que van a besar irisados arcos de aceite sobre el asfalto. Estoy casi a punto de repetir la palabra cuando advierto que mi caminata llegó a su fin; el bar donde nos reunimos con hábito está frente a mí. Desde donde estoy puedo ver claramente a mis amigos debatiendo, en apariencia, airadamente, vaya a imaginarse uno sobre qué. Un instante antes de entrar siento que el aire ha cambiado… es increíble que el aire se haya tornado tan repentinamente frío de un momento hacia el otro. Interiormente me alegro, sólo yo sé con cuánto anhelo espero cada frío, cada invierno. Trato de adivinar alguna risa más oculta entre la brisa, pero no. Apenas una especie de llanto parece encenderse junto a las mercúricas luces que inoculan luz a la incipiente oscuridad de Bs. As. No tengo tiempo de reafirmar esta última impresión, ya estoy dentro del bar. Le Blanc y Sartori discuten animosamente:

-¿Antífrasis!, – vocifera Le Blanc – es decir algo diametralmente opuesto a lo literalmente escrito.

-¡Diametralmente!, ¡Diametralmente!; no sabía que ahora estábamos hablando de geometría. – Contesta socarronamente Sartori.

No es el tipo de charla que suele escucharse en los bares porteños, los más jóvenes nos definirían como verdaderos nerds, y puede que sí, puede que un crítico literario, un lingüista, un periodista y un heleno inmortal que combatió en la guerra de Troya seamos los miembros de la mesa de café más nerd de todas cuantas haya en Buenos Aires.

Lo cierto es que suele congregarnos con esmero el macaneo filosófico; y parece que en esta oportunidad entraban en esa curiosa clasifica las figuras retóricas y dialécticas. Me quedo meditando la frase de Le Blanc; se me ocurre que para el punto en cuestión deberían considerarse los contextos. Noto repentinamente que mis contertulios me observan sentado a la mesa como si hubiese arrancado la charla desde el principio, como si esperaran una acotación mía sobre el tema de la charla. No se inquietan por saludarme, difícilmente interrumpan una discusión tan profundamente superficial e interesante, para ellos, en una nimiedad como el saludo. Les salgo al cruce ironizando con:

-No los quiero ofender; pero la verdad es que estaba tan interesante la charla que no me tomé el trabajo de saludar siquiera.

Mi indirecto reproche no los inquieta demasiado, la mayoría opta por un asentimiento de cabeza a modo de saludo y prosiguen su diatriba con mayor ahínco, con mayor volumen, con extraña exaltación. Hay algo en mi ánimo que no me deja concentrarme en la charla, algo que me sumerge en una melancolía tan desconocida como al mismo tiempo encantadora… Una especie de certeza que me avisa sobre el acontecimiento de algo inusual, de un prodigio. Me abstraigo de la conversación y clavo mi vista en la vidriera, miro hacia fuera entre la humedad que empieza a opacar los cristales con su condensación; aún así distingo que la lluvia parece próxima, que las cabezas de los transeúntes simulan jugar a escaparse de mis ojos para ser tragadas por la boca del subte, que se las devora y no las devuelve… Se encienden luces ante la oscurecida tarde; el viento frío y repentino sopla desde el río y contamina con podredumbre el aire que la presión de la atmósfera empieza a apisonar sobre la ciudad. La húmeda caricia del asfalto me nombra, me busca casi a los gritos; el cristal ya está muy empañado, paso el revés de mi mano sobre la ceguera del vidrio y trato de adivinar la acera al otro lado de la vidriera. Noto que desde hace algunos segundos mis compañeros han seguido, intrigados, cada uno de mis movimientos; miran hacia fuera en busca de interceptar la dirección que mis ojos señalan. Cuando descubren que no hay nada específico que mirar, me interrogan en silencio, sólo con sus inquisidoras miradas.

-Nada, – les digo – no estoy mirando nada, sólo chusmeaba la calle.

Hay en sus ojos –en todos- como una especie de velada amenaza, una especie de “Más vale que te prendas en la charla antes de que te saquemos a patadas de la mesa”. Ignoro si esa amenaza que imagino existe en la realidad de sus intenciones, pero me siento en la obligación de participar, para no ser considerado descortés o desinteresado. Amago salir del paso dirigiéndome a Le Blanc con algo como:

-¿Vos querés decir que mediante una antífrasis se puede enunciar algo cuyo sentido es opuesto al sentido literal de lo escrito?

-Tal cual –Interviene Aizpiazú- en lo que no llegamos a ponernos de acuerdo es en lo siguiente: Le Blanc sostiene que para la existencia de una antífrasis, sólo basta la intencionalidad, mientras que el gringo Sartori discrepa. Dado que, según él, la antífrasis debe estar sustentada en la composición fáctica del texto, ya que sobre la intencionalidad pueden hallarse tantas conjeturas como lectores se encuentren con el texto.

