Que el otoño me desmienta.

El cielo suele dejarme mensajes ambiguos. Esto de amagarme con lluvia durante tantos días no me hace la maldita gracia. Recorro Baires con algo de tristeza a cuestas; un vendedor ambulante hace volar folletos en las calles, el viento sacude los jacarandaes hasta dejar un reguero de pétalos malvas sobre las veredas avainilladas. Más allá lo mismo, pero con un ceibo, en este caso los pétalos parecen sangrientas gotas que manchan también al asfalto; algunos gorriones espabilan sus alas sobre las rejas herrumbradas de los balcones viejos. Todo lo que veo parece un estallido de belleza. Es Abril; y el calor todavía le da pelea al otoño, a pesar del viento y de las nubes que cobijan a la ciudad del Plata.

Apresuro el paso. Les dije que pasaría a saludar, al menos. Antes siempre nos juntábamos con esos pseudos amigos, pseudos colegas que se prestan a los debates sobre Macaneos filosófico metafísicos, pero últimamente padezco más en esas reuniones de lo que las disfruto.

Quisiera sentarme en una plaza, o en un café, pero solo. Me gustaría leer la impresión del mail que en la mañana recibí desde Londres. Gracias a una amiga que vive allí, conseguí contactarme con una vieja poetisa inglesa, Anne Stevenson, su nombre. Ella conoció a mi admirada Sylvia Plath, eran amigas, colegas. También conoció a Ted Hughes, esposo de Plath. Me aproveché de este contacto para indagar algunas cosas que me tenían intrigado respecto a Plath, y también de Hughes. Aún no pude repasar y traducir, como hubiera querido, las cosas que me cuenta.

Ya es tarde, ya estarán reunidos; sigo acelerando el paso, transpiro. Pienso en sacarme el saco pero temo que se caiga el mensaje impreso que llevo en uno de sus bolsillos. Transpiro más; el verano se ha empecinado en quedarse en la ciudad, el otoño apenas se adivina en alguna que otra hoja marchita, desplomada. Creo advertir que una mirada me persigue, pero mis ojos no la encuentran, es extraño. La sensación se repite varias veces. En cada una siento que interceptaré esos ojos, pero no. Ignoro cómo es que acude a mi pensamiento el recuerdo de un comentario que alguna vez me hiciera un amigo: Él me explicó – no alcanzo a recordar con precisión a cuento de qué fue aquella charla- que todas las personas tenemos un punto ciego en el campo de nuestra visión. Es mucho más científica que lo que mi pobre vocabulario y conocimientos sobre el tema podrían explicar; pero a grandes rasgos mi amigo sostenía que los nervios que captan las formas para llevarlas hasta el cerebro, tienen un sitio donde no alcanzan a captar la imagen. De acuerdo con esto, el cerebro, en lugar de mostrar en nuestro campo visual una mancha, o un borrón; lo que hace es rellenar ese faltante con una supuesta imagen lógica que completa el resto general de nuestra visión como un todo acabado. Bien, tengo la constante impresión que en ese punto ciego que mis ojos no alcanzan fisiológicamente a elucidar, se esconde una mirada incógnita que parece burlarse de la interdicción que mis retinas pretenden hacer de ella. Si hasta creo imaginar como una risa queda, casi musical, que resuena en mis oídos cada vez que mi mirada se debate en vano sobre la perspectiva tangible de las calles.

Sobre el fondo del horizonte nuboso, los edificios parecen arrojarse suicidas en la oscuridad del Plata que, despaciosamente, empieza a confundirse con las primeras sombras nocturnas. Noto que al pasar sobre mi mente la palabra “suicidas” las risas musicales que acompañan el derrotero de mis embaucados ojos, se silencian, se opacan, se apagan. Entonces repito en voz alta la palabra “suicidas” y una ráfaga repentina de viento sacude las ramas arbóreas hasta amputarles hojas que van a besar irisados arcos de aceite sobre el asfalto. Estoy casi a punto de repetir la palabra cuando advierto que mi caminata llegó a su fin; el bar donde nos reunimos con hábito está frente a mí. Desde donde estoy puedo ver claramente a mis amigos debatiendo, en apariencia, airadamente, vaya a imaginarse uno sobre qué. Un instante antes de entrar siento que el aire ha cambiado… es increíble que el aire se haya tornado tan repentinamente frío de un momento hacia el otro. Interiormente me alegro, sólo yo sé con cuánto anhelo espero cada frío, cada invierno. Trato de adivinar alguna risa más oculta entre la brisa, pero no. Apenas una especie de llanto parece encenderse junto a las mercúricas luces que inoculan luz a la incipiente oscuridad de Bs. As. No tengo tiempo de reafirmar esta última impresión, ya estoy dentro del bar. Le Blanc y Sartori discuten animosamente:

-¿Antífrasis!, – vocifera Le Blanc – es decir algo diametralmente opuesto a lo literalmente escrito.

-¡Diametralmente!, ¡Diametralmente!; no sabía que ahora estábamos hablando de geometría. – Contesta socarronamente Sartori.

No es el tipo de charla que suele escucharse en los bares porteños, los más jóvenes nos definirían como verdaderos nerds, y puede que sí, puede que un crítico literario, un lingüista, un periodista y un heleno inmortal que combatió en la guerra de Troya seamos los miembros de la mesa de café más nerd de todas cuantas haya en Buenos Aires.

Lo cierto es que suele congregarnos con esmero el macaneo filosófico; y parece que en esta oportunidad entraban en esa curiosa clasifica las figuras retóricas y dialécticas. Me quedo meditando la frase de Le Blanc; se me ocurre que para el punto en cuestión deberían considerarse los contextos. Noto repentinamente que mis contertulios me observan sentado a la mesa como si hubiese arrancado la charla desde el principio, como si esperaran una acotación mía sobre el tema de la charla. No se inquietan por saludarme, difícilmente interrumpan una discusión tan profundamente superficial e interesante, para ellos, en una nimiedad como el saludo. Les salgo al cruce ironizando con:

-No los quiero ofender; pero la verdad es que estaba tan interesante la charla que no me tomé el trabajo de saludar siquiera.

Mi indirecto reproche no los inquieta demasiado, la mayoría opta por un asentimiento de cabeza a modo de saludo y prosiguen su diatriba con mayor ahínco, con mayor volumen, con extraña exaltación. Hay algo en mi ánimo que no me deja concentrarme en la charla, algo que me sumerge en una melancolía tan desconocida como al mismo tiempo encantadora… Una especie de certeza que me avisa sobre el acontecimiento de algo inusual, de un prodigio. Me abstraigo de la conversación y clavo mi vista en la vidriera, miro hacia fuera entre la humedad que empieza a opacar los cristales con su condensación; aún así distingo que la lluvia parece próxima, que las cabezas de los transeúntes simulan jugar a escaparse de mis ojos para ser tragadas por la boca del subte, que se las devora y no las devuelve… Se encienden luces ante la oscurecida tarde; el viento frío y repentino sopla desde el río y contamina con podredumbre el aire que la presión de la atmósfera empieza a apisonar sobre la ciudad. La húmeda caricia del asfalto me nombra, me busca casi a los gritos; el cristal ya está muy empañado, paso el revés de mi mano sobre la ceguera del vidrio y trato de adivinar la acera al otro lado de la vidriera. Noto que desde hace algunos segundos mis compañeros han seguido, intrigados, cada uno de mis movimientos; miran hacia fuera en busca de interceptar la dirección que mis ojos señalan. Cuando descubren que no hay nada específico que mirar, me interrogan en silencio, sólo con sus inquisidoras miradas.

-Nada, – les digo – no estoy mirando nada, sólo chusmeaba la calle.

Hay en sus ojos –en todos- como una especie de velada amenaza, una especie de “Más vale que te prendas en la charla antes de que te saquemos a patadas de la mesa”. Ignoro si esa amenaza que imagino existe en la realidad de sus intenciones, pero me siento en la obligación de participar, para no ser considerado descortés o desinteresado. Amago salir del paso dirigiéndome a Le Blanc con algo como:

-¿Vos querés decir que mediante una antífrasis se puede enunciar algo cuyo sentido es opuesto al sentido literal de lo escrito?

-Tal cual –Interviene Aizpiazú- en lo que no llegamos a ponernos de acuerdo es en lo siguiente: Le Blanc sostiene que para la existencia de una antífrasis, sólo basta la intencionalidad, mientras que el gringo Sartori discrepa. Dado que, según él, la antífrasis debe estar sustentada en la composición fáctica del texto, ya que sobre la intencionalidad pueden hallarse tantas conjeturas como lectores se encuentren con el texto.

Me quedo mirando al vasco Aizpiazú asombrado de su verba rimbombante y pomposa, menos de un segundo después noto que en la mesa todos lo miran en silencio y con la misma extrañeza; hasta que el chueco Vicente suelta una media risita sarcástica y le tira:

-Si. Eso, “la composición fálica del sexo”, está clarito.

Lo cual provoca la carcajada general y la altisonante defensa de Aizpiazú, quien tapado por las risas alcanza a decir:

-¡No sean boludos, con ustedes no se puede hablar en serio, son todos una manga de ignorantes que lo único que saben es hablar de fútbol y minitas!

Reproche que parece obrar convincentemente, porque en breves instantes retomamos la discusión sobre el uso adecuado de la antífrasis. Extrañado de que mis compañeros de tragos lleguen a tales niveles de disertación es que les pregunto:

-Imagino que todo este despelote es por que estuvieron leyendo algo ¿no? Si tratamos directamente con el texto lo vamos a ver más sencillo.

Entonces Vicente saca un libro bastante viejo y maltratado y se pone a leer el fragmento en cuestión… sorprendiéndome como si me acertara con un puñetazo a la mandíbula:

-Es un fragmento de una poeta yanqui, vos que siempre andás con los libros la debés conocer, creo que hasta alguna vez me la mencionaste. Sylvia Plath se llama, una que se hizo mierda sola; la parte que discutimos dice así: “…Mi paisaje es una mano sin líneas,/Los caminos atados en un nudo,/yo misma el nudo,//…Divino como el alarido de un niño/ Como la araña, yo hilo espejos,/Fiel a mi imagen…”

Cada palabra del texto amortaja la voluntad de mi ánimo al asombro, cada letra vale por sí misma una revelación que no alcanzo a comprender… No alcanzo a explicarme cómo es que justamente citan un texto de Sylvia Plath, quien ha estado constantemente en mi pensamiento, desde hace varios días. Repentinamente me invade una única certeza: Debo salir cuanto antes del bar, buscar la intemperie, salir al amparo del cielo, ya tan plagado de nocturnidad como de nubes. Trato de disimular mis inquietudes y busco ganar tiempo con:

-Estaría bien que los dos nos expliquen sus puntos de vista basándose directamente en el texto. Así va a ser más fácil entenderlos y llegar a algo.

Sé que de este modo se van a agarrar de los pelos durante largo rato. Mientras yo busco la manera de escabullirme y retirarme sin que me presten demasiada atención. Cosa que hago rápidamente. Me causa cierta gracia verlos desde la puerta; allí los cuatro, indicando sus pareceres señalando el viejo libro sobre el poema “Mujer sin Hijos” de aquella poeta, triste y paranoica hasta su misma muerte. Mis amigos le dan igual importancia a mi saludo de despedida que al de bienvenida. Mejor así.

El viento de la calle cercena cicatrices en mis mejillas, se contornean en mi memoria los versos de la poetisa. Casi no puedo creer que estuvieran hablando de ella. Es extraño, precisamente tenía reparos en acudir a esa reunión por tener mi pensamiento fijo en ella; y justo cuando allí hablan, inesperada e impensadamente, sobre ella… recibo la impresión de abandonar el lugar, de salir hacia la noche para que me trague la espesura nocturna. Marcho casi deambulando, aprieto en mi bolsillo el papel del mail de Stevenson. Recuerdo que me llamó la atención lo que decía acerca de Ted Hughes, el esposo de la fallecida Plath; mencionaba algo como:

“…Vea usted, estimado amigo, sus intuiciones eran ciento por ciento acertadas. El tipo era repulsivo, un verdadero H… de P… (sic); no sólo, en cierta forma, por su responsabilidad hemos perdido a esa extraordinaria poetisa que tuvo la desgracia de tenerlo por marido; sino que su amante, quien fue cómplice en la trama de sucesos que llevaron a Sylvia hasta el suicidio… también acabó por decisión propia con su vida. Y para colmo lo hizo suicidándose con gas, igual y del mismo modo que Sylvia. Al menos el desgraciado tuvo que pasar dos veces por lo mismo.”

