Las Cosas Que Perdemos Para Siempre

Fue una tarde, fue en esta misma ciudad; fue un crepúsculo frío de otoño o de invierno. Al cabo, la estación importa poco, el crepúsculo que vendría sería más largo, y su noche más definitiva. Borges se sentó tras el escritorio y miró fijamente los libros en los estantes de su biblioteca, la biblioteca de su padre, la biblioteca de Leonor, su madre.

Hacía unas horas el oftalmólogo le había diagnosticado que sus problemas de visión empeorarían, que el proceso era irreversible, que al igual que antes su padre, la ceguera tenía con él una cita impostergable que no demoraría mucho en cumplir.

Miró el canto de los libros, la débil luz de la tarde que entraba por las ventanas y cuya debilidad ya no sabía si atribuir a la misma luz o a la incapacidad creciente de su vista, calculó someramente la cantidad de libros que allí habría, hizo otro cálculo para darse una idea de cuántos de ellos había leído y pensó para sí: “Entre estos mismos libros que ahora estoy viendo, hay muchos que no he leído, hay muchos que ya no leeré, hay muchos que quisiera volver a leer y cuyas hojas jamás volveré a abrir. Cuántas, cuántas son las cosas que cada día perdemos para siempre, sin siquiera notarlo”.

La ficción me permite pensar que eso fue, palabras más, palabras menos, lo que Borges pensó. De hecho, después reflejaría con palabras infinitamente más justas y precisas que las mías el hecho que aquí acabo de narrar y esa sensación de pérdida irreparable y definitiva, las cosas que un día notamos hemos perdido para siempre.

Es difícil determinar con exactitud qué cosas son verdaderamente cosas (objetos) y qué cosas tienen relación con alguien que perdimos para siempre. Como caso, citaré la voz de alguien que he perdido para siempre; la voz de mi abuelo. Sé que no volveré a escuchar una voz así, con ese timbre de caricia que tenía, con esa especie de tono de añoranza y alegría entremezclados que sólo a él se lo escuché al contarme sus aventuras de marinero en los mares de la Europa de entreguerras. De cómo podía ver desde su puesto de guardia en el crucero Ara Mariano Moreno, cómo el Ara General Belgrano quedaba todo cuan largo era, de punta entre las olas de una tormenta del Atlántico. El mismo barco que después sería hundido en la guerra de Malvinas. Entre las cosas que he perdido para siempre cuento la voz de mi abuelo Manuel, la voz que me hizo amar tanto las historias que nunca volvería a despegarme de ellas. Me doy cuenta ahora que quizá cuento historias, solamente, para recuperar algo de esa voz.

Es difícil pensar en mi abuelo sin recordar a mi abuela. Sin embargo, quizá porque la tuve menos tiempo, la recuerdo mucho menos. Pero recuerdo algo de ella que creo haber perdido para siempre, sus scones. Los scones de la abuela Ninfa eran una de las muchas exquisiteces con las que fui criado en mi infancia. Pero del tiramisú como sólo ella lo hacía, o de la Pasta Frola como sólo ella la hacía, o de la Torta de Chocolate como sólo ella la hacía; se copiaron las recetas como un tesoro de familia que llegó hasta mis hijas. Entonces ellas hacen hoy día esas delicias exactamente igual a como solamente ella las hacía. Ignoro cuál fue la maldita causa por la que nadie se preocupó de copiar la receta de los scones como solamente ella los hacía. Han pasado más de 38 años desde la desgraciada tarde que perdí a mi abuela. Desde entonces, cada vez que paso por una panadería, cada vez que he tenido una novia, o un amigo, que se jactaba de los scones de su mamá, o de su tía, o de su abuela; he ido presuroso a probarlos para saber si aquel sabor, aquel gusto, eran comparables a los scones de mi abuela Ninfa, y siempre, invariablemente, me he decepcionado. No se me escapa que la memoria tiene mucho de traidora y mentirosa; tanto de eso como de empecinada y fiel. Quizá mi memoria nunca acepte que otro scon pueda ser similar, parecido, o incluso aún más rico que el que mi abuela hacía. Pero esa es una discusión estéril, para mi y mi memoria los scones de mi abuela Ninfa están en la lista de las cosas que he perdido para siempre.

Podrá acusárseme de que siguen siendo cosas demasiado personales, que tienen todavía una relación estrecha a personas que he amado y perdido, y que por eso mismo no deberían contar como “cosas”, sino como objetos referenciales que actúan de asteriscos para referir a personas que se amó y que ya no están. No estoy del todo seguro, pero ante la duda trataré de citar cosas que he perdido para siempre que no tengan relación a un ser querido que ya se haya tragado el tiempo.

