Saber y Sentir

Se sorprendió; el pronosticador de la Televisión era el de siempre pero la voz se le antojó otra: “Futuro gris plomizo, un frente frío asolará sábanas, un montón de días iguales los unos a los otros traerán igual cantidad de noches solitarias y vacías”.

Fue un instante, apenas. La voz del periodista que daba el pronóstico del tiempo volvió a ser la misma, pero ella no. Nadie que reparara en las bronceadas curvas de su firme cuerpo sospecharía que ese día cumplía cuarenta y dos.  La inversión en cremas, gimnasio tres veces por semana, tratamientos y cirugías inconfesables había dado buen resultado, nadie arriesgaba a suponer que Graciela tuviera un poco más de treinta.

Profesional; había hecho un máster en calidad cuando pocos sabían de qué la iba tal cosa. Con el auge de las certificaciones ISO en los noventa hizo su reputación y su fortuna. Hoy día más de ocho consultoras internacionales apelan a sus servicios y sus contactos con las certificadoras. En Sudamérica no hay más que tres o cuatro profesionales de la categoría de Graciela en su área.

Alta, elegante, andar empalagoso, largo cabello castaño arrepentido hasta el rubio ceniza de la tintura más costosa. Probablemente no sea hermosa, pero siempre se sintió hermosa y así es como siempre la percibieron los hombres. Hubo muchos hombres en su vida pero bastante poco romance y amor menos todavía.

Nunca se preocupó de esas carencias, el trabajo y una sexualidad plena y libre, se dijo siempre, eran preferibles a las ambivalencias y dolores de afrontar una pasión o la pesada carga de sobrellevar una familia. Nunca se soñó esposa y mucho menos madre.

Vive sola, claro, un amplio y luminoso departamento en Barrio Norte que fue amueblando con estilo y sórdidos encuentros nocturnos. Graciela siempre creyó que se deshacía de los hombres que pasaban por su cama. La verdad es que ellos tampoco hubieran vuelto.

La prioridad para repartir su tiempo era la siguiente: Trabajo, sexo ocasional y su adicción a la tecnología. Este último vicio, y una inagotable capacidad suya de acumular conocimientos, le sumaron a su personalidad una intelectualidad tan atractiva como estimulante. Pocos, muy pocos hombres podían seguirle el ritmo a su virtuosa verba. La mayoría desertaban del diálogo y ella sabía que ese era el momento de la sexualidad libre, del sórdido deseo de la carne, de las sábanas y de la subsiguiente soledad.

Una sola vez cree haber amado, pero no puede estar segura. Ella todavía no había terminado su maestría, todavía no había coleccionado sus éxitos profesionales, todavía no había reunido esa enorme chorrera de conocimientos que no le sirven para dialogar con nadie; es decir, no puede estar segura de haber amado porque si realmente amó, no era esto que es ahora.

Diego se llamaba aquel muchacho. Graciela mira la hora en el noticiero del televisor. Está retrasada, aunque nadie le pedirá cuentas por ello.

Hoy Graciela cumple 42 años, nadie que la conozca lo sabe y todos se sorprenderían si lo supieran. Hace unos años ubicó a Diego vía Facebook. Se aceptaron mutuamente y así Graciela vió las fotos de un Diego semi calvo, de su bonita esposa y de sus dos preciosos hijos: una nena que entonces tendría unos cinco años y el varoncito bebé que tenía los ojos del color de los de Diego.

La voz que escuchó es un límite. La suya propia. Una frontera que, lo presiente claramente, le indican que ya no puede seguir siendo lo que hasta ahora ha sido. Que, por mucho que se finja autosuficiente, libre y satisfecha, no es más que eso, una ficción donde oculta una verdad mucho más simple.

Graciela está sola. Pero lo triste es que no se siente sola, se sabe sola.

Y nadie cambia lo que sabe si carece de la capacidad para sentirlo.

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