No hay pensamiento fijo que dirija el curso de mis pasos; debo haber pasado no menos de tres veces por frente de la puerta de mi casa. La lluvia sigue amagando pero no se anima a caer, acaso alguna que otra gota fugitiva viene a darme en la cara, pero no me basta. Tomo asiento en una plaza cualquiera y siento que no abandonaré el banco hasta que la lluvia me empape, hasta que el otoño diga presente de manera inequívoca, definitiva. Hago memoria, me esfuerzo y repito en voz alta el fragmento del poema que mis amigos discutían en el bar. Vibra en el aire todavía la última silaba, el eco de mi última letra articulada, cuando noto, exactamente frente a mí, como si siempre hubiera estado allí, parada delante de mí: una mujer joven, de facciones delicadas, cabello por el hombro… sus ojos… sus ojos causan mareo, me mira y siento que algo me ha capturado, pero no puedo explicar cómo ni porqué. La mujer me obsequia una sonrisa que – lo sé – ya no podré desterrar de mi pensamiento, y con un indecible gesto de seguridad completa el resto del poema con una musicalidad inasible en su voz, lo hace en un inglés puro, castizo como no oí, y sé que no oiré, nunca:

-“… Fiel a mi imagen,// Profiriendo únicamente sangre-/ ¡Pruébala, rojo oscuro!/ Y mi selva// Mi funeral,/ y esta colina y este/ Resplandecer con bocas de cadáveres.”

Me quedo pasmado, absorto. Conozco la respuesta de la pregunta que voy a hacerle… igualmente se la hago, lo imposible siempre debe constatarse.

-¿Sylvia Plath?

-Así es. – Me contesta en el mismo correctísimo inglés de antes – ¿Por qué te asombra tanto este encuentro, cuando no has cesado de llamarme?

La confirmación de lo que no ignoraba, logra aturdirme bastante, mil pensamientos se apresuran a formarse en mi mente, pero ninguno primerea al resto, cuando creo que voy a poder preguntarle algo noto que varios tipos con ropas de enfermeros nos han rodeado. Antes de que llegue a alarmarme, uno de ellos cree tranquilizarme diciéndome que no me asuste, que la chica no es peligrosa. Sus compañeros la alcanzan y distingo cuando la inyectan. Ella no deja de mirarme, casi con un poco de tristeza, con algo de conmiseración, como lamentándose de mi suerte despreocupada de la suya. Antes de que la suban a la ambulancia alcanza a decirme:

-Tus amigos se equivocan, no es una antífrasis. Para tener el valor de meter mi cabeza en el horno debí creer, incontrovertiblemente, que era una mujer sin hijos… una madre sin hijos. No te olvides, no importa lo que te digan, no importa lo que creas luego; sino lo que en esta noche he sido para tus ojos.

La meten en la ambulancia. Me sorprende descubrir que estas últimas frases me las refirió en castellano, no en el inglés perfecto que le había escuchado antes. Trato de buscar su mirada clara tras las cortinas de la ambulancia que todavía no parte. No lo consigo. Soy débil, casi tengo vergüenza de mi incredulidad cuando me dirijo a uno de los médicos para preguntarle:

-Disculpe… ¿La chica se llama Sylvia?

-No, – me asegura el hombre, casi asombrado de mi interés en la paciente- ¿Ella le dijo que se llamaba así? Es muy raro. Casi no habla, nos sorprendió mucho que lo hiciera con usted. Se llama Analía. Analía Devon. Es una interna del Moyano: se escapó esta mañana y desde entonces la andábamos buscando. No es peligrosa para nadie, excepto para ella… trató de suicidarse de casi todas las formas posibles… es extraño que no lo haya intentado en todas estas horas que estuvo libre, muy extraño.

-Siento que tengo un muestrario enorme de preguntas que quiero hacerle, pero el valor me traiciona, el ánimo flaquea y tomo asiento en el mismo banco en el cual estaba cuando la mujer capturó mis ojos. Escucho que antes de subir a su vehículo el tipo me dice que no me preocupe, que la chica va a estar bien.

Me quedo largo rato sentado cuando la ambulancia ya ha partido. Sé que espero en vano; y ya no estoy esperando la lluvia cuando repentinamente empieza a llover sobre mí y sobre Baires. Despacio primero, con gotas tímidas, miedosas. Después es diluvio, portentoso, implacable. Me esfuerzo, trato de buscar en el viento tormentoso esas sonrisas que creí escuchar antes de llegar al bar. Pero solamente escucho el sonido de la lluvia, y los truenos; que inauguran, por fin, la melancolía de la estación tan retrasada, tan impuntual, perezosa.

Mañana pediré licencia en el trabajo para visitarla en el Hospital psiquiátrico. Mañana me enteraré que los enfermeros se descuidaron y que ella consiguió eludirlos para arrojarse de la ambulancia en plena marcha. Me enteraré que lograron llevarla viva hasta la guardia de otro hospital. Pero que allí no pudieron salvarla. Poco después me enteraré que apenas había cumplido treinta años, que nunca se había casado, que jamás aprendió a hablar el inglés, que nunca tuvo hijos… Pero eso será mañana.

Hoy todavía es esta noche. Noche en la cual tuve la extraña y melancólica dicha de que se me concedan dos, de esos deseos que nunca deberían desearse.

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Almacenes de Barrio

Fue solamente hace unos días, no fue hace tanto; en el programa de radio que suelo escuchar entrevistaban a Adriana Varela y por una referencia a “El Viejo Almacén”, emblemático local del tango rioplatense, la charla derivó hacia los viejos almacenes de barrio. Fue raro, hacía rato que quería escribir un artículo aquí sobre ellos y me decía a mí mismo que no, que no era algo que tuviera la suficiente importancia o entidad para darle lugar en un texto. Esa charla, entonces, fue una especie de confirmación; supe que escribiría sobre los Almacenes de Barrio, o de mi barrio, o de mi infancia en mi barrio. Conforme lo fui escribiendo supe que escribiría sobre mucho más que eso.

El segundo almacén del cual guardo memoria es el de mi infancia en Don Torcuato, viví en esa casa americana con jardín y pino al frente desde los cuatro hasta los doce años. La casa del 185 de la calle Ingeniero Huergo. Es muy raro, esa calle se llama ahora Cochabamba, pero eso no es lo raro, lo raro es que hoy día le pusieron de nombre “Ingeniero Huergo” a la calle paralela de atrás. Entiéndase que si digo “atrás” me refiero a la que daba espaldas al frente donde apuntaba mi casa, nunca tuve la más remota idea de nociones espaciales del tipo Norte-Sur, o Este-Oeste. Pero la rareza consiste en eso, es una barbaridad, ¿no piensa la gente de catastro en los recuerdos de infancia de las otras personas? ¿Cómo le van a poner el mismo nombre a otra calle? ¡A una calle paralela, además! Es como si se metieran dentro de tu memoria a cambiarte de lugar un recuerdo que creías tener a resguardo. Al fin de cuentas, ese es un trabajo que uno hace por sí mismo. ¿No alcanzaba con cambiarle el nombre? ¿Tenían que darle el nombre de mi calle a otra calle en el mismo barrio? ¿¡La calle paralela, además!?

Ese segundo almacén del que tengo memoria, ese del cual ya empecé a contar, es el que se relaciona con esa casa, con ese barrio en el cual viví desde los cuatro a los doce años, casi mi completa infancia con uso de razón. No logro recordar si tenía nombre, imagino que sí, era común entonces que el nombre del almacén estuviera pintado sobre la entrada o sobre la vidriera, y no creo que ese almacén fuera una excepción, pero lo cierto es que si lo tenía o no, yo no logro recordarlo; para mí, como para mi familia, como para todos los chicos del barrio, ese era el “Almacén de Doña Yolanda”. Doña Yolanda era la dueña del almacén claro, la señora que lo atendía. También lo atendía “Don Juan”, el esposo de Doña Yolanda, pero nunca supe por qué todos se referían al almacén como de “Doña Yolanda” y no el almacén de “Don Juán”. No sólo nunca lo supe, ignoro si haya siquiera una explicación para tal potestad del género en este caso. Tanto Doña Yolanda como Don Juan eran personas mayores, o ancianos, eufemismos que me enseñaron a decir en lugar de “viejitos” porque mi madre era muy capaz de cachetearme si me escuchaba decirle “viejo”, o “viejito” a una persona de edad, mayor, o anciano. Cuántas generaciones como la mía habrán sido criadas a base de respetuosos eufemismos, me pregunto.

Ahora que lo pienso, quizá Doña Yolanda y Don Juan no eran viejitos sino que yo los veía así. Eran indudablemente mayores que mi padre y mi madre, que entonces apenas superaban los treinta, pero quizá no mucho mayores de los cuarenta y pico que yo tengo ahora. El almacén quedaba en la esquina de mi casa, en la esquina de la vereda de enfrente, a solo media cuadra del portón de mi casa. Y sin embargo, en mi infancia esa distancia me parecía enorme. Toda mi vida ha transcurrido cercana a aquel barrio, varias veces he hecho melancólicas visitas a aquella calle a la que tan infamemente le cambiaron el nombre. Recorro sus veredas, paso por enfrente de la que fue mi casa, con jardín en el frente y un pino, un pino que tenía mi altura cuando lo plantamos, el doble de mi altura cuando me mudé y que hoy tiene más de treinta metros. Pero parado en la puerta de la que fue mi casa miré en dirección al almacén de Doña Yolanda, que ya no existe desde hace muchos años, y noté que la distancia era mucho más corta de la que yo recordaba. Recuerdo que esto mismo me pasó con el recuerdo de las sillas de la casa de mi tía Ilsa, esas sillas que me parecían un bosque enorme e infranqueable en el que yo me imaginaba jugando a los soldados, y cuando las vi, hecho ya adulto por el tiempo, me parecían enanas en comparación al recuerdo de mi infancia. Por eso pienso que los ojos de un niño son diferentes a los de un adulto, no hay manera de que veamos igual las cosas. En mi recuerdo Doña Yolanda y Don Juan eran viejitos y probablemente sí lo fueran, pero quizá no tanto, quizá me parecían más grandes como más grande me parecía la distancia desde mi casa hasta el almacén que ellos atendían. O quizá aquellos eran los juicios correctos y la adultez no hace sino viciarlos; ¿O acaso no decimos que en la infancia somos puros como nunca más volveremos a serlo? ¿Por qué nuestros juicios de entonces debieran descartarse en desmedro de los de ahora?

Doña Yolanda era petisita, usaba el cabello corto y su cabeza estaba repleta de canas. Don Juan era flaco y fibroso, lo recuerdo desprolijo y usando camisetas en verano, sudoroso y con su cabello desordenado y transpirado, siempre acomodando cajas. Don Juan manejaba una camioneta Peugeot 404 rural carrozada, de color gris amarronado con ribetes naranjas, con la cual hacía las compras de provisiones para su almacén. Quizá por eso lo recuerdo transpirado y acarreando cajas, porque quizá su mayor tarea era la logística, aunque también lo recuerdo atendiendo. La voz de Doña Yolanda era nasal e imperativa; Don Juan en cambio tenía la voz carrasposa de los fumadores y usaba un bigote anchoíta a lo Labruna. Más tarde en el tiempo, al ver fotos de George Orwell, en especial de su etapa como locutor en la BBC, me sonreí con nostalgia, era como ver fotos de Don Juan, el viejo almacenero de mi infancia.