Hay muchas cosas que he perdido para siempre: jugar a las escondidas con los chicos del barrio en las siestas del verano; el sabor de los chocolates Aero, inigualados desde entonces por cientos de sus herederos modernos. Los trunkitos que compraba en los recreos del colegio. Las flores esas que llamábamos chumpitos de cuyo estambre comíamos algo que nosotros mentábamos más rico que la miel, y que íbamos a buscar -como intrusos- en unas estancias privadas que ahora son Countrys privados. Las luciérnagas que llenaban las tardes de primavera de Don Torcuato y que podíamos agarrar con la mano y guardar en frascos vacíos de mermelada. Hace años que ya no se ven luciérnagas en Buenos Aires y ni siquiera cerca; Bichitos de Luz los llamábamos. Tal vez las encuentre en los pueblos del interior, pero no serán esas, las de las noches de Don Torcuato que guardábamos en frascos de mermeladas ya no están más, las perdí para siempre. Esa remera con arabescos, esa guitarra que afinó la mano de mi abuelo, esos pantalones que cocieron las manos de mi madre que, como sus manos, ya no están ni volverán a estar nunca. Son todas cosas que he perdido para siempre. Y hay tantas otras, tantas que ni siquiera recuerdo, tantas que incluso ignoro haberlas perdido; si hasta parecen infinitas las cosas que he perdido para siempre. Pero contaré ahora la historia de una cosa que tuve y que perdí por mi mismo.

Tendría siete u ocho años, en mi país gobernaban los militares como casi en todo el resto de Latinoamérica porque, según parece, los setenta eran un tiempo en que la democracia occidental estaba mejor defendida por gobiernos dictatoriales que por los que elegía el pueblo. Ironías de la historia aparte, el caso es que entonces se editaban unas figuritas que se llamaban “Siglo XX”. Eran pequeñas láminas con escenas destacadas de los hechos históricos del siglo que entonces estaba en vigencia. Así las había del hundimiento del Titanic, de la llegada del hombre a la Luna, de la batalla de Verdún, del descubrimiento de la vacuna Sabín y vaya a saber cuántos más. Las figuritas venían individuales o en escenas que eran conformadas por dos, tres, y hasta cuatro figuritas que completaban una escena importante del siglo XX. Todas eran dibujos, ninguna era foto, se ve que los que sacaron la colección de figus consideraron más económico pagar a dibujantes que pagar royalties por el Copyright de las fotos. El caso es que mientras iba armando el álbum, compré un sobre en el que venía la figurita 68, la cual era una de dos figuritas que conformaba la escena de la batalla de Stalingrado. casi recuerdo de memoria el epígrafe que figuraba abajo en el álbum: “Batalla de Stalingrado: 1942, el VI ejercito alemán es cercado y derrotado por los rusos y la historia de la guerra cambia”. Yo ya tenía pegada en el álbum la figurita 67 que conformaba la mitad de la escena: soldados alemanes (los chicos que amábamos la historia sabíamos que eran soldados alemanes por el casco característico, el uniforme, y las granadas alemanas que parecían una lata de tomates con el cabo de un palo que permitía arrojarlas) que se acurrucaban tiritando de frío en la nieve. ese día compré el sobre en el cual vino la figurita que completaba el cuadro. Estaba feliz, la coloqué al lado de la que ya estaba pegada en el álbum y me admiré de la escena. Antes de poder ponerle el adhesivo (las figus autoadhesivas aún no existían) para pegarla, escucho una voz a mi lado que me dijo, mitad en éxtasis, mitad en ruego: “¡La figu 68 de la batalla de Stalingrado, qué culo!”. Walter, un compañero de banco al otro lado del pasillo, que también las coleccionaba, era el autor del grito. Como era costumbre de aquel entonces, y supongo que todavía de ahora, el muchacho me propuso un canje. Era evidente que la necesitaba, el tenía el álbum más completo que yo y era lógico que se esforzara por obtener las pocas que le faltaban para completar el álbum. Noté que yo poseía algo que él quería y que podía regatear. Cuando me pidió el canje le dije “Te la cambio por veinte figus”. El muchacho me miró serio y sacó de su bolsillo un pilón en el que, grosso modo, tendría 100 a 120 figuritas. “Si me la das, te doy todas estas”. Cometí el error (o acierto) que luego me perseguiría el resto de mi vida cuando algo me emocionaba mucho: Ni lo pensé y acepté el canje. De las exactamente 106 figuritas que había en el pilón, sólo 17 me sirvieron porque yo no las tenía. El resto yo ya las tenía e incluso entre las otras había algunas que estaban repetidas dos, tres y hasta cuatro veces. A cambio (yo no lo sabía entonces) yo le había entregado a él la figurita 68 de aquella colección, la que era llamada “la figurita difícil”. Un mes después, mi álbum de figuritas estaba completo, a excepción de la figurita 68, la figurita que completaba la batalla de Stalingrado. Durante dos meses más seguí comprando (pese a la queja de mis padres que se negaban a seguir gastando en sobres inservibles) paquetes de figuritas “Siglo XX” con la esperanza de que la bendita figurita difícil volviera a las manos que ya la habían tenido y dejado ir. Pero no pasó; la figurita 68 pasó a formar parte de las cosas que perdí para siempre.