Me quedo mirando al vasco Aizpiazú asombrado de su verba rimbombante y pomposa, menos de un segundo después noto que en la mesa todos lo miran en silencio y con la misma extrañeza; hasta que el chueco Vicente suelta una media risita sarcástica y le tira:

-Si. Eso, “la composición fálica del sexo”, está clarito.

Lo cual provoca la carcajada general y la altisonante defensa de Aizpiazú, quien tapado por las risas alcanza a decir:

-¡No sean boludos, con ustedes no se puede hablar en serio, son todos una manga de ignorantes que lo único que saben es hablar de fútbol y minitas!

Reproche que parece obrar convincentemente, porque en breves instantes retomamos la discusión sobre el uso adecuado de la antífrasis. Extrañado de que mis compañeros de tragos lleguen a tales niveles de disertación es que les pregunto:

-Imagino que todo este despelote es por que estuvieron leyendo algo ¿no? Si tratamos directamente con el texto lo vamos a ver más sencillo.

Entonces Vicente saca un libro bastante viejo y maltratado y se pone a leer el fragmento en cuestión… sorprendiéndome como si me acertara con un puñetazo a la mandíbula:

-Es un fragmento de una poeta yanqui, vos que siempre andás con los libros la debés conocer, creo que hasta alguna vez me la mencionaste. Sylvia Plath se llama, una que se hizo mierda sola; la parte que discutimos dice así: “…Mi paisaje es una mano sin líneas,/Los caminos atados en un nudo,/yo misma el nudo,//…Divino como el alarido de un niño/ Como la araña, yo hilo espejos,/Fiel a mi imagen…”

Cada palabra del texto amortaja la voluntad de mi ánimo al asombro, cada letra vale por sí misma una revelación que no alcanzo a comprender… No alcanzo a explicarme cómo es que justamente citan un texto de Sylvia Plath, quien ha estado constantemente en mi pensamiento, desde hace varios días. Repentinamente me invade una única certeza: Debo salir cuanto antes del bar, buscar la intemperie, salir al amparo del cielo, ya tan plagado de nocturnidad como de nubes. Trato de disimular mis inquietudes y busco ganar tiempo con:

-Estaría bien que los dos nos expliquen sus puntos de vista basándose directamente en el texto. Así va a ser más fácil entenderlos y llegar a algo.

Sé que de este modo se van a agarrar de los pelos durante largo rato. Mientras yo busco la manera de escabullirme y retirarme sin que me presten demasiada atención. Cosa que hago rápidamente. Me causa cierta gracia verlos desde la puerta; allí los cuatro, indicando sus pareceres señalando el viejo libro sobre el poema “Mujer sin Hijos” de aquella poeta, triste y paranoica hasta su misma muerte. Mis amigos le dan igual importancia a mi saludo de despedida que al de bienvenida. Mejor así.

El viento de la calle cercena cicatrices en mis mejillas, se contornean en mi memoria los versos de la poetisa. Casi no puedo creer que estuvieran hablando de ella. Es extraño, precisamente tenía reparos en acudir a esa reunión por tener mi pensamiento fijo en ella; y justo cuando allí hablan, inesperada e impensadamente, sobre ella… recibo la impresión de abandonar el lugar, de salir hacia la noche para que me trague la espesura nocturna. Marcho casi deambulando, aprieto en mi bolsillo el papel del mail de Stevenson. Recuerdo que me llamó la atención lo que decía acerca de Ted Hughes, el esposo de la fallecida Plath; mencionaba algo como:

“…Vea usted, estimado amigo, sus intuiciones eran ciento por ciento acertadas. El tipo era repulsivo, un verdadero H… de P… (sic); no sólo, en cierta forma, por su responsabilidad hemos perdido a esa extraordinaria poetisa que tuvo la desgracia de tenerlo por marido; sino que su amante, quien fue cómplice en la trama de sucesos que llevaron a Sylvia hasta el suicidio… también acabó por decisión propia con su vida. Y para colmo lo hizo suicidándose con gas, igual y del mismo modo que Sylvia. Al menos el desgraciado tuvo que pasar dos veces por lo mismo.”