En mi recuerdo, el local de aquel almacén era alargado, si lo tengo que llevar a  mis parámetros de adulto diría que tendría unos tres metros de frente por unos siete u ocho de largo. Recordarán que estaba en una esquina, por lo que su frente era una ochava inclinada. Saliendo de mi casa, el local estaba hacia la derecha, cuando uno entraba al negocio, a la izquierda estaban las heladeras mostrador tras las cuales se ubicaban Doña Yolanda y Don Juan para atender a los clientes. En esa misma posición imaginaria de estar entrando al almacén que ya no existe, hacia la derecha había una pared con estantes de madera donde estaban apiladas las latas de galletitas. En los setenta, y hasta muy entrados los ochenta, era impensado suponer que las galletitas vinieran envasadas individualmente en bolsas. Las galletitas venían en latas que eran un cubo de 40 por 40 centímetros, con un redondel de vidrio al frente para que se supiera de qué variedad de galletitas se trataba, y una abertura con tapa arriba por la cual se extraían. Las galletitas se vendían sueltas, en bolsas de papel madera al principio y bolsas de nylon (polietileno) más acá en el tiempo, pero sueltas; y la unidad de medida en cual uno las compraba más comúnmente era el “cuarto”, es decir, 250 gramos. En una última etapa, las cajas de cartón reemplazaron a las latas con ojo de buey. Las cajas que estaban más a mano del almacenero eran las latas abiertas. En los estantes de arriba Don Juan apilaba cajas cerradas de las mismas cajas que ya tenía abiertas a la espera de reponer las que se acabaran primero. Las cajas de galletitas vacías las apilaba al fondo hasta que las cargaría en su camioneta para llevarlas a su proveedor, ya que no eran descartables, debía intercambiar cajas vacías por llenas cuando tuviera que reponerlas. Igual con los cajones de cerveza, o de vino, o de soda, o de gaseosas. Gaseosas que eran de riguroso uso en ocasiones especiales, cumpleaños o cuando venían visitas. En la mesa de todos los días los grandes tomaban vino con soda, y los chicos tomábamos soda o agua de la canilla. El agua mineral en botellas era algo que no conocí hasta la adolescencia y los jugos en polvo no aparecieron sino hasta principios de los ochenta. Claro, ahora recuerdo, por eso mi recuerdo de Don Juan es siempre cargando o acomodando cosas, había que estar preparando constantemente los cajones vacíos para devolverle a los proveedores. Llenarlos, correrlos, bajar los nuevos cajones, cargar las heladeras, los estantes, eso es lo que mayormente hacía Don Juan… mientras Doña Yolanda atendía con ese tono nasal e imperativo. Creo que yo le tenía algo de miedo, no mucho, creo que más miedo me daba mi mamá y cualquier probable error que pudiera llegar a cometer en la compra. Aunque ya se vendía en paquetes, la yerba y el azúcar (sobre todo en los setenta) todavía se vendían sueltas, por lo que en una misma compra uno debía recordar cuántos kilos le habían pedido de uno, de la otra, cuantos gramos de fiambre, cuánto de queso, cuántos litros de aceite (también suelto, claro), y rogar que ninguna medida de capacidad o peso se mezclara con otra: “¿Estás seguro que tu mamá te dijo un litro de azúcar…?” me dijo una vez Doña Yolanda, en la escuela todavía no me habían enseñado que las medidas de capacidad de los líquidos no servían para el azúcar, no era mi culpa. Recuerdo los jamones colgados del techo, las longanizas, las mortadelas, las botellas de vinos finos y licores en los estantes de arriba detrás de la pared donde Doña Yolanda atendía. Recuerdo que cuando la compra superaba los seis o siete artículos, mi madre me daba un papelito donde me anotaba la lista de compras. Mis padres nunca compraron al fiado, pero muchos de los que compraban tenían su “Libreta”, donde Doña Yolanda le anotaba al cliente los artículos que llevaban a crédito. Recuerdo ardorosas discusiones cuando los clientes iban a saldar la cuenta de sus libretas porque mis colegas de edad (los chicos del barrio) compraban al fiado cosas que sus madres no le habían autorizado comprar. Recuerdo a más de un amigo cuya madre lo llevaba de los pelos o las orejas desde la puerta del almacén hasta su casa por incluir en sus libretas de fiado: caramelos, yogures, chicles, alfajores o paquetes de figuritas que sus madres no habían autorizado y que los muy pillos habían intercalado disimuladamente en las listas de compras. “Usted tiene que revisar cuando lo manda a Gustavito, eh” amonestaba Doña Yolanda.

Conforme fui creciendo, empecé a sentir antipatía o simpatía por unos u otros clientes. Recuerdo que no soportaba generalmente a las que mi madre llamaba “Viejas Chusmas”, que ella se permitía llamar así pero guay de que a mi se me ocurriera llamarlas de igual modo bajo riesgo de recibir un sopapo. Pero no era influencia de mi madre que no las soportara, no las soportaba porque si estaban antes que yo en el turno para ser atendidas, tardaban muchísimo en hacer sus compras porque entre artículo y artículo hablaban de política, de otras señoras del barrio, del tiempo y ese tipo de cosas que conforman los lugares comunes de las conversaciones de barrio. Creo que allí surgieron mis primeros prejuicios sobre los lugares comunes y las conversaciones triviales.

En el barrio había otros almacenes, pero estaban más lejos; incluso había un supermercado que no estaba muy distante de dónde vivíamos. Pero no recuerdo que mi madre hiciera sus compras por cuestiones económicas; la palabra “Barato” o “económico” no tuvo significado para mí sino hasta bastante tiempo después, se compraba en el almacén más cercano, en la panadería más cercana, en la carnicería más cercana o en la verdulería más cercana por proximidad y afinidad vecinal. Quedaba mal comprar en otro lado que no fuera de negocio que quedaba más cerca de casa, era hacerle un desplante a un vecino. Recuerdo que una vez mi madre me mandó a comprar un licor especial que Doña Yolanda no vendía a otro almacén más lejano; al otro almacén lo llamábamos “El almacén de la Brandsen”, tampoco recuerdo si tenía otro nombre, Brandsen era el nombre de la calle donde estaba y por eso lo llamábamos así; seguramente los chicos que vivían cerca lo llamaban por el nombre de la señora que atendía, y quizá yo nunca supe su nombre porque ese almacén estaba más allá de una frontera que no era geográfica. Para ir hasta ese almacén (estaba a cuatro cuadras) el almacén de Doña Yolanda me quedaba de camino, pero todavía recuerdo que mi madre me indicó: Cuando volvés con el Ponche, da la vuelta y  volvé por la Luján, no quiero que Doña Yolanda te vea”. Claro, el almacén de la Brandsen estaba más allá de la frontera del qué dirán. No recuerdo a mi familia haciendo compras en un supermercado sino hasta muy entrada mi adolescencia, y tampoco recuerdo que esas compras “super” fueran algo frecuente. Hacer las compras en el barrio significaba socializar con ese barrio, conocía a casi todos los vecinos de mi barrio, casi todos me saludaban en la calle y yo respondía a su saludo a pesar de ser un chico bastante tímido y callado. Creo que odiaba las charlas triviales de las conversaciones de almacén, pero para muchas mujeres, muchas amas de casa que entonces no trabajaban más que de atender sus hogares y a su hijos, no había mucha más actividad social que esa de ir a hacer las compras y ponerse al tanto de lo que ocurría en el mundo que las rodeaba. Mi madre trabajaba, era tallerista en casa y no se levantaba de su máquina de coser más que para ir al baño, hacer las compras significaba una pérdida de tiempo y productividad; por eso es que esa era tarea de su hijo mayor, a pesar de que tuviera cuatro o cinco años. Hoy ya no hay tantas amas de casa como entonces; o, mejor dicho, además de ser amas de casa, las mujeres también trabajan. Creo que por eso proliferaron tanto los supermercados, los super chinos o los hipermercados. Las compras se hacen ahora para que duren la mayor cantidad de tiempo posible, y si ese tiempo posible es un mes completo, mucho mejor. No es raro que en los tiempos en los cuales proliferan las redes sociales, el contacto social en vivo haya quedado reducido a expresiones mínimas. No digo que este hecho sea malo o bueno, simplemente lo señalo.

Si leyeron con atención, cuando me referí al almacén de Doña Yolanda hablé de él como del “segundo almacén del cual guardo memoria”. Y esa posición, ese segundo lugar se debe a que seguramente el primer almacén del cual tengo memoria es el de mi abuelo. Claro, mi abuelo materno tenía almacén propio y seguramente es el primer almacén y negocio que yo he conocido aunque esos recuerdos sean muy difusos. Pero ese es casi un recuerdo implícito, algo propio, algo que nació conmigo, un recuerdo de familia más que el recuerdo de una actividad comercial. Pero aún así, no puedo dejar de hablar de “ese” almacén cuando hablo de viejos almacenes de barrio. En principio porque aquel almacén representaba un almacén casi anterior en dos generaciones al almacén típico de mi infancia; era como si lo hubieran extrapolado de otra época. Pero además de eso, ese almacén significó un quiebre en mi vida, probablemente mi vida hubiera sido otra sin la existencia de ese almacén.

Su anacronismo tiene una explicación. Mis abuelos vivían mucho más al Norte del Gran Buenos Aires que donde mi familia vivía. El barrio era entonces casi el límite entre la ciudad y el campo; las calles eran de tierra en verano y de barro en invierno. El lugar no tenía nada que ver con las villas miseria que hoy se conocen, pero tampoco tenía nada que ver con el barrio donde yo vivía. Las casas eran desiguales y todas muy distintas entre sí, la gente era generalmente del interior del país; mis abuelos, por caso, eran Santiagueños, y había muchos santiagueños allí, creo que eran mayoría. Pero recuerdo que don Raúl, el señor grandote de enfrente era Catamarqueño, y Doña Rosa, la señora de la casa de al lado de mi abuela, era Santafesina, y los Villalba que vivían en la esquina, con cuyos hijos jugábamos mis primos y yo, eran tucumanos, y Don Ventura, un señor pelado que vivía a unas pocas casas de lo de mi abuelo y que siempre me contaba historias de cuchilleros, era Correntino, y todos hablaban con tonadas que me gustaban y esas tonadas fueron una especie de canción de mi infancia. Atrás del almacén de mis abuelos había un viejo molino de viento que servía para extraer agua de pozo. Mis propios abuelos tenían bomba en lugar de bombeador; y cuando hablo de bomba no hablo de bomba centrífuga, sino de las viejas bombas manuales de fundición, esas con una manija larga que había que mover acompasadamente para extraer el agua desde lo profundo de la tierra. Mis abuelos se negaban a instalar el bombeador que todas sus hijas e hijos querían comprarles e instalarles.

Ya está dicho, el almacén aquel no era como los almacenes de mi barrio. Era más bien lo que se conoce como un “bolichón”. Es decir, no solamente era un almacén, mi abuelo vendía vasos de vino y caña a los ocasionales compradores, y si estos ocasionales compradores lo requerían, mi abuelo armaba una mesa de naipes en el patio y les vendía tragos, gaseosas, queso y fiambre a los jugadores de truco. El almacén de mi abuelo tampoco tenía nombre… era “El almacén de Don Sixto”, porque ese era el nombre de mi abuelo. El almacén de Don Sixto era un local de tres metros de frente por cinco de largo. Tenía una pesada cortina ciega de metal, pintada de verde oscuro, que había que levantar a mano mediante una cadena con rondana y trabar la cadena cuando se llegaba a levantar a la altura necesaria. Después había una entrada con doble puerta, o con puerta de dos hojas, puertas de madera pintadas de verde como la cortina, pero con vidrios a partir del metro de altura, como si tuvieran ventanas. Esas puertas se abrían empujándolas y volvían a su posición como las de las cantinas de las películas de Cow Boys. Arriba de las puertas había unos tubitos de metal que golpeaban entre sí como un cencerro o campanillas cuando una de ellas se abría; y esto porque a veces mi abuelo estaba haciendo cosas en el patio y tenía que enterarse si un cliente había entrado. Más acá en el tiempo llamamos a este artefacto “llamador de ángeles”, pero pasarían años hasta que se los conociera así. En aquella época los chicos nos quedábamos a dormir en la casa de nuestros primos, y tampoco se llamaba a eso pijamada como se le dice ahora, era solamente quedarse a dormir en lo de Graciela, mi prima, o en lo de Walter, mi primo. La mamá de Graciela, hermana de mi mamá, vivía con mis abuelos, por lo que quedarme a dormir en la casa de mi prima Graciela era quedarse en la casa de mis abuelos, la casa donde mis abuelos tenían ese almacén estilo bolichón. Esto suponía tener acceso a los caramelos, alfajores y chupetines que mi abuelo vendía, pero mi abuelo era un celoso vigilante de las golosinas que comerciaba, aunque fuéramos sus propios nietos los que se las pidiéramos. Igualmente, con mi prima Graciela armábamos en la vereda un almacén paralelo con los cajones vacíos de gaseosas y cervezas y envases vacíos que teníamos a montones. Jugábamos “Al Almacenero”, obvio, y éramos la envidia de los chicos de aquel barrio porque el almacén que nosotros armábamos estaba mucho más equipado que cualquiera que ellos pudieran armar. Usábamos latas de galletitas vacías y las llenábamos de piedras y canto rodado simulando que eran galletitas reales, envolvíamos cantos rodados con papeles de caramelos, caramelos que antes nos habíamos comido, y usábamos los paquetes de mercadería rota que mi abuelo ponía para cambio a los proveedores. Cada chico del barrio que pasaba por el almacén de mi abuelo porque acompañaban a sus madres a  hacer las compras allí, se quedaba en la vereda jugando con nosotros en el almacén ficticio que habíamos armado con mi prima Graciela. Nunca seré de aquellos que digan que todo tiempo pasado fue mejor, de hecho casi me inclino a pensar lo contrario, pero no dejo de asombrarme de los modos de jugar de los que entonces éramos niños. No creo que los niños de hoy en día sean menos imaginativos que nosotros o que no usen su imaginación porque juegan con una Play Station; supongo que cada generación de infantes juega de acuerdo a los medios de los cuales dispone y ya convivo con generaciones de adultos que no han jugado en su infancia como yo jugué. Esos mismos adultos que tampoco tienen idea de cómo eran los viejos almacenes de mi barrio y del barrio de mis abuelos.