Sé que hay más de una moraleja en la historia de la figurita 68 y el modo en que la perdí. Les dejo a ustedes la tarea de elaborarla, este es un relato que pretende enumerar pérdidas; no justificarlas o argumentarlas.

Pero narré la historia de la figurita a propósito. Para incluir casi un item nuevo en las cosas que perdimos para siempre: las cosas que pudieron ser nuestras y que perdimos para siempre.

El lector puntilloso me señalará que no podemos perder algo que nunca hemos tenido, yo no estaría tan seguro. Pero quizá mi opinión no cuente mucho, la puntillosidad no es una de las cosas que se de en abundancia en mi ánimo.

Empezamos estas disquisiciones citando a Borges. El genial ciego decía que los ánimos magnánimos no se conforman con vivir los recuerdos de una sola existencia humana. Tengo para mí que por cada puerta que abrimos cerramos infinitas y que muchas de esas puertas las cerramos sin siquiera saber que las estamos cerrando. Qué palabra, qué estupidez dicha nos hayan privado quizá de vivir el amor más profundo e intenso que a nuestra vida correspondía. El hubiera no existe dirán casi todos, y puede que no me atreva discutirlo. Pero cuántas veces estuvimos frente a una puerta, miramos el camino que seguía, contemplamos los paisajes, pensamos para nosotros mismos en nuestra vida allí, tras esa puerta, bajo ese cielo, para finalmente retroceder, cerrar la puerta e ir en busca de otro picaporte cuya apertura nos puso solamente ante la antesala de un abismo. “La memoria no tiene caminos de regreso” decía García Márquez; pero… ¿no sería lo que imaginamos sin concretar otras de esas cosas que perdemos para siempre?

Hace escasas semanas murió un colega al que conocía hace más veinte años. Un cáncer fulminante hizo de una neumonía un punto final. Nuestros hijos casi se criaron juntos, compartimos decenas de actividades juntos. Por esas cosas de la vida moderna nunca lo llamé como amigo aunque compartimos cosas más intensas y profundas que las que he compartido con otros hombres a los que sí llamo amigos. Nunca supe cuánto me gustaba charlar con él hasta ahora que ya no está. No fue hace tanto tiempo, aún recuerdo la última vez que hablamos sin que ninguno de los dos supiera que sería la última, aún recuerdo su afectuoso abrazo y el saludo para mis hijas que nunca faltaba. Y esa vez hubo algo más. Me dijo: “Por suerte los albañiles ya terminaron las reformas, gasté un dineral. Estas vacaciones de invierno quiero que vengas con las chicas; nada especial, pasar la tarde, tomamos unos mates ¿Si?, Nunca lo hicimos y es algo que nos debemos, che”.

Es algo que ahora nos debemos para siempre. Esa tarde, esa de la que él habló… ¿Existe o no existe? Vivimos perdiendo cosas. Algunas de esas cosas no las tendremos más, algunas de ellas ni siquiera tendremos la percepción de haberlas perdido, nunca sabremos cuándo ha sido la última vez que vimos ese rostro, la última vez que escuchamos aquella voz, la última tarde que compartimos unos mates con un amigo al que nunca llamamos amigo. Una tarde que ni siquiera existió pero se hizo eterna por el sólo hecho de haber sido postulada. Estoy seguro, lo sé, en todas estas palabras que acabo de escribir, hay por lo menos una que nunca más volveré a escribir. No puedo saber cuál es, pero qué importa, uno de ustedes, uno de los que está leyendo ahora mismo, ha perdido algo mucho más importante que una palabra que no volverá a escribir en un texto sobre cosas que perdemos para siempre; y lo curioso es que ni siquiera lo sabe.

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