No hay pensamiento fijo que dirija el curso de mis pasos; debo haber pasado no menos de tres veces por frente de la puerta de mi casa. La lluvia sigue amagando pero no se anima a caer, acaso alguna que otra gota fugitiva viene a darme en la cara, pero no me basta. Tomo asiento en una plaza cualquiera y siento que no abandonaré el banco hasta que la lluvia me empape, hasta que el otoño diga presente de manera inequívoca, definitiva. Hago memoria, me esfuerzo y repito en voz alta el fragmento del poema que mis amigos discutían en el bar. Vibra en el aire todavía la última silaba, el eco de mi última letra articulada, cuando noto, exactamente frente a mí, como si siempre hubiera estado allí, parada delante de mí: una mujer joven, de facciones delicadas, cabello por el hombro… sus ojos… sus ojos causan mareo, me mira y siento que algo me ha capturado, pero no puedo explicar cómo ni porqué. La mujer me obsequia una sonrisa que – lo sé – ya no podré desterrar de mi pensamiento, y con un indecible gesto de seguridad completa el resto del poema con una musicalidad inasible en su voz, lo hace en un inglés puro, castizo como no oí, y sé que no oiré, nunca:

-“… Fiel a mi imagen,// Profiriendo únicamente sangre-/ ¡Pruébala, rojo oscuro!/ Y mi selva// Mi funeral,/ y esta colina y este/ Resplandecer con bocas de cadáveres.”

Me quedo pasmado, absorto. Conozco la respuesta de la pregunta que voy a hacerle… igualmente se la hago, lo imposible siempre debe constatarse.

-¿Sylvia Plath?

-Así es. – Me contesta en el mismo correctísimo inglés de antes – ¿Por qué te asombra tanto este encuentro, cuando no has cesado de llamarme?

La confirmación de lo que no ignoraba, logra aturdirme bastante, mil pensamientos se apresuran a formarse en mi mente, pero ninguno primerea al resto, cuando creo que voy a poder preguntarle algo noto que varios tipos con ropas de enfermeros nos han rodeado. Antes de que llegue a alarmarme, uno de ellos cree tranquilizarme diciéndome que no me asuste, que la chica no es peligrosa. Sus compañeros la alcanzan y distingo cuando la inyectan. Ella no deja de mirarme, casi con un poco de tristeza, con algo de conmiseración, como lamentándose de mi suerte despreocupada de la suya. Antes de que la suban a la ambulancia alcanza a decirme:

-Tus amigos se equivocan, no es una antífrasis. Para tener el valor de meter mi cabeza en el horno debí creer, incontrovertiblemente, que era una mujer sin hijos… una madre sin hijos. No te olvides, no importa lo que te digan, no importa lo que creas luego; sino lo que en esta noche he sido para tus ojos.

La meten en la ambulancia. Me sorprende descubrir que estas últimas frases me las refirió en castellano, no en el inglés perfecto que le había escuchado antes. Trato de buscar su mirada clara tras las cortinas de la ambulancia que todavía no parte. No lo consigo. Soy débil, casi tengo vergüenza de mi incredulidad cuando me dirijo a uno de los médicos para preguntarle:

-Disculpe… ¿La chica se llama Sylvia?

-No, – me asegura el hombre, casi asombrado de mi interés en la paciente- ¿Ella le dijo que se llamaba así? Es muy raro. Casi no habla, nos sorprendió mucho que lo hiciera con usted. Se llama Analía. Analía Devon. Es una interna del Moyano: se escapó esta mañana y desde entonces la andábamos buscando. No es peligrosa para nadie, excepto para ella… trató de suicidarse de casi todas las formas posibles… es extraño que no lo haya intentado en todas estas horas que estuvo libre, muy extraño.

-Siento que tengo un muestrario enorme de preguntas que quiero hacerle, pero el valor me traiciona, el ánimo flaquea y tomo asiento en el mismo banco en el cual estaba cuando la mujer capturó mis ojos. Escucho que antes de subir a su vehículo el tipo me dice que no me preocupe, que la chica va a estar bien.

Me quedo largo rato sentado cuando la ambulancia ya ha partido. Sé que espero en vano; y ya no estoy esperando la lluvia cuando repentinamente empieza a llover sobre mí y sobre Baires. Despacio primero, con gotas tímidas, miedosas. Después es diluvio, portentoso, implacable. Me esfuerzo, trato de buscar en el viento tormentoso esas sonrisas que creí escuchar antes de llegar al bar. Pero solamente escucho el sonido de la lluvia, y los truenos; que inauguran, por fin, la melancolía de la estación tan retrasada, tan impuntual, perezosa.

Mañana pediré licencia en el trabajo para visitarla en el Hospital psiquiátrico. Mañana me enteraré que los enfermeros se descuidaron y que ella consiguió eludirlos para arrojarse de la ambulancia en plena marcha. Me enteraré que lograron llevarla viva hasta la guardia de otro hospital. Pero que allí no pudieron salvarla. Poco después me enteraré que apenas había cumplido treinta años, que nunca se había casado, que jamás aprendió a hablar el inglés, que nunca tuvo hijos… Pero eso será mañana.

Hoy todavía es esta noche. Noche en la cual tuve la extraña y melancólica dicha de que se me concedan dos, de esos deseos que nunca deberían desearse.