En 1982 yo ya tenía doce años, era un chico alto, muy alto; le llevaba casi una cabeza a cualquier chico de mi edad y precozmente me habían crecido los bigotes, por lo que aprendí a afeitarme bastante antes que los chicos de mi edad. Tenía la altura de muchos adultos, probablemente por eso mi padre hizo que por las tardes, a la salida de mi colegio, me hiciera atender el viejo almacén de mis abuelos, a quienes él les compró el fondo de comercio el año anterior. Ya no fue el almacén de mis abuelos, pasó a ser el almacén de mi padre, y pasé a ser el ayudante de mi padre para atenderlo. Lo más trascendente de aquel extraño suceso fue que, como vivíamos lejos, mis padres decidieron mudarse de Don Torcuato, el barrio de mi feliz infancia, y comprar una casa en aquel mismo barrio donde estaba el almacén que había sido de mis abuelos. Viví en aquel barrio desde los doce años hasta los dieciocho años, la adolescencia completa. Y puedo decir que pasé de vivir una infancia, aunque algo solitaria, bastante plena y feliz; a una adolescencia en un lugar donde no tuve más remedio que vivir entre chicos que habían sido criados de forma muy distinta de la mía. Tampoco es que haya compartido demasiado tiempo con ellos, las diferencias quedaron expuestas muy rápido en aquel contexto y las distancias se establecieron igual de rápido; mi círculo de  amistades quedó circunscripto sólo a los compañeros de colegio.

No fue una buena decisión de mis padres adquirir aquel almacén, peor todavía fue que nos mudáramos al barrio en el cual ese almacén estaba. No obstante, recuerdo con cierta sonrisa la experiencia de haber atendido aquel viejo almacén de barrio con sólo doce años de edad. Como antes expliqué, aquel almacén parecía haberse detenido en el tiempo, era anacrónico comparado incluso con los almacenes que eran comunes entonces. Mi padre pretendió modernizarlo y eso le trajo problemas; trató de ya no vender los famosos “vasos de vino” a los borrachines del barrio; trató de no armar más esos campeonatos de truco que los borrachines montaban en el patio mientras compraban más vino, fiambre y papas fritas sueltas;  trató de ya no vender más la yerba suelta, el azúcar suelto, el aceite suelto, el vino en damajuana de cinco litros. Y cada uno de estos cambios conllevo la pérdida de más y más clientes. En 1983 el viejo almacén de mis abuelos, el que por poco más de un año fue de mi padre, dejó de existir. Mi padre habrá notado, igual que me pasó a mí antes con los muchachos de aquel barrio, que las diferencias sociológicas determinan desde el modo de vivir una adolescencia, hasta los hábitos de consumo de los que viven en la sociedad de ese barrio. En 1983 ya no teníamos aquel almacén; la tranquilidad de por fin mudarnos de aquel barrio, se demoró hasta 1988.

He pensado mucho en las diferencias de los almacenes de mi infancia y los actuales. Junto a una maravillosa esposa, he tenido el privilegio de criar cuatro hijas mujeres en un barrio muy parecido al de mi infancia. Pero los tiempos son otros o, mejor expresado, el paso del tiempo ha modificado las costumbres de la sociedad y los hábitos de compra y consumo… y la manera de vivir, claro. En nuestro barrio, al norte de la ciudad de Buenos Aires, todavía subsisten los almacenes de barrio. Y no creo errar al suponer que todavía existen en muchos otros barrios del conurbano como así también en algunos barrios de la capital. Pero han modificado, no solamente su fisonomía, sino también sus propios hábitos para subsistir. Hoy uno prefiere comprar en Supermercados o Hipermercados, las compras que uno hace en el propio barrio donde vive son más bien marginales. Cuando se acabó la sal, o el azúcar o cualquiera de los otros víveres que uno calculó mal en la compra del mes, una gaseosa fría, una soda, el antojo de equis producto. Uno ya no va al almacén de barrio a hacer las compras, sino solamente a adquirir lo que se acabó o se olvidó de comprar en el súper. En el barrio donde crecieron mis hijas que hoy ya son adolescentes puedo mencionar tres almacenes en los cuales mi esposa y yo compramos mientras ellas crecieron. Y hago bien en señalar que las compras las hicimos mi esposa y yo; siendo niñas, ninguna de nuestras hijas fue sola nunca a hacer las compras a los almacenes de nuestro barrio. Es un lindo barrio, tranquilo, en más de quince años no he sabido de hechos de violencia graves que ocurran en él. Quizá hemos sido padres demasiado temerosos o sobreprotectores, pero siempre preferimos evitar que salieran a comprar solas y, pensado en retrospectiva y recordando mi propia experiencia, me cuestiono si fue una decisión acertada. Más allá de eso, siempre nos acompañaron a  hacer las compras.

Dije que podía nombrar tres almacenes y me serviré de ellos para terminar al fin este larguero artículo. El almacén de Don Jaime, el almacén de Doña Nilda y el almacén de Mary. Haré unas breves consideraciones ontológicas aquí; he notado que uno da un nombre femenino o masculino a un almacén por el género de la persona que lo atiende por más tiempo. El viejo almacén de Doña Yolanda también lo atendía su esposo, pero era Doña Yolanda quien más tiempo estaba tras el mostrador atendiendo clientes. Lo mismo con el de mi abuelo, era el almacén de Don Sixto porque era él quien casi siempre lo atendía, aunque mi abuela (de nombre Anselma) también solía a tender a veces. Lo mismo pasa con los almacenes de Don Jaime y de Doña Nilda. El almacén de Don Jaime tiene un cartel en el cual se lee “Despensa”. Esto es un eufemismo, una afectación, como quien dice “subí a un transporte público” en lugar de decir “subí a un colectivo”. Una despensa, supuestamente, es más que un almacén, conlleva una categoría distinta de negocio. Rara vez ese supuesto se cumple, no es el caso del almacén de Don Jaime. De todos modos, nunca escuché a nadie decir “Voy a la despensa a comprar tal o cual cosa” todos decimos almacén, así que es un eufemismo ridículo, como todos los que devienen de la necesidad de aparentar más de lo que realmente se es. Ya he dicho el poco gusto que tengo por las conversaciones triviales y los lugares comunes; gusto común en la mujer que elegí como esposa y madre de mis hijas. El almacén de Don Jaime es el que más cerca queda de mi casa, está prácticamente en la vereda de enfrente. Pero mi esposa no soportaba la “Trivialidad” y la “Curiosidad” de las conversaciones que eran comunes entre las clientas del almacén, y mucho menos que Don Jaime las promoviera y pretendiera hacerla partícipe a ella de las mismas.  Si mi esposa compraba un cuarto de pan Don Jaime preguntaba “¿No se irá a quedar corta?”, si mi esposa compraba arroz de marca Equis Don Jaime acotaba “Pero mire que es mejor el arroz marca Qu, eh” y así con todo. Un día nos vendió algo en mal estado y mi esposa dijo que nunca más compraríamos nada más allí. Más de quince años después, el almacén de Don Jaime aún existe, pero nunca más volvimos a comprar nada en él. Y, a decir verdad, el motivo nunca fue aquel producto en mal estado.

El almacén de Mary es un típico almacén de barrio de esta época. Es el más reciente de todos. Anoto otra curiosidad ontológica, a Mary no se le dice Doña Mary como se le dice Don a Don Jaime o Doña a Doña Nilda. No es una cuestión cronológica, Mary tiene más de sesenta años, pero todos le dicen Mary, ni a los niños que van a comprar allí les he escuchado decirle “Doña”… ¿Será que ya no se dice Doña entre las nuevas generaciones? Cuando digo que el almacén de Mary es típico de estos tiempos me refiero a que está adaptado a las necesidades actuales. Al almacén de Mary no se entra, tiene reja y Mary atiende detrás de la reja. Obviamente es una medida de seguridad, quizá un poco extrema para la tranquilidad del barrio, pero después recuerdo que yo nunca dejé a mis niñas ir a comprar solas a ningún almacén de nuestro barrio. Las rejas dan una ventaja adicional, no hay lugar para las clientas que tienen tiempo para las conversaciones triviales; esas siguen comprando en el almacén de Don Jaime. Y por último, una ventaja competitiva del almacén de Mary: está abierto de corrido de 9 de la mañana a 12 de la noche, de Lunes a Lunes; solamente el domingo Mary cierra de 15 a 18. Es decir, ella tiene su local abierto cuando casi todos están cerrados. Si uno está mirando un partido a las diez de la noche, puede ir a Mary a comprar una gaseosa o un salamín que le faltó a la picada. Y, de hecho, por el solo hecho de saber que Mary tiene abierto a  esa hora, uno suele pensar en comprar algo que quizá nunca hubiera pensado en comprar de saber que su local estuviera cerrado. Ese es otro de los motivos por los cuales Mary atiende detrás de una reja. Se que muchos de los almacenes de ahora, de los de barrio, copian esta cuestión del horario extendido para captar las compras en horarios poco habituales.

Para hablar del último almacén de mi barrio y cerrar este artículo, hablaré de una verdulería de barrio, de mi barrio. Es la verdulería de Walter; en verdad, creo que se llama Walter, pero en casa siempre le dijimos “El Petiso” y a su verdulería “La verdulería del petiso”. Hace poco fui a comprar allí cebollas y morrones que nos faltaron para hacer una salsa; de vuelta, uno compra en el barrio las cosas que calculó mal en la compra grande del mes. Hace muchos años que Walter tiene verdulería en el barrio, fui a comprar con mi hija de catorce años. Mientras esperábamos nuestro turno, Walter y su esposa atendían a dos o tres personas que estaban comprando en el local porque llegaron antes que nosotros. Mi hija me miró sonriéndose en varias ocasiones mientras aguardábamos nuestro turno. Claro, fuimos víctimas de esas “conversaciones triviales” de las que su madre y yo abjuramos siempre y cuya aversión parecemos haber contagiado a nuestra prole porque, a Dafne, mi hija de catorce, le parecieron repulsivas esas conversaciones por sí misma, sin que yo la indujera en nada acerca de ellas. Algunos podrán decir que es prejuicio; pero, en cierto modo, debo reconocer que me enorgulleció que mi hija adolescente mirara con asombro y desagrado ese tipo de conversaciones. Un vecino que critica a una mujer que no estaba allí, otro que habla de su esposa como de “La Jabru”, el verdulero que se burla de que su esposa no sabe cocinar, la mujer del verdulero que contraataca diciendo que eso es en represalia de que él no sabe hacerla sentir mujer en la intimidad, otro cliente que acota que eso es así porque ahora está eso del “Ni Una Menos”, que antes, “Cuando los maridos tenían cortitas a las mujeres” esas cosas no pasaban. El encanto de las “Conversasiones triviales”. ¿Por qué hablo de estas conversaciones en una verdulería cuando todavía me falta hablar del último de los almacenes de mi barrio? Porque una de esas clientas que estaba comprando allí ese día era Nilda, la dueña, claro, del almacén de Doña Nilda. Y hubo algo en su conversación que me dolió, que sonó a algo valioso que puede perderse para siempre. El verdulero llegó a  decir.

— ¿Y qué va a hacer ahora Ñá Nilda…?

—Nada, supongo, descansar nomás. Fueron muchos años de esfuerzo, toda una vida.

—Pero ahora se lo van a atender sus hijos ¿No?

—Sí, ahora ya es el tiempo de ellos, yo ya tiré la toalla.

Me quedé pensando, de golpe las conversaciones triviales ya no importaban. Junto con la panadería con horno de leña de Los Rusos, El almacén de Doña Nilda es uno de los negocios más viejos de la zona, Nilda heredó el almacén de sus padres, por lo que el negocio existe desde los años cincuenta o incluso antes. Nilda es una mujer culta, muy amable, elegante siempre, de una expresión distinguida. Es esposa de un ginecólogo y todos sus hijos han sido universitarios y hoy son profesionales. He escuchado “conversaciones triviales” en el almacén de Nilda, pero nunca ha sido ella quien las promovía y hasta, al contrario, la he escuchado más de una vez apurar a las clientas que las tenían para que no demoraran a los clientes que esperaban. He escuchado a Nilda hablar de cuando no había asfalto en el barrio, de cuando la calle donde estaba su almacén era un arroyo, de las épocas, en las que el tren que iba hasta Retiro era el mismo que volvía, y por la misma vía. Por lo menos cuatro o cinco generaciones han comprado en su almacén. Su almacén, el Almacén de Doña Nilda, había sido como uno de los almacenes de mi infancia, mis hijas me acompañaban a comprar desde niñas allí, Nilda las vio crecer. Cuestiones de comodidad y de tiempos, hacen que sean muy pocas las veces que voy a comprar a su almacén; pero cada vez que iba me decía “No puedo creer lo grandes que están sus hijas (Nilda nunca me tuteó) las dos más grandes ya son dos mujercitas”. Pensar que se retiraba, que tiraba la toalla como ella misma dijo, me causó melancolía, por más que sus hijos siguieran con el local como antes ella lo había heredado de sus padres, no me consolaba del todo, es seguro que luego de un tiempo lo cierren, no creo que ser almaceneros sea una actividad a la que quieran dedicarse.

Pasaron un par de meses desde esa conversación en la verdulería. No me queda de paso el local de Nilda, hace unos días, caminé frente a su local casi como una eventualidad. Diría “por casualidad”, pero nunca creí en ellas. No tenía previsto comprar nada, pasé por allí y miré de reojo esperando a  ver a alguno de los hijos o hijas de Nilda. Pero no, allí estaba Nilda atrás del mostrador de su local. Seguí caminando unos pasos y recordé la conversación aquella que me había dado melancolía. Me alegré de verla allí, pero no era suficiente. Era temprano, no había nadie en su local, volví sobre mis pasos y entré con la excusa de comprar algo. Compré un yogur bebible y alguna tontería más, pero yo había entrado por otra cosa. No había nadie, Nilda nunca favoreció las “conversaciones triviales”, pero aquella no lo sería.

—Había escuchado que sus hijos se iban a hacer cargo del negocio —Le dije sin muchas vueltas.

—Seeee —me contestó la almacenera—, esa era la idea, sí. Pero lo tuvieron a cargo unas semanas y se agarraban la cabeza. Al final querían cerrar. Casi los dejo, pero no, no podía cerrar este almacén.

Lo dijo para adentro, casi no me lo decía a mí cuando lo decía; su mirada miraba los estantes de su almacén cuando lo decía, como si se tratara de una extensión más de ella misma. Me la quedé mirando en silencio y note que se emocionaba.

—No es por la plata —me explicó, ahora mirándome a los ojos—, si fuera por plata debería haber cerrado hace años; con suerte salgo hecha con lo que se vende. Pero fueron tantos años… Esos días que lo atendían mis hijos yo andaba como loca, no sabía qué hacer, casi esperé a que ellos se desencantaran. Mientras me dé el cuero voy a estar acá, qué más voy a  hacer.

Sonrió, sonreí, pagué, me dio el vuelto, me mandó que llevara saludos para las mujercitas de la casa y salí. Pensé en mi abuelo, en mi abuela, en Doña Yolanda, en el almacén de la calle Brandsen, en los rostros de aquellas mujeres que tenían “conversaciones triviales” durante mi infancia, en los borrachines que venían a quejarse de que mi padre no les vendía más el “vaso de vino”, en el niño que fui comprando en esos viejos almacenes, en mi madre escribiéndome la lista de las compras, en sus recriminaciones cuando me había equivocado con algún artículo, en Doña Nilda y el almacén donde había transcurrido su completa vida; y supe que tenía que escribir este texto. Porque es así, algunas cosas las escribimos porque queremos y otras porque debemos. Me debía escribir este artículo. Ya no lo debo, y qué maravilla es pagar algo como eso.

Neutralidad

Мы живем, под собою не чуя страны

“Vivimos sin sentir el país a nuestros pies”

Osip Mandelstam

 

 

Hacía frío, esa noche llovía y el invierno había caído sobre nosotros con la naturalidad de las cosas que saben que, cuando su momento ha llegado, usarán cada instante para dejarnos su marca en nuestros cuerpos y su impresión en nuestras almas. El amor era reciente y ante nosotros la vida se abría entonces en toda su gama de posibilidades infinitas. Desde que el mundo es mundo, el infinito y la eternidad es la única aspiración que los amantes jóvenes distinguen. Poco a poco, el infinito va perdiendo la talla.

No recuerdo cómo se mezcló en nuestra cena la frase de Herbert Read, el oficial del ejército británico en el frente francés durante la primera guerra, la Gran Guerra, como les gusta llamarla a algunos historiadores, como si pudiera señalarse alguna grandeza a semejante atrocidad. Read, el mismo tipo que después sería poeta, pensador, filósofo y que introduciría el surrealismo en Inglaterra. No recuerdo si la mencionó ella o la mencioné yo, o si simplemente se metió en nuestro mundo de romance liminar por impronta propia: “El arte bueno es siempre una síntesis dialéctica de lo real y lo irreal, de la razón y la imaginación”.

Recuerdo el frío haciendo crujir las ventanas por la condensación entre lo gélido de la intemperie y lo cálido de nuestra casa y nuestro adentro. Recuerdo la pizza que dejamos incompleta sobre la alfombra y el olor de las aceitunas que impregnaban nuestro living y que dejamos la mayoría de lado porque estaban fuertes. Recuerdo que discutimos  sobre la frase de Read hasta pasada la medianoche, recuerdo que hicimos el amor sin siquiera pasar al cuarto y que después seguimos discutiendo sobre la frase hasta las tres de la mañana, casi. Lo recuerdo bien porque ella dijo “A las seis tengo que levantarme, me quedan tres horas para dormir”.

 

Como casi todas las discusiones por gusto, sólo diferíamos en los contextos; pero es ahora, después de mucho, que repaso sus argumentos y los míos y es ahora, después de tanto, cuando ella sólo habita mi memoria, que la discusión y el instante logran encarnarse haciéndose texto y contexto, como haciéndose puente entre el tiempo y el espacio. Y ya no hay discusión, ni invierno, ni ella, ni vos. Entendiendo por vos al que fui en esa noche de invierno en cual discutimos una frase de Read, hasta las tres de la mañana.

“No me gusta el término Poesía Comprometida ¿Qué es eso? A mí me gusta la poesía casada, casada con al vida”, nos dijo Gelman apartando el cigarrillo y el humo. Durante la Primera Guerra, los hombres de ciencia se vieron obligados a tomar partido y abandonar a neutralidad; sí, esa misma guerra donde el oficial Read del ejército de su majestad combatió. Sí, esa misma guerra donde un joven profesor de nombre Einstein se cansó de insistir que, a la par de una investigación científica, había que desarrollar otra investigación que profundizara sobre los fines y los resultados que la primera investigación depararía. Una ética de la ciencia, proclamaba el joven profesor de Zurich que se proclamó antibelicista en esa Primera Guerra y durante la Segunda secundó a Szilard y a Wigner para convencer a Roosevelt que desarrollara el programa nuclear que llegaría a sus dos mayores énfasis con Hiroshima y Nagasaki.

Y no ha de ser casual que al mismo tiempo que los hombres de ciencia (durante la primera guerra) abandonaban la neutralidad, también las poetas decidieran abandonar la hoja de parra de la inocencia y abandonar la neutralidad literaria. Especialmente los surrealistas, sus satélites y los poetas que devinieron del Surrealismo empezaron a  preguntarse por un propósito de la poesía, por sus efectos sobre el hombre y las diferentes realidades del hombre.

Un frío mucho más terrible que el de la noche que recordé, y que evoca este texto, caía sobre las mujeres que esperaban haciendo fila afuera, en la intemperie de la cárcel siberiana de Yezhov. Una de las mujeres, aterida, cansada, congelada, reconoce a otra mujer y pregunta a otra si esa es la poetisa, si esa mujer que está ahí, muerta de frío como todas ellas, es acaso la poeta Ana Ajmátova. Le confirman que sí, que es ella, entones se acerca y le pregunta:

— ¿Y usted, puede describir esto?

Y la poeta, tras pensar unos instantes responde:

— Puedo.

“Y entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro”, escribió Ana sobre aquella mujer que, como ella, se había visto obligada a abandonar la neutralidad.

Georghi Efron, el hijo al que Tsvietáieva llamó Mur. El hambre que apretó sus estómagos y los hizo volver desde Francia a Rusia en 1939; la tragedia que la alcanzó a ella dos años después y a Mur en 1944, con un fusil en sus manos y la neutralidad de su madre en el alma. El alma atravesada por la misma bala que atravesó su pecho cerca de la aldea de Druika, junto a cientos de miles de hombres como él. “Adiós a la literatura, a la música, a los estudios”, le había escrito Georghi a su hermana en su última carta que no firmó con su nombre, sino simplemente como Mur, el apodo que su madre, Marina Tsvietáieva, le puso.

Recuerdo que Gelman escribió luego eso de la poesía casada; pero a ella y a mí nos lo dijo en una mesa de aquel bar de Almagro, mirada a mirada; y escuchar sus ojos grises hablando de poesía y de vida, fue sentir con nosotros ahí, en esa mesa, la presencia de Marcelo y de Nora, sus hijos desaparecidos.

                             “Besando hijitos que nunca más van a crecer/

                              Compañeros que nunca más van a crecer y ahora cosen

                              La tierra al aire/ cosen”.

Benditos poetas que abandonaron la neutralidad, bendita poesía que puede abjurar de sí misma cuando se trata de la vida.

Osip que escribe ”Vivimos sin sentir el país a nuestros pies/ nuestras palabras no se escuchan a diez pasos”. El epigrama de dieciséis versos que sus compañeros poetas llamarán “Epigrama contra Stalin”. Su abandono de la neutralidad que le costaría la vida el 27 de Diciembre de 1938. Poco más de dos meses antes, su esposa le escribía:

     “No tengo palabras, amado mío, para describir esta carta… La estoy escribiendo en el espacio vacío. Tal vez regreses y no me encuentres aquí y entonces esto será todo lo que tengas para recordarme… La vida puede durar tanto tiempo… ¡Qué dura y larga se nos hace la muerte en soledad! ¿Es justo un destino así para nosotros que somos inseparables? Cachorros y criaturas, ¿nos merecemos esto? ¿Acaso merecías esto, ángel mío? Todo sigue igual que antes. No sé nada, y sin embargo lo sé todo. Cada día y hora de tu vida están claros para mí como en un delirio. En mi último sueño, yo compraba comida para ti en el sucio restaurante de un hotel, rodeada de un montón de desconocidos. Después de comprar la comida, me daba cuenta de que no podía llevártela porque no sabía dónde estabas… Cuando desperté, le dije a Shura: “Osia está muerto”. No sé si aún estás vivo, pero desde que tuve aquel sueño, he perdido tu rastro. No sé dónde estás. ¿Me escucharás? ¿Sabes cuánto te quiero? Nunca pude decirte cuánto te amo, ni siquiera puedo decírtelo ahora. Te hablo a ti, sólo a ti. Tú estás siempre conmigo, y yo que siempre fui tan valiente y colérica que nunca aprendí a derramar unas simples lágrimas, ahora lloro, lloro y lloro… Soy yo, Nadia. ¿Dónde estás?”.

 

La carta que la esposa del poeta escribió, y que nunca fue enviada.

Hay silencios que pagan un carísimo impuesto a las palabras. En poesía, ese impuesto se paga siempre con sangre, y es el único que la poesía acepta, sea con neutralidad, o sin ella.

Es extraño pensar que los argumentos de una noche, en otro siglo; viven en mi memoria y pasen de allí al papel como latiendo esa sangre de la que hablamos una noche de invierno después de tanto tiempo transcurrido entre ese instante y este del papel y la tinta sangre. Su memoria amordazada a mi espíritu como si usara nuestros recuerdos como timón y ancla al mismo tiempo porque, a contramano de cualquier tipo de neutralidad, el cuerpo y la memoria son dos éxtasis que llevamos encima y  “… La vida puede durar tanto tiempo… ¡Qué dura y larga se nos hace la muerte en soledad!” pero saber, íntimamente, que perder la inocencia o la neutralidad, al cabo, no es lo peor; que pudo haber sido todavía mucho peor. Tanto, que pudimos no habernos ocurrido.

La marca en el vaso

El dolor empieza en el cuádriceps; no, miento, en los dos cuádriceps. Pienso, ¿si digo cuádriceps, se entenderá que es en las piernas? ¿Hay cuádriceps en las piernas solamente o también los hay en los brazos…? A eso iba. Es en las piernas, el músculo que va de la rodilla a la cadera. El músculo que está ¿por encima? Del fémur; ese, esos, son los que duelen.

Como si las piernas no fueran mías, como si el insomnio fuera de otro. Es eso, es eso me digo, se siente así, como si fuera otro el que estuviera soñando mis sueños. No, no hay ni una pizca de romanticismo en esta idea, es como si fuera otro el que reposara en mis huesos cada noche, como si yo despertara a la vigilia sin haber dormido nada, absolutamente nada. Es como si el cuerpo pasara factura por esa alienación, como un pago por la tercerización del cuerpo para que duerma otro mientras la cabeza se mantiene despierta todo el tiempo, cada instante, todo el tiempo, a cada momento, todo el tiempo, todo el tiempo, todo.

Me levanto, se siente como dos puñales clavados en los muslos, sí, en los cuádriceps de las piernas, siempre y cuando esa aclaración no sea pleonasmo; voy al living, prendo una luz, una sola, enciendo la computadora, tecleo “El dolor empieza en el cuádriceps; no, miento, bla, bla, bla, bla”.

Dejo de teclear, me levanto de la silla, busco unos libros, unas revistas viejas, leo un poco, no mucho, repaso el discurso de Fenton, últimamente lo leo bastante seguido: “La razón de todo esto es que carecemos de seguridad y esta carencia es parte de nuestra condición…” Preparo un sándwich, pienso que los patrioteros me pedirían que escriba sánguche, me pregunto si hacérmelo de mortadela y queso hará que los patrioteros me critiquen menos por la palabra foránea. Busco un vaso, pongo limón, soda fría, hielo, Hepatalgina, le doy dos mordiscos al sándwich barra sánguche y sigo escribiendo. Miro el vaso y recuerdo otro, otro que tenía la marca de su labial cuando Fenton dio su discurso en la Poetry Book Society, en Noviembre de 1992, en Londres. “Londres” digo casi suspirando en voz alta.

A esta hora, decías, las heridas son el mejor manuscrito. Qué largo desierto es el insomnio cuando no es uno mismo el que duerme en tu propio cuerpo. Dejo el sánwich sin tocar, casi, (sí, el sánguche) miro el vaso que no tiene la marca de su labial como la tenía aquel. Pienso que nunca debí lavarlo, pienso que en ese borde de vidrio, junto al rojo de la pintura en el que estaba mezclada su saliva; cuántas veces podría reconstruirla la ciencia con el ADN de esa marca de labial en aquel vaso. Sé que la respuesta es ninguna, sé que es nunca. Pero qué importa; el insomnio, a esta hora, no sabe ni quiere saber de certezas.

“Pero mientras tanto y pese a que la poesía no suele venir en torrente, allí estaba toda esa vida que acarrear, toda la conciencia por la cual atravesar”.

Raro, el dolor es en los muslos, la vida que uno acarrea de día y a la noche sigue arrastrando en la memoria, anoto. ¿Qué habrá sido del vaso? Del vaso, ese, otro no, me pregunto. Empiezo a notar que no es el insomnio, que no es el cuerpo alquilado para que descanse otro que es nadie, nada.

No es el deseo el que se niega a ser interpretado, son los objetos los que se niegan a soltar lo que de carne le prestaron las almas que los tocaron. Recuerdo los ojos. Las uñas sobre el vaso con la mancha de labial ya impresa, la voz porteña citando a Kieslowski;  la penumbra hueca del Nuyorican para que esa voz pudiera resonar tanto tiempo después sobre un vaso que ya no tiene esa marca, ni esa voz, ni esa penumbra; y al mismo tiempo, es como si jamás hubieran estado en otro lugar.

Realidades

 

                                                                   “-Maestro, ¿que opina de la realidad?

                                                                     -¿Cuál, la mía o la suya?”

                                                                          Jorge Luis Borges, en un reportaje

El 14 de Junio de 2006 se cumplieron 20 años de la muerte de Borges. Hubo ediciones especiales en diarios, suplementos; se realizaron actos conmemorativos, se reeditaron libros críticos, comentarios en los noticieros, etc.

Entre estos homenajes me llamó la atención un programa de televisión donde pude ver -y escuchar, claro- a una anciana que era presentada por el periodista como el ama de llaves de Bioy Casares. La mujer contaba, emocionada, una llamada de Borges a Bioy hecha desde Ginebra. Según ella, en esa comunicación Georgie le manifestaba a Bioy que no volvería a la Argentina, que se quedaría a morir en Ginebra. La señora siguió narrando que esa noticia conmovió a Bioy hasta el punto de arrancarle lágrimas; y que, entre sollozos, Bioy le pedía a Borges que reviera esa decisión; que volviera a Buenos Aires en cuanto su salud se lo permitiera.

Me hice la imagen mental: Bioy, de pie, apoyado en algo así como una columna, agarrando el teléfono con ambas manos, lagrimeando y pidiéndole al amigo que no se muriera allá, tan lejos; acaso simplemente que no se muriera.

Pocas semanas después compré “Descanso de Caminantes”, el diario de notas de Bioy, casi un diario personal. En él leí textualmente: “Cuando Borges me dijo por teléfono desde Ginebra que no iba a volver y se le quebró la voz y cortó, ¿cómo no entendí que estaba pensando en su muerte…?”.

Esta discrepancia entre lo que la mujer dijo de ese mismo llamado y lo que Bioy literalmente escribió sobre él, me hizo pensar en algunas conjeturas, a saber:

Primera Conjetura: La anciana Ama de llaves mintió; o, para no ser tan riguroso, fabuló aquella revelación de Borges en cuanto a quedarse a morir en Europa. Bioy es explícito, no cabe la duda, él dice: “¿Cómo no entendí que estaba pensando en su muerte?”

Segunda Conjetura: El que mintió es Bioy. Tal vez la anciana dice la verdad y Bioy se la negó a sí mismo al momento de registrarla en su diario. Tal vez se haya sentido culpable de no poder convencer al amigo de tantos años para que viniera a morir a Buenos Aires. Tal vez, culpable o avergonzado de sus lágrimas, prefirió mentirse que Borges no le dijo nada de su muerte. O bien que si lo hizo, él (Adolfo Bioy Casares) pretendió no entenderlo.

Tercera Conjetura: La más ficticia -y por lo tanto más probable- de todas: Ambos, Bioy y el Ama de llaves, mienten.

Veamos, el llamado de Borges existió; este hecho común es incontrovertible. En él, Borges ya insinuó su segura muerte; insinuación que Bioy dice entender sólo después que la muerte del amigo ocurrió pero que su inconciente psique sí captó el significado y eso se trasladó a  su rostro. El ama de llaves, a su propio decir, estaba presente durante la llamada, la presenció. Conoce tanto a Bioy, que adivina en su jefe lo que él mismo no osa admitir.

Cuando el hecho finalmente sucede, (La muerte de Borges en Ginebra) Bioy ha de haber llorado mientras decía “Él me lo dijo y yo no lo entendí”. El Ama de llaves ha de haber sido nuevamente testigo de este momento.

Veinte años después, sin otro actor vivo de aquellos hechos, las diferentes realidades se hacen una sola en el recuerdo de la mujer. La realidad que ella cuenta es la suma de otras realidades, y quizá aún de otras que no llegamos a elucidar o imaginar.

No es extraño que justamente Borges ande metido en estos entreveros sobre realidad de realidades. Al final de cuentas, una realidad resultante que ya ni se atreve a ser ficticia por adolecer de verdad y ficción, por iguales partes.

Recuerdo

Recuerdo el primer sueño que tuve en la infancia, o el que creo que fue mi primer sueño. Recuerdo que tendría tres o cuatro años y estaba en el patio de una guardería, que llevaba puesto un delantal azul con un gato negro bordado. Años después mi madre me confirmó que me envió a una guardería que se llamaba “Michifuz” y que usaba un guardapolvo azul. Recuerdo que en el sueño estaba agarrado al alambre mirando hacia afuera, recuerdo que los otros chicos jugaban y yo estaba triste, aunque no recuerdo por qué, o mejor dicho, ni siquiera recuerdo si en el sueño sabía por qué estaba triste y agarrado al tejido de alambre, mirando hacia fuera, donde una camioneta roja paró y bajaron varios adultos que me miraban.

Recuerdo más claramente otro sueño de la infancia porque se tornó recurrente entre los cuatro y los cinco años. Nuevamente estaba presente el tejido de alambre, hacía mucho calor, debía ser el mediodía por la forma en la que el sol reverberaba sobre el asfalto y yo deambulaba en una especie de laberinto de paredes con tejido de alambre buscando cómo salir. Creí encontrar una salida y repentinamente se interponía en mi camino una enorme cabeza de perro que me ladraba y que amenaza con engullirme. Recuerdo que la cabeza era gigantesca, más alta que un hombre adulto, recuerdo que sólo veía la cabeza del perro y nada del resto de su cuerpo; en el sueño sé que no puedo hacer más que eludirlo, busco una segunda salida girando y cuando me encamino a ella, una segunda cabeza de perro igual de feroz y amenazadora se volvía a interponer en mi escape, giré y traté de huir a mis espaldas y una tercera cabeza de perro gigante me evitaba el paso. Recuerdo que en ese momento era cuando despertaba. Recuerdo que poco tiempo después, cuando ya tenía más de seis, leí acerca de Cerbero y recuerdo haber sentido miedo al leer y recordar el sueño que tuve varias veces más antes de aquella lectura; y que no volví a tener luego de ella. Me pregunto cómo se las arreglará el miedo para persistir en nuestra sangre, muchos años después, cuando ya fui padre, todas mis hijas desarrollaron casi un miedo fóbico a los perros, como si el sueño de mi infancia persistiera grabado en sus psiques; nunca tuvimos mascota en nuestra casa y mi hija mayor ya cursa la universidad.

Recuerdo que era un niño tímido, muy pensativo, muy callado y muy obediente y respetuoso. Estas últimas dos cosas no me las acuerdo por mí mismo, sino que recuerdo que mi madre lo decía siempre, en especial en mi adolescencia, cuando me reprochaba que ya no lo era. Recuerdo que tenía mucho miedo cuando llovía de tarde, cuando casi anochecía; no sé por qué exactamente me daba miedo a esa hora, quizá era que la tormenta hacía que oscureciera antes de tiempo y eso me disgustaba, pero en verdad no recuerdo el origen de ese miedo.

Recuerdo que me sentaba al lado de mi madre largas horas callado mientras ella dirigía su taller de costura. Recuerdo que una vez mi madre me mandó a jugar al living y que ese día me encontré con la biblioteca que habían formado entre mi padre y mi abuelo. Ya la había visto varias veces, pero esa vez me detuve a mirarla aunque no sabía entonces la diferencia. Recuerdo que busqué varios libros y los llevé a mi madre para preguntarle cuál podría leer. Recuerdo que me miró incrédula y que eligió uno al azar. Recuerdo que era “Un capitán de Quince años” de Julio Verne y recuerdo que entonces no volví a sentarme al lado de mi madre en su taller y que el universo, para mí, cambió para siempre.

Recuerdo que en las siguientes semanas o meses fueron muchos los libros que leí y que jugaba carreras imaginarias contra mí mismo para leer uno más rápido que el anterior cada vez. Recuerdo que mis padres no se daban cuenta que estaba consumiendo los libros de la biblioteca; creo que mi madre pensó que jugaba, que nunca había leído el libro aquel de Verne que ella me había elegido la primera vez. Recuerdo poco de ese libro, un cocinero malvado que altera el instrumental del barco para que terminen en Äfrica y vender a la tripulación como esclavos. Recuerdo que el grumete de quince años debe convertirse en Capitán y héroe de la novela.

Recuerdo que me molestó que cuando les dije a mis padres que estaba leyendo los libros de la biblioteca no me creyeran. Recuerdo que cuando le di a mi padre detalles de algunos de ellos se asustó y recriminó a mi madre por dejarme leer libros que no eran para chicos. Recuerdo que me llevó entonces a la biblioteca y me dijo cuáles libros podía leer y cuáles no. Recuerdo que ya había leído varios de esa lista de “prohibidos” y recuerdo que por primera vez tuve agenda de lectura porque fueron el resto de los libros prohíbidos con los cuales proseguí mi lectura.

Recuerdo que antes de los nueve años había leído desde Solyenitzin a Gorki y desde Tolstoi a Dostoievsky. Recuerdo que por eso se generó en mi una simpatía por la  “Madre Rusia” como no sentí por ninguna otra nación. Recuerdo que no era mucho lo que entendía de la mayor parte de esos libros, pero sin embargo recuerdo que leía con embeleso hipnótico a esos escritores rusos. Recuerdo que en esa época también leía a Carpentier, a Roa Bastos, a García Márquez, a Eca de Queiroz, pero sin entender mucho más que lo que entendía a los rusos. Ignoro por qué me sumergía en lecturas cuyo significado era inaprensible para mí.

Recuerdo, eso sí, que leía con placer cercano al éxtasis las novelas de caballería y amor cortés, Dumas, Scott, Salgari. Recuerdo que lloraba de emoción con la saga de los Mosqueteros y también recuerdo haber llorado tres noches seguidas cuando terminé la lectura de “El Paje del Duque de Saboya”.

Recuerdo que en esos libros era común que la heroína romántica fuera rubia, de rostro angelical y mirada de ojos claros; recuerdo que esa imagen se grabó en mi inconsciente y formé mi primera idealización de mujer en base a esas lecturas. Recuerdo ahora lo nefasto que esa imagen idealizada resultó luego en mi adolescencia. Sin ser especialista, supongo que no habría sido diferente si la idealización hubiera sido la de una mujer distinta; el peligro de las idealizaciones, creo, no ha de ser el objeto, sino el acto de idealizarlo.

Recuerdo que tendría entre siete u ocho años (tercer grado) cuando escribí mi primer cuento. Recuerdo que nos daban redacciones para hacer en el colegio y ese día yo me decidí a escribir una redacción diferente. Recuerdo la sensación de estar haciendo algo distinto, algo que no era exactamente lo que la maestra me había pedido. Recuerdo que escribí más de media carilla del cuaderno cuando ninguna redacción que hubieran hecho mis compañeros o yo mismo había superado nunca más de tres renglones. Recuerdo la cara de asombro de mi maestra al leerlo, recuerdo oírla decir “Esto es hermoso, hermoso” recuerdo que llamó a maestras de otros grados para leerles el “Cuento” (ella lo llamaba así, para mí seguía siendo la redacción que me habían pedido) y recuerdo que ante un comentario que no escuché de otra maestra, mi señorita dijo “No, no lo hizo en la casa, se los di como tarea aquí mismo, lo hizo ahora”. Recuerdo que mi maestra de tercero que dijo todos esos comentarios era joven y rubia, y que por tanto yo estaba enamorado de ella. Recuerdo que el éxito de mi redacción me produjo dos sensaciones encontradas, por un lado pensé “Parece que a las chicas les gusta esto de escribir”; pero por otro me sentí decepcionado porque para hacer mi redacción prácticamente había copiado algunas descripciones que recordaba haber leído en mis libros y no podía entender que a las maestras les gustaran tanto esas descripciones que en verdad no eran mías. Todavía no sabía lo que era una paráfrasis y mucho menos un plagio, pero la verdad es que me incomodaba saber para mis adentros que eso que había escrito y que tanto gustaba, no era algo que realmente hubiera salido de imaginación sino de mi memoria.

Recuerdo que en el verano de 1980 me cansé de ser un chico tímido y callado y que me propuse, en ese mismo verano, que eso cambiaría al regresar a clases. Recuerdo que para eso leía libros y ensayaba imitar a mis héroes de los libros como D’artagnan o Scaramouche. Supongo que me habré visto un tanto ridículo, pero recuerdo que el primer asombrado de mi éxito fui yo mismo, porque en poco tiempo me convertí en uno de los chicos populares del grado, aunque no era así como entonces los llamaban. Creo recordar que la palabra más apropiada era la de “Canchero”, los chicos cancheros hablaban con todos, hacían chistes y hablaban con las chicas lindas del grado y las hacían reír. Yo me convertí en uno de los chicos cancheros del grado aunque por dentro seguía muriéndome de miedo cada vez que tenía que hablarle a una chica que me gustaba.

Yo no sé si era cosa de la época o sólo mía, pero las chicas que me gustaban eran las más estudiosas “las mejores del grado” como se las llamaba entonces. Y no sé si yo asociaba la inteligencia a la belleza (presupongo que sí) pero para mí no había otras más lindas que ellas. Recuerdo que una se llamaba Ana Julia y la otra Andrea. Recuerdo que me gustaban las dos y recuerdo que me obligué a mí mismo que me gustara una sola de ellas porque me parecía mal que me gustaran las dos. Si una de las dos hubiera sido rubia, no tengo dudas que esa duda entre ambas no hubiera existido, pero Ana Julia era morena y Andrea era castaña. Obviamente, por aproximación cromática capilar recuerdo que elegí como “la chica que me gusta” a Andrea. Recuerdo que nunca se me ocurrió agredirla o cargarla como dicen que hacen los chicos que gustan de una niña. Recuerdo que yo le dibujaba flores y le escribía poemas o cuentos. Ella se sonreía y me convidaba caramelos o chupetines. Nunca le dije nada acerca de que era la chica que me gustaba y tampoco ella me dijo nada. Recuerdo que año tras año era la abanderada y que, siendo buen alumno y casi uno de los mejores del grado, a veces me equivocaba a propósito para que Andrea tuviera la mejor nota.

Recuerdo que cuando terminó la primaria tenía doce años y me decía a mi mismo que tenía que decirle algo, que ella debía saber lo que yo sentía por ella aunque yo mismo no tuviera la menor idea de qué era eso. Recuerdo que pensé buscarla en la fiesta de graduación y decirle “Vos sos la chica que me gustó siempre”, recuerdo que me había hecho firmemente la idea que eso era lo debía hacer y creo que lo hubiese hecho. Recuerdo que la busqué bastante y que cuando finalmente la encontré ella estaba en la vereda, con sus padres, mientras subían al auto con el que se iban de la fiesta. Recuerdo que esa fue la última vez que la vi, recuerdo que el auto era bordó, creo recordar que era un Falcón.

Recuerdo que para entrar a algunas secundarias buenas había que dar examen de ingreso. Recuerdo que incluso había un manual que se llamaba así “Manual de ingreso al secundario”, recuerdo que uno iba a “Ingreso” a una profesora particular, y que a mi me mandaron a una señora que toda su vida se había dedicado solamente a eso, a preparar alumnos para entrar al secundario. Recuerdo que iba en bicicleta y que una tarde se me ocurrió no ir y pasear en bici sin decirle nada a mis padres. Recuerdo que lo hice todos los días durante casi tres semanas; hasta que la profesora de ingreso le devolvió a mi madre la plata de las tres semanas que no había ido. Recuerdo que fui duramente castigado, pero la vergüenza me impide recordar exactamente cómo.

Recuerdo que entré a rendir el examen de ingreso para entrar a la “ENET Nº 1 Japón” de San Miguel y me sorprendí que ese colegio sucio y viejo fuera el famoso Japón que mi padre tanto ponderaba diciendo “Ahí es donde van a estudiar los bochos”. Recuerdo que me senté con Mariano, que era uno de mis compañeros en la profesora de ingreso, lo cual fue una verdadera y enorme casualidad porque había quince aulas repletas de aspirantes rindiendo el examen. Recuerdo que los dos sacamos exactamente la misma nota, que fue 87, y no recuerdo que nos hayamos copiado en absoluto; lo que me hace pensar que nuestra profesora de ingreso era realmente buena.

Recuerdo que a esa edad, mis doce años, ya tenía bien formada en mi cabeza cómo sería la chica rubia de la que me enamoraría, imaginaba sus facciones, su tono de voz, y hasta estaba totalmente seguro que la conocería cuando cumpliera diecisiete años. No recuerdo cómo había llegado a elaborar esta profecía tan precisa, pero estaba absolutamente convencido que pasaría de ese modo. No será parte de este texto, pero efectivamente pasó de ese modo, y exactamente a esa edad.

Recuerdo que al ser un colegio industrial había muy pocas chicas, y recuerdo que el primer día de clases nos pusieron a todos los de primer año en el patio y nos dijeron que habría diez primeros años y que llamarían nombrando el apellido de los integrantes de cada curso. Recuerdo que mientras esperábamos por los llamados, miré entre el escaso grupo de chicas que se había juntado a una rubia de la que me enamoré de inmediato. Recuerdo que pensé “Ojalá que me toque en el mismo curso que ella, por favor, que me toque el mismo curso de ella”. Recuerdo que la nombraron al primer curso que llamaron, que era 1º 1ª, y que muy pocos apellidos después del suyo, que era con K, mencionaron el mío, que es con M.

Recuerdo que la adoré con la inocencia con la que sólo puede adorarse a esa edad. Recuerdo que me sentí afortunado de estar en su curso y recuerdo que nos hicimos muy amigos. Tanto que cuando hubo que hacer una lámina de Dibujo Técnico en grupo, ella misma eligió hacerla conmigo antes que con una de las chicas. Recuerdo que fuimos el único grupo mixto de todo el colegio, y uno de los pocos de sólo dos integrantes. Recuerdo que por esa feliz circunstancia fui a estudiar a su casa y ella vino a la mía. Recuerdo que una de esas veces, cuando ella ya se había ido, mi madre me preguntó si ella había ido al baño. Recuerdo que cuando le contesté que sí mi madre dijo “Me imaginé; esa chica ya está desarrollada”. Recuerdo que tardé un rato en entender lo que mi madre había querido decir con ese tono picaresco, y recuerdo que cuando finalmente lo entendí sentí algo bastante parecido al odio por mi progenitora.

Recuerdo que en segundo año Viviana (recuerdo que se llamaba Viviana) prefirió sentarse conmigo antes que con ninguna de nuestras compañeras mujeres. Recuerdo la de comentarios que eso generó, recuerdo que todos nos pensaban novios, recuerdo que yo adoraba que se pensara eso aunque siempre negué enfáticamente que lo fuéramos. Recuerdo que pocas veces en mi vida tuve una amistad más dulce y franca como la que tuve con ella. Recuerdo que mis amigos más cercanos me preguntaron con verdadero interés si éramos novios y recuerdo que les dije que nada deseaba yo más que lo fuéramos, pero que no me animaba a declarármele. Recuerdo que llamábamos “declarar” a decirle a una chica que sentíamos algo por ella con la esperanza que ella sintiera algo parecido y decidiéramos “Salir”. Recuerdo que llamábamos “Salir” cuando uno se “arreglaba” románticamente con una chica. “Estamos saliendo” era lo que decíamos cuando uno tenía algo con una chica a esa edad.

Recuerdo que mis amigos me convencieron para que me le declarara. Recuerdo que todos, todos, me decían que estaba muerta por mí. Me enumeraban miles de razones por la que ellos estaban seguros de eso, entre las cuales las principales eran que hacíamos grupo juntos y que se sentaba conmigo en las horas de teoría cuando podía sentarse con chicas. Recuerdo que sus razones me parecían convincentes. Recuerdo que me decidí a declarármele. Recuerdo que lo pensé durante tres semanas y me decidí a hacerlo en cuanto sintiera que ya no podía más. Es decir, lo haría en cuando sintiera un soplo divino de inspiración. O al menos eso suponía. Recuerdo que varias veces quise abordarla a la salida, pero corría el riesgo que su colectivo llegara antes de que pudiera decirle nada y no quería arriesgarme. Recuerdo que pensé hacerlo en un recreo, pero justo en esa época ocurrió que se quedaba en los recreos a hablar con una amiga y no saló al patio como yo lo esperaba.

Recuerdo que la inspiración fatídica me vino una tarde, durante una clase del taller de electricidad a la que el profesor había faltado. Recuerdo que estábamos vestidos con mamelucos y que ella estaba sentada al otro lado de la mesa y en un momento se quedó sola. Bueno, sola, digamos que la persona más próxima estaba a poco más de dos metros. Recuerdo que pensé “Es ahora o nunca” y que entonces fui al lado suyo y le dije que tenía que preguntarle algo. Recuerdo que me animó a que lo hiciera y entonces allí mismo, rodeados por dos cursos completos de segundo año, en medio de tableros de electricidad y ruidos de taladros y limas que venían de los talleres vecinos le dije “¿Querés salir conmigo?”. Recuerdo sus ojos enormes por el asombro y el instantáneo “Noooooo” Como si fuera una carga de dinamita que explotó en mi ánimo. Recuerdo que le dije “Gracias” y que me fui al baño a llorar. Recuerdo que mis dos mejores amigos habían notado que algo había pasado pero no sabían muy bien qué. Recuerdo que cuando les conté lo que pasó uno de los dos me dijo: “¿Pero vos sos pelotudo? Eso estuvo remal, cómo le vas a decir acá, delante de todos; eso se lo tendrías que haber dicho a solas”. Recuerdo que se llamaba Augusto ese amigo, recuerdo que la lógica de Augusto me pareció tan irrevocable, que efectivamente me hizo sentir un total y auténtico pelotudo.

Recuerdo que lo más doloroso fue al día siguiente, cuando Viviana, en lugar de sentarse conmigo, siguió de largo y le pidió a una de nuestras compañeras que se sentara con ella. Recuerdo las miradas de todos los chicos y las chicas del curso, como preguntándose “Qué pasó entre estos dos”. Recuerdo que pocas veces me sentí tan humillado y desolado como en ese momento.

Recuerdo que seguí sintiendo lo mismo por ella. Recuerdo que me mentía a mí mismo que me había dicho que no por lo inadecuado del lugar de mi declaración. Recuerdo que ya había decidido que el colegio técnico no me gustaba. Recuerdo que escribía más que nunca hasta entonces y que ganaba diferentes concursos literarios en los colegios y en las bibliotecas populares de la zona. Recuerdo que ya sabía que quería estudiar letras y que odiaba el colegio técnico. Recuerdo que tenía miedo de lo que pensaría mi padre. Recuerdo que decidí esperar un año más en el colegio técnico porque me dolía la idea de no ver más a Viviana. Recuerdo que me sentía estúpido albergando esperanzas por ella, pero prefería sentirme estúpido a indigno. Y me parecía indigno dejar de sentir lo que sentía porque me hubiera rechazado.

Recuerdo que en tercer año nos mezclaron bastante con chicos de otro curso y eso hizo que Viviana volviera hablarme y fuimos otra vez amigos como si nada hubiera pasado. Recuerdo que merced a esa cercanía empecé a escuchar sus charlas con nuestras compañeras acerca de lo mucho que le gustaba un chico del curso que se llamaba Walter. Recuerdo que el mundo se me hizo gris al escuchar eso. Recuerdo que durante meses ella habló de Walter. Recuerdo que en una salida el colegio a la Rural, finalmente los vi tomados de la mano. Recuerdo que ese día todo lo que sentía por ella desapareció como por arte de magia, como si no hubiera existido nunca. Recuerdo que inmediatamente pensé que me cambiaría de colegio y seguiría la carrera de letras. Recuerdo que pensé en la profecía de los diecisiete años y me dije “Claro, ella no podía ser nunca”.

Recuerdo que en la vereda de La Rural me apoyé en un banco y unos amigos que conocía de otro curso me ofrecieron un cigarrillo. Recuerdo que no sabía fumar pero que igual tomé el cigarrillo e hice como que lo fumaba mientras pensaba en Viviana y en que ya no la volvería a ver cuando me cambiara de colegio. Recuerdo que no lloré, recuerdo que me sentí libre como nunca antes, pero a la vez era una libertad nueva, una libertad que en cierta forma lastimaba, o ardía. Recuerdo a este recuerdo como el último recuerdo de mi infancia.

Recuerdo; un indigno homenaje a Georges Perec, Joe Brainard y Paul Auster.

Tres mujeres son una

Es el tren, estoy sentado, de espaldas a su dirección de marcha. A mi derecha la ventana y el sol que me encandila pegando en la hoja del anotador donde escribo. A mi lado, en el asiento que da al pasillo, un tipo joven duerme con anteojos oscuros puestos, parece un obrero, un obrero que duerme y sueña mientras viaja a su empleo, quizá. Hay bastante gente de pie pero mi mirada se clava en tres mujeres (de pie, ya dicho) que están un par de metros más allá de mi vista. Tengo puestos los auriculares y escucho el “Discipline” de King Crimson. Así que sólo puedo verlas, no escucho lo que dicen,pero me llama la atención lo animada de la charla que mantienen, los gestos ampulosos y enfáticos de las tres. Trato de no mirarlas, vuelvo mi vista a la lectura que la ampulosidad de las tres me interrumpió.

Es el poema número treinta de “Fiestas náufragas” de Hugo Mujica, son sólo diez palabras, diez solamente:

“Caer como el cordero cae a la herida                                                                          
viniendo”

Levanto los ojos, las mujeres siguen conversando con tanto ánimo. Una, la que parece más joven, mueve las manos revoléandolas de uno a otro lado como si siguiera el ritmo de los gestos y de las palabras, es lógico, pienso, las usa como un énfasis adicional, como una rúbrica. Por momentos siento que si me concentrara un poco más podría adivinar la conversación con sólo seguir atentamente sus gestos, que no necesitaría oírlas. De hecho advierto esto cuando hace ya varios minutos que estoy tratando de imaginar lo que dicen. Pero me engaño, o no sé concentrarme como debo… quiero oírlas, pienso, quiero saber de que están hablando con ese énfasis y esos gestos que casi parecieran una danza. Me tiento, tomo el celular y casi estoy a punto de apagar a Crimson y dejar a Fripp con un acorde a medio terminar de su “Matte Kudasai” por teclear el “(II) Pause”. Pero no, me averguenzo, ¿cómo voy a escuchar una conversación ajena? me recrimino. Vuelvo al poema treinta de Mujica, lo he leído muchas veces, pero la última vez me lo dejé marcado, me había resonado bastante en los últimos días. Cuando eso pasa, el único exorcismo posible para desterrarlo de los ecos de la memoria es la paráfrasis. Ensayo entonces la reescritura propia que después -como todas- irá a parar a mi TW. Escribo en mi anotador:

Yo voy a la herida sin miedo, tranquilo, sonriendo.

Vuelvo a levantar la vista hacia la conversación de las tres mujeres. Advierto que ya no son solamente tres mujeres las que miro, estoy tratando de ver una sola cosa: la conversación entre las tres, su comunicación. Pienso que lo que acabo de escribir es mentira, que si no puedo asistir tranquilo a lo que hablan tres personas sin involucrarme, menos podré hacerlo con una herida
¿Qué carajo están hablando tan animadas, qué? Vuelvo a sentir que quiero apagar el reproductor de MP3 y otra vez el pudor de la conciencia invisible que vuelve a insistir con eso de que es una conversación ajena, no debieras intentar escucharla. Sé que es una tontería dejarme llevar por la conciencia en eso, las tres mujeres están hablando así delante de todo el pasaje y los que estan cercanos a ellas no tienen auriculares y no están escuchando a King Crimson ni ninguna otra cosa, ellos pueden escuchar libremente la conversación de las tres mujeres y sus conciencias no les recriminan nada. Pero eso justamente me retiene, ellos no están haciendo nada más que viajar… yo en cambio estoy sentado, usando mi maletín como escritorio, leyendo, escribiendo y escuchando música, todo a la vez, ¿y me voy a distraer de lo mío por una conversación de tres mujeres que viajan paradas a dos metros de distancia de mi cómodo lugar junto a la ventana y el sol? Advierto que no es pudor, soy todavía más tonto que eso, me parece casi una injusticia escucharlas, ser consciente de lo que hablan cuando debería estar sólo atento a mis cosas.

Vuelvo entonces a tratar de enfocarme en sus gestos, a tratar de adivinar en la gestualidad de las tres mujeres lo que la “Señorita Comunicación” quiere decirme. Me hago repentinamente esa imagen mental… en el medio de las tres mujeres imagino a una cuarta que representa a la comunicación. Si, una mujer más, imaginaria, que yo recreo en medio de las tres, desde allí me mira, se caga un poco de risa, extiende una de sus manos y levantando el índice lo mueve en vaivén de uno a otro lado significando un “No, no, no. No te haces una puta idea de lo que ellas están diciendo; de lo que yo les estoy haciendo decir”.

Cierro el libro de Mujica, esta pelotudez mía de pensar en imágenes, pienso, resignado casi. Vuelvo a mirar a las tres mujeres, Crimson sigue sonando en mis auriculares, por suerte la “Señorita Comunicación” ya no está entre ellas. Me río de la imagen que le di, treinteañera, con patas de gallo al costado de sus enormes ojos marrones (Por qué imaginé a la comunicación con patas de gallo, me digo, conjeturando que sería una excelente pregunta para mi analista, si lo tuviera) pienso un poco más en la imagen que le di, rubia, pero rubia teñida, aunque imagino que su cabello original sería de un castaño claro, ojos marrones ya lo dije, pelo lacio, más bien alta, delgada… ignoro también por qué la he imaginado con faldas. Vuelvo a mirar a las tres mujeres, da la impresión que su énfasis hubiera disminuido, siguen hablando, pero ya no parece tan animada la conversación, noto que -incluso- varias veces se han acercado las cabezas, se han tapado un lado de la boca, como si hubiesen tratado de buscar intimidad en la charla, como si algo de lo que hubieran dicho no fuera para oídos públicos que viajan en tren a esa hora de la mañana, como ellas, como yo, como la “Señorita Comunicación” que ahora está parada al lado del obrero que duerme a mi lado con los anteojos oscuros puestos, y la “Señorita Comunicación” me mira al lado de él y vuelve a reírse como si supiera algo que ignoro… entonces levanta la mano y señala en dirección a las tres mujeres, como advirtiéndome de algo. Sé que la imagino, sé que es una imagen que recrea mi memoria para tornarme más entretenido el viaje y este mismo texto, pero me intriga su semblante burlón, lo claros que están sus gestos en mi mente cuando sólo es fruto de mi imaginación.

Con todo, le hago caso, vuelvo a mirar a a las tres mujeres. Pero por primera vez detengo mi mirada sobre ellas, sobre sus rostros, No es que antes no las hubiera visto, o mejor expuesto sí, si las había visto, pero no me había detenido a mirarlas, ahora las estoy mirando. Son bellas mujeres, las tres, elegantes, distinguidas, La de mayor edad ha de tener de 45 a 50 años y es la más elegante de las tres, la de mayor distinción en su porte y en sus gestos, lleva unos anteojos pequeños modernos y unos libros en uno de sus brazos, apretados contra su pecho. En ese mismo brazo lleva colgada una cartera, con el otro brazo se mantiene asida a un pasamanos. Las otras dos mujeres son más jóvenes, una ha de tener de 25 a 30 años y la otra parece ser de 20 a 25. También son muy bonitas, pero a diferencia de la mujer mayor son un poco menos rubias, tienen el pelo lacio y un poco menos de altura… no obstante, el parecido entre las dos mujeres jóvenes es notable, es casi seguro que son hermanas. Cuando noto eso las comparo con la otra mujer y advierto rasgos casi idénticos en las tres, al parecer la mujer grande es la madre de las dos más jóvenes. Me asombra ver que sus rasgos, casi parecen más lindos, más distinguidos por la madurez, ha envejecido bien, pienso. Noto que las dos mujeres más jóvenes miran hacia afuera por las ventanas y a su madre (la que supongo su madre) como si estuvieran pendientes de cuál estación está recorriendo el tren, me alarmo, repentinamente imagino en el asiento delante de mí a la “Señorita Comunicación” mirándome burlonamente a la cara y diciéndome “Se van a bajar. Se van a bajar y nunca habrás escuchado nada de la conversación”.

Apurado, guardo el libro, guardo el anotador, cierro el maletín y apago el MP3 del celular para oír algo de lo que las mujeres hablan. Mientras hago todo esto el tren ha llegado a una estación, las dos mujeres más jóvenes besan y abrazan a la mayor, me desespero de la bronca, una de ellas le dice.

-Bueno mami, quedamos así entonces, prometo que te hago caso.

La otra mujer joven, la más joven de las tres agrega, casi pasando por la puerta:

-Yo me voy a a encargar de que lo haga, vos quedate tranquila.

La mujer mayor sonríe y les tira besos.

Miro al tipo de al lado sabiendo que imaginaré sentada allí a la “Señorita Comunicación”, no me equivoco, sonríe burlona pero no dice nada de la situación que acaba de ocurrir, en la mano tiene un disco de vinilo, distingo que es “Three of a perfect pair” y dice:

-Este disco de King Crimson me gusta más.

Miro la tapa amarilla, el título, pienso en las tres mujeres, miro a la imaginaria cara de la rubia de pelo lacio con patas de gallo que mi mente recrea y pienso… me boludeo solo yo.

Casi un epílogo

Tres estaciones después me bajo, paso al lado de la mujer que, sin inmutarse ni apercibirse de nada lee “Tres metros sobre el cielo” de Federico Moccia, cierro los ojos para no imaginar a la “Señorita Comunicación” boludéandome otra vez, bajo del tren, camino por el borde de la Facultad de Veterinaria, pienso en si caminar las quince cuadras hasta mi oficina o si tomar el colectivo; y mientras pienso en eso aparece el 133 que es justo el colectivo que me lleva. Lo tomo, subo y a tres asientos exactos de distancia de donde me quedo de pie, sentada en un asiento individual está… la “Señorita Comunicación”… cierro los ojos y los abro alternativamente, a diferencia de la otra vez no la estoy imaginando, es la viva imagen de lo que había imaginado un rato antes en el tren. Sólo que esta no usa faldas, sino jeans. Primero me sorprendo un poco, después recuerdo que uno sólo imagina cosas reales, que es imposible imaginar un rostro original y que no exista, que nuestra mente acude a imágenes residuales de desconocidos para completar las representaciones que imagina. Claro, esa explicación me tranquiliza un poco, sonrío más calmado cuando la chica se acomoda en su asiento y me queda a la vista el libro que lleva; leo: “Carlos Bonilla Gutiérrez; La Comunicación, función básica de las relaciones públicas. Tomo